Llegando ya a la temporada estival, donde el tiempo, los calores y los calendarios laborales imponen otra rutina, voy a hablarles de una valiosa lección que me ha enseñado mi condición de aficionado del Atlético de Madrid. Puede que muchos de ustedes no sigan el fútbol más allá de lo que su tremenda presencia mediática les imponga pero vale la pena que se queden conmigo hasta el final en este artículo, ya verán.
Como ustedes saben, es época de fichajes, con las particularidades, además, este año, que suele imponer la celebración de un Mundial. Ya saben: equipos vendedores intentando alargar las operaciones de traspasos todo lo que pueden, por el contrario los que compran con prisas por cerrar, ambos previendo que una buena actuación mundialista de los jugadores multiplique su precio, jugadores dando largas sobre su futuro con que juegan el Mundial, etc.
En estas los aficionados del Atlético de Madrid llevamos varias décadas soportando la apropiación, que ahora sabemos que fue indebida aunque impune por prescripción, del club por parte de un clan familiar dado a los negocios corruptos, aunque su cabeza más visible ya haya desaparecido, y el agregado de algunos socios comerciales igual de recomendables aunque más discretos que el patriarca de los Gil. Ahora las cabezas visibles de este entramado dirigente del club son un descendiente de dicho patriarca con un peculiar rostro casi cubista y su adlátere, el productor cinematográfico y gran aficionado a la bebida Enrique Cerezo. La verdad es que con estos dirigentes a veces te tienta hasta dejar de seguir el fútbol, pero al final, por la parte emocional, uno acaba pagando este peaje. Sobre todo viendo que no ya todo el resto de directivas de los clubes de fútbol, sino casi todo el espectáculo actual está en manos de personajes similares, por desgracia.
Bueno, al grano. Resulta que, en lo meramente deportivo y lúdico, que al final es lo que cuenta para los aficionados, los giles y cerezos han demostrado no tener el menor interés en reforzar el equipo convenientemente. Han pegado pelotazos inmobiliarios, están construyendo una suerte de parque de atracciones hasta con playas artificiales en las inmediaciones del estadio y subiendo puestos entre los más ricos en listas como las de Forbes. Quiero con esto decirles que dinero para el equipo habría, pero los aficionados del Atlético llevamos mucho tiempo viendo cómo verano tras verano, además tras pasarse los nueve meses de competición presumiendo de patrocinadores, inversores, nuevos accionistas, etc, a la hora de la verdad, curiosamente, el club nunca es capaz de traer las piezas que debería para reforzar con algo de sentido al equipo. Si tenemos suerte se trae una vez cada dos o tres años un fichaje de campanillas, pero que desde hace tiempo tiene el handicap de que falta un mediocentro, un lateral izquierdo, y un regateador para ciertos momentos. Además la estructura del equipo ha ido acumulando años y lesiones desde la liga del 2021. Así que los aficionados, que pensábamos que con el dinero que de forma tan indecorosa acumulan los dirigentes se podría dar un salto y poner el equipo en su lugar, asistimos desde hace tiempo a que la plantilla se refuerce con remiendos y parches, y la cargante situación de que muy raramente viene el jugador que se tenía pensado, casi siempre acaban llegando terceras o cuartas opciones de jugadores ya de vuelta, propensos a las lesiones o simplemente faltos de calidad. De modo que el equipo, sí, llega a puestos champions —cada vez con más dificultad—, pero no tira. Además con la desesperante, para el espectador, costumbre de que si el Atlético de Madrid se interesa por un jugador, como aparezca en escena otro club, ya puede ser el Miguelturreño o la Gimnástica Segoviana, que también pretenda ese fichaje, los dirigentes lo dan inmediatamente por perdido.
Un caso particularmente sangrante fue hace dos mercados con el holandés Matts Wieffer, al que durante meses nos vendieron como el centrocampista que arreglaría todos los problemas, una prioridad ineludible, etc, para acabar dejándolo ir sin hacer en menor esfuerzo cuando apareció en escena el poderosísimo equipo inglés del Brighton. Y cálmense, que ya llega la parte medular de lo que quiero decirles.
Resulta que este año lo que se nos anunció a bombo y platillo es la compra del club por un fondo de inversión propiedad de los sionistas neoyorquinos, Apollo Global Management, que han visto en el Atlético de Madrid la oportunidad de mover a Europa el negocio que levan tiempo haciendo en Estados Unidos: comprar un club deportivo importante, mantenerlo durante un cierto tiempo haciendo todo lo necesario para multiplicar su valor y venderlo años más tarde por el triple o más del precio por lo que lo compraron. La especulación de toda la vida pero trasladada al mundo del deporte. No es mal negocio. Las últimas ganancias anuales de Apollo alcanzan los 3610 millones de dólares. Viendo aparecer la patita de la especulación ya van intuyendo a dónde quiero llegar, ¿verdad?
Bueno, la verdad es que ver tu club, con la que está cayendo, en manos de millonarios sionistas neoyorquinos no es plato de gusto, pero insisto, como seguidor, en el mundo actual, pagas el peaje viendo que no hay opciones mucho mejores. Incluso en algún momento muchos aficionados pensamos, les repito que al final al hincha lo que le llega es lo lúdico y emocional, que por lo menos cambiaríamos a los giles y cerezos que tanto tiempo llevan parasitando al club por alguien que tiene una cantidad realmente monstruosa de dinero y de capacidad de movimiento en fichajes.
Pues llega el verano: aunque ya no son la cabeza dirigente, tanto Gil como Cerezo siguen en puestos en el club, recibiendo lo que reciban, que no debe ser poco, por parte de este fondo tan recomendable. En el mercado de fichajes, seguimos a vueltas con el mediocentro y el lateral izquierdo que hace tanto necesitamos, y nos dijeron a todas horas y por todos los canales que tenían hechos al internacional portugués Bernardo Silva y al lateral de la selección española Marc Cucurella, el cuál, por cierto, como decíamos más arriba, siempre que le preguntaban por su futuro respondía que estaba centrado en el mundial y que ya hablaría. Realidad: en menos de una semana otro club, el Real Madrid, para colmo de escarnio para nosotros, aficionados del Atlético, apareció y en las mismas narices de nuestros dirigentes fichó a ambos con un chasquear de dedos. El Atlético ni hizo ademán de impedirlo, y se vio que todas esas excusas del mundial, el año fiscal, etc, no valen nada. La ilusión que teníamos por este mercado ya se ha esfumado.
Ya han visto la enseñanza y moraleja de que les hablaba, ¿verdad? Esperar algo, ni que sea entretenimiento y crecimiento deportivo, de un millonario, para más inri estadounidense, sionista y especulador, es una ingenuidad. Nunca va a arreglarte ningún problema. Se va a llenar los bolsillos, tus sentimientos deportivos le dan igual. Otro día analizaremos la irritante realidad de nuestro tiempo, donde vender un producto peor llena más las arcas del negocio. Pero esta lección que hemos aprendido los aficionados del Atleti aplíquenla. Si algo de bueno tiene el fútbol para esto es que es un ejemplo visible, notable y fácil de entender para todos. Porque esta vez fue en algo tan inocuo como una competición deportiva, pero no tienen más que mirar a su alrededor para ver que aplica al trabajo, a la vivienda, a la salud… Si esperan algo de un millonario especulador esto es lo que ocurre y normalmente con consecuencias mucho más serias que un mal año en la liga.








