Lógica de terfs y rojipardos

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Predomina una forma de razonamiento simple que se acomoda como anillo al dedo a los intereses del sistema capitalista, puesto que erradica del pensamiento la capacidad de contemplar la realidad en su conjunto y la capacidad de relacionar unos asuntos con otros. Esta manera de pensamiento es bienvenida por el poder, porque cortocircuita cualquier opción que suponga un riesgo para el propio sistema y elimina cualquier posibilidad de transformación. ¿Cuáles son las características de ese pensamiento y por qué son favorables al sistema establecido?

Si usted quiere exponer en las redes sociales que discrepa de las políticas del Ministerio de Igualdad o que añora los tiempos de su infancia en familia o que no se ve representado en la nueva plataforma de Yolanda Díaz, sepa que por muy cuidadoso que sea en sus argumentos corre el riesgo de ser etiquetado con el sambenito de homófobo, reaccionario o misógino.

Por exagerado que parezca, este es el tipo de razonamiento que prevalece hoy, sobre todo en el medio de comunicación establecido como oficial, Twitter. Esos silogismos (falaces pero de contundente lógica para el sentir popular) son muy cómodos de usar. Por ejemplo: los creadores de la «ley trans» aseguran que su propuesta garantiza los derechos de las personas transexuales y LGTBI; el individuo A no está de acuerdo en los términos de esa ley; por tanto, A carece de sensibilidad para entender los problemas de ese colectivo y tiene tendencias homófobas, incluso puede ser tildado como terf o algún otro de los acrónimos con los que se abrevia el pensamiento.

Otro ejemplo. Yolanda Díaz propone un frente amplio formado por mujeres políticas, que es respondido con insultos por la derecha; la persona B no comparte los argumentos de la derecha, pero critica abiertamente ese proyecto por otros motivos; por consiguiente B es una persona que trabaja para la derecha, no ve la necesidad de unir fuerzas y seguramente es misógina.

Todos hacemos atribuciones e inferencias en el día a día, nos explican los psicólogos. Parece ser una forma básica de nuestro pensamiento, que además es absorbido en nuestro aprendizaje social. Nuestra lógica necesita acomodar con eficacia todo lo que nos rodea para que encaje de la forma más económica en esfuerzo y tiempo. Es inevitable en lo inmediato, pero obviamente no deseable en la elaboración de razonamientos complejos. En especial no es -no debería ser- deseable para la izquierda, por dos motivos claros, porque los argumentos simplistas son más apropiados para la derecha, que no suele necesitar de una elaborada argumentación para sostener sus tesis, y porque la izquierda juega en el campo rival de la ideología dominante, donde la derecha tiene de su parte todas las armas.

En la imagen superior observamos un ejemplo habitual en redes. Una cuenta con más de 21 mil seguidores llega a la siguiente conclusión: los obreros no saben apreciar las mejoras ofrecidas para todos por Unidas Podemos en el Gobierno porque son ignorantes (y/o pobres además). Se deducen otras conclusiones: la gente no sabe votar bien; si votara bien se resolverían dos problemas, evitar esa pobreza y eliminar los apoyos a la extrema derecha. El tuit fue profusamente celebrado y compartido.

El lector perspicaz pensará: bien, puede ser cierto, pero esto no sólo ocurre en una parte de la izquierda; también está el celoso de la ortodoxia comunista que ve troskos en cualquier parte, el anarquista puro que con un puñado de dinamita pondría firmes a los sindicalistas domesticados, el leninista auténtico que se tapa la nariz para juntarse con progres, o el que corrió delante de los grises y siente vértigo ante la generación woke. Sin duda es una cuestión generalizada.

Incluso entre los referentes de la izquierda actual y sus desarrollados artículos hay trazas de esa forma de pensamiento. En esta otra imagen sobre estas palabras, Daniel Bernabé resume el contenido de uno de sus últimos artículos referido a la ministra de Trabajo. Con esa admirable habilidad para no acabar de decantarse, Bernabé advierte del peligroso fetiche de la política sin posicionamiento de clase, pero concluye en que bien está lo que finalmente trae mejoras para todos. Hay que ser prácticos. Sin embargo, nos deja una sugestiva metáfora, muy ocurrente pero que llega al lector como uno de esos sambenitos que se quedan incrustados en la frente del incauto que discrepe: la izquierda museística. Esto es, esa izquierda rancia y desabrida incapaz de adaptarse a los tiempos, arcaica y rígida como una pieza en una vitrina de museo. La izquierda que pone palos en las ruedas de las mejoras obtenidas en diálogo con la Patronal y con el visto bueno de la Unión Europea, en especial los que protestan porque sea troceado a dimensiones digeribles por el capitalismo al que debería ser partido referente de los comunistas españoles, el PCE, si no estaba digerido ya.

