«Toda gran ciudad tiene uno o varios «barrios malos», donde se concentra la clase obrera. Desde luego, es frecuente que la pobreza resida en callejuelas recónditas muy cerca de los palacios de los ricos; pero, en general, se le ha asignado un campo aparte donde, escondida de la mirada de las clases más afortunadas, tiene que arreglárselas sola como pueda (…) Aquí es donde viven los más pobres de los pobres, los trabajadores peor pagados, con los ladrones, los estafadores y las víctimas de la prostitución, todos mezclados».
Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra
2 Las «cavilosas soluciones prácticas» al problema de la vivienda
En la primera parte de esta serie, se realizó una breve reseña de los aspectos teóricos sobre el problema de la vivienda en textos como la sección sexta del tomo tercero de El capital, sobre la transformación de la plusganancia en renta de la tierra, y el escrito de Engels Contribución al problema de la vivienda.
Para esta segunda parte nos emplazábamos a observar las cavilosas soluciones prácticas (Engels) al problema de la vivienda, su desarrollo histórico en España. También una explicación de la relación entre las normas y leyes gubernamentales, incluida la actual, con el lucro inmobiliario. Una relación que calificamos de simbiosis, pues como veremos la especulación de la vivienda es parte intrínseca del sistema capitalista, pues el capital es una relación social, perteneciente a una determinada formación histórico social.
Por hacer un repaso sucinto, en la primera parte se habló sobre la especial manera en que se produce la acumulación de capital a través de la propiedad inmobiliaria y cómo trata Marx en El capital la renta de la tierra, tomando como arquetipo el concepto de tierra en su uso agrícola (Donde quiera que exista la renta, la renta diferencial se presenta por doquier y obedece siempre las mismas leyes que la renta diferencial agrícola). Vimos que esa renta de la tierra es una vía de acumulación diferente de la de la producción industrial o del comercio, pero que sigue siendo propia del capitalismo.
La relación asalariado/capitalista es diferente de la relación inquilino/propietario. Pero como es sabido existe una estafa, una obtención de un beneficio superior, que no es otra cosa que la transferencia de un valor que ya existe, previamente producido. El arrendatario resulta estafado al verse obligado a pagar su vivienda por encima de su valor y, obviamente, este engaño sucede más entre los trabajadores que entre las clases acomodadas. No sólo sucede más veces sino que las condiciones en las que se produce ese engaño son especialmente penosas y por supuesto forzadas.
Esa parte transferida de un valor que ya existe representa la valorización de la propiedad, la valorización de un bien escaso que puede cotizarse o encarecer por un dueño por el simple hecho de poseerlo (una parte de la sociedad le reclama aquí a la otra un tributo a cambio del derecho de habitar la tierra).
Marx describe las diferentes formas del concepto de renta diferencial. La renta diferencial vendría a ser, en el ejemplo arquetípico de la agricultura, la ganancia extraordinaria que surge por causa de la diferencia de fertilidad entre distintas tierras simultáneamente explotadas en forma capitalista (por ejemplo, el caso de una tierra cuyas peculiares características sean idóneas para el cultivo de una cierta uva, muy escasa). En lo que se refiere al tema que nos ocupa, el valor de la tierra con fines de edificación, está regulado por esta renta diferencial en cuanto a un aspecto imprescindible: la ubicación.
De este modo tenemos los tres factores que influyen en el mayor o menor grado de renta en las edificaciones: monopolio, ubicación y la figura pasiva del propietario, cuya actividad consiste en explotar los progresos de la actividad social sin prácticamente ningún riesgo. En este trío de circunstancias hallaríamos la definición del rentista de la vivienda, equivalente inmobiliario del terrateniente en el modelo arquetípico de la tierra.
Para concluir el repaso, por último, la concurrencia de estos tres factores indica que el capital es una relación social. En esta entrada veremos primero un breve repaso histórico para asentar una base desde una perspectiva materialista, luego otra concisa reflexión sobre la actualidad, y por último una conclusión y reflexión sobre este aspecto del capital como relación social.
