Esta entrada continúa las anteriores, publicadas en mayo de 2022, la primera y segunda. Sí, hace tres años. Y la situación ha empeorado considerablemente.
Altos representantes europeos (entre ellos ministros del Gobierno de España como Urtasun -Cultura, Sumar- o Redondo -Igualdad, PSOE- e Irene Montero -ex Igualdad, Podemos-) decidieron viajar a Budapest para defender los derechos y libertades de los europeos.
Los firmantes -como órgano colegiado que es un Gobierno- del compromiso de gasto en armas en un 5% del PIB.
Los sostenedores de un Gobierno que comercia armas con los perpetradores del genocidio del pueblo palestino.
Los impulsores de la guerra contra Rusia que llevan empleados miles de millones y miles de muertes en esa causa falsa.
Los que permiten que las bombas norteamericanas contra Irán pasen por nuestro territorio.
Los que deberían explicar que los casos de corrupción no son ocasionales sino estructurales en capitalismo.
Los que deberían estar defendiendo y no reprimiendo a los trabajadores de la bahía de Cádiz que luchan por un mínimo de derechos.
Pues bien, estos responsables políticos se van a Budapest a protestar porque el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, ha vetado las manifestaciones del Orgullo LGTB que tienen su cita periódica alrededor del 28 de junio en muchas ciudades.
Hay que especificar que la actual titular de Igualdad, Ana Redondo, al parecer vio cómo su vuelo era cancelado (al menos ella podrá ahora dedicarse aquí a las investigaciones de las 5 mujeres y un niño de tres años asesinados por violencia machista en apenas unos días).

La peculiar manera de establecer prioridades de nuestros representantes «de la izquierda» es un tanto llamativa. ¿Es una cuestión importante señalar al primer ministro húngaro que los derechos LGTB son importantes? Seguramente lo es. Pero ¿era la cuestión prioritaria ahora? Y si lo es para ellos, ¿cuál es su criterio?
En las dos primeras partes de esta entrada, que como comento tienen ya más de tres años, se explicaba cuál es la particular manera de estblecer prioridades políticas. Y sobre todo, a quiénes conviene esta singular forma de «políticas útiles».
Que las políticas identitarias son las preferidas por el progresismo posmoderno no es algo que vayamos a descubrir ahora. Fue la punta de lanza del tolerante Zapatero, que nos puso en la Champions de las libertades al ser uno de los paises pioneros en derechos LGTB (mientras de paso consolidaba el papel de España de colonia sumisa a los intereses de la UE, ladrillo y turismo). Y posteriormente Sánchez y sus inestimables muletillas, Sumar y Podemos, ensancharon la democracia ampliando los derechos a las personas trans.
De esta forma revisten su inoperancia contra el capitalismo. Distraen la atención contra su dependencia del imperialismo. Nos ofrecen avances en derechos sociales que son más etéreos que materiales, supuestas transgresiones que sólo dan una mala tarde a los casposos caciques postfranquistas mientras toman su vermú en sus piscinas. Pero que hace las delicias de los modernos burgueses, quienes comprenden perfectamente la inutilidad de estas medidas e incluso las apoyan sin ningún empacho. Vean si no los ayuntamientos plagados de banderas de infinidad de arcoiris y colorines de todas las identidades habidas y por haber.
Hay otro tipo de indentidades, no es la única. Desde donde les escribo, en el sur, los andalucistas (esos que se dan golpes en el pecho por el sentimiento andaluz pero miran hacia otro lado con las bases yanquis cuando tocan poder) ya andan moviendo ficha y van colocando sus piezas en el tablero, que en lontananza se ven las elecciones andaluzas.
¿Por qué se ofrece a los trabajadores españoles un análisis sesgado y en cambio se les escamotea el que les permitiría abrir los ojos y evadirse de su falsa conciencia? Porque, de esta forma, los trabajadores somos distraidos con una ideología que no es la que conviene a nuestros intereses de clase.
¿Qué nos roba, qué nos oculta, escamotea, expolia y sabotea a los trabajadores esta política útil de la «izquierda» posmoderna y woke? Fundamentalmente nos despoja de las ideas básicas para comprender la crítica de la sociedad capitalista. Quien se deja guiar por ello sencillamente no sabe dónde se halla de pie, es un desubicado, tiene una visión absolutamente sesgada del mundo en el que vive.

El imperialismo ha sabido adaptar con gran astucia estas luchas identitarias para la dominación de las masas. La defensa de los derechos LGTB será lo que menos les importe a estos farsantes. Lo que les preocupa es que exista, en Hungría o donde sea, un gobierno ya sea de derechas o de izquierdas, que se oponga al gasto militar y a la guerra, eje principal del «jardín de los valores europeos». Esa es la verdad.
La degradación ideológica que ha supuesto el conformismo de la «política útil», una vulgarización o relajación de los mensajes marxistas (incluso la negación del marxismo desde partidos supuestamente marxistas) que elogia la capacidad de la «política realista», en vez del enfrentamiento directo con las cuestiones últimas del proceso económico. Al separarnos de los métodos que promueven la conciencia de la clase trabajadora, nos ponemos del lado de la conciencia de la clase dominante. Vemos cómo los mensajes políticos actuales (todos dirigidos a lo electoral, por supuesto) tienden a ser cada vez menos beligerantes, y se apela a la cordialidad, al diálogo, al acuerdo.
No hace falta explicar que, para los trabajadores, la capacidad del capitalismo para prolongar esa falsa conciencia es enormemente perjudicial, pues cae sobre su propio perjuicio; para el pequeño burgués, la conciencia construida sobre la fe en las instituciones, en el individualismo y en la política útil, será falsa, será incompleta, se limitará a una practicidad insuficiente, pero redundará siempre en beneficio de los de su misma clase.