Añado un último ejemplo, sobre estas palabras, en el que la intelectual Elizabeth Duval advierte también del peligro de un próximo gobierno de ultraderecha y atribuye la causa a las clases populares, en concreto las del sur. Curiosamente en ese artículo la autora apela al uso de la retórica, pero retorciéndola de modo que se vuelva contra quienes la emplean. Es decir, apostar ese terrible futuro a una partida en la que empleemos el juego que escoge la derecha, en el tablero en el que siente cómoda la derecha, observando su reglamento de juego y bajo el arbitraje que patrocina la derecha. Pero que nosotros, clases populares y sureñas, estemos tranquilos porque nuestros representantes parlamentarios (de larguísimos currículums) sabrán superar el lance con el arma imbatible de su astucia.

Las características las observamos por tanto en cualquier ejemplo cotidiano y muchos las reconocerán si han tenido la curiosidad de leer a Aristóteles o sobre los sofismas y las falacias lógicas o han querido averiguar acerca de las diferencias entre la dialéctica y la lógica formal. Recomiendo por si resulta de interés al lector en este aspecto la lectura de Henri Lefebvre, por ejemplo el texto Lógica formal, lógica dialéctica.

En la entrada anterior de esta columna, referida a la huelga de los trabajadores del metal de Cádiz, traté de explicar con un ejemplo de la actualidad que el desuso de la dialéctica está relacionado con el éxito de la ideología dominante y que es consecuencia de la batalla ideológica, a su vez una parte de la lucha de clases.

Entonces, ¿cuales son las ventajas de esta lógica para el sistema?

Favorecer el individualismo. Colocar etiquetas nos diferencia del resto, simplifica la realidad hasta convertirla en una cuadrícula de pequeños espacios estancos. En esos espacios nos sentimos seguros y reconocidos, pese a que nos impida contemplar la totalidad. Un trabajador con intereses ambientalistas puede centrar su atención, por ejemplo, en que los trabajadores del metal en Cádiz contaminaban al quemar neumáticos, en lugar de observar que les une la condición de clase. Para el capitalismo es muy conveniente impulsar las actitudes que conduzcan a la individualidad, a la expresión de lo identitario como necesidad vital. Además de dividir, convierte a las personas en consumidores de todo lo que superficialmente pueda ser expuesto, temerosos de perder la estima de quienes son afines y reacios a valorar otras opciones.

Se presta al uso de las nuevas tecnologías. Los mensajes políticos han de ser inmediatos, directos y breves. No es casual que Twitter haya sido aceptado mundialmente como forma oficial de comunicación. ¿Alguien sospecharía hace unas décadas que los mandatarios de todos los países o las personalidades más influyentes transmitirían los mensajes más importantes a través de una red social de una empresa privada, que además limita el contenido a una serie breve de caracteres? No hay lugar a razonamientos muy extensos, ni a lecturas muy prolongadas. Los argumentos deben ser como una comida rápida: algo que se pueda obtener sin moverse del asiento, de manera veloz y sin demasiadas complicaciones.

Se amolda a la nueva forma de militancia política y al activismo. La popularidad mediática es el factor decisivo, por ejemplo un youtuber que sepa atraer la atención de miles de seguidores tiene el futuro asegurado donde desee, como asesor o referente de algún partido si le interesa la política, o en los medios si tiene buena presencia ante la cámara, o escribiendo un libro. Esa popularidad se logra tratando los temas que la actualidad considere polémicos, que normalmente suelen ser temas que aborden (verbo de moda) asuntos que tengan una apariencia muy transgresora pero que en realidad no pasen de ser una simple molestia para el sistema.