¡Capital, suelo, trabajo! Pero el capital no es una cosa, sino determinada relación social de producción, perteneciente a determinada formación histórico social, y que se representa en una cosa y le confiere a esta un carácter específicamente social. El capital no es la suma de los medios de producción materiales y producidos. El capital son los medios de producción transformados en capital, medios que en sí distan tanto de ser capital como el oro o la plata en sí de ser dinero. Son los medios de producción monopolizados por determinada parte de la sociedad, los productos y las condiciones de actividad de la fuerza de trabajo viva autonomizados precisamente frente a dicha fuerza de trabajo, que se personifican en el capital por obra de ese antagonismo.
El capital, capítulo XLVIII, La fórmula trinitaria.
La especulación inmobiliaria, otra tradición española.
Es curioso que hoy vemos un repunte del precio del oro (en un artículo publicado hoy mismo en este medio), frente a una creciente preocupación por la inestabilidad del mercado inmobiliario en EEUU, pues las dudas sobre la deuda inmobiliaria superan las reservas de los mayores bancos estadounidenses. Esta noticia nos invita a pensar que, pese a la informatización de las modernísimas y sofisticadísimas propuestas financieras, cibermonedas y criptoproductos, los inversores no dejan de ser seres humanos. Y como tales, en su humanidad, no pueden desasirse de lo que los psicólogos llaman jerarquía de necesidades, en las que la seguridad (por ejemplo poseer un refugio donde al menos poder «caer muerto») asienta un paso básico sobre el que se construye nuesta escala de necesidades. Posiblemente, por muy sofisticado que sea el mundo de las inversiones capitalistas, en el fondo todo ese enorme aparato tecnológico reposa sobre una cuestión tan mundana como la confianza. Y ya sabemos que no hay nada más anticuado y reacio a los cambios que un conservador. Por tanto, el soldado de infantería de todo ese ejército tecnológico y sus imbricadas redes de fondos anónimos, el inversor simple, acaba confiando su precioso tesoro a cuestiones tan poco tecnológicas como lo que puede tocar con sus propias manos: los metales preciosos y el ladrillo.
Es lógico. La tradicional familia que tras décadas de esfuerzo -y alguna explotación de empleados y especulación con propiedades- haya amasado un pequeño tesoro, al encontrarse frente al cosmopolita y sugestivo asesor de inversiones, decidirá que pese a las fantásticas propuestas de ciberproductos lo más sensato es comprar oro y propiedades. Las viviendas, ya sean casoplones o pisos en bloques obreros, no se volatilizan ni se pierden. Es por ello que los expertos engloban a la especulación inmobiliaria entre los valores más sólidos, más que las prestigiosas firmas de las compañías internacionales, que por ello se encuentran entre los llamados bienes raíces, esto es, no se pueden mover de su localización.
Los españoles, tan dados a las tradiciones que seguimos sosteniendo a una familia real, no íbamos a ser menos en este asunto y como castizos propietarios tendemos a invertir en ladrillo, no en vano vivimos a la sombra del ejemplo de nuestra máxima guardiana de las tradiciones, la Iglesia Católica, poseedora de más de cien mil bienes inmuebles, heredados desde tiempos franquistas, sin ni siquiera pagar IBI por ellos. Excusa esta acumulación la Iglesia en la Ley de Mecenazgo, esto es, en su uso para fines sociales y no lucrativos. Sin embargo, el conocimiento de la teoría del valor de la renta nos induce a pensar que existe una estrecha relación entre el lucro con la posesión de instalaciones y su uso para negocios privados, por ejemplo los relacionados con la educación y sanidad privadas.
Pero no divaguemos más del asunto principal. Estábamos en la tradición española de la propiedad inmobiliaria. Sin tener que remontarnos a tiempos que se situarían en el periodo histórico en el que Marx expone la acumulación originaria, que en el caso de España podría hacernos recordar a familas aún hoy poderosas como la de Alba, tenemos un episodio al alcance de la mano y muy actual referente de la política de hoy como es Rodríguez Zapatero. Quinto presidente del Gobierno de España después de la transición española, entre 2004 y 2011, miembro del Partido Socialista Obrero Español (PSOE).
Como se invitó en la primera entrada de esta serie, es muy instructivo leer los documentos publicados por el Grupo de Investigación sobre el Subdesarrollo y el Atraso Social (GISAS), de la Universidad de la Laguna, en sus investigaciones sobre la explicación de la situación de subdesarrollo y pobreza secular presente en países sudamericanos y africanos, así como del atraso de los del Sur de Europa, y por supuesto sobre la situación de urbanismo y turismo, que nos centra en este artículo.
