El gran vuelo

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Eduard Balsebre nos presenta el relato ficcionado de un hecho histórico sucedido el 19 de junio de 1943 en el que estuvo involucrado su tío Ángel Olaya Grogués, militante del PSUC y organizador del partido en Reus (Tarragona).

Son las dos de la noche, hace calor, gotas de sudor recorren mi pecho mientras suenan las campanas de la cercana Santa María Mediadora. Una tras otra me recuerdan que en pocas horas podemos ser libres. Manuel y Albert, el turco, están relativamente tranquilos, son hombres inquebrantables, duros como el acero, Toni y yo, Ángel Olaya de Reus, estamos más intranquilos, son años de torturas, vejaciones y detenciones. Hacinados, sudorosos, hambrientos, se mezclan respiraciones y olores en la silenciosa oscuridad. La pena de muerte nos espera en unas semanas como al resto de compañeros y compañeras de la dirección del PSUC. Seguramente, es nuestra última oportunidad.

Dentro, son las tres y quince minutos de las primeras horas de una cálida noche de junio de 1943. Las campanas siguen anunciando el paso del tiempo. Estamos encerrados en la cárcel Modelo de Barcelona. Esperando.

Fuera, el juez militar General Jesualdo de la Iglesia, en posesión de la Cruz del Mérito del Águila Alemana, con Estrellas y Espadas, otorgadas por el Reich Alemán, el Juez Especial de Espionaje y otras actividades marxistas. Él, es el juez instructor que ha llegado este abril a Cataluña para solicitar nuestras penas de muerte y duerme tranquilo. Siempre me he preguntado si se puede dormir tranquilo firmando pena de muerte tras pena de muerte.

Ya son ya las siete menos cuarto, somos cientos que abrimos los ojos a otra terrible jornada, dedicada a sobrevivir intentando no perder un ápice de integridad y bregando por mantener un mínimo de dignidad propia. Lo conseguiremos, seguro, que lo conseguiremos. Otros ya no podrán. Hace bien pocas semanas, aquí dentro, ejecutaron a garrote vil a nueve militantes libertarios de la CNT conocidos por la “banda de Alcañiz”.

Es el 19 de junio, el director de la prisión, Juan José Escobar Sánchez, abre los ojos a otra nueva jornada dedicada a ser un ejemplo carcelario con “la disciplina de un cuartel, la seriedad de un banco, la caridad de un convento». Esa inquebrantable fe anima ese odio que miles sufrimos.

Dentro, ya llevo cerca de un año en esta prisión esperando. El 30 de junio de 1942 me detuvieron juntamente con Oró, Monje y Carulla, poco después fue detenido Tortajada en el tren que se dirigía a Figueras, y más tarde, fue Peñarroya. Somos muchos los de la dirección del PSUC que estamos encerrados.

Fuera, un pelotón de la guardia civil ya se está preparando, en pocas horas tienen que llegar a las puertas de la Modelo. Es un pelotón diferente, son nuestros camaradas que están preparando la fuga.

Son las nueve y seguimos a la espera, los nervios nacen de la esperanza y la incertidumbre. No lo podemos saber pero en pocos minutos el director Escobar leerá un oficio judicial firmado por el juez militar General Jesualdo de la Iglesia que ordena la prisión atenuada y el traslado a Madrid. Su firma es una falsificación. El pelotón de la guardia civil nos abrirá las puertas de la prisión y facilitará la evasión. Estamos a pocos minutos de salvar nuestras vidas, de reconstruir el partido, de volver a la clandestinidad y seguir en la lucha.

Dentro, pasa una hora, abren las puertas de la celda y un malcarado carcelero, grita cuatro nombres, los nuestros. Avanzamos entre los compañeros, alguna frase de ánimo, alguna tímida sonrisa, varias palmadas, decenas de ojos tristes y dejamos atrás esos barrotes de camino a la dirección del centro. Avanzamos por los pasillos abarrotados de prisioneros. La angustia crece en mi interior, pero intento mantener una impostada serenidad.

Fuera, nos espera la libertad, ya se anuncia el verano por la llegada de una humedad que invade una ciudad entristecida, una humedad que se engancha en la ropa de los paseantes y de los guardias civiles que esperan en el furgón a unos metros de la puerta. En unos minutos estarán dentro para recibirnos.

En un suspiro, un oficial de la dirección nos informa protocolariamente del oficio, reitera los rutinarios vivas a Franco y nos hace acompañar por cuatro guardias hasta el patio exterior. Allá ya se encuentra el furgón de traslado con los compañeros. Atrás quedan los barrotes y un rutilante cielo azul nos obliga a taparnos los ojos. Caminamos lentamente, uno detrás del otro, mis piernas tiemblan inconscientemente, los carceleros se ríen al vernos pasar. Uno de los guardias civiles, el que tiene rostro más infantil, me observa fijamente, aunque no lo reconozco tengo la tentación de susurrarle alguna palabra cómplice pero me reprimo. Demasiado cerca para cometer ahora un error.

Con fingida rudeza el pelotón de la guardia civil nos hace subir al furgón. Agotados nos dejamos caer en los bancos de madera, y mientras se cierra pesadamente la puerta de hierro, se suceden involuntariamente un primer suspiro del Turco y una sonrisa nerviosa del Toni. Yo no puedo dejar de mirar, petrificado, a los cuatro guardias civiles que están con nosotros. El motor se pone en marcha y la puerta del patio se abre a la calle. Ahora sí, uno de ellos sonríe, parece que va a estallar en una carcajada, pero inmediatamente recibe un codazo de un compañero mientras le susurra con desagrado: Aún no Roque, aún no…

Cruzamos una calle, un semáforo, otra calle, y otra, y otra, y… ahora sí, ahora sí, los ocho hombres estallamos en risas, nos abrazamos… Es el 19 de junio de 1943. Es el gran vuelo… somos libres… la lucha continúa…

Este texto es el relato ficcionado de un hecho histórico sucedido el 19 de junio de 1943 en el que estuvo involucrado mi tío Ángel Olaya Grogués, militante del PSUC y organizador del partido en Reus (Tarragona) una vez finalizada la guerra civil. El gran vuelo es el nombre que recibió la fuga de los dirigentes comunistas Albert Assa «el turco», Antoni Pardinilla, Manuel Donaire y Ángel Olaya encarcelados en la cárcel Modelo de Barcelona, que consiguieron salir por la puerta principal, con una orden de libertad que tenía falsificada la firma del juez Josualdo de la Iglesia. Sin que las autoridades se aperciban de ello, el 26 de junio la camarada Clara Pueyo Jornet abandonará la prisión de mujeres de Les Corts por el mismo procedimiento.

Las imágenes pertenecen al Arxiu Fotogràfic de Barcelona, agencia EFE y a mi familia.

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