La más desvergonzada explotación de la miseria. Reflexiones marxistas sobre el problema de la vivienda en España (I)

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Esta renta (de la tierra con fines de edificación) se caracteriza (…) finalmente por el predominio del precio monopolista en muchos casos, en especial de la más desvergonzada explotación de la miseria (pues la miseria es para los alquileres una fuente más lucrativa de lo que jamás lo fueron para España las minas de Potosí) y el poder descomunal que confiere esa propiedad cuando, unida en unas manos con el capital industrial, permite excluir de la tierra, en cuanto morada, a los obreros en lucha por su salario. Una parte de la sociedad le reclama aquí a la otra un tributo a cambio del derecho de habitar la tierra, así como en general la propiedad de la tierra implica el derecho de los propietarios a explotar el cuerpo del planeta, sus entrañas, el aire, y con ello la conservación de la vida.
Marx, El Capital, capítulo XLVI

(Esta entrada se completa con las partes dos, tres y cuatro ).

«Ya pagué el alquier, al menos este mes ya tengo donde pasar hambre». Esta aparentemente chistosa frase, leída en una red social, resume la situación vital de muchas personas que residen hoy en España.

En los anuncios sobre vivienda podemos asomarnos al abismo de miseria, o de la precariedad si preferimos el aséptico lenguaje de moda. Personas y familias que para eludir los desahucios se ven obligadas a compartir pisos con extraños, habitaciones realquiladas al precio de lo que debería ser el valor de una vivienda individual, alquileres e hipotecas que consumen la mayor parte de los salarios actuales. Todo ello en el contexto de inflación que llena con beneficios de récord los bolsillos de las empresas del IBEX, mientras se produce el expolio de los escasos servicios públicos que quedan.

Entre tanto, las Administraciones responden sólo cuando resulta ya imposible ocultar que nuestras ciudades se han convertido en parques temáticos turísticos, y proponen «soluciones» preregrinas, como apelar a la buena fe de las empresas inmobiliarias. Estas soluciones tan peculiares conducen a confirmar que los gestores políticos están más interesados en sostener los intereses armamentísticos y de los fondos de inversión, que en solucionar los problemas más urgentes de la clase trabajadora.

En esta entrada se propone iniciar una serie de escritos sobre el problema de la vivienda en España, a la luz de los textos marxistas clásicos, cotejados con datos y estudios que sobre el tema se realizan en la actualidad. Para los trabajadores y trabajadoras es necesario disponer de un bagaje teórico, aunque sea sencillo, para poder entender las situaciones que se le presentan en constante lucha de la sociedad capitalista, y obviamente el problema de la vivienda, ahora en especial tensión, también debemos acometerlo con herramientas teóricas.

Por claridad del lector, se van a dividir en cuatro partes, que en esta primera se dedicará a una introducción sobre la teoría marxista. A ella le seguirán:

  • las cavilosas soluciones prácticas (Engels) al problema de la vivienda, desarrollo histórico en España; explicación de la relación de simbiosis entre las normas y leyes gubernamentales, incluida la actual, con el lucro inmobiliario, esto es, la especulación de la vivienda como parte intrínseca del sistema capitalista.
  • la institucionalización del rentismo, el rentista como figura social, análisis de los datos que sugieren la acumulación de capital y el trasvase indirecto de una parte del plusvalor desde la clase trabajadora a esta clase acomodada
  • la relación de lo interno con las relaciones internacionales, la economía nacional sometida a bancos y fondos de inversión; métodos con los que el capitalismo adapta la escasa producción (en España) a nuevas formas de capitalismo financiero; la curiosa creatividad capitalista: inquiokupas, tokenización inmobiliaria.

1 Aspectos teóricos.

Para el acopio de argumentos teóricos debemos referirnos, por supuesto, a la sección sexta de El capital de Marx, en su tomo tercero, sobre la transformación de la plusganancia en renta de la tierra. De forma complementaria, conviene leer también el texto de Engels Contribución al problema de la vivienda, que ya en esta columna repasamos en un artículo anterior.