Tomo como referencia dos de ellos entre la fecunda muestra de interesantísimos documentos publicados por GISAS, como son La renta de la tierra: los precios del suelo y la especulación urbanística en España, y El proceso urbanístico en España: un ejemplo de la instrumentalización de la esfera política, ambos de Luis M. Jerez Darias y Victor Onésimo Martín Martín.
En el primero de los mencionados, se toca el asunto de la «modernización económica», que a partir del año 1975 se propuso emprender (abordar, más usado hoy) el camino hacia un «impostergable cambio en el modelo económico» hacia los más avanzados de otros países europeos, menos dados al «imperio del ladrillo».
Las palabras entrecomilladas se corresponden a expresiones empleadas en las manifestaciones del entonces Presidente, en los periodos de legislaturas de 2004 a 2011, Zapatero. Observemos que las fechas señalan periodos clave en la historia española reciente, el paso del periodo franquista a la modernidad, o Transición, en el siglo pasado, y el inicio de la crisis financieras de este siglo, en las que España sufrió el rebote de las instituciones financieras estadounidenses, motivadas por el estallido de la burbuja inmobiliaria.
Cita el documento de GISAS una rueda de prensa de Rodríguez Zapatero de abril de 2008, en la que tras la composición de su nuevo Gobierno señalaba el principal eje de su política: «un nuevo patrón menos dependiente de la construcción y más cercano a los sectores ligados al desarrollo del conocimiento y a los servicios de alto valor añadido«.
Cualquier lector, sin necesidad de ser un experto economista, puede intuir que algo extraño ha sucedido desde esta firme declaración de intenciones, o bien alguien nos ha robado no solo el mes de abril sino toda una década, pues la situación sigue siendo la misma o peor que en 2008.
Indican los autores del documento que en la historia contemporánea de este país se ha señalado el problema de las «inercias» de las ataduras del pasado y que nos lastran durante décadas. El entrecomillado, original, obviamente hace referencia a la propia naturaleza de esa determinada formación social e histórica, el sistema capitalista, en el marco concreto de nuestro país.
Se hablaba en la primera parte de este artículo en la especial forma en que se produce la acumulación de capital en cuanto a la propiedad del suelo, que si bien es diferente del modo de acumulación entre capital y trabajo, está directamente relacionado. Se aprecia aquí. Prosigue el documento citado: «la distribución de la plusvalía es producto de la estructura y de las relaciones de clase. Esta lucha de clases no se limita solo a la extracción del excedente entre productores y explotadores sino que se extiende también al proceso de apropiación por parte de las clases que intervienen en el proceso productivo o que sin intervenir en él disponen de la suficiente influencia en los medios de producción o en la estructura social como para adjudicarse una parte sobrante del trabajo ajeno».
En España, el peso de la agricultura ha producido que ese reparto de la plusvalía se realice entre grandes propietarios del suelo -terratenientes o propietarios inmobiliarios- y el capital comercial y financiero. De modo que estos capitales usurarios parasitan el modo de producción. De esta génesis hasta la fecha, pasando por diversas etapas. La primera de ellas en torno a los fines del franquismo, con las normas legales que pretendían una modernización de la economía nacional, para dejar de ser un país reducido a lo agrícola. Lo que ocurre es que esa transición económica se produjo, dado nuestro alineamiento con una concreta formación social, hacia una economía basada enla construcción y el turismo (y dicho sea de paso, en la sumisa disposición a ser una eorme base logística y militar de la OTAN).
El avispado lector observará con facilidad que lo que aquí imagina en blanco y negro e imágenes del Nodo, no es muy diferente de lo que puede ver en nuestro moderno Telediario. Hoy, como antes -prosigue el documento citado- el capital monopolista se lanza con enorme voracidad sobre los negocios más fáciles, lo misml si se trata de nuevas producciones industriales como de la especulación inmobiliaria.
Ese supuesto proceso de modernización muestra un asunto recurrente que es la expansión de las áreas urbanas y turísticas asociadas a los procesos inmobiliarios, entre las décadas de los 70 a los 90 hasta la crisis de 2008. En esas fases de crecimiento y crisis alternativas el denominador común son las espirales especulativas que se mueven en torno al mundo inmobiliario.

