Por María Loureiro (integrante de DoFemCo y As Silveiras)
«No me poseerán —gritó—… No se adueñarán de una sola brizna de este cuerpo. (…) Jamás pudieron los conquistadores recuperar ni siquiera un vestigio de su cuerpo: esa tierra de mis cantares, territorio amado negándose para siempre al invasor.“
—Gioconda Belli, La mujer habitada. (1988)
Entendemos bien la colonización cuando se arrebata la soberanía a un pueblo. Hoy asistimos a una producción continua de crónicas sobre los procesos imperialistas contemporáneos, que escriben algunos de sus capítulos más cruentos en los escombros de Gaza o en el asedio al Líbano, donde Estados Unidos e Israel son los actores centrales de una dinámica de ocupación prolongada.
Sin embargo, el imperialismo no opera únicamente mediante ejércitos. También se despliega a través de dispositivos sutiles, como algoritmos, estándares culturales, lenguajes o formas de legitimación académica. La colonización, como estructura de dominio, se expande hacia otras dimensiones igualmente profundas. Esos mismos altavoces que hoy desgranan con acierto la colonización territorial, cultural, lingüística o digital padecen una ceguera selectiva frente al asedio más antiguo: el que se ejerce sobre las mujeres.
El patriarcado funciona como un sistema de ocupación donde la mujer es el primer territorio conquistado. Esta invasión se materializa mediante el control de su autonomía, el disciplinamiento de su sexualidad, la extracción de plusvalía a través del trabajo no remunerado o la expropiación de la capacidad sexual y reproductiva por industrias extractivistas.
Pero hoy esta ocupación toma un cariz orwelliano. Una nueva fase colonial se despliega en el terreno de lo simbólico y lo político. Tras siglos de lucha feminista por describir la realidad material de las mujeres y consolidar derechos basados en el sexo, asistimos a una incursión que busca desahuciar a las mujeres de su propia definición: persona del sexo femenino.
Las teorías que desdibujan el sexo actúan como una lengua extraña impuesta para nombrar nuestra realidad desde el deseo ajeno. Es una expropiación cultural que se apropia del léxico, de los espacios y de las conquistas políticas de las mujeres, reduciendo nuestra existencia material a una identidad subjetiva que cualquiera puede reclamar. Al ocupar el concepto mismo de mujer, se coloniza el último refugio del sujeto político sobre el que se asientan nuestros derechos. El lenguaje tecnocrático —que nos oculta o que nos fragmenta en «cuerpos gestantes» o «personas con vulva»— es la herramienta con la que el «Estado colono» registra su propiedad, eliminando el nombre de la habitante originaria de registros oficiales para convertirla en una mera categoría administrativa elegible y al servicio del mercado.
Esta expropiación de la propia biología no es azarosa; alimenta el voraz y lucrativo mercado de los cuerpos sintéticos y la medicalización vitalicia. Para que el negocio de la explotación “de género” prospere junto a la industria de la explotación sexual y de la explotación reproductiva, es imperativo desarticular la única acción política capaz de impugnarlos: el feminismo. Se introducen así caballos de Troya ideológicos para que la resistencia sea devorada desde sus propias entrañas, con el fin de conculcar los derechos de las mujeres en la legislación y dejarlas en una absoluta desprotección.
La ocupación no se presenta como una intrusión, sino como un derecho de acceso del sentimiento individual sobre la realidad colectiva, donde los deseos de los varones prevalecen sobre los derechos de las mujeres. Ahora bien, el invasor no busca solo el recurso, anhela también el silencio de la invadida para imponer su relato. Ese mutismo avanza mediante la imposición ideológica, la censura social y la violencia simbólica ejercida sobre quien se atreve a subvertir la narrativa del conquistador. No obstante, el triunfo definitivo del invasor es la propia asimilación: lograr que sean las colonizadas las que defiendan la gramática posmoderna y neoliberal que las borra, convirtiendo el deseo ajeno en el horizonte de su activismo.
Quien hoy clame por la soberanía de los pueblos frente al imperialismo, pero guarde silencio ante la captura del sujeto político mujer o trabaje activamente en su disolución, incurre en una hipocresía histórica. La descolonización no será real mientras nuestra categoría sexual siga siendo objeto de disputa y renombrada por el patriarcado. Porque no hay libertad posible si el primer territorio —nuestro propio sexo— sigue bajo la bota de quien, a través de los siglos, se arrogó el poder absoluto de nombrar el mundo: los hombres.








