«Cuando se aprecian sucesos de la historia diaria, jamás podemos remontarnos hasta las últimas causas económicas. Ni siquiera hoy, cuando la prensa especializada suministra materiales tan abundantes (…) máxime cuando los más importantes de ellos actúan, en la mayoría de los casos, escondidos durante largo tiempo antes de salir repentinamente y de un modo violento a la superficie (…) Por esta razón, aquí el método materialista tendrá que limitarse, con harta frecuencia, a reducir los conflictos políticos a las luchas de intereses de las clases sociales y fracciones de clases existentes determinadas por el desarrollo económico, y a poner de manifiesto que los partidos políticos son la expresión política más o menos adecuada de estas mismas clases y fracciones de clases».
Prólogo de Engels a Las luchas de clases en Francia, de Marx.
«Todas las luchas históricas, ya se desarrollen en el terreno político, en el religioso, en el filosófico o en otro terreno ideológico cualquiera, no son, en realidad, más que la expresión más o menos clara de luchas entre clases sociales, y que la existencia, y por tanto también los choques de estas clases, están condicionados, a su vez, por el grado de desarrollo de su situación económica, por el carácter y el modo de su producción y de su cambio, condicionado por ésta. Dicha ley tiene para la historia la misma importancia que la ley de la transformación de la energía para las Ciencias Naturales».
Federico Engels en su prólogo al 18 Brumario de Marx.
La necesidad del análisis de la lucha de clases
¿Puede analizarse el problema de la crisis de la vivienda en España desde la lucha de clases? Pienso que puede y debe hacerse. Principalmente por dos motivos.
Primero, porque la agudización del problema está adquiriendo un nivel de gravedad enorme. Un nivel que nos lleva a preguntarnos por qué no ha producido ya un estallido social. En entradas anteriores de esta columna se ha estudiado esa gravedad (La prórroga de la miseria, objetivo del malmenorismo para 2026 o en La miseria, tesoro del rentismo), una situación que no dudo en calificar de miseria, porque lo es. Normalización de las habitaciones compartidas, trabajadores que viven en autocaravanas, precios y salarios que condenan a trabajadores a no ser nunca en su vida poseedores, etc.
Segundo, porque ya llega a ser indignante ver cómo los tertulianos de TV y los unificadores de las «izquierdas» marean a la clase trabajadora con sus sandeces. Desde los sofás de los escenarios de sus charlas nos dicen unas veces que la solución es construir y al rato nos dicen que construir es un error, otras nos aseguran que todo se soluciona con tal o cual impuesto, o no, según les dé el aire. Si don Federico calificó irónicamente de «cavilosas soluciones prácticas» a las medidas propuestas por los políticos de su época, de la talla de Proudhon, en su famoso escrito sobre el problema de la vivienda, no quiero imaginar qué calificativo sarcástico idearía para nuestros actuales vendedores de crecepelo.
Lamentablemente, estos salvadores de las personas trabajadoras (que han creado la Ley actual de Vivienda y poseen o han poseído carteras ministeriales, son cargos públicos e incluso pertenecen a los consejos de administración de las empresas públicas de vivienda) gozan de las simpatías de los movimientos sociales, de modo que los activismos les aplauden las gracias, portan sus pancartas en las manifestaciones y gritan con megáfono sus consignas.
Es por eso importante que los trabajadores hagamos nuestros propios análisis, ajenos a esas soluciones prácticas de sus políticas útiles. Si dicen que hay que votar porque «si no haces política la harán otros por ti», entonces hagamos también nuestra disección del problema desde nuestra perspectiva de clase. Lo malo es que eso implica habitualmente una larga lectura, y hoy apenas nadie lee estas cosas. Se prefieren las animaciones de figuras de Lego o los videos de TikTok muy editados, muy dinámicos, porque también se aburren si el video es muy largo. Pero qué coño, aquí no vamos a dejar de escribir.
Este análisis nos llevará a unas cuantas conclusiones en esta serie de artículos, que ya adelanto ahora:
- Para empezar, como ya se advirtió desde esta columna, el problema de la vivienda no sólo no se había solucionado con la Ley por el derecho a la vivienda, promulgada en la anterior legislatura del Gobierno de Progreso, sino que la situación iba a empeorar (Por qué no cambiaron el «paradigma de la vivienda» ni lo van a hacer, artículo de enero de 2024).