Recomiendo, como formación y aporte de datos, ver el episodio número 20 del Curso básico de marxismo, referido a la renta de la tierra, de la Asociación Cultural Volver a Marx. Y además, los estudios realizados por el Grupo de Investigación sobre el Subdesarrollo y el Atraso Social (GISAS), de la Universidad de La Laguna, en especial los referidos a turismo y urbanismo.

Los trabajadores que tenemos alguna noción de teoría comunista, y que sufrimos en experiencia propia la penuria de la vivienda, podemos tender a pensar que el asunto se trata de una acumulación de capital simple y que la cuestión puede despacharse con un análisis somero como el que podríamos realizar en una polémica de explotación laboral cotidiana, entre asalariados y empresarios. Sin embargo, veremos que la cuestión es un poco más compleja.

Podría empezar recurriendo al tópico de que tanto el texto citado de Engels, como los capítulos de Marx en El capital sobre este género, son de una asombrosa actualidad. Realmente lo son en algunos pasajes, como veremos. Pero por ser estrictos, sería más correcto afirmar que aunque nos separen de ellos un siglo y medio, no se trata de una capacidad sobrenatural de perspectiva o de una cualidad adivinatoria de aquellos autores, sino que ellos iniciaron el método más correcto para analizar las situaciones que se producen en las sociedades, sobre todo en la capitalista en la que continuamos viviendo, y que pese a las diferencias producidas por el paso del tiempo, ese método nos conduce a la más acertada interpretación.

En el conjunto de la lectura de El capital se intuye una idea constante que desenmascara al capital como fuerza social que destruye tanto la fuerza humana como la naturaleza (las tierras, minas, ríos, etc). Marx, de una manera muy rigurosa y sistemática, presenta primero un tomo dedicado a la producción, seguido de un segundo referido a la circulación, más un tercero que relaciona ambos procesos en su conjunto, este inacabado (como sabemos el segundo y tercero fueron publicados por Engels, ya fallecido Marx, a través de manuscritos). Si bien ese aspecto ecológico resulta más evidente en la tercera parte, las referencias a aquellas «dos fuentes de valor» aparecen también en el primer tomo, que pudo ser revisado en vida por el propio autor:

Todo progreso de la agricultura capitalista no es solo un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino a la vez en el arte de esquilmar el suelo; todo avance en el acrecentamiento de la fertilidad de éste durante un lapso dado, un avance en el agotamiento de las fuentes duraderas de esa fertilidad (…) La producción capitalista, por consiguiente, no desarrolla la técnica y la combinación del proceso social de producción sino socavando, al mismo tiempo, los dos manantiales de toda riqueza: la tierra y el trabajador. Capítulo XIII, Maquinaria y gran industria, apartado 10, Gran industria y agricultura.

La circunstancia de habitar en algún sitio es una necesidad vital sin la que es imposible una vida digna. Este caso es uno entre muchos y tuvo lugar el pasado julio de este año.

Tendremos que poner especial cuidado en dos aspectos importantes. Primero que las tesis de Marx referidas a la renta de la tierra están desarrolladas en El capital en relación a la agricultura y al suelo como terreno agrícola, si bien esto es así debido a la especial importancia que dentro de la economía de cualquier país tiene el sector primario, y también porque el ejemplo de la agricultura resulta arquetípico de otros usos del terreno, o mejor expresado, del espacio que el planeta en que vivimos podemos habitar, trabajar o usar como medio. Pensemos también en la minería, las explotaciones de gas o petróleo, la explotación forestal, la pesca e incluso el espacio sobre la tierra en el que circulan también los transportes aéreos. Dentro de todas esas variedades se encuentra también, por supuesto, el suelo de la vivienda, que es el que nos ocupa aquí:

Donde quiera que exista la renta, la renta diferencial se presenta por doquier y obedece siempre las mismas leyes que la renta diferencial agrícola. En todas partes donde las fuerzas naturales sean monopolizables y le aseguren al industrial que las emplea una plusganancia -trátese de una caída de agua, de una fructífera mina, de aguas abundantes en pesca o de un solar bien ubicado-, la persona cuyo título sobre una parte del globo terráqueo la caracteriza como propietario de esos bienes naturales le intercepta esa plusganancia, en forma de renta, al capital actuante. Capítulo XLVI, Renta de solares, renta minera, precio de la tierra.

