La más desvergonzada explotación de la miseria. Reflexiones marxistas sobre el problema de la vivienda en España (y IV)

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4. La relación de las políticas internas con la situación internacional

Concluye con esta entrada la serie dedicada al problema de la vivienda que se inició en su primera parte hablando sobre los conceptos teóricos marxistas, sobre el desarrollo histórico en España en la segunda y las «cavilosas soluciones prácticas» (Engels) de las instituciones burguesas, más una tercera en la que se glosaba la figura del rentista y su institucionalización.

Cualquier lector que no viva en una burbuja habrá observado el grave problema en que se está convirtiendo la vivienda, cuando no probablemente lo sufra en propias carnes. La imagen que se ha elegido para encabezar esta entrada es una prueba de la grotesca situación a la que estamos llegando: el subarrendamiento de una habitación (¡una habitación!) en un barrio de la periferia bajo unos requisitos de semiesclavitud, que implican que la inquilina apenas tenga vida y se dedique únicamente a trabajar y a pagar deudas. Al anuncio le falta añadir: que sea mujer y trabajadora interna y sólo libre un fin de semana de cada quincena (situación que aunque parezca exagerada es la que viven muchas mujeres hoy en España).

En la miseria (hoy conocida como precariedades) encuentra su agosto la especulación. Como vimos en las anteriores entradas, en palabras del propio Marx, la miseria es para los alquileres una fuente más lucrativa de lo que jamás lo fueron para España las minas de Potosí (El Capital, capítulo XLVI).

La agudización de las dificultades en la que vivimos la clase trabajadora tiene su repercusión como es esperable en las necesidades fundamentales, caso de la vivienda. Probablemente una de las causas se encuentre en la situación de declive económico capitalista del entorno en el que estamos alineados como país, el de la Alianza Atlántica, un entorno económico cuya ganancia cada vez procede menos de la producción -incapaz de competir con la de sus rivales internacionales- y que siguiendo la lógica capitalista del permanente beneficio busca exprimir los recursos que aún controlan, como son las rentas del suelo y su repercusión en la vivienda y el turismo.

Las soluciones que proponen los actuales referentes progresistas y de izquierdas, aunque bienintencionados en algunos casos, parecen no tener en cuenta esta relación entre el alineamiento económico y político a nivel global del Estado español y las cuestiones domésticas e internas. Así, proponer nuevas construcciones de viviendas o limitar las licencias turísticas son medidas que, aunque positivas y como digo bienintencionadas, serían no más que pequeños pasos de un camino más extenso que, de no recorrerse en su totalidad, nos conduciría más pronto que tarde al mismo punto.

Sucede a veces que la razón dialéctica queda empañada por la lógica formal. No es que la lógica formal no sea necesaria o apropiada en determinados razonamientos, pero en ocasiones impide que veamos la lógica dialéctica, en el sentido de poder apreciar la totalidad de un asunto político. Sucede aquí algo así, cuando no observamos que todas esas «soluciones cavilosas» que los progresistas proponen para la vivienda son desarrolladas en un marco político en el que las dificultades superan el ámbito local o nacional, y se circunscriben en un conjunto superior y mucho más amplio, del que dependen de manera directa.

Que la profundización en las condiciones precarias (miserables) de vida en las capas sociales más populares contraste con el beneficio récord de las empresas que componen nuestro referente bursátil, el IBEX, no es una casualidad. Es una relación directa. Es por ello que hojear los anuncios de vivienda hoy es asomarse al abismo de miseria. Personas y familias que para eludir los desahucios se ven obligadas a compartir pisos con extraños, habitaciones realquiladas al precio de lo que debería ser el valor de una vivienda individual, alquileres e hipotecas que consumen la mayor parte de los salarios actuales.

