Hombre blanco hablar con lengua de serpiente

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Hace unos años ya, fui a los campamentos saharauis como invitado al Congreso de la UJSARIO. Era la tercera vez que visitaba el Sáhara ocupado y tenía grandes amigos allí. Me había implicado mucho en la causa de ese pueblo, y había organizando campañas de todo tipo que intentaban poner el acento en las causas políticas del conflicto más que en las humanitarias. Porque evidentemente los saharauis necesitaban mucha ayuda para cubrir sus necesidades más básicas, pero aparte de que ya había muchas organizaciones dedicadas a ello, el origen de los problemas de la gente que malvivía en sus haimas en mitad del desierto no era que les faltasen lentejas, sino que no tenían un país propio, algo de lo que España era responsable directa como potencia administradora de un territorio no autogobernado que llevaba décadas esperando un referéndum de autodeterminación que nunca llegaba.

En aquel viaje, compartí habitación con una joven socialista cuyo nombre no viene al caso. La mujer, de mi edad, era senadora y apuntaba a una prometedora carrera en esos tiempos en que el PSOE de Zapatero parecía invencible. La chica quedó prendada, como hacemos todos los que allí vamos, de la dignidad de los saharauis, y de esa voluntad de seguir adelante día a día frente a todas las adversidades en una situación límite. Una noche, estando ella especialmente sensible con lo que estaba viviendo, le pregunté si no le avergonzaba la actitud de su partido respecto al Sáhara y ella, indignada, me respondió que su organización ayudaba mucho a los saharauis y que apoyaba sin fisuras el plan de autodeterminación. Aquel cinismo me espantó, ¿Y por qué desde el gobierno no hacen nada? Porque una cosa es el Gobierno y otra el partido fue la respuesta.

Aquella salida me irritó sobremanera. Yo, que estaba en política como ella, aunque no fuese senador tenía muy claro que el partido tenía que cumplir con sus compromisos al llegar al gobierno, y que no había mayor crimen para una organización que se declarase de izquierdas que engañar a los suyos llamando a la rebelión en la oposición y a la resignación en el poder. Claro que ellos eran el PSOE, porque nosotros nunca haríamos eso llegado el caso. Y ahí tenían a nuestro eurodiputado, Willy Meyer, al que agredieron los marroquíes al intentar entrar en el Sáhara ocupado, o años después incluso al descafeinado Diego Valderas -al que los que han venido después lo van a hacer un radical de izquierdas como la cosa siga así-, que creó un grave conflicto diplomático con Marruecos siendo vicepresidente de la Junta de Andalucía por su política de apoyo a la RASD.

Desde entonces ha llovido mucho y hoy todo está patas arriba. Yo ya no sigo en el partido y los que consideraba “los míos” están en el Gobierno en medio de una nuevo conflicto entre el Sáhara y el sátrapa marroquí que ha obligado al Frente Polisario a declarar la guerra a un estado criminal que los está masacrando. Y ante esto el gobierno calla, como si la cosa no fuese con ellos a pesar de que la legislación internacional diga lo contrario. Y calla el PSOE y calla Unidas Podemos. Y calla ese mismo Pablo Iglesias que se hacía fotos como un Felipe González cualquiera en actos del Polisario mientras proclamaba que el Sáhara era “un divorcio entre la casta y los españoles” Los ministros afiliados al PCE también callan, y ni siquiera el poscomunista Alberto Garzón, con lo que le gusta Twitter y ver derechos humanos en cualquier sitio, ha dicho esta boca es mía al saber que nuestro gobierno acaba de donar ocho millones de euros en vehículos militares a los marroquíes.

Pensando en ello durante estos últimos días, llegué a creer erróneamente en lo equivocado que había estado durante mi inocente juventud, y es que al final la gente tiene razón y todos son iguales. Por suerte aquella reflexión duró poco, y al momento me revolví ante esa posibilidad. Porque no podemos caer otra vez en que todos son iguales, ya que eso no sólo no es verdad, sino que además implicaría la derrota total de nuestras ideas, lo que es el mayor peligro que afronta la izquierda hoy. Porque asumir la derrota sería morir, y muchos no estamos dispuestos a ello todavía, al menos sin luchar. Porque la realidad no es que los míos y los otros sean iguales, sino que los que ahora están allí arriba ya tal vez no sean los míos, ni los nuestros, sino hombres blancos que hablan con lengua de serpiente.

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