Segundo, que al hablar de renta de la tierra (tierra, repetimos, como elemento paradigmático, arquetípico) no se trata de una forma semejante a la plusvalía o de plusvalía transformada en ganancia y a su vez en ganancia media, sino de una vía de acumulación diferente de la de la producción industrial o del comercio, pero que sigue siendo propia del capitalismo.

Por ser un texto que trata un tema más cercano, o por ser el primero y con el que los aprendices de comunistas nos chocamos más veces, el primer tomo nos es más familiar, de modo que todos sabemos que la plusvalía y la ganancia vienen del trabajo obrero, verdadera fuente del valor del capital. La renta de la tierra vendría a ser una parte de la plusvalía, una parte del plustrabajo obtenido de la clase obrera, acumulado en forma diferente a la de la producción.

La relación asalariado/capitalista es diferente de la relación inquilino/propietario. En la cuestión de la vivienda tenemos dos partes que se contraponen, inquilino y arrendador, en una relación comercial simple. Cualquiera que sea el importe de la estafa sufrida por el inquilino, no puede tratarse sino de la transferencia de un valor que ya existe, previamente producido. El arrendatario resulta estafado al verse obligado a pagar su vivienda por encima de su valor (Engels, Contribución…). Aunque puede producirse también entre burgueses, obviamente este engaño sucede más entre los trabajadores que entre las clases acomodadas.

Esa parte transferida de un valor que ya existe representa la valorización de la propiedad, la valorización de un bien escaso que puede cotizarse o encarecer por un dueño por el simple hecho de poseerlo (una parte de la sociedad le reclama aquí a la otra un tributo a cambio del derecho de habitar la tierra, en palabras de Marx, en una cita antes usada). En realidad, esos bienes naturales carecen de valor, o sería más correcto decir, su valor es incalculable; incalculable excepto dentro de un contexto social, que establece la norma social que permite monetizar ese bien.

¿»Precariedad habitacional», «gentrificación»?

La moda de usar eufemismos para denominar los problemas intrínsecos del capitalismo resulta a veces inconveniente para la claridad de su comprensión. Se habla de precariedad para referirse a lo que es simple pobreza o miseria, y no sólo eso sino que se despliega además una serie de modalidades de precariedades como la habitacional.

También en Contribución… escribe Engels: «la llamada penuria de la vivienda (podríamos sustituir por la actual «precariedad habitacional»), que representa hoy un papel tan grande en la prensa, no consiste en que la clase trabajadora viva en general en malas viviendas, superpobladas e insalubres. Esta penuria de la vivienda no es peculiar del momento presente; ni siquiera es una de las miserias propias del proletariado moderno a diferencia de todas las clases oprimidas del pasado; por el contrario, ha afectado de una manera casi igual a todas las clases oprimidas de todos los tiempos. Para acabar con esta penuria de la vivienda no hay más que un medio: abolir la explotación y la opresión de las clases laboriosas por la clase dominante«.

Ocurre de forma análoga con el proceso que denominan gentrificación. Sucede así que esa circunstancia parece adquirir una forma novedosa, en cierta forma se naturaliza, como si fuese una inevitable característica de la vida moderna que los barrios antes obreros pasen a ser un parque temático de la especulación turística, un mal que no tenemos más remedio que soportar en nombre del progreso, y que solo podemos paliar con las cavilosas soluciones burguesas. Sucede que esas sesudas soluciones curiosamente sólo salen a relucir cuando son los pequeños burgueses, que residen en las zonas afectadas y que suelen ser las céntricas, los que sufren las incomodidades del turismo barato.

En la gentrificación la extensión de las ciudades da a los terrenos, sobre todo en los barrios del centro, un valor artificial. Engels: «el resultado es que los obreros van siendo desplazados del centro a la periferia; que las viviendas obreras y, en general, las viviendas pequeñas son cada vez más escasas y más caras, llegando en muchos casos a ser imposible hallar una casa de ese tipo, pues en tales condiciones la industria de la construcción encuentra en la edificación de casas de alquiler elevado un campo de especulación infinitamente más favorable y solamente por excepción construye casas para obreros«.