Entre tanto, el Gobierno y las inferiores entidades administrativas responden sólo cuando resulta ya imposible ocultar que nuestras ciudades se han convertido en parques temáticos turísticos, y proponen «soluciones» preregrinas, como apelar a la buena fe de las empresas inmobiliarias y de los rentistas (recordemos una vez más que la actual norma legal, ofrecida como un «cambio de paradigma», considera pequeños tenedores -propietarios- a rentistas que posean hasta diez viviendas).

Bastaría para hacer reflexionar sobre la dudosa imparcialidad de estas soluciones tan peculiares constatar el interés de nuestros gestores políticos en sostener los intereses armamentísticos para sus guerras, por encima de los intereses sociales. Busquen, por ejemplo, las recientes declaraciones del nuevo jefe de la OTAN, Mark Rutte, quien sin ningún tipo de empacho advirtió que los europeos debíamos aceptar recortes en partidas como las pensiones para «costear» las armas de las guerras que ellos estiman primordiales.

Este tipo de barbaridades se sostienen, según nos explican, a que esos gastos son inevitables para «proteger nuestra libertad y nuestra forma de vida». La pregunta lógica que cualquiera se haría es ¿la libertad de quién y qué forma de vida? No les aburriré con la respuesta porque lo saben tan bien como yo.

Con esa intención se desarrolló en las entradas anteriores de esta serie la explicación de una de las ideas más aclaratorias que encontramos en la lectura de El Capital y en concreto en los capítulos dedicados a la renta del suelo en su tomo tercero. Allí vimos que el capital, explica Marx, es una relación social, perteneciente a una determinada formación histórico social. Esta descripción del capital como relación social desvela una serie de características intrínsecas de ese sistema social, que la economía oficial entiende como perfectamente naturales, y que en cambio están sustentadas por un contexto que en realidad es totalmente artificial y forzado. Es una de las características del método marxista para el análisis social, que emplea el materialismo histórico y la dialéctica.

«La economía vulgar no hace otra cosa que interpretar, sistematizar y apologizar doctrinariamente las ideas de los agentes de la producción burguesa, prisioneros de las relaciones burguesas de producción. No nos puede maravillar, por ende, que precisamente en la forma enajenada de manifestación de las relaciones económicas, donde éstas prima facie (a primera vista) son contradicciones absurdas y consumadas –y toda ciencia sería superflua si la forma de manifestación y la esencia de las cosas coincidiesen directamente– que precisamente aquí, decíamos, la economía vulgar se sienta perfectamente a sus anchas y que esas relaciones se le aparezcan como tanto más evidentes cuanto más escondida esté en ellas la conexión interna, pero más correspondan a la representación ordinaria«.

Una vez que nos deshacemos de esa superficie irreal y artificial, como vimos en los artículos anteriores, aparece su verdadero rostro. Y en el asunto de la vivienda los entresijos condujeron a Marx a apreciar tres aspectos fundamentales en cuanto al valor de la renta en las edificaciones: monopolio, ubicación y la figura pasiva del propietario.

El valor de un edificio, un solar o un alquiler de un edificio ya construido, no proviene de la fuente propiamente de valor, el trabajo, sino de la forma en que ese bien es valorizado socialmente (se trató este asunto en las anteriores entradas, que debemos diferenciar el plusvalor obtenido del trabajo humano del beneficio obtenido por la renta del suelo). Para ello precisa de una serie de circunstancias que crean el medio social idóneo. Su caldo de cultivo. Y no hay mejor forma que la circunstancia lógica de ser el suelo un bien escaso. La escasez es un factor necesario, y por ello la necesidad del monopolio.

Sobre la ubicación, vimos también que Marx distingue el concepto de renta diferencial. La renta diferencial vendría a ser, en el ejemplo arquetípico de la agricultura, la ganancia extraordinaria que surge por causa de la diferencia de fertilidad entre distintas tierras simultáneamente explotadas en forma capitalista. En lo que se refiere al valor de la tierra con fines de edificación, está regulado por esta renta diferencial en cuanto a ese aspecto ineludible. El valor de una vivienda dependerá de su localización, por ejemplo en una zona de interés turístico o en un barrio muy demandado por los vecinos.

