Dialéctica en la controversia IA/Informe PISA

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«El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego».
Borges. Nueva refutación del tiempo, en Otras inquisiciones.

Los recientes datos del informe PISA, que valora comparativamente los datos educativos del entorno OCDE, parecieron cumplir la profecía de las generaciones adultas en cuanto al uso excesivo de artefactos digitales en niños y adolescentes. Entre 2015 y 2025, la media cayó 28 puntos en lectura, el peor descenso de la historia del informe, y 22 puntos en matemáticas. Los resultados sugieren que ese tiempo excesivo frente a dispositivos móviles reduce la capacidad de concentración y disminuye el hábito lector, con la consiguiente carencia de comprensión de textos largos.

Quienes tenemos hijos en esas edades conocemos de primera mano la dificultad que supone contrarrestar la facilidad de uso que plantean estos artefactos. También nosotros, adultos, nos estamos acostumbrando a usar la IA en nuestro trabajo. Para redactar un artículo como este, por ejemplo, podría usarse la IA para encontrar datos y fuentes sobre ese informe, o incluso pedir que la propia IA redacte el artículo simplemente ajustando un buen prompt.

¿Es inevitable su uso? ¿Consiste la solución en hacer un empleo moderado o consciente? En este medio hemos publicado sobre el tema algunas entradas que señalan el uso de la IA como nuevo sistema operativo del capital tardío y también el modo en que el capital retuerce un grado más el mecanismo de explotación a través del empleo de estas nuevas tecnologías para agrandar la parte variable del capital acortando los tiempos de descanso o hiperexplotando los de trabajo, en una estructura de dominación que busca colonizar el descanso humano.

Asimismo hemos visto en este medio cómo las empresas que crean estas aplicaciones (como Anthropic, creadora del asistente Claude) se apropian del trabajo muerto, los libros de millones de escritores, absorbiendo ese trabajo humano acumulado para cristalizarlo en un software, caso del Proyecto Panamá.

Los tecnófilos y los que creen que esa relación entre deterioro cognitivo y uso de la IA es exagerada, desproporcionada, evocan la figura de los luditas para comparar las críticas con una suerte de arcaicos inadaptados que se resisten al avance social. Incluso, pretendiendo apoyarse en Marx, encuentran en su crítica a los luditas una demostración de que el rechazo a las nuevas tecnologías supone una incomprensión casi primitivista.

En realidad, el apartado del tomo I de El Capital en el que Marx habla sobre la producción del plusvalor relativo y analiza la introducción de la maquinaria en la industria dice algo bien distinto. Copio literalmente: «todos los inventos mecánicos efectuados hasta el presente han aliviado la faena cotidiana de algún ser humano. Pero no es éste, en modo alguno, el objetivo de la maquinaria empleada por el capital. Al igual que todo otro desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, la maquinaria debe abaratar las mercancías y reducir la parte de la jornada laboral que el obrero necesita para sí, prolongando, de esta suerte, la otra parte de la jornada de trabajo, la que el obrero cede gratuitamente al capitalista. Es un medio para la producción de plusvalor«.

Es decir, no se trata sólo de interpretar como «moderno o primitivo» el uso de las tecnologías, sino de su análisis en base a una sociedad planteada sobre contradicciones de clase.

Un análisis que elude la circunstancias de clase (el más frecuente hoy día incluso entre los que se autoperciben como izquierdistas) llegaría a la conclusión de que un uso moderado bastaría para solucionar el problema. Aquí acuden nuestros izquierdistas posmodernos, que se precian de ser transgresores acérrimos del sistema, para regalarnos alguna de sus «cavilosas soluciones prácticas», que diría don Federico, como por ejemplo, el referente americano de nuestro podemismo y sumarismo, Bernie Sanders, y su impuesto a las empresas de creación de IA.

Lo de siempre, piruetas dignas de circos orientales, lo que sea para eludir que se señale la contradicción principal de la sociedad en que vivimos.

