Peones comen reina

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Contar lo que ocurre alrededor del trabajador cuando decide que ya está bien de que le tomen el pelo fue la primera cosa que hice en este medio. Alcanzar las historias que dan vueltas alrededor de las decisiones que toma cualquiera en su puesto de trabajo. Llegar a plasmar lo material para dar luz a lo mínimo, a lo mundano, a lo que día a día nos ocurre a todos bajo esta locura capitalista. Zarzal complicado en el que me metía, sobre todo si con esto iba a explicar cómo iba marchando las elecciones sindicales en la que me encontraba. Entre otras cosas porque no sabía muy bien cómo saldría aquello.

De eso ya hace tiempo y ahora vengo a contar algo distinto. Omito el nombre de la empresa porque necesitaría pruebas, y que “haberlas haylas” pero… No es que vaya a caer en saco roto, si no que deben de caer en su sitio, donde deben.

Ignominias que no van a olvidársele a este que escribe, que, aunque no le haya pasado en sus carnes, es como si así fuera. Aunque esto no solo lo ha sufrido una persona, si no que se trata de un “modus operandi” en esta sucursal.

Ninguna de las mujeres que allí cayeron me han hablado nada bueno del trato recibido. Estoy hablando de una tienda, no de un barco esclavista, aunque pareciera. Racanean con las horas, les hacen pagar los descuadres, les gritan, les amenazan y hasta les insultan una vez terminado su contrato. Valga decir que encima les han ganado algunos juicios a las trabajadoras gracias a las (malas) artes de los mandos intermedios. Incluso esos mandos son a veces peores que los dueños.

Organizadas como un grupo mafioso que amargan la vida a las cuatro trabajadoras que van a ganarse el pan. Ninguna dura allí más de lo preciso gracias a este tándem.

Para terminar, quiero decir que esta trabajadora está libre de esta camarilla de bilis con patas. Liberada, envalentonada y con la lección aprendida. Aireada de esta pocilga donde mucho rezan porque mucho pecan.

Zarcillos de oro, bolsos de “Vuitton” y colegios de pago a costa del lomo de las trabajadoras. Aguilillas de poca monta, esta vez habéis pinchado en hueso.

Acabar con éste (aviso) juego de palabras con un consejo. Sindicalizaos, luchad porque nadie os pise vuestros derechos. Que los cuatro señoritos no son nadie y aunque tengan “juntao cuatro duros” y tengan muchos abogados, un sindicalista tiene más.

«¡Trabajadores del mundo, uníos! No tenéis nada que perder más que vuestras cadenas».

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