Por último, en esta tríada de factores expuesta por Marx, tenemos la pasividad del propietario, cuyo mérito consiste en explotar los progresos de la actividad social sin prácticamente ningún riesgo. En este trío de circunstancias hallaríamos la definición del rentista de la vivienda, equivalente inmobiliario del terrateniente en el modelo arquetípico de la tierra, visto en la parte tercera de esta serie.

El lector prespicaz tal vez se pegunte: bien, esto es en tiempos de Marx, del que nos separa más de un siglo, pero ¿esto sigue siendo así hoy?

Pese al proceso de paso de la sociedad capitalista en su fase inicial a la fase superior imperialista, podemos observar que esos tres aspectos siguen produciéndose en la sociedad actual, lógicamente con sus peculiaridades. Además, en el caso de España, como vimos también en las entradas anteriores aprovechando el maravilloso trabajo del Grupo Gisas, Grupo de Investigación sobre el Subdesarrollo y el Atraso Social, esos tres factores se aprecian de manera más evidente.

En los documentos realizados por el grupo GISAS se encuentra una excelente información sobre la relación actual de la renta del suelo con su desarrollo histórico desde el pasado franquista y la entrega a poderes económicos norteamericanos y asociados, conocida por todos en el proceso conocido de transición desde el fascismo a la modernidad, y la prolongación o continuidad de ese sistema pese a las promesas de cambio económico-político ofrecido por el bipartidismo burgués encarnado en nuestro país por el PP y el PSOE, tanto monta.

Asimismo en esos trabajos encontramos la definición del rentista moderno, versión actualizada del terrateniente de tiempos de Marx, que los expertos canarios de este grupo investigador llegan a calificar, con exacta propiedad, como caciques. De una generación a otra, estos rentistas van pasando, por el método hereditario principalmente, el testigo del rentismo desde el blanco y negro franquista a la colorida panorámica actual, pese a todas las modélicas transiciones y todas las entradas en mercados europeos que nos han vendido.

Bancos y fondos de inversión, métodos con los que el capitalismo compensa la escasa producción mediante nuevas formas de capitalismo financiero

Los llamados «grandes tenedores» de vivienda (recordemos, según la Ley de Vivienda del Gobierno actual, son los que poseen más de 10 inmuebles o 5 en zonas tensionadas, de mayor demanda) en España son bancos y fondos de inversión. Ambos tipos de entidades acaparan un buen porcentaje del mercado de vivienda nacional, aunque en su mayoría este está controlado por pequeños tenedores.

Blackstone, Caixabank y Sareb, son los grandes dueños de vivienda en alquiler español. Blackstone es un banco de inversión norteamericano dedicado a la inversión inmobiliaria. Según la Wikipedia, en España es conocido por realizar operaciones altamente polémicas como la compra de viviendas de protección oficial al Ayuntamiento de Madrid, lo que le ha valido el calificativo de fondo buitre, si bien en la jerga de la economía oficial se entiende como​ «banco de inversión alternativa».

Caixabank o Sabadell, otro de los grandes tenedores, forman parte de nuestro índice económico patrio, el IBEX. Por su parte, la Sareb o banco malo, es la entidad que asumió con deuda pública casi la mitad de activos tóxicos (hipotecas infumables) de bancos que tuvieron que ser reflotados en el llamado rescate bancario español, esto es, las ayudas públicas y rescates financieros proporcionaos desde el inicio de la crisis económica española de 2008 (porque para eso el Estado sí tiene dinero, como con las armas).

Cabe mencionar aquí también la presencia en España del mayor fondo de inversión mundial, BlacRock, cuyo capital equivale al PIB de Alemania, Francia e Italia combinados, o a lo que produciría la economía española en seis años. Esta poderosísima entidad financiera no solo posee acciones de estos bancos del IBEX sino que además está encontrando un nicho de gran interés en la compra de suelo para uso tanto turístico o urbano como para la implementación de alquileres agrícolas y de formas de energías ecológicas.