La planificación de las ciudades demuestran en sí mismas una proyección urbanística de las clases sociales. Además de estar apartadas y localizadas, las diferentes zonas, barrios, distritos, no sólo no muestran una muy diferente modalidad de viviendas, sino además un muy diferente grado de suministros y servicios, que implican una forma de vida muy desigual. En esto, también, las Administraciones parecen no mostrar cuidado excepto cuando los propios vecinos señalan los problemas que ya de ningún modo pueden ser ocultados bajo la alfombra (ver por ejemplo las reivindicaciones de la Plataforma Barrios Hartos en la ciudad de Sevilla).

Así por tanto, se le ponga el nombre que se le ponga, la cuestión de la vivienda es uno entre los innumerables males menores suscitados, devenidos, desencadenados por el modo de producción capitalista.

Imagen del estado del canal de la barriada de Amate en Sevilla, fotografía de Barrios Hartos.

La renta es directamente proporcional a la escasez.

Vamos por tanto avanzando en el contenido teórico y, aunque pueda parecer simple, vamos desgranando algunas ideas previas que son aclaratorias. Que el problema de la vivienda no es particular de este momento sino que es una de las consecuencias del capitalismo que produce, en determinadas circunstancias, momentos de especial tensión. Así, es una cuestión intrínseca de la sociedad en que vivimos, una de las diversas formas en que se produce la acumulación de capital. Aunque esta forma es diferente de la que se produce en la explotación laboral, su valor se adquiere de una peculiar manera.

Además vemos que es claro que su valor no proviene de la fuente propiamente de valor, el trabajo, sino de la forma en que ese bien es valorizado socialmente. Precisa de una serie de circunstancias que crean el medio social necesario. Observemos que Marx introduce en este punto factores naturales, que no pueden ser fabricados por la mano humana; sí lo son los productos propios de la actividad fabril, que pueden ser creados hasta tal punto de saturar un mercado, provocar excedentes, o ciclos de crisis comercial. Esos factores naturales son limitados. Veamos que esto es paradigmático en la agricultura (los terrenos fértiles son concretos y su producción es limitada pese a todos los avances tecnológicos) y asimismo en nuestro tema de la vivienda: el suelo es un bien escaso, en especial donde adquiere un mayor valor, como veremos a continuación al hablar de la renta diferencial.

En consecuencia, en los entresijos de la renta encontramos que la escasez es un factor necesario. Las tierras, los solares, no pueden encontrarse a demanda. Esa escasez es directamente proporcional a la renta, a mayor escasez, mayor renta.

El ávido capitalista, cuya naturaleza es la permanente búsqueda de ganancia, encuentra en los solares de las ciudades y en los edificios ya construidos, su mina del Potosí.

«La propiedad de la tierra presupone el monopolio de ciertas personas sobre determinadas porciones del planeta, sobre las cuales pueden disponer como esferas exclusivas de su arbitrio privado, con exclusión de todos los demás» (capítulo XXXVII El capital). Como es lógico, los edificios pueden ser construidos a voluntad, de manera industrial o siguiendo un patrón de diseño como es visible en la homogeneidad de bloques característica de los barrios obreros, pero eso no significa que incluso estos edificios puedan ser controlados por unas pocas manos.

De hecho, como sabemos, los mayores tenedores de vivienda son los bancos y los fondos de inversión, que controlan una inmensidad de esas viviendas. Como si de las sobras de un festín se tratara, los pequeños tenedores (denominación textual de la vigente y novedosísima ley de vivienda) pueden controlar hasta 10 de esas viviendas o locales. Un número de viviendas no al alcance de cualquiera, que significa una especie de eslabón intermedio entre esos grandes fondos y el arrendatario o hipotecado inquilino.

Ya sea al nivel gigantesco de los fondos y bancos, como al más moderado del pequeño tenedor, finalmente lo cierto es que se produce una situación de control del mercado en la que el usuario se ve afectado, ya sea por un inmenso tenedor como por el pequeño que se aprovecha de las migajas que caen del más grande.

Renta diferencial.

En la sección sexta, Marx describe las diferentes formas del concepto de renta diferencial. De un modo semejante a como una máquina de superior tecnología puede aumentar la producción y por tanto el plusvalor, en el caso de la tierra existen otra serie de circunstancias en las que el capital funciona bajo condiciones excepcionalmente favorables. Estudiado ya por los autores economistas precedentes, como Ricardo o Smith, la renta diferencial vendría a ser, en el ejemplo arquetípico de la agricultura, la ganancia extraordinaria que surge por causa de la diferencia de fertilidad entre distintas tierras simultáneamente explotadas en forma capitalista.

