Los extremismos de uno y otro color

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Colocar en el mismo plano moral el comunismo ruso y el nazifascismo, en la medida en que ambos serían totalitarios, es en el mejor de los casos una superficialidad; en el peor es fascismo. Quien insiste en esta comparación quizás se considere a sí mismo un demócrata, pero en realidad, en el fondo de su corazón, es ya un fascista y, desde luego, sólo combatirá el fascismo de manera aparente e hipócrita mientras reserva todo su odio para el comunismo.
Thomas Mann, escritor y pensador alemán.

En el rodillo de pensamiento único que ha dado en ser la información que en esta parte del mundo recibimos sobre el conflicto de Ucrania ha habido una imagen que me ha llamado singularmente la atención: ha aparecido un tanque ruso que ondea con orgullo la bandera soviética. Según esa suerte de Ministerio de la Verdad que son estos días los medios de comunicación occidentales, la presencia de dicho estandarte demuestra la realidad de que Putin es un tirano sediento de sangre que quiere revivir no ya el Imperio Ruso, sino la Unión Soviética. ¡Anatema! La Unión Soviética era un estado totalitario donde se imponía el pensamiento único y se impedía a la gente no ya pensar, sino expresar sus emociones. Stalin era tan repugnante como Hitler y todas las dictaduras deben ser repudiadas. Al menos eso es lo que nos cuentan.

En tal caso cabe preguntarse dónde se han metido todos estos medios y voceros durante los últimos ocho años, cuando individuos que enarbolaban la esvástica quemaban vivos a sindicalistas y militantes de izquierdas y arrasaban las zonas rusoparlantes del este de Ucrania. Desde luego durante esos años no he visto a los deportistas ucranianos ser excluidos de ninguna competición ni que se nos hablara de la barbarie que querían imponer en el este del país. Tampoco he visto que en los festivales de cine o musicales se impida a los artistas ucranianos exponer su obra ni mucho menos que las agencias de noticias ucranianas sean eliminadas de todas las plataformas de internet.

Más aún, el NODO que se nos está aplicando sobre la situación en ese país de Europa del Este no para de mostrarnos heroicos luchadores sobre el terreno, o bien angelicales y seráficos pacifistas ucranianos residentes en otros países en reportajes donde siempre o casi siempre se cuelan emblemas de las SS, esvásticas, banderas de los colaboracionistas de la invasión nazi de la Unión Soviética, etc. Incluso nos venden como algo positivo que gente con esa simbología esté recibiendo armas por parte del «mundo libre». Esta semana hemos visto en cierto programa a un indeseable explicando cómo se usan armas letales en la franja horaria de máxima audiencia mientras proclamaba su deseo de «matar más rusos», a los instructores militares enseñando a usar ese armamento al batallón de Azov sin que nadie nos explique su ideología —en realidad no hacía falta ya que en sus chaquetas llevaban simbología muy clara al respecto― y cómo en la primera de RTVE, en el contexto del presente conflicto, se referían a los nazis originales y sus colaboracionistas como «los europeos que lucharon contra la Unión Soviética».

Debemos concluir, por tanto, que bajo la consigna oficial que se nos da habitualmente durante los periodos de paz de la equidistancia y el centrismo ante los extremos igualmente malos de uno y otro color, los poderes públicos y mediáticos que repudian extremismos «de cualquier signo y vengan de donde vengan», en realidad, tienen clarísimo hacia qué lado tiran una vez que el choque se hace presente.

Lo cierto es que esto no es una novedad. Cualquier persona mínimamente atenta ha podido comprobarlo viendo el trato que han recibido en la autodenominada «prensa libre» española PODEMOS o VOX. Aquí ya tratamos de la comparación sobre los chistes de mal gusto en uno y otro partido. Ahora recuerden el incidente en Vallecas provocado por Abascal y su tropa —sí, sí, provocado por ellos. No lo digo yo, lo dijo el diario rojo y bolchevique ABC en su crónica: «El ambiente estaba muy crispado, pero no se había pasado de las palabras y los insultos hasta que Santiago Abascal, líder de VOX, bajó de la tribuna, rebasó el cordón policial establecido para proteger a los líderes políticos y se dedicó a contar pasos, a tomar medidas imaginarias en el aire y a encararse con quienes tenía enfrente. Algún agente, según este relato, le pidió que no cruzara el cordón de seguridad, aunque Abascal, reconvertido en agente del orden, hizo caso omiso.»—. Entonces todo era compasión y victimización de los fascistas. Sin embargo, un artefacto explosivo en la sede de PODEMOS en Cartagena, de hecho, fue motivo para verter bulos contra dicho partido y para descalificarlo. Tampoco las portadas de uno y otro líder en varios diarios admiten comparación.

En América Latina, mientras durante años hemos sido bombardeados con la terrible maldad de Cuba, Venezuela, Nicaragua o cualquier otro país socialista, el hecho de que Bolsonaro haya sido acusado varias veces de crímenes contra la humanidad o las desapariciones de sindicalistas y líderes de izquierdas de Colombia casi ni ha aparecido en nuestros medios.

Y volviendo a Europa, la UE fue absolutamente implacable con la Grecia de Syriza, pero ha permitido durante años las tropelías de gobiernos como Polonia y Hungría. Mención especial merece el gobierno de extrema derecha polaco, que muchas veces ha sacado pancartas que enarbolaban la equidistancia, con la esvástica y la hoz y el martillo igualmente tachados, por ejemplo: se ha mostrado inflexible, hasta cruel, con los refugiados de determinadas zonas del mundo, mientras recibe con los brazos abiertos a los huidos procedentes de la Ucrania del Maidán.

Lo malo es que todo esto se ha visto venir durante mucho tiempo. Durante años se nos decía que veíamos nazis por todas partes y que se le ponía esa etiqueta a cualquiera que «pensara diferente». Porque claro, el ligar la delincuencia a la raza o nacionalidad de la gente, el insulto a homosexuales o víctimas de violencia de género y el defender la explotación o precariedad laboral era una opinión muy respetable. Por contra defender los servicios públicos y la nacionalización de ciertos sectores era comunismo, que era tan malo como el fascismo. Ahora en esta Europa hemos llegado al punto en que en se reescribe la historia, y en telediarios de máxima audiencia se insinúa poco menos que los nazis nos salvaron de los soviéticos. Algunos tendremos memoria y seguiremos luchando mientras podamos. Un buen principio sería que les quedara claro con lo que les he mostrado por qué las falsas equivalencias y la equidistancia son dañinas e inamisibles.

Portadas del equidistante y centrista diario ABC dedicadas a PODEMOS y a VOX. No sé, diría que no reciben el mismo trato-

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