Todo ello se produce peincipalmente por la debilidad de nuestro Estado y su incapacidad para controlar los intereses públicos, en beneficio de los intereses privados. Como vemos, nuestro Estado no es más que un agente que media entre los intereses de los especuladores y la necesidad básica de los trabajadores de vivir en algún sitio, y como hemos dicho no posee capacidad de decisión propia sino está a lo que ordene la Unión Europea.

La relación social capitalista que establecía al rentista descrito por Marx a finales del siglo XIX viaja océanos de tiempo para encontrarse en la actualidad en la misma feliz y despreocupada vida, prolongando la desocupada pasividad de sus antecesores en el moderno rentista de nuestros días, gracias a que existen y perxisten los mismos condicionantes descritos por Marx -hace dos siglos en una versión que podríamos denominar como la acumulación originaria de la vivienda hasta nuestros días- un monopolio del mercado de la vivienda exprimido hasta sus últimas consecuencias tanto por el alto mando de los grandes tenedores (fondos de inversión y bancos) como por la infantería y la tropa de pequeños tenedores que aprovechan las migajas que caen desde la cúspide, aderezado todo por el abuso de la renta diferencial que supone la ubicación de esas viviendas, sobre todo en el aspecto turístico.

Así pues esa relación social ha ido modelando nuestra forma de vida, antes miserable en los barrios de Manchester y otras localidades inglesas descritas por Engels en sus trabajos de juventud, hasta la actual igualmente miserable en el vaciado de las zonas rurales y el amontonamiento en los núcleos urbanos dispuestos a demanda de los intereses capitalistas.

Ya sea al nivel gigantesco de los fondos y bancos, como al más moderado del pequeño tenedor, finalmente lo cierto es que se produce una situación de control del mercado, monopolizado, en la que el usuario se ve afectado. Y no hablamos de propietarios de una vivienda heredada que decide ponerla en alquiler, o del propietario de una segunda vivienda en Chipiona o en el Poniente de Benidorm que se saca un extra en las vacaciones. No. Según datos del Catastro, la mitad de las viviendas que se dieron de alta en el catastro entre 2008 y 2020 pertenecían a personas jurídicas (empresas) que tenían a su nombre más de ocho inmuebles.

Es decir, desde 2008, la mitad de las compras fueron realizadas por rentistas profesionales con 8 pisos o más que se dedican a subir precios. Y, como veremos, es una tendencia impulsada por la sociedad, la relación social en la que vivimos, el capitalismo, en su versión aumentada española, gracias al papel exclusivo de ladrillo y turismo designado por la Unión Europea y gracias también a la fragilidad de su Estado, sometido a la voluntad de los fondos de inversión.

La curiosa creatividad capitalista: inquiokupas, tokenización inmobiliaria, house flipping.

El rentismo es por tanto el modus vivendi de una buena parte de la población española. En lo que se refiere al caso concreto del alquiler, el 92% de los pisos en España pertenecen a pequeños propietarios.

Tal como se dijo en la entrada anterior, la inversión inmobiliaria puede considerarse una tradición española de enorme arraigo, pues es el activo de inversión preferido por los españoles. Estos inversores estiman que el ladrillo es un valor seguro, que no se volatiliza tan fécilmente como otros mercados como la bolsa, y una fuente de ingresos pasivos recurrentes, atraídos por la rentabilidad que ofrece.

La inestabilidad laboral, pese a que nos aseguren que ahora los trabajos son indefinidos, sumada al riesgo del desahucio por no poder pagar las hipotecas, pese a que nos aseguren que los desahucios están prohibidos, lleva a muchas personas a la obligación de alquilar para poder acceder a un sitio donde vivir. Esta forma de precariedad se intensifica lógicamente entre los más jóvenes. Esto ha aumentado la demanda de pisos en alquiler.

