«Había estado trabajando mentalmente en aspectos de la novela mientras me hallaba en la cárcel, que fue un escenario idóneo para tal labor. Mi delito había sido negarme a entregar al Comité de Actividades Antiamericanas una lista de los miembros de la organización denominada Ayuda a los refugiados Antifascistas de la República Española».
Howard Fast, escritor estadounidense, autor de la novela Espartaco
Estremece pensar que buena parte de nuestro censo electoral se haya criado viendo L̷a̷ ̷S̷e̷c̷t̷a̷ La Sexta TV desde 2006 y que aún sigan haciéndolo.
Recuerdo en mis inocentes tiempos de militancia cuando nos conminaban a ver los «debates políticos» de las noches, porque iban a entrevistar unos minutos a Alberto Garzón y eso era un hito, una conquista de la izquierda. La engañifa ya es vieja pero debe funcionar porque las empresas siguen invirtiendo bastante pasta en ese teatro. Y como lo que se juega ahora es nada más y nada menos que sostener los restos del decadente imperialismo yanqui, andan desesperados buscando nuevos y mejores mercenarios, voceros bienpagados que sepan atraer a más indocumentados, crearles miedo.
Pues sucede que hace unos días este canal emitió un programa en el que se dedicaron sin ningún reparo a señalar a personas acusadas de ser «propagandistas de Putin» por el simple hecho de oponerse a la guerra y al obsceno gasto militar, calificaron de fascistas a quienes sientan simpatía por Rusia y, por si esto fuera poco, acusaron directamente de espía a Pablo González, periodista que permaneció preso durante casi 900 días sin que se demostrase la menor prueba (espoiler alert: ellos tampoco).

Eludo mencionar al programa por no hacerles propaganda, aunque al parecer el espacio tuvo poca audiencia. De ese fracaso por supuesto me alegro, porque para esos medios las visitas son el equivalente de los votos para los partidos de nuestro Congreso, es su oxígeno. Si más audiencia supone más dinero de la propaganda, más votos suponen más recursos públicos para los partidos, cargos y liberados.
La censura otanista se filtra por todos los entresijos de la sociedad, por supuesto también en la política. En una entrevista que realicé al periodista Javier Couso, este explicó que cargos políticos de la supuesta izquierda negaron a última hora el aval para su candidatura a las elecciones europeas, después de que estos se lo hubiesen asegurado.
Quien cuestione la norma UE del gasto militar y la guerra obtiene su etiqueta. Rojipardo, putinista, prochino, etc. Putinlover decía uno de los señores del programa, en un alarde de creatividad que recuerda a la caspa de los que utilizan aquello de socialistos o los que no comen jamón; ahí se aprecia que tanto los supuestos izquierdistas como los ultraderechistas vienen a ser la misma mierda, pues proceden de la misma mierda subvencionada por el atlantismo.

Pero como digo la pantomima funciona y, si estos peleles no dan más de sí, buscarán otros. En una entrada de esta columna, de hace ya dos años -el tiempo vuela-, hablaba de la censura y las listas negras, que recuerdan al macartismo. Es lógica la remembranza porque son la misma iniquidad pero actualizada a nuestros días. Ojalá sean estos los coletazos de un imperialismo moribundo.
La película Espartaco (1960) esconde tras de sí una curiosa historia sobre el macartismo. El autor de la novela explica en su prólogo que ideó la historia estando preso por no delatar en Estados Unidos a las personas que habían ayudado a los republicanos españoles. Del mismo modo sucedió con el guionista que adaptó la novela, Dalton Trumbo. Fue uno de los Diez de Hollywood, lista negra de artistas creada por la cruzada yanqui contra lo que consideraban elementos comunistas en la industria del cine.
Todos esos artistas, que osaban emplear un medio, tan deseable como el cine, para otros fines que no fueran los de los intereses de las grandes empresas, se consideraban un gran peligro para el sistema americano. Se les acusaba de comunistas y de traidores subversivos.
Entonces, como ahora, decir la verdad se consideraba subversivo. Y del mismo modo emplearon ingentes cantidades de recursos en crear otras películas, otros documentales y series, que mostrasen al público lo pernicioso que eran esos personajes, que ponían en peligro a la patria ante el enemigo, esto es, señalaban a quienes advertían del infame gasto militar, la guerra y la mentira, tal como sucede hoy en la guerra de Ucrania, en la escalada del conflicto en el entorno del Mar Rojo y en especial en el genocidio del pueblo palestino.
Estos mercenarios son el instumento para crear ese sesgo en la opinión pública, necesitan crear preocupación, y para ello es vital acallar a las voces que se atreven a decir la verdad. Los que se atreven a levantarse y gritar ¡yo soy Espartaco!
Simiente de fascistas, como explicaba aquel otro personaje novelesco legendario, Robert Jordan, de otro genio identificado con la República española, Hemingway: hay muchos fascistas que no saben que lo son, pero lo descubrirán en su momento.
Esos voceros cumplen el encargo, generosamente pagado, de expandir la inquietud, el miedo. Se sabe que no hay nada más parecido a un fascista que un pequeño burgués asustado.








