Prorrusos

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Prorruso es la etiqueta maldita actual, el estigma que puede significar el ostracismo mediático, la censura, restricción laboral o incluso la amenaza de deportación, como le ha sucedido al periodista ucraniano Anatoli Sharí, refugiado en España y buscado por las autoridades de su país por traición.

Observemos que el delito es el de traición, que legalmente es la falta de la fidelidad o la disciplina debidas. Por si no quedó claro en el pleno del Congreso en apoyo a Zelenski, nadie dude de que como país no somos neutrales. Somos parte de la guerra y nuestro Gobierno ha alistado a los españoles en uno de los bandos, con la unanimidad absoluta de las fuerzas parlamentarias.

La situación recuerda a la analogía de la rana hervida. Porque no viene de nuevas, arrastramos un historial preocupante y atañe no sólo a la cuestión geopolítica, abarca una perspectiva amplia que afecta a nuestra visión del mundo y a nuestra forma de pensamiento.

Mediten sobre las penalizaciones que ha producido la cultura de la cancelación, el acoso a mujeres profesionales como docentes o psicólogas por manifestar una opinión crítica, o las detenciones de usuarios de redes sociales por expresar simples opiniones.

La justicia universal tampoco ha sido favorecida por el apoyo del Gobierno, considerado el más avanzado en libertades. Recordemos que hace poco fue negada la posibilidad de la investigación judicial del asesinato del cámara de televisión José Couso.

La dependencia española de la Alianza Atlántica parece exigir del pueblo una fidelidad y disciplinas de rigurosidad marcial. A la nueva amenaza de extradición se acumulan los casos de censura de medios, la ya prolongada detención del periodista Pablo González o la normalización de la censura perpetua personificada en el divulgador Julian Assange.

Mientras tanto nuestros representantes disfrutan de su merecido tiempo de ocio en la Feria de Sevilla, pues el mensaje que quieren enviarnos es de optimismo. La crisis muestra una luz al fondo.

Los derechos se consiguen haciendo huelgas, pero de momento no es necesario porque los derechos se conceden ahora por decreto, gracias a la militancia enfocada en lo electoral, que nos ha conducido al hito histórico de la política útil, las carteras ministeriales

La precariedad laboral (eufemismo por explotación capitalista) ha sido superada por decreto, del mismo modo que se estableció, por ley, el fin de los desahucios o la protección popular en forma de escudo.

No hay ya temor en la dependencia de los fondos de la Unión Europea, que han servido para que salgamos airosos de la crisis agudizada por la pandemia. Desconocemos qué criterios fiscalizadores exigirán nuestros aliados alemanes, ni los frugales, si afectará a nuestras pensiones o a qué necesidad social. 

Los fondos de inversión poseedores del IBEX multiplican sus beneficios y las grandes empresas aumentan sus ingresos, clave del famoso reparto de la riqueza. Nosotros hemos de contribuir cerrando el grifo del gas, para fastidiar al enemigo, o gastando menos en las cosas de comer para salvar el planeta.

El virus sigue su curso y los servicios públicos sanitarios, aquellos que la pandemia nos enseñó que son los más eficaces, no pueden recibir más fondos. Sin embargo, el dinero sí lo hay, en grandes cantidades, para la causa mayor de armar al ejército de Ucrania.

El frente amplio antifascista te necesita, aunque ya cuenta con un nutrido elenco de ilustres luchadores por la democracia como EEUU, Canadá, Polonia, la Unión Europea, el batallón Azov y un sinfín de voluntarios con tatuajes pintorescos.

Los tiempos están cambiando hacia un nuevo orden, como advirtió el presidente de los Estados Unidos. Y a nosotros, los trabajadores y trabajadoras europeos, se nos llama a filas, para fraternizarnos en compromiso atlántico con nuestros hermanos de Latinoamérica, quienes son ya veteranos en la militancia de la fidelidad debida a Estados Unidos.

El sentimiento europeísta es tan universal que cruza océanos enteros para encontrarte, sufrido paria, ya seas español o colombiano o peruano. No hagáis como los cubanos, los venezolanos o los nicaragüenses. Esos quedan fuera, por indisciplinados. 

Como mercancías que somos, se exige nuestro sacrificio. No se salgan de la fila o serán castigados con el sambenito de prorruso.

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