Ese aumento de la demanda de alquiler ha llevado a que los precios de las rentas suban de media un 10,4% en 2023, y en consecuencia la rentabilidad que obtienen los arrendadores por sus viviendas también ha aumentado. Seguidamente, la rentabilidad bruta de la compra de una vivienda para ponerla en el mercado del alquiler ha crecido en el último año un 7,5%, y duplica las tasas que ofrecen los Bonos del Estado a 10 años que rondan el 3%.

La naturalización de este despropósito es tal que ya es habitual en nuestras ciudades la presencia de empresas que exceden a las conocidas inmobiliarias (que envían a sus encorbatados empleados a visitar los bloques de viviendas en busca de pobres diablos abocados a vender sus pisos y a ofrecerlos recomprados a otros infelices semejantes en alquiler) y van un paso más allá.

Se trata de empresas que enseñan y asesoran a vivir como un buen rentista español. Busquen en internet y no les será difícil encontrar decenas de estas empresas en su localidad. Esta página por ejemplo asegura poder explicar cómo vivir de las rentas del alquiler.

Esta otra página nos cuenta sin rodeos cuántos pisos necesitamos para poder vivir de las necesidades de otros. Y no se vayan todavía, nos queda por descubrir el fantástico house flipping, que consiste en algo tan novedoso como tener dinero para comprar una casa vieja, reformarla y revenderla a precio más alto. Voltear es el significado de flip en español.

Flipando nos quedamos ante tanta creatividad. La cosa da para más. El maravilloso portal Idealista, referente español de la especulación de la vivienda, nos describe aquí la figura del inquiokupa. El inquiokupa no es otra cosa que el pobre desgraciado, o la pobre familia (que en esto la especulación no entiende ni de niños ni de ancianos) que teniendo un contrato de alquiler ha caido en desgracia y ya no puede afrontar la renta del mes siguiente. Según el portal inmobiliario, esto es realizado de manera premeditada por algunas personas, lo que lleva a los propietarios al miedo a alquilar sin exigir una serie de garantías como nóminas o avalistas, para lo cual entran en juego las avispadas empresas inmobiliarias, que compiten entre ellas por el prestigio de ser las que ofrecen a los rentistas los inquilinos más decentes y más cumplidores.

Otro neologismo que llega al mundo inmobiliario es el de tokenización. A través de la transposición al mundo inmobiliaro del concepto de token (especie de unidad digital a la que se transfiere el valor de un activo), también las viviendas o locales pueden tokenizarse mediante la representación digital de un activo inmobiliario en una cadena de bloques o blockchain, sobre la que se puede invertir. Vendría a ser un proceso semejante al de la uberización de los transportes, la adecuación de un recurso tecnológico a un mercado, para de esa forma facilitar el uso de clientes o inversores mediante dispositivos tan cotidianos como un teléfono móvil.

Todas estas maquinaciones y neologismos no dejan de ser invenciones para extender y facilitar el uso del rentismo como medio de vida, dentro de un sistema que favorece y legitima el abuso de una necesidad fundamental como es la obligación de ocupar un espacio para vivir para cualquier persona que desee un mínimo de dignidad.

Resuena aquí la voz del el autor de El Capital, quien escribió las palabras que titulan estas entradas: la más desvergonzada explotación de la miseria.

Las cavilosas soluciones prácticas definidas por su compañero y amigo, Engels, siguen siendo los parches admitidos por los poderes establecidos, con los que el capitalismo mantiene una de sus formas de acumulación y valorización, la renta obtenida del suelo en su variante de la vivienda. No es la desmesurada especulación la fuente del problema, el origen es el propio sistema capitalista. Y el remedio se encuentra en la superación de este sistema y en la organización de la clase trabajadora para dirigirnos hacia un futuro socialista en el que no se pueda mercadear con necesidades fundamentales ni aprovecharse miserablemente de la necesidad de otras personas.

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