Esas espirales especulativas, que tanto pueden ascender a lo más alto como caer de golpe en desgracia, siguen la misma lógica de las espirales bursátiles. Sin embargo, esa relación parece difícil de ver por los economistas afines al poder estalecido. ¿Cómo así? Sencillamente porque poner en evidencia la relación simbiótica entre especulación inmobiliaria y capitalismo supone desenmascarar que es también una cuestión de lucha de clases.
Los «cambios de paradigma» de la actualidad.
En los párrafos finales de Contribución al problema de la vivienda, Engels utiliza una expresión que es sorprendente por su actualidad. Comenta Engels que la polémica sobre la vivienda (que en el texto sostiene contra otros autores que pontifican sobre el mismo problema) sirve para demostrar lo que sirven las prácticas de los socialistas que se llaman prácticos. Explica el pensador que ese tipo de soluciones, panaceas sociales las denomina, tienen su origen en sectas que aparecieron en el movimiento proletario cuando se encontraba en pañales.
Para nuestra desgracia, la lamentación que se hacía Engels entonces (quejándose de que en el momento de escribir esos artículos habían pasado ya más de treinta años desde que él y Marx expusiesen los principios del materialismo histórico en el Manifiesto), podría alargarse hasta nuestros días. Pues esas «cavilosas soluciones prácticas preparadas de antemano y aplicables a todos los casos» se siguen produciendo hoy. Y son, como entonces, un obstáculo para que se entienda que «el socialismo práctico reside en el conocimiento exacto del modo de producción capitalista en sus diversos aspectos«.
Una clase obrera preparada -remata don Federico- no tendrá jamás dificultades para sabe, en cada caso, de qué modo y contra qué instituciones debe dirigir sus principales ataques.
Como decíamos, la ocultación de que el problema de la vivienda es un problema de lucha de clases se hace absolutamente imprescindible para sostener el engaño hasta hoy. De que ese engaño permanezca depende que unos cuantos priviligegiados puedan obtener grandes beneficios de la especulación. De ahí que las principales soluciones prácticas de los socialistas prácticos modernos pasen por propuestas tan peregrinas como apelar el buen sentimiento de los propietarios, hasta otras aparentemente más radicales como aumentar los impuestos de los propietarios o tensar el rigor estatal hacia las entidades bancarias.
Es el estudio de la renta del suelo el que esclarece todo este problema. Tal como explica Marx en el volumen tercero de El Capital, la tierra, el suelo, se venden como una fuente de renta. Ese valor -lo vimos en la anterior entrada- es ilusiorio pero se determina a priori, de modo que el suelo se convierte en una mercancía susceptible de riqueza por parte del comprador. En el caso de la construcción, esa valorización pasa por su situación inicial como suelo rústico, sin servicios ni accesos, luego por su preparación para la construcción, pagos de impuestos al respectivo ayuntamiento, el precio de los materiales y la propia construcción en sí. Todo ese gasto, enorme, no sería rentable para el constructor si no existiese esa determinación a priori de su posterior valor. Se fija su precio en función de una expectativa.
Es ahí donde el economista oficial se pierde, pues por norma oficializada no se tiene en cuenta la distinción entre plusvalías y rentas, o entre producción y especulación. Pero ese sobreprecio es la clave de todo, es la causa de todas las especulaciones. Se compra barato el suelo y se devuelve en forma de viviendas multiplicado enormemente su valor. Es difícil encontrar un negocio más goloso para un especulador, para un fondo de inversiones o para un banco. Y así se explica que lo inmobiliario, tanto constructores como propietarios o bancarios y organizaciones de capital financiero, hayan dominado la economía de países como España, pese al enorme talante de políticos como Zapatero y sus promesas de cambiar el modelo económico. Hoy conocido como paradigma.

La Ley por el derecho a la vivienda, lanzada en la anterior legislatura, que ya analizamos aquí y fue vendida como un «cambio de paradigma», en verdad fue un nuevo pacto de no agresión contra los grandes poderes económicos, otra ocultación del verdadero problema. Incluso asociaciones contra los desahucios denunciaron su ineficiencia y defensores del consumidor como Facua advirtieron de sus posibles errores.