Este aspecto podría ser considerado como una ventaja en el sentido en que logra atraer la atención de muchas personas, con lo que podría combatirse la desidia y la desconfianza de esas clases populares meridionales que comentaba Duval, o a los pobres a los que se refería la tuitera que conminaba a votar bien. Esto sería una buena noticia para la izquierda, sin duda. Sin embargo, lo que en realidad ocurre es que se reemplazan los asuntos claves por otros de importancia secundaria, de modo que el sistema puede aceptarlos y acomodarlos dentro de lo aceptable. Pongo por ejemplo el Ministerio de Consumo, negociado por el que se ha dilapidado al movimiento político y social anteriomente conocido como Izquierda Unida para entregarlo a la denuncia de las flatulencias de las vacas o a la reivindicación del consumo de verduras de temporada, cuestiones que seguramente son importantes pero que son difíciles de entender mientras la factura de la luz no deja de subir y las personas ven su poder adquisitivo menguar de manera alarmante hasta descender a las conocidas hoy como diversas precariedades.

Es alimento de la política entendida como lo que ocurre exclusivamente dentro del circo parlamentario. Por no alargarme más, añado una última característica. Y disculpen que hable de circo, empleo para ello de forma intencionada una expresión de Rosa Luxemburgo. Ese individualismo, esas tecnologías y esa política soft se hacen carne, como una especie de trinidad activista, en el personalismo político. Si el sistema no quiere que pensemos demasiado, qué mejor manera que confiar nuestros asuntos públicos a la fe en una personalidad.

No es ajeno a nadie que la política se enfoque al culto a una serie de referentes, de personalidades, todos tenemos nuestros ídolos. Pero en los últimos tiempos la izquierda, no sólo en España, ha decidido quemar todas sus naves en ese empeño personalista. Si hace años fue Pablo Iglesias y el reducido número de personajes de su entorno quienes cambiarían nuestro panorama político, seguidos por Manuela Carmena y los alcaldes del cambio, ahora es un grupo de mujeres comandada por Yolanda Díaz quienes han sido elegidas como la futura apuesta.

El grupo de Iglesias aportaba el argumento de no ser parte de la casta sino nueva sangre y además joven y muy preparada; España cambiaría porque la gestionarían ellos y no otros. Carmena simbolizaba la política desinteresada que no despilfarraría ni robaría, desplazada en metro como hacen las personas trabajadoras. Y ahora Díaz lidera una apuesta basada en el empuje del movimiento feminista con atributos amables y sensatos, como el diálogo y las maneras cordiales.

¿Simplista? Les invito a que busquen algo más en esos proyectos, como programas, líneas rojas, fundamentos ideológicos, teoría desarrollada en la experiencia como partido.

Eso sí, hallarán un gran enfrentamiento con la derecha, dentro de ese circo. Pero esta polémica se produce con los candidatos que han elegido los que mandan de verdad para representarles en los parlamentos, la mayoría de ellos peleles bobos como Casado, Ayuso, Abascal, etc, (no sabemos si por suerte para nosotros o porque tampoco esos que de verdad mandan necesitan más, dado que en lo básico no hay disputa, todos comparten lo fundamental). Monigotes de pim pam pum que encajan los pelotazos que les lanzan nuestros líderes y que celebramos hasta con camisetas (señor Egea le doy un dato).

En fin, ciertamente, es todo muy complejo. Como decía al principio, si expusiese esto en las redes sociales, muchos se preguntarían ¿quién es éste que viene aquí a soltar esta parrafada?, y tras efectuar el correspondiente repaso a mi bío, elegirían la correspondiente etiqueta. Pues verán, soy uno de esos que tanto les preocupa. Soy parte de las clases populares. Soy sureño, aunque eso no venga a cuento. Soy pobre, además. Me atosigan casi todas las secciones del abanico de precariedades.

Pero, miren por dónde, pienso, como la mayoría de los otros que son como yo, hombres y mujeres que también piensan, porque no ven esta realidad desde el escaparate cómodo de la seguridad sino desde el agobio. Como ellos soy capaz de discernir que esto que ustedes nos venden como nuevo no es para nada nuevo, al contrario, es bastante viejo, porque lo he reconocido leyendo a Marx, a Lenin, a Luxemburgo, que ya se peleaban con buenistas reformadores cuando la factura de la luz era la factura del candil. Y sé que aunque se hayan apropiado del lema ¡sí se puede! para acabar explicándonos que no se puede, hay algo más que este conformismo posibilista que se resigna con que los capitalistas les dejen mejorar alguna cosa. Y sé que somos muchos, por eso nos buscan para votar. Somos tantos y tantas que juntos y sin el freno que quieren imponernos somos imparables. Es cuestión de que nos abran los ojos.

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