- Ello nos llevó a pensar que este problema es estructural en la sociedad capitalista y que, dadas las peculiares circunstancias de la economía de España (la misma que «va como un cohete»), el problema tendería a agudizarse en el contexto de la opresión de la UE, el Rearme, el Austericidio y demás artimañas que se ocultan bajo el mantra de la sostenibilidad. Todo ello sumado además a la demostrada eficacia de los «progresistas» para ser perfectamente funcionales a los intereses de los fondos de inversión y al rentismo.
De este modo, concluimos también que la especulación inmobiliaria alimenta un mecanismo clásico de acumulación de capital: la miseria estructural de millones de personas se convierte en mano de obra barata y en altos rendimientos financieros para las grandes empresas radicadas en España.
Esto es, la tendencia nos lleva a pensar que el capitalismo en España, alineado con el neoliberalismo imperialista atlántico, se dispone a oprimir hasta la asfixia a parte de su propio pueblo, con tal de seguir su lógica de la tasa de ganancia, más hoy en momentos de declive internacional. Es decir, a las capas más desfavorecidas de la clase trabajadora (temporeros del campo, empleadas domésticas, en general todos los empleos más frágiles que sostienen los sectores donde la explotación laboral alcanza su mayor grado) se unirán ahora aquellos que -aún teniendo un empleo estable y un salario modal- viven al día porque tienen que pagar una renta o una hipoteca abusivas, que les impide no sólo ahorrar sino cubrir el menor imprevisto, y se ven abocados a aceptar cualquier opción de pluriempleo o tareas en negro.
La dificultad de aplicar la lucha de clases a la cuestión inmobiliaria
Si seguimos el método ideado por los padres del materialismo dialéctico (lo que debería ser su forma ortodoxa, el seguimiento del método) el análisis de la lucha de clases en el problema actual de la vivienda en España nos debería llevar a estructurar ese estudio bajo una contradicción principal: la que se produce entre quienes poseen el suelo inmueble como capital y quienes necesitan la vivienda como bien de consumo básico.
Bien. Aquí hay que hacer unas aclaraciones. Si observamos por ejemplo las citas de Engels usadas al inicio de esta entrada, ese método debe «hacernos visibles» que las situaciones de conflicto son la expresión aproximada de la política según las clases sociales. Y que los choques de estas clases vienen condicionados por el grado de desarrollo de su situación económica y por el modo de su producción.
La simplificación del conflicto histórico sugerida ya desde el Manifiesto, que llevó al capitalismo a enfrentar a dos principales grupos sociales, se ve también claramente en el tema de la vivienda, aunque con matices.
«Ya pagué el alquiler, al menos este mes ya tengo donde pasar hambre». Esta aparentemente chistosa frase, leída en una red social, resume la situación vital de muchas personas que residen hoy en España. La necesidad de habitar en alguna parte se añade a otras necesidades ineludibles (la laboral, de sanidad, pensiones, servicios públicos, educación y otras) como elemento diferenciador de clases.
Lógicamente, dentro del amplio grupo de la clase trabajadora, el problema se presenta más acuciante para el inquilino de alquiler, o para el pagador de una hipoteca interminable. Pero también quien se estima ajeno a ese problema (quien por ejemplo posee el lugar donde habita o goza de un usufructo) también debe considerarse perjudicado, pues como veremos es especialmente propio de la economía española que lo inmobiliario sirva como motor de la acumulación de capital, lo que a su vez permite la reproducción de las condiciones de producción. En palabras llanas: la especulación inmobiliaria es una de las causas que fomenta que el sistema tienda a aumentar las diferencias entre ricos y pobres, y a su perpetuación.
Otra aclaración. La propiedad inmobiliaria (como la de la tierra) en sentido estricto no forma parte de los medios de producción, ni genera plusvalor, sino renta. No es un capitalista quien posee, por ejemplo, una propiedad en cierta zona y la renta a otra persona, ni se produce en ese caso una relación de explotación. Otra cosa bien distinta es que ese propietario aproveche la situación de mercado monopolizado para incrementar la renta de forma abusiva, o que aproveche esa renta diferencial para incrementar sus posesiones, o para especular en bolsa.