Uno de los aspectos de la ley, verdaderamente asombroso, es que distingue entre grandes y pequeños tenedores. Un pequeño tenedor de vivienda no es una familia que tiene un garaje y lo alquila, o un pisito en la playa y saca algo de dinero rentándolo unos meses. Nada de eso. Según esta ley, un pequeño tenedor puede ser un señor con 10 viviendas dispuestas para alquiler (o negocio turístico dependiendo de la legislación regional), o 5 en zonas consideradas tensionadas (zonas de mayor valor por oferta insuficiente y cuyo precio puede ser excesivo para una familia media).
En lo que se refiere a los grandes tenedores, son un conjunto de entidades muy diverso y amplio, de las cuales destacan el fondo de inversión norteamericano Blackstone, uno de los bancos de nuestro Ibex, Caixabank, y la Sareb o banco malo, que asumió con deuda pública casi la mitad de activos tóxicos (hipotecas infumables) de bancos que tuvieron que ser rescatados (porque para eso el Estado sí tiene dinero, como con las armas).
Como vemos, nuestro Estado no es más que un agente que media entre los intereses de los especuladores y la necesidad básica de los trabajadores de vivir en algún sitio, y como hemos dicho no posee capacidad de decisión propia sino está a lo que ordene la Unión Europea.
Todas estas cavilosas soluciones prácticas no son más que defensas y garantías para rentistas, dinero fácil para especuladores. Les está ocurriendo de un modo semejante a nuestros hermanos en Argentina, país en el que han recurrido a un payaso ultraliberal para colar que el 10% del PIB se destine al pago de intereses. Es la institucionalización con garantía de seguridad estatal del rentismo.
El capital, relación social
Hago mención aquí de otro interesante estudio sobre la situación de la vivienda en España, realizado por el Instituto de Investigación Urbana de Barcelona, IDRA. Se trata del estudio De propietarios a inquilinos. Informe sobre la creciente desigualdad en el acceso a la propiedad, que está teniendo cierta repercusión en redes sociales, pues es bastante explícito y aporta algunos datos bastante aclaratorios en el contexto de la lógica alarma social que está produciendo el asunto.
Enumero de forma breve algunas conclusiones del estudio:
- Cada vez más gente vive de alquiler: los inquilinos ya representan el 53% de los hogares entre 16 y 29 años y el 32% de los hogares entre 30 y 44 años.
- La mayoría de personas que viven de alquiler jamás serán propietarias: no esperan poder comprar ni heredar. Además, las viviendas a heredar no siempre se encuentran localizadas en el lugar de residencia del inquilino.
- La mayoría de inquilinos no creen que puedan comprar una vivienda en el futuro, y están siendo expulsados del sueño propietario por multipropietarios y rentistas.
- Los inquilinos que quieren acceder a su primera casa en propiedad compiten con individuos e inversores que ya poseen viviendas en propiedad y patrimonios muy elevados. En los últimos años, entre el 56 y el 60% de las compras se hicieron al contado, sin hipoteca. Entre 2008 y 2020, casi la mitad de las viviendas inscritas en el registro de la propiedad son de empresas con más de 8 inmuebles.
- Todo ello refleja que la propiedad de viviendas se concentra cada vez más en manos de quienes ya poseeen bienes inmuebles en la última década. El número de grandes propietarios, aquellos con más de diez viviendas a su nombre, ha aumentado un 20%.
Como conclusión, los autores del informe revelan que, «lejos de ser una etapa transitoria propia de la entrada en la edad adulta, vivir de alquiler es una condición duradera con alta probabilidad de prolongarse hasta la vejez». Y que «las dinámicas del mercado del alquiler lo han convertido en un mecanismo de transferencia de rentas entre la población inquilina y la población rentista que acumula propiedades sobrantes, siendo este cada vez más un vector de desigualdad social».
