Políticamente incorrectos

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La ola reaccionaria que se ha extendido por buena parte del mundo occidental ha despertado ya el interés de muchos analistas. Y en opinión de muchos de ellos, una de sus causas, de la cuál quiero ocuparme, se debe a un curioso fenómeno: la rebeldía ante el orden establecido, la contestación popular y la reivindicación de cambios, que tradicionalmente estaban asociadas a la izquierda, parecen estar ahora de parte de la extrema derecha.

Tienen una forma muy fácil de comprobarlo: cualquier político o simple cuñado de barra de bar «aunque cada vez resulta más difícil distinguir a unos de otros», que exhiba posturas claramente racistas, misóginas, homófobas o clasistas, dice ser «políticamente incorrecto». Lo llevan a gala, lo exhiben con orgullo, colgándose una supuesta valentía frente a un tiránico mundo que no les deja expresarse. Esto ha calado en un amplio sector de cantantes, columnistas, artistas y otras figuras del campo conservador que se quejan de que ya no pueden hacer lo que hacían antes, so pena de que el público reaccione en contra, o como se dice ahora los «cancele».

Llegados a este punto habría que explicarles a estos revolucionarios de salón que el público, desde luego, no siempre tiene razón, pero si alguien quiere dedicarse a espectáculos o actividades dirigidas a multitudes, tiene que estar dispuesto a asumir cualquier respuesta del mismo. En eso consisten estas actividades, en conectar con ellos. La libertad, querido autor de chistes sobre mujeres muy putas, negritos zumbones, maricas con pluma, etc, consiste en que tú eres libre de poner lo que quieras en tus obras, pero el público también es libre de expresar su opinión sobre las mismas.

La censura consiste en otra cosa, y el dibujante e historietista Mauro Entrialgo, que también es autor de historietas polémicas, pero no es estúpido, lo dice con frecuencia. De primera mano le oí en un acto de presentación de un libro donde precisamente trataba de los límites del humor: «el desacuerdo no es censura, censura es que te vaya a buscar la policía a tu casa a causa de tu obra».

Y esto, curiosamente es algo que muy raramente sufrirán los autores «políticamente incorrectos» de la derecha. No así los que hacen chistes sobre banderas, religión o las instituciones más rancias. En España tenemos raperos encarcelados, denuncias varias por parte de asociaciones de abogados cristianos y similares, titiriteros cuyas marionetas fueron requisadas como material peligroso tras ser usadas en obras de ficción supuestamente apologéticas del terrorismo y un sinfín de conciertos y actuaciones cancelados, aquí dicho con propiedad, en lugares donde la derecha o la extrema derecha tienen algo de poder.

Porque curiosamente los mismos defensores de la libertad de creación, cuando actúan como público, son los más proclives a armar escándalos. Esta semana hemos conocido que se organizan para protestar en los canales de cierta plataforma televisiva de modo que cualquier chiste sobre su opción política sea borrado de la oferta de la cadena. Y esto se puede considerar su nivel más bajo de acción, pues ya les hemos visto poner en la diana al personal de revistas de humor, o directamente usar las instituciones que siguen controlando para atacar todo aquello que no les guste. Al final, los más ofendiditos de todos suelen ser los que se quejan de la «censura progre».

Sin embargo esto va más allá del mundo del entretenimiento, que como nos han advertido autores como Daniel Bernabé, muchas veces es utilizado como un medio muy eficaz de infiltración ideológica. Es decir, la actitud de los trolls organizados de extrema derecha es el primer paso de la campaña que ha llevado a que los nuevos líderes ultras, esos bufones con peinados imposibles como Trump, Bolsonaro e hijos, en España Ayuso, y en los últimos días el grotesco y creciente Javier Milei de Argentina, hayan pasado de ser percibidos como excentricidades inaceptables en la política a ser considerados por cierto sector electoral como valientes o contrarios a las normas.

Pero decir que son contrarios a las normas o que se enfrentan al orden establecido personajes cuyo programa es la completa sumisión a los poderes económicos, la máxima precarización laboral o la persecución de los sectores más débiles es, como mínimo, chirriante. Aunque la nueva derecha afirma plantar cara a una poderosa tiranía woke, o en términos españoles, la «dictadura progre», es fácil notar que ese enemigo nunca es el aparato económico, sino una burocracia impersonal, nebulosa y difusa, de la que pueden formar parte hasta menores de edad sin tutor.

Quizás haya que empezar por preguntarse cómo un sector tan vulnerable como los huérfanos y similares puede ser percibido como un colectivo privilegiado. Hace poco cierto twittero me dijo que lo políticamente correcto era reírse de la bandera o insultar a la policía. A lo mejor, para combatir esta causa de la ola reaccionaria de la que hablaba, habría que empezar por redefinir qué es lo contestatario y rebelde. Políticamente incorrecto es el que se la juega diciendo lo que dice no el simple maleducado o, directamente, canalla.

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