Pero los estudiantes no son trabajadores, podrá pensar un lector, ni tampoco producen. Bien, es cierto. Pero sí participan del entorno social donde proliferan esas contradicciones de clase, además de formarse como futuros adultos. Estos jóvenes no sólo acuden a la IA para resumir textos, redactar ensayos o resolver operaciones lógicas. También se acostumbran a un consumo pasivo de información supervisada por el algoritmo, a saltarse el esfuerzo intelectual de procesar una idea. Peor aún, pierden la capacidad de evaluar críticamente fuentes complejas, de dudar.

Aparte de esta atrofia de la capacidad cognitiva, existe otro factor que no debemos desdeñar, y es la brecha de clase que existe entre sectores favorecidos, que pueden ser tutelados para el empleo de la IA como forma de facilitar la investigación, con otros sectores más desfavorecidos en los que la carencia de profesorado o medios derive en la adopción de la IA como «suplente» de esa carencia, un parche barato ante la falta de docentes.

Un sistema, el del conjunto de la OCDE y en especial hoy Europa, que da prioridad al gasto de la guerra sobre las necesidades educativas públicas, que se aprecian como «gasto» y amenazas a la «sostenibilidad».

En mi opinión existe otro matiz que va más allá de todo esto y que se relaciona con la propia dialéctica del aprendizaje. Si imaginamos el aprendizaje como un camino, la trayectoria de ese camino será tanto o más importante que la meta en sí, pues ese tiempo empleado en su razonamiento formará parte de la sustancia de que está hecho ese razonamiento.

Un estudiante que encuentra la solución a un problema a golpe de prompt se pierde la parte del proceso en la que su pensamiento busca el camino hacia esa solución. Si su entendimiento consta no sólo de la llegada a esa solución, la meta, sino también del camino recorrido para llegar a ella, en el caso de la solución anticipada por la IA nos encontramos con un modelo que acorta ese camino y lo pierde en una especie de agujero negro.

Creo que los psicólogos usan el concepto insight para describir el descubrimiento de una verdad oculta, una comprensión profunda o un entendimiento repentino sobre un problema. Es ese momento de revelación en el que todo cobra sentido y gritamos Eureka.

Cuando una tecnología capaz de modificar nuestros hábitos se despliega masivamente bajo una lógica puramente comercial, sin un diseño social, las personas no encuentran liberación en ello sino por el contrario, terminan subordinadas, descalificadas y despojadas de sus propias capacidades intelectuales por esa tecnología.

El beneficio que el sistema obtiene de ello son individuos más maleables, menos críticos, más susceptibles de asumir sin filtro cualquiera de los disparates que nos bombardean a diario en los informativos, en España y en general en el entorno OCDE, aquel que el informe PISA investiga. Verdaderas sandeces que insultan la inteligencia del espectador, que nos confunden y nos llevan a un aturdimiento en el que la memoria incluso de los últimos años se pierde y todo parece reciente.

La percepción del mundo del individuo occidental y en el entorno mediático atlantista se basará en mayor medida sobre cuestiones emocionales, identitarias, viscerales, y cualquier razonamiento demasiado complejo que implique cuestionar sus pilares ideológicos supondrá un rechazo, pues será visto como una amenaza de deconstrucción del condicionamiento mediante el que se la ha moldeado desde su infancia.

Es por ello que el individuo educado ideológicamente en ese caldo de cultivo tenderá a la falsa polarización, al adanismo, a la solución cómoda de los dogmas con los que fue condicionado su pensamiento hacia lo intuitivo.

La batalla de las ideas es en el fondo una lucha por el sostenimiento de la lógica compleja, aquella que es precisa para analizar los procesos sociales. Sin lógica dialéctica nos encontramos más cerca de los animales, que existen en un eterno presente, que de los humanos, que aprendieron a verse a sí mismos en el entorno de una sociedad de la que eran plenamente conscientes.

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