Sin pretender desmerecer los datos aportados por los autores, que son investigadores expertos, en primer lugar es obvio que en una sociedad normal (a ser posible socialista) el hecho de vivir de alquiler no debería ser una cuestión diferenciada por motivos generacionales. Tanto mayores como jóvenes deberían poder elegir entre vivir de una forma u otra, ya sea en una etapa transitoria como a lo largo de su vida. Tal como el propio estudio concluye al afirmar que una de las soluciones debería ser el «aumento de oferta de alquiler residencial de larga duración mediante la incorporación de viviendas infrautilizadas, vacías, desviadas al mercado turístico, temporal o propiedad de la SAREB, a la par que se fomenta la construcción de vivienda pública en alquiler con duración ilimitada y
la promoción de viviendas cooperativas en régimen de cesión de uso».
Por otra parte, las expresiones «dinámica de los mercados de alquiler» o «mecanismo de transferencia de rentas» entre las «poblaciones inquilinas y rentistas» es un «vector de desigualdad social», sugieren una tendencia al eufemismo. Tras lo repasado en los apartados anteriores de esta entrada, podríamos hablar con propiedad y denominar a las cosas por su verdadero nombre, y mencionar sin tapujos que se trata de una distribución de la plusvalía, producto de las relaciones de clase establecidas en el momento social e histórico determinado que llamamos capitalismo, que determina una lucha de clases en la que el proceso de esa apropiación de plusvalor, generado por una clase trabajadora mayoritaria pero absorbido por las pocas manos de una minoría, también se extiende al uso del suelo a través de la enorme valorización consentida en ese ambiente, capitalista, del valor de la renta del suelo.
Como digo no se trata de desmerecer a este estupendo estudio barcelonés, sino de la intención de enfocar con mayor exactitud la fuente del problema, poniendo los puntos sobre las íes. Esa rigurosidad es necesaria si pretendemos imitar el método que denoninamos marxista.
En la anterior entrada vimos cómo Marx esquematiza en El Capital los factores que influyen en el valor de la renta en tres, monopolio, ubicación y pasividad del propietario, esta última como actividad consistente en explotar los progresos de la actividad social sin prácticamente ningún riesgo. En este trío de circunstancias hallaríamos la definición del rentista de la vivienda, equivalente inmobiliario del terrateniente en el modelo arquetípico de la tierra, que veremos en la siguiente parte.
Esos tres condicionantes, como puede etenderse, no aparecen por generación espontánea ni por decisión de una mente brillante y oportunamente en el poder. Para ello se necesita un especial caldo de cultivo, un ambiente idóneo, que en el caso del capitalismo es esta mencionada conjunción de sucesos históricos y costumbres sociales, esto es, una relación social, la capitalista.

Para concluir esta entrada, esquematizamos lo que sería el reflejo de esos tres factores expuestos por Marx a la actualidad del problema de la vivienda en España.
El monopolio es una circunstancia rigurosamente protegida en inducida por la normativa legal, en la que el Estado ejerce su conocido papel de protector de los intereses de la clase dominante. En el capítulo XXXVII de El capital, sobre la transformación de la plusganancia en renta de la tierra, Marx expone que «la propiedad de la tierra presupone el monopolio de ciertas personas sobre determinadas porciones del planeta, sobre las que pueden disponer como esferas exclusivas de su arbitrio privado, con exclusión de todos los demás».
«Todo el West End de Londres -sigue más adelante en ese mismo capítulo- pertenece en forma casi exclusiva a media docena de grandes terratenientes, está alquilado a enormes rentas, y allí donde los contratos de alquiler aún han expirado por completo, caducan en rápida sucesión». Y unos párrafos después: «la justificación de la propiedad de la tierra, al igual que la de todas las restantes formas de propiedad de un modo de producción determinado, es la de que el propio modo de producción posee una necesidad histórica transitoria y por consiguiente también de las condiciones de producción e intercambio que de él se derivan».
Para vender una cosa, todo cuanto hace falta es que la misma sea monopolizable y enajenable, sentencia Marx en ese capítulo. Como hemos visto, el desarrollo del sistema capitalista desde tiempos de Marx hasta la actualidad no es muy diferente sino en cuanto al desarrollo -podría decirse tal vez enorme capacidad creativa- del capitalismo por diseñar nuevas maneras de asentar socialmente la vieja especulación, con formas y aspectos modernos. Las manos que poseían el West End de Londres, que seguramente Marx hubiese podido entonces identificar en unos cuantos señores con sombrero de copa, serán con seguridad hoy anónimos propietarios de acciones de unas entidades denominadas fondos de inversión.
