Salir adelante

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Raquel Anchel nos trae la historia de Benilde Ruiz y Plácido Tébar, un matrimonio de Mahora (Albacete) que no se rindió ante las duras pruebas que les impuso la dictadura franquista.

El “silencio mediático” es un concepto que suele asociarse a los represaliados por el franquismo, pero pocos conocen el silencio que reina en el interior de las familias. El silencio provocado por el trauma; el silencio de los hijos, a los que enseñaron a callar por vergüenza o por miedo; el silencio que se hace en el coche cuando pasas por el pueblo donde sucedió.

A Benilde Ruíz Juncos y Plácido Tébar Cuesta la sublevación les pilló en Mahora, un pequeño pueblo de Albacete con amplia militancia comunista y sindicalista, pero rodeado de quintacolumnistas, agazapados en puestos de poder y fincas de señoritos. Otilio Tébar Verdejo, bracero de profesión, había consentido en liderar la coalición de Izquierda Republicana mientras animaba a sus hijos, Plácido y Antonio, a seguir sus pasos en las Juventudes Socialistas Unificadas y el Socorro Rojo Internacional, algo que pronto pasaría factura a la familia, incluso a los miembros que aún no habían nacido.

En una época en la que la Iglesia todavía ataba tantas manos, Beni y Placi decidieron casarse por lo civil, granjeándose la enemistad de las beatas del pueblo y de aquellos vecinos que se veían en minoría con el auge de la militancia socialista entre las nuevas generaciones de jornaleros mahoreños. El 18 de julio de 1936 aquellos jóvenes supieron exactamente cuál era su deber y, cambiando azadas por fusiles, defendieron la Manchuela en los años siguientes junto a los brigadistas internacionales a los que acuartelaron en el pueblo. Por desgracia, y a pesar de su coraje, ya sabemos cómo termina esa historia.

El párroco del pueblo, Fulgencio Bordería Verdejo, que se había unido a la sublevación y apoyado a la Guardia Civil en la toma de Albacete, aprovechó el final de la guerra para ejercer su venganza junto a las beatas, los señoritos y el resto de quintacolumnistas que habían estado 3 años esperando su momento. Aquellos que habían sido condenados in absentia por el Tribunal Popular que se formó en Mahora el 7 de enero de 1937 denunciaron a todos los que supuestamente habían participado en el proceso.

Y así, una noche, o quizás una mañana de primavera de abril de 1939 se los llevaron a todos. Atrás quedaron las “mujeres de los rojos”, entre ellas Benilde que, embarazada, se encontró sola de la noche a la mañana. Su lucha no terminó ahí, sin embargo. Las beatas, primas del párroco, y el propio Fulgencio Bordería habían acusado a Placido de quemar en una hoguera, junto a otros jóvenes del pueblo, los bienes de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción la noche del 10 de agosto de 1936; sin embargo, ninguno de los tres había podido presenciar el acto, y la propia Benilde aseguró siempre que su marido estaba con ella esa noche. Todo aquello explicaron ella y sus hermanas al dueño de las tierras habían trabajado toda la vida, el cual, en un acto de justicia poco común para el momento, llevó a las beatas ante el Tribunal Militar y allí confesaron no estar seguras de lo ocurrido. Si todo ello pasó antes o después de que a Benilde le raparan la cabeza sus vecinos, nunca lo sabremos.

A Plácido el testimonio le valió la conmuta de la pena de muerte por 20 años de prisión. Su padre Otilio no tuvo tanta suerte, jamás volverían a verse pese a estar recluidos en la misma cárcel de Albacete. Por su supuesta participación en el Tribunal Popular, en el asesinato de los hermanos Fernández Cuesta y en unos inciertos sucesos en la finca señorial de Verástegui, el 13 de junio de 1941 fue conducido a la tapia del cementerio de Albacete y fusilado a traición.

Durante esos años, Bárbara Ruíz se encargó de recoger y lavar la ropa de Plácido para evitarle a su hermana la visión de la sangre que la manchaba. De esa época, sumergida en un silencio espeso de los que cierran la garganta, solo quedan unas piezas de ajedrez talladas a mano y unas fotos maltrechas de los presos jugando al futbol en el patio, para deleite de los mismos guardias que los torturaban.

Su hermanastro Antonio Tébar no corrió mejor suerte. Con apenas 16 años había conseguido cruzar la frontera a través de Port-Bou en febrero del 39, pero acabó en el campo de concentración de refugiados de Argelès-sur-Mer para luego enrolarse en un escuadrón de trabajo y, finalmente, tener que elegir entre la justicia franquista o la nazi cuando México desoyó su petición de asilo.

El Decreto del 9 de octubre de 1945 los liberó a ambos, pero la realidad de la represión es que nunca termina al acabar la condena, y tampoco se limita a lo físico. El trauma y el estigma acompañan a las familias, sumiéndolas en una sombra de olvido. No hables, no mires, no hagas; no podemos perder