Toulouse y los matices

He tenido en mis manos el número de Les Cahiers du CTDEE dedicado a Albert Camus et l’Espagne. El Centre Toulousain de Documentation sur l’Exil Espagnol (CTDEE) publica sucesivos números de sus cuadernos, dedicados al exilio republicano y a las relaciones políticas y culturales entre España y Francia. Gracias a Madeleine Martín-Pañeda, una de sus colaboradoras, he podido disfrutar de la lectura del citado número.

Madeleine es catedrática de lengua española y ha dedicado gran parte de su vida a las relaciones entre España y Francia. Enamorada desde su adolescencia de García Lorca, Miguel Hernández y tantos otros representantes de la edad de plata de nuestras letras, ha sido inevitable su constante dedicación al exilio republicano en Francia. Recientemente hemos podido disfrutar de su presencia en mi instituto, el IES Fernando de Herrera, adonde llegó, gracias a su amiga, la profesora Carmen Contreras, para contarnos sus experiencias.

En el número de los cahiers toulousains dedicado a Albert Camus, se recogen muy diversas referencias a España. Antes, durante y después de la etapa de Camus como director de Combat, las referencias españolas del escritor fueron muy numerosas. En relación a la represión en Asturias tras la revolución de octubre del 34, a la Guerra de España, al posicionamiento de la diplomacia francesa ante el régimen de Franco… Ya en febrero de 1939, Camus tomaba la palabra para denunciar el reconocimiento de la Tercera República Francesa a la España de Franco y la llegada a Burgos de Philippe Pétain como embajador de Francia. Al tiempo que terminaba la Segunda Guerra Mundial, Camus realizaba de nuevo la denuncia ante la llegada a París de José Antonio de Sangróniz y Castro, emisario de Franco con rango de embajador. Tras los servicios prestados por los españoles en la División Leclerc, en la Resistencia Francesa, en la Liberación de París, Toulouse y tantas otras ciudades, después de haber dejado solos a los soldados españoles del Valle de Arán en octubre de 1944, el nuevo reconocimiento del Gobierno provisional francés a la España de Franco era un pecado original con el que nacería la Cuarta República Francesa. No se podía hablar de democracia y fraternidad dando la espalda a lo que sucedía en la península Ibérica.

Albert Camus celebraba la Liberación y la reconstrucción de Europa, pero no se olvidaba de los matices. Era el gran intelectual de los matices, porque estos siempre son fundamentales, porque en ellos está la verdad. En 1945, el matiz era España. Camus, francés pero argelino, también español. El constante reconocimiento de los matices lo convertía en un personaje incómodo, en un intelectual honesto. Ello obligaba a Camus a superar cualquier fin que justificara los medios, constituyéndose como intelectual en lo contrario: son los medios los que justifican el fin. El contenido está en las formas, esa era la elegancia de Camus, la gran noticia anunciada en 1951 con la publicación de L’homme revolté.

Son matices que tampoco quieren verse hoy, cuando se tacha de rojipardo a Fabien Roussel, secretario general de los comunistas franceses, por insistir en la resolución de las desigualdades sociales a través de las políticas redistributivas, al tiempo que defiende la bandera francesa, el consumo de carne y el buen vino. Es decir, por colocar la diana en la auténtica batalla cultural: la lucha contra la desigualdad social para hacer posible la democracia. Aquí en España, un antiguo dirigente político de izquierdas se quejaba recientemente de los comunistas que vamos a misa los domingos.

Otro que, por sus constantes matices, hemos de recordar también entre los grandes intelectuales del pasado siglo XX es el italiano Pier Paolo Pasolini. Como Albert Camus, veía delante de sus ojos la pelea del individuo contra su propia intrascendencia, el gran reto del hombre posmoderno en la sociedad de consumo que se abría camino en la Europa de la segunda posguerra. Sin embargo, Pasolini no se resignaba ante esa intrascendencia y denunciaba el consumismo como un nuevo fascismo que acabaría con la democracia, vaciándola de contenido. Frente a ello, el poeta italiano apuntaba, con elegancia heterodoxa, al movimiento comunista como la alternativa que, en el caldo de cultivo de las tradiciones populares católicas, superaría una sociedad intrascendente en la que el individualismo no paraba de conquistar nuevos espacios. Precisamente este año celebramos el centenario del nacimiento del poeta-profeta italiano.

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