Como vimos en la entrada incial y otras más antiguas en esta columna, los mayores tenedores de vivienda son los bancos y los fondos de inversión, que controlan una inmensidad de esas viviendas. Pero el problema se prolonga, en cascada, a los niveles inferiores. Como en las sobras de un festín, los pequeños tenedores (denominación textual de la vigente ley de vivienda) pueden controlar hasta 10 de esas viviendas o locales. Un número de viviendas no al alcance de cualquiera, que significa una especie de eslabón intermedio entre esos grandes fondos y el arrendatario o hipotecado inquilino.
Ya sea al nivel gigantesco de los fondos y bancos, como al más moderado del pequeño tenedor, finalmente lo cierto es que se produce una situación de control del mercado, monopolizado, en la que el usuario se ve afectado, ya sea por un inmenso tenedor como por el pequeño que se aprovecha de las migajas que caen del más grande.
En cuanto al segundo factor, la ubicación, que como vimos es un desencadenante de la renta diferencial, es igualmente necesario en la especulación inmobiliaria. Se da la circunstancia además de que los españoles sufrimos con mayor intensidad este factor. Nuestra situación geográfica nos ha llevado a ser un verdadero paraíso para la especulación inmobiliaria, en lo referido al sector turístico. En nuestros cálidos y bellos paisajes costeros e isleños, principalmente.
No es casual que el reparto económico de la Unión Europea tuviese reservado para España (uno de los países no frugales, recordemos, que, como en la parábola de la cigarrra y la hormiga, es más bien cigarra latina y manirrota y no ha sabido nunca guardar para el invierno) el papel de destino turístico para el reposo de los sufridos industriales nórdicos. Y, por supuesto, nuestros representantes gubernamentales han sido siempre atentos al mensaje implícito de que nuestra península debía ser semillero de mano de obra adecuada a ese determinado mercado.
Observemos cómo en el proceso histórico de esa modernización española, en la que como vimos el presidente Zapatero exponía con gran talante su voluntad de modernizar la economía hacia la inversión en conocimiento y no en ladrillo, entra a jugar el tercer factor, el pasivo propietario, rentista o propietario inmobiliario. Y nuestro tercer actor, en la versión española, no solo ha entrado a jugar sino que ha marcado dos golazos históricos. El primero de ellos en el momento en que España se convertía, de la noche a la mañana, de dictadura fascista a país moderno y democrático. Todo gracias a la generosa cesión de terrenos para las bases militares norteamericanas, en una Europa que se dirimía entre el ejemplo socialista de la URSS o del capitalismo de USA.
Y el segundo gol, por toda la escuadra, resuena hasta nuestros días con la entrada en la Unión Europea, la aceptación de la moneda única, el euro, Maastricht, y su actualización hasta hoy de los famosos fondos europeos, créditos que no está muy claro cómo se pagan pero que están supeditados a la austeridad (esto es, reducir la inversión pública) y que la propia UE fiscaliza bajo criterios tan modernos como la sostenibilidad, el ecologísmo o la digitalización, pero que a fin de cuentas permiten que las grandes empresas del IBEX obtengan beneficios de récord, mientras el poder adquisitivo de las familias españoles cae a tiempos de Telmo Zarra.
El papel del pasivo propietario es aquí protagonista. Si en el proceso de la Transición se consintió, no sin alguna protesta o algún asesinato, que se produjera en España la democracia (mientras las propiedades no cambiaran de manos ni se cuestionaran), en el proceso del europeísmo, los herederos de esos mismos consentidores de la Transición, permiten hoy que se produzca esa entrada en el modernísmo y privilegiado grupo europeo (pues las mismas posesiones solo cambian de manos en lo que se refiere a padres e hijos).
En estos tiempos tan convulsos queda por averiguar si existe una tercera etapa, en la que parece que esa Unión Europea decide darse tiros en sus propios pies y, por ejemplo, volar sus gasoductos, pero tampoco en ella el pasivo propietario moverá un dedo si el sistema que le permite seguir siendo propietario se mantiene. No le importará si sus propios paisanos caen en la misera o si son enviados a sacrificarse al «frente oriental».
Seguiremos analizando al benemérito rentista en la tercera parte.