En palabras textuales de Engels en su contribución al problema: la relación asalariado/capitalista es diferente de la relación inquilino/propietario. En la cuestión de la vivienda tenemos dos partes que se contraponen, inquilino y arrendador, en una relación comercial simple. Cualquiera que sea el importe de la estafa sufrida por el inquilino, no puede tratarse sino de la transferencia de un valor que ya existe, previamente producido. El arrendatario resulta estafado al verse obligado a pagar su vivienda por encima de su valor. Aunque puede producirse también entre burgueses, obviamente este engaño sucede más entre los trabajadores que entre las clases acomodadas.
Luego, ¿no podemos aplicar el método del enfrentamiento entre clases? La explicación a esto la encontramos en la sección sexta de El capital de Marx, en su tomo tercero, sobre la transformación de la plusganancia en renta de la tierra, donde el propio Marx califica de explotación de la miseria a los alquileres (ver la serie de artículos La más desvergonzada explotación de la miseria. Reflexiones marxistas sobre el problema de la vivienda en España).

En la sección citada podemos encontrar cómo Marx atribuye la ganancia, debida a la renta, a tres factores, que son el control monopolizado de los recursos, la existencia de un grupo social puramente pasivo que son los poseedores (rentistas) y la existencia también del contexto social que permite la valorización de esa renta, que es diferencial debido a las peculiaridades del bien «suelo» o «tierra».
Esa parte transferida de un valor que ya existe representa la valorización de la propiedad, la valorización de un bien escaso que puede cotizarse o encarecer por un dueño por el simple hecho de poseerlo (una parte de la sociedad le reclama aquí a la otra un tributo a cambio del derecho de habitar la tierra, en palabras de Marx, en una cita extraída de esta sección de El Capital).
Así, es una cuestión intrínseca de la sociedad en que vivimos, una de las diversas formas en que se produce la acumulación de capital. Aunque esta forma es diferente de la que se produce en la explotación laboral.
Su valor no proviene de la fuente propiamente de valor, el trabajo, sino de la forma en que ese bien es valorizado socialmente. Precisa de una serie de circunstancias que crean el medio social necesario.
Entre los entresijos de la renta encontramos que la escasez es un factor necesario. Las tierras (en El Capital, Marx toma la tierra agrícola como arquetipo de todas las situaciones derivadas de la renta, aunque en todas ellas se aplican las mismas reglas), como los solares, no pueden encontrarse a demanda. Esa escasez es directamente proporcional a la renta, a mayor escasez, mayor renta. El ávido capitalista, cuya naturaleza es la permanente búsqueda de ganancia, encuentra en los solares de las ciudades y en los edificios ya construidos, su mina del Potosí.
Como sabemos, los mayores tenedores de vivienda son los bancos y los fondos de inversión, que controlan una inmensidad de esas viviendas. Como si de las sobras de un festín se tratara, los pequeños tenedores (denominación textual de la vigente y novedosísima ley progresista de vivienda) pueden controlar hasta 10 de esas viviendas o locales. Un número de viviendas no al alcance de cualquiera, que significa una especie de eslabón intermedio entre esos grandes fondos y el arrendatario o hipotecado inquilino.
Ya sea al nivel gigantesco de los fondos y bancos, como al más moderado del pequeño tenedor, finalmente lo cierto es que se produce una situación de control del mercado en la que el usuario se ve afectado, ya sea por un inmenso tenedor como por el pequeño que se aprovecha de las migajas que caen del más grande.

Carácter social del problema.
Por tanto, contestamos a la pregunta ¿es una cuestión de lucha de clases? con la propia teoría marxista.
«Para vender una cosa, todo cuanto hace falta es que la misma sea monopolizable y enajenable«, escribe Marx. Debemos tener en cuenta que la apropiación de la renta presupone la propiedad de la tierra (el interés inmobiliario presupone la propiedad de viviendas), esto es, la circunstancia histórica de la ficción jurídica que establece que determinados individuos poseen con exclusividad unas ciertas partes del planeta.
En el caso peculiar español, esa acumulación ha ido creando históricos personajes enriquecidos de forma más que sospechosa mediante el modelo inmobiliario, personajes que llegaron a poseer gran influencia mediática y política. La dedicación exclusiva del país al turismo, en el reparto internacional de modelos productivos, a mandato de la Unión Europea, fue un requisito aceptado sumisamente por los sucesivos gobiernos bipartidistas de PP-PSOE, incluidos sus satélites estas dos últimas legislaturas «de progreso».