Supongamos por ejemplo, el caso de una tierra cuyas peculiares características sean idóneas para el cultivo de una cierta uva, muy escasa. Para el viticultor esa tierra poseerá, lógicamente, un valor más alto, pues le producirá un rendimiento diferencial considerable.

En lo que se refiere al tema que nos ocupa, el valor de la tierra con fines de edificación, está regulado por esta renta diferencial en cuanto a un aspecto imprescindible: la ubicación. Pensemos, por ejemplo, en el diferente valor que adquiere un inmueble para el uso turístico, si está situado en una calle cercana al centro histórico de las ciudades, o si está situado en un paraje natural cuyo entorno sea especialmente agradable a la contemplación.

Así pues, tenemos los tres factores que influyen en el mayor o menor grado de renta en las edificaciones, que Marx esquematiza en los dos factores mencionados, monopolio y ubicación, más la pasividad del propietario, cuya actividad consiste en explotar los progresos de la actividad social sin prácticamente ningún riesgo. En este trío de circunstancias hallaríamos la definición del rentista de la vivienda, equivalente inmobiliario del terrateniente en el modelo arquetípico de la tierra, figura que será desarrollada en la tercera parte de esta entrada.

Carácter social.

«Para vender una cosa, todo cuanto hace falta es que la misma sea monopolizable y enajenable«, escribe Marx. Debemos tener en cuenta que la apropiación de la renta presupone la propiedad de la tierra (el interés inmobiliario presupone la propiedad de viviendas), esto es, la circunstancia histórica de la ficción jurídica que establece que determinados individuos poseen con exclusividad unas ciertas partes del planeta. Esto comprende su dimensión histórica a nivel de Estados, reyes o latifundistas, en España por ejemplo la Casa de Alba, que Marx desarrolla en el concepto de acumulación originaria como génesis histórica del capitalismo, hasta su desarrollo actual en el que esas grandes extensiones se atomizan de manera infinitesimal hasta las pequeñas propiedades como los terrenos de los pequeños agricultores, o en nuestro caso por ejemplo los apartamentos.

Por otra parte, ese beneficio obtenido de la propiedad es parte del plusvalor, producto del plustrabajo en su forma sin desarrollar, en especie. Si bien, como se ha explicado, no de forma directa o de manera peculiar, pues la renta no es correspondiente al modo de producción capitalista, sino que se valoriza en función de estar comprendido de ese mismo modelo. En el proceso de producción los trabajores deben trabajar por encima del tiempo necesario de reproducción de su propia fuerza de trabajo, deben ejecutar plustrabajo en general, como condición subjetiva. Pero la condición objetiva es que puedan hacerlo, esto es, que se den los determinantes sociales para que esta lógica pueda desarrollarse.

En conclusión, como se ha comentado, el propietario en este caso no interviene por su acción en el proceso, más bien por lo contrario, por su pasividad. «El nivel de renta del suelo (y con ella su valor -escribe Marx- se desarrolla en el curso del devenir social como resultado del trabajo social global«.

«Ningún productor, tanto industrial como agrícola –prosigue Marx– considerado aisladamente, produce valor o mercancía, su producto sólo se convierte en valor y mercancía en determinado contexto social».

Es por ello que las cavilosas soluciones prácticas (Engels) al problema de la vivienda nos parecen, cuando disponemos de esta información teórica, brindis al sol, puesto que se evidencia que el supuesto mal de la especulación, presentado como una cuestión puntual o motivada por las malas artes de ciertos personajes, no es sino parte intrínseca del sistema capitalista. Esto se desarrollará en la siguiente entrada.

Y que el rentismo (¡Madrid será la cuna del rentismo!, se gritaba ayer domingo en la manifestación por la vivienda) no es otra cosa sino la figura concreta de un modo de acumulación de capital, de entre las diversas forma de trasvase de una parte del plusvalor desde la clase trabajadora a esta clase acomodada. También se verá en profundidad en la tercera parte.

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