Dialéctica de la tanqueta

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«La tanqueta no lleva ningún elemento de ataque contra los manifestantes», explicó el delegado del Gobierno en Andalucía, «sólo es que tiene más resistencia porque está blindada». Por su parte, los delegados de UP en el Gobierno reprocharon la presencia de la tanqueta en las calles de Cádiz y pidieron dos cosas: explicaciones a sus compañeros del propio Gobierno y a los trabajadores confianza. ¿Qué habría pasado si los trabajadores gaditanos en huelga hubiesen empleado la misma lógica? Pues habrían debido responder: ¡oh, perdonen ustedes!, por un instante creímos que la tanqueta y los palos y las pelotas de goma eran formas de represión violenta, y que la policía actuaba como el brazo represor del Estado, cuyo órgano ejecutivo es su Gobierno, del que ambos forman parte; pero ya vemos que no es así, figúrense la confusión, nos retiramos, disculpen las molestias.

Pero, por suerte, los trabajadores del metal gaditano, gracias a la práctica y a la conciencia de clase, han desarrollado una lógica más profunda que la empleada por los delegados del Gobierno y los del otro Gobierno, y conocían la dialéctica que explica de un modo más exacto la realidad. No se retiraron y se mantuvieron firmes hasta obtener un acuerdo.

Como los hermanos del cuento de Cortázar que da nombre a esta columna, la izquierda con representación parlamentaria va cerrando puertas tras de sí y parece decidida a cerrar la última, la ideológica, y tirar la llave a la alcantarilla. La práctica se nos presenta con la tozudez de la actualidad y cuando no es en el conflicto de las trabajadoras sociosanitarias, lo es en Tubacex o en el metal de Cádiz. Esa izquierda procura avanzar pedaleando sólo con la práctica de su militancia, pero no consigue más que dar vueltas, porque para ir adelante le falta la otra biela, la teórica.

No es casual que el Gobierno haya decidido eliminar de la educación pública la Filosofía y en cambio aumenten las horas para las religiones. Eso sí, nos quieren adaptados a las nuevas tecnologías, que seamos resilientes y nos actualicemos digitalmente, y para no distraernos en ese empeño nos quitan lo que estorba, la Lógica, el Latín o la Música, como bien indica en este mismo medio Lidia Falcón. «No te pagan por pensar», me espetó hace años un jefe de mi trabajo, funcionario de alta escala. Esto mismo parecen decirnos nuestros dirigentes, que pretendemos pensar demasiado, cuando de lo que se trata es de hacer cosas, cosas prácticas, aunque no nos expliquen para quiénes son prácticas.

Esta «disociación entre realidad y pensamiento» proviene de hace años y está relacionada con el «acercamiento a posiciones conservadoras mediante el abandono del materialismo», como denuncia Carlos Martínez en otro gran artículo también de este medio.

¿Por qué la razón más desarrollada, la lógica dialéctica, no es fomentada por los poderes públicos? ¿Por qué en cambio son bienvenidos el idealismo y la lógica formal y son estos razonamientos los únicos admitidos en la izquierda aceptable por el sistema? La respuesta está dada en el ejemplo de Cádiz. Porque la dialéctica es la manera de razonar que nos hace comprender la realidad en su dimensión verdadera y la que por tanto sólo puede ser transformadora.

Nuestra izquierda parlamentaria con parte en el Gobierno ha decidido estancarse ahí, en lo posible y muy lejos de lo necesario. De forma irónica, sus dinámicos lemas (podemos) han venido a aleccionarnos que no se puede ir más allá, que el logro de algunas mejoras es el final de trayecto. Y a este freno se suman hasta quienes se atribuyen cualidades marxistas, incluso leninistas. Consideran izquierdista la crítica de esta especie de resignación ideológica. No es momento, dicen, con 35 diputados es lo que hay, tenemos que sumar fuerzas. Supongo que se entiende por fuerza la del voto y por suma el sostenimiento del sistema.

Esta fe pasiva, esta ideología de la resignación, se produce en las masas que aún no fueron despertadas a la lucha y entre los que lucharon pero conocieron la derrota. Esta resignación -estoy citando de manera literal palabras de Althusser (1)-, es más antigua que la historia misma, que es la historia de la lucha de clases. La gente moldeada así por la explotación y la opresión, termina por resignarse y aceptar con filosofía la derrota, como una religión.

La ideología dominante, la que defiende los intereses de la clase dominante, cumple la función de permitir que la clase social que ostenta el poder del Estado llegue a obtener el consentimiento de sus explotados, promoviendo en ellos una ideología que evite que se rebelen.

En otra obra (2), el filósofo francés, respondiendo a la pregunta ¿por qué es tan difícil (digamos complejo) ser comunista en filosofía?, explica: «el instinto de clase es subjetivo y espontáneo. La posición de clase es objetiva y racional. Para pasar a las posiciones de clase proletarias, el instinto de clase de los proletarios sólo tiene necesidad de ser educado; el instinto de clase de los pequeños burgueses debe ser revolucionado».

Es por esto que sólo desde la tranquilidad del pequeño burgués es posible pedir calma, mientras se firman acuerdos con la Unión Europea que no son otra cosa que la continuidad del proyecto de desmantelamiento industrial en España y su sometimiento como destino turístico, de los recortes en derechos sociales para abaratar la mano de obra.

Y es por eso que sólo desde la experiencia del paro, del palo en el costado, de las pelotas de goma, del miedo a perder el pan de los hijos, es posible entender que sin lucha no hay cambio posible, como han demostrado de manera ejemplar los compañeros de Cádiz, que no por casualidad es una de las zonas más pobres de Europa. Y es por eso que comprendemos que su lucha es la nuestra, que tal vez algún astuto pueda, en la tregua de una guerra, saltar de una a otra trinchera sin ser visto, pero que cuando los disparos arrecien hay que elegir bando, o ellos o nosotros.

1- Louis Althusser, Iniciación a la filosofía para no filósofos.

2- L. Althusser, La filosofía como arma de la revolución.

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