En España, el peso de la agricultura ha producido que el reparto de la plusvalía se realice entre grandes propietarios del suelo -terratenientes o propietarios inmobiliarios- y el capital comercial y financiero. De modo que estos capitales usurarios parasitan el modo de producción. De esta génesis hasta la fecha, pasando por diversas etapas. La primera de ellas en torno a los fines del franquismo, con las normas legales que pretendían una modernización de la economía nacional, para dejar de ser un país reducido a lo agrícola. Lo que ocurre es que esa transición económica se produjo, dado nuestro alineamiento con una concreta formación social, hacia una economía basada en la construcción y el turismo (y dicho sea de paso, en la sumisa disposición a ser una enorme base logística y militar de la OTAN).
Por tanto, aunque la renta no es correspondiente al modo de producción capitalista, sino que se valoriza en función de estar comprendido de ese mismo modelo, la condición objetiva es que pueda darse esa valorización, esto es, que se den los determinantes sociales e históricos para que esta lógica pueda desarrollarse.
En conclusión, sí, es una cuestión de clase, y como tal podemos empezar a analizar sus grupos antagónicos.
Rentistas frente a desposeídos
Por si necesitan alguna prueba más de que hablamos de una cuestión social, hago mención aquí de otro interesante estudio sobre la situación de la vivienda en España, realizado por el Instituto de Investigación Urbana de Barcelona, IDRA. Se trata del estudio De propietarios a inquilinos. Informe sobre la creciente desigualdad en el acceso a la propiedad, que es bastante explícito y aporta algunos datos bastante aclaratorios en el contexto de la lógica alarma social que está produciendo el asunto.
Enumero de forma breve algunas conclusiones del estudio:
- Cada vez más gente vive de alquiler: los inquilinos ya representan el 53% de los hogares entre 16 y 29 años y el 32% de los hogares entre 30 y 44 años.
- La mayoría de personas que viven de alquiler jamás serán propietarias: no esperan poder comprar ni heredar. Además, las viviendas a heredar no siempre se encuentran localizadas en el lugar de residencia del inquilino.
- La mayoría de inquilinos no creen que puedan comprar una vivienda en el futuro, y están siendo expulsados del sueño propietario por multipropietarios y rentistas.
- Los inquilinos que quieren acceder a su primera casa en propiedad compiten con individuos e inversores que ya poseen viviendas en propiedad y patrimonios muy elevados. En los últimos años, entre el 56 y el 60% de las compras se hicieron al contado, sin hipoteca. Entre 2008 y 2020, casi la mitad de las viviendas inscritas en el registro de la propiedad son de empresas con más de 8 inmuebles.
- Todo ello refleja que la propiedad de viviendas se concentra cada vez más en manos de quienes ya poseeen bienes inmuebles en la última década. El número de grandes propietarios, aquellos con más de diez viviendas a su nombre, ha aumentado un 20%.
Como conclusión, los autores del informe revelan que «las dinámicas del mercado del alquiler lo han convertido en un mecanismo de transferencia de rentas entre la población inquilina y la población rentista que acumula propiedades sobrantes, siendo este cada vez más un vector de desigualdad social».
Dejando un lado los términos empleados en el estudio (que sugieren una tendencia al eufemismo), podríamos hablar con propiedad y denominar a las cosas por su verdadero nombre, y mencionar sin tapujos que se trata de una distribución de la plusvalía, producto de las relaciones de clase en las que el proceso de esa apropiación de plusvalor, generado por una clase trabajadora mayoritaria pero absorbido por las pocas manos de una minoría, también se extiende al uso del suelo a través de la enorme valorización consentida en ese ambiente, capitalista, del valor de la renta del suelo.
Se da la circunstancia además de que los españoles sufrimos con mayor intensidad este factor que define a la renta diferencial. Nuestra situación geográfica nos ha llevado a ser un verdadero paraíso para la especulación inmobiliaria, en lo referido al sector turístico. En nuestros cálidos y bellos paisajes costeros e isleños, principalmente.
No es casual que el reparto económico de la Unión Europea tuviese reservado para España (uno de los países no frugales) el papel de destino turístico para el reposo de los sufridos industriales nórdicos. Y, por supuesto, nuestros representantes gubernamentales han sido siempre atentos al mensaje implícito de que nuestra península debía ser semillero de mano de obra adecuada a ese determinado mercado.
En la siguiente parte de esta entrada veremos por tanto cómo es la configuración de esos actores de clase, el papel de la vivienda como valor financiero (y no como bien de uso), el papel del Estado y su alineamiento en el contexto imperialista.
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