Cuando la política se hacía en imprentas clandestinas

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En este texto Francisco García nos recuerda a su abuelo, el histórico militante comunista y sindicalista, Francisco Manzano Pastor, medalla de la ciudad de Sevilla que enfrentó la dictadura con el compromiso militante como único arma.

Hoy me piden que escriba un relato personal, una vivencia, un hecho compartido, una batalla de tantas, en definitiva, una acción de vida de una persona increíble, que para muchos será más fácil asociarlo al hombre que jamás reveló donde estaba la imprenta, pero que para mí es solamente mi abuelo. Creo que mi abuelo compartió conmigo su historia inefable con el único propósito de que no cayera en el olvido, pero consiente de que esos hechos forjarían en su nieto al hombre que es hoy.

Una anécdota es un suceso accidental, aislado y de escasa importancia. Por ello voy a tratar de contar como mejor pueda una historia que de boca de mi abuelo, parecería una anécdota, una batalla, pero que sin ninguna duda ayudó y salvó a muchísimos camaradas. Dicho acto de comunismo y solidaridad no ocuparía portadas ni derrocharía tinta en ninguna publicación pero que para mí es digno de mención.

Me contaba mi abuelo que la cárcel es un lugar donde te retienen, pero que a él no le sirvió para detener su lucha incansable. Antes que pronto vio la injusticia en una orden de que solo se les permitía un canasto de comida y lo que era muy importante en aquella época “tabaco“por semana creo recordar, y eso los afortunados que podían recibirlos por la situación precaria del momento o por estar lejos de sus familias.

Comenzó una huelga de hambre en protesta por solo recibir un canasto, no alcanzo a recordar cuánto duró, pero sí que logró junto a sus camaradas que les permitieran dos canastos y claro, sus ideales le llevan a organizar un reparto equitativo entre todos los presos, haciendo del sacrificio de los familiares y amigos del exterior un salvavidas para todos y no para unos pocos. No puedo imaginar cuántas vidas pudo salvar ese gesto de generosidad, y lo que nunca podré olvidar es la cara cómplice de mi abuelo cuando me decía, y esa que está ahí, refiriéndose a mi abuela, me traía dos canastos siempre que podía y me esperó los tres años de vida que me robaron.

Sé, porque me consta, que mi abuelo ayudó a muchísimas personas en su vida, era su forma de ser, sin importarle las consecuencias. Su solidaridad no tenía parangón, su altruismo rozaba lo incomprensible a día de hoy, pero para él esa forma de ser estaba cargada de razones.

Me contaba mi abuela, que lo de mi abuelo no era normal, que en época de mucha miseria, algún que otro día había en la casa para hacer una olla de lentejas o de garbanzos y que mi abuelo después de apartar un plato a sus hijos cogía la olla y preguntaba puerta por puerta a los vecinos si habían comido, como madre, mi abuela le preguntaba ¿y mañana qué comemos? Su respuesta era mañana ya veremos, hoy hemos comido todos.

Me gustaría despedirme compartiendo una inquietud que acompañó a mi abuelo hasta sus últimos días, razón que me hace creer que esa espina estaba muy bien clavada.

No quiero dar fechas por que sin duda erraré, mi abuelo murió sintiéndose muy agradecido, con la sensación de dejar los deberes hechos y que la lucha no moriría con él y así ha sido.

Pero a él también le salvaron la vida, fue en Cádiz, mientras huía de la guardia civil y con él estigma de revolucionario, agitador y maleante a sus espaldas. Le pisaban los talones y entre marismas no tenía mucha escapatoria cuando encontró a un hombre pescando en su barquilla y mi abuelo le pidió que le cruzara el río, se lo pidió por su vida, no había otra forma, ya que ayudar a un fugitivo y con los antecedentes de mi abuelo no era moco de pavo.  Este señor lo cruzó, le salvó la vida y mi abuelo, nunca dejó de recordarlo, de preguntarse qué sería de ese hombre, hasta de pensar si lo pudo meter en un lío.

Podría contar mil cosas sobre mi abuelo, he intentado contar las más personales y las que a lo mejor no conocíais. Las otras son parte viva de la historia de España.

Francisco Manzano Pastor, mi abuelo.

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