Si a usted le resulta molesto que le desvelen la realidad, porque prefiere un dulce engaño que le haga la política más cómoda o menos violenta, o porque siente simpatía o es seguidor de Sumar, IU, Podemos o incluso el PSOE, está en su derecho de engañarse como quiera. Pero esto no evita que eso que usted cree tierra firme, sobre la que posa los pies, sea una fantasía.
El genocidio del pueblo palestino suscita las mayores contradicciones en el entorno atlantista. Por un lado, a nuestros gobernantes les resulta imposible mantenerse ajenos a la inhumana violencia de la que todos hemos sido testigos, y que no es posible esconder bajo la alfombra mediática; por otro lado persiguen con sus leyes «de lucha contra el odio» a quienes alzan la voz, el caso más reciente el de una eurodiputada francopalestina detenida por comentarios en redes sociales.
En esta columna se trató hace meses el asunto del comercio de armas con Israel (Cómo identificar al imperialismo en España (I) El falso embargo de armas al genocidio) como forma de evidenciar el enorme engaño que el imperialismo comete a través de los medios. Vimos que la presión social (boicot de la Vuelta Ciclista) obligó a los partidos progresistas a multiplicar en medios un relato que empatizara con la indignación popular. El Gobierno pretendió desligarse de su relación con Israel anunciando un cese del comercio de armas que posteriormente se supo no era cierto (también en esta columna: Les doy un dato: la relación comercial sobre armas con Israel).
¿Cómo es posible ese enorme engaño en plena era de la información?
La respuesta es sencilla. La ideología dominante moldea la opinión popular de modo que la mayoría prefiera vivir sin ser consciente de la realidad en la que habita, en un verdadero mundo paralelo, que se acomode a una consciencia que rechaza la complejidad y prefiere un engaño confortable que no inquiete sus gustos individualistas y hedonistas.
Sólo mediante este engaño es posible que hoy día veamos desatinos incongruentes como que se manifiesten contra el rearme los partidos políticos que ejecutaron el rearme siendo Gobierno; que se use el eslogan «no a la guerra» cuando se trata de conflictos «trumpistas» pero no así de los que exige la UE, como el caso de Ucrania; o que se presenten como salvadores del problema de la vivienda y defensores del «escudo social» quienes con sus leyes apuntalaron el dominio de la clase rentista sobre la clase trabajadora.
En el caso del comercio de armas, son diversas las fuentes que especifican que la posición del Gobierno es más que dudosa. La opacidad del Ministerio de Defensa no termina de aclarar si realmente esos contratos con la industria militar israelí han cesado seis meses después del anunciado embargo.
El Centro Delás de Estudios por la Paz ha publicado un nuevo informe en el que califica de opacidad y desinformación las noticias relativas al comercio armamentístico entre ambos estados, de un modo semejante a cuando hace meses el mismo Centro Delás calificó de «timo de la estampita» a los anuncios de Defensa al respecto.
No se trata de un novelesco trabajo de espionaje, sino el seguimiento de los contratos públicos (al menos los que el Gobierno debe publicar por transparencia) y que pueden consultarse en la página de contrataciones del Gobierno (si se dispone de tiempo y paciencia para enfrentarse a su intrincado buscador).
Es decir, a través de la inevitable publicación de los contratos, por transparencia, es posible seguir encontrando la relación comercial en casos como la compra de misiles contra carro Spike LR2 y la obtención del sistema lanzacohetes de alta movilidad (SILAM), solo que estos aparecen ahora como “anulación de la publicación del anuncio de adjudicación” o “anulación del anuncio de formalización”, lo que no implica cancelación real del contrato (es solo quitarlo de la vista pública).

Es el capitalismo, amigo.
Estos informadores explican que se trata de una jugada de «burla» en la que se usan tretas como «esquivar la prensa por medio de operaciones triangulares». Sin querer desmerecer el enorme trabajo de estos periodistas, la explicación puede mejorarse.
La «opacidad» del Gobierno español —anunciar un embargo de armas con Israel mientras mantiene contratos vigentes por más de 1.200 millones de euros con empresas israelíes (como Rafael, PAP Tecnos o Elbit)— no es un simple engaño ni una contradicción moral de tal o cual ministro. Es una manifestación estructural del carácter de clase del Estado capitalista en el contexto de la democracia neoliberal.
