Indignarse no basta

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Permítanme en las siguientes líneas romper el ritmo fatigante e insufrible de la agenda política establecida en las redes sociales. Desde hace ya algún tiempo el nivel de crispación y el ritmo del debate no es sólo sobreactuadamente inflamado, sino además agotador y grotesco.

Pero al margen de opiniones de quita y pon, de malas artes del PSOE y peor baba de Podemos, lo que realmente me indigna no es que uno tenga la razón frente al otro en no sé qué tema y viceversa, sino que el debate esté siendo reconducido hacia los rediles políticos de uno u otro partido, habiendo dado muestra suficiente ambos de lo perjudiciales que están siendo para la clase trabajadora, para los derechos de las mujeres o para la situación sanitaria. Este artículo, en cualquier caso, no trata del tema del momento, sino que pretende ver más allá.

Cada día desayunamos con una declaración de tal o cual ministro, o con una ocurrencia de tal o cual portavoz, a cada cual más indignante que la anterior. Las redes se encienden y braman contra esos traidores, miles de martillos y de hoces replican, banderas moradas y rojas se agitan al viento; “¡habría que mandarles al gulag!” grita uno, “¡yo los pondría a picar piedra!” replica otra y así, pasamos al siguiente tema, el uno y la otra se indignan igual y se repite el mismo proceso. Mientras tanto, el tuitero Echenique -quien no morirá de un ataque de ingenio y gracia- le busca las cosquillas a la izquierda rabiosa e impotente. Y así se suceden los días y, lamento recordarlo, nuestro paso por la vida, sin que hayamos hecho nada más que indignarnos y demostrárselo a nuestra fiel parroquia. Fiel, claro está, hasta que una contradicción haga brotar un chorro de sangre en tu costado, ante lo cual no dudarán en llamar a su vez a su parroquia para que todos chupen del costado sangriento del pobre tuitero caído en desgracia.

Esta situación que describo no tiene nombres ni apellidos, nos pasa a todos y todos contribuimos a que así sea, Twitter es el campo de batalla de quien antes se cantaba las cuarenta en una asamblea o reunión. Quizá fuese menos cómodo, pero no tengo dudas de que el canal de comunicación era más civilizador y, por qué no decirlo, democrático.

Siendo honesto, estoy cansado de este medio de indignación para gente cansada, indignado a la vez del regocijo constante en la propia razón que, desde luego, no nos falta. Pero indignarse no basta, lo dijo Pietro Ingrao y lo repito aquí. Indignarse no cambia nada, revolcarse en la indignación no  transforma, no plantea tareas concretas necesarias, no nos lleva a tejer espacios unitarios entre comunistas, hoy desperdigados en los mil retales que constituían lo que algún día fue el movimiento comunista. Indignarse no contribuye a una nueva organicidad que unifique y recoja las miles de voces cansadas, no nos otorga una marco teórico común, ni mucho menos una práctica que nos ayude a muscular el pírrico escombro que hoy es el movimiento obrero. Tampoco nos ayuda a comprender los retos del presente, a reflexionar sosegadamente y a debatir de manera minuciosa y estudiada nuestra teoría clásica ni nos permite detenernos a incorporar, ni siquiera a leer, las aportaciones teóricas actuales.

Sin embargo, indignarnos del modo en que lo estamos haciendo sí nos convierte en auténticas hienas, incapaces de socializar en espacios comunes, mucho menos de caminar hacia ellos, nos impide todo lo anterior, nos convierte en el producto perfecto del individualismo liberal: un escaparate ególatra complacido de creer que el mundo es él mismo y sus circunstancias, al que todo le es ajeno, todo lo relativiza y cuya indignación es feroz pero pasajera, capaz de olvidar mañana lo que hoy supuso un trauma. Así consumimos las noticias, así digerimos las declaraciones de los Echeniques y las Adrianas Lastras, así encajamos el huevazo o la pedrada en la frente de los Abascal y los Garrigas.

Yo también quiero ver un mundo nuevo nacer sobre las cenizas de este y también de todo aquel que lo sostiene, por eso no me cansaré jamás de decirlo: ¡Indignarse no basta!

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