El Estado no es un árbitro neutral ni un instrumento de “la voluntad popular”, sino el poder organizado de la clase dominante para garantizar las condiciones de la acumulación capitalista. Aunque el Gobierno (PSOE y satélites) se presente como la parte del bipartidismo “progresista” y “defensor de los derechos humanos”, su acción real obedece a las necesidades objetivas del capital: preservar la extracción de plusvalía, la realización de mercancías (incluidas las de guerra) y la reproducción ampliada del capital a escala global.
Los contratos de armamento se financian con presupuesto público (es decir, con plusvalía ya extraída a la clase obrera española). El “embargo” anunciado en 2025 no toca los contratos existentes precisamente porque cancelarlos afectaría la rentabilidad del capital y la “confianza” de los inversores. El Estado se convierte en un garante de la acumulación, no en su freno. Mientras exista el modo de producción capitalista, el Estado —sea del color que sea dentro del teatro bipartidista neoliberal— actuará como comité ejecutivo de los intereses de los fondos de inversión y grandes empresas. El embargo es puro fantasía: oculta la realidad de que los misiles Spike y los sistemas de guerra siguen circulando como mercancías porque el capital no puede dejar de acumular.

El mundo paralelo del malmenorismo
Como se decía al principio, si a usted le resulta molesto que le desvelen la realidad, porque siente simpatía o es militante de Sumar, IU, Podemos o incluso el PSOE, o prefiere un dulce engaño porque así la política le resulta más cómoda o menos violenta, está en su derecho de pensar lo que quiera.
Pero esto no evita que eso que usted cree tierra firme, sobre la que posa los pies, sea una fantasía. Sencillamente no conoce el mundo en el que vive. Prefiere una explicación confortable y sencilla, antes que una cruel y compleja.
Pretender analizar el capital y sus ciclos observado en una instantánea, en un momento concreto, puede ser útil en ciertos ejemplos. Pero si se toma ese método como norma, perderemos la comprensión global. Sería como analizar el ciclo del agua sólo, por ejemplo, en su forma líquida cuando está en un río, pero no cuando es hielo en la cumbre de las montañas o cuando flota vaporosamente en una nube.
Es esto exactamente lo que hacen con nosotros en el moldeamiento de la opinión pública. En el renovado eslogan del «no a la guerra» tenemos un caso evidente. Se nos dice que Sánchez se enfrenta al «trumpismo» y cierra (o eso dicen) el uso de una base; pero el ciclo completo de la dependencia española de la OTAN sigue desarrollándose en su inmenso entramado de comercio entre empresas, uso de patentes tecnológicas, trasiego de capitales a través de bancos, acumulación de capital de fondos extranjeros, y mucho más.
Por si esto fuera poco, el Gobierno ha anunciado el envío de misiles Patriot a Ucrania, quien a su vez se ha declarado públicamente voluntario para realizar tareas logísticas e incluso de uso directo de drones para ayudar a Israel en su guerra contra Irán.
Con toda esta manipulación, hablamos de un proceso ejecutado con una clara intención: La militancia controlada como garantía de reproducción de las condiciones de producción.
Es mediante ese acatamiento sumiso como se permite que la reproducción no sea solo una reposición simple de los medios de producción, sino que se aprieten las tuercas opresoras para obtener un rédito extra que permite invertir en la mejora o el aumento de los medios productivos, de modo que la reproducción ya no es simple y equivalente, sino ampliada y acumulativa. Es la acumulación de capital.
«No hay alternativa», es el mensaje que acatamos cuando aceptamos sumisamente que no hay otra opción a esta elección entre lo pésimo y lo malo. Pero no somos conscientes de que ese sometimiento a lo «menos malo» tiene truco, pues se van acumulando los intereses que permiten a capitalistas y rentistas aumentar a nuestra costa (con los salarios, vivienda, pensiones, servicios públicos) cada vez más su poder.
En definitiva, en el caso que nos ocupaba de entrada, España carece de soberanía para poder determinar no sólo los productos que transitan por su territorio, sino que además carece de capacidad para decidir cuáles productos debe comerciar; más aún, su modelo productivo está decidido y organizado por intereses foráneos, intereses claramente imperialistas.
Es decir, España puede declarar un embargo a nivel retórico (para los medios y redes) y bloquear las ventas directas, pero está obligada por la normativa comunitaria a permitir el tránsito de material de defensa entre empresas de otros países de la UE e Israel.
Así pues se trata de un acto de pura sumisión, de carencia de independencia funcional, una integración profunda en unas estructuras económicas, políticas y militares de las que es necesario desvincularse. Pero ¡ah, amigo!, seguramente la contestación a este artículo sería: dé usted el primer paso, que yo prefiero la absenta del conformismo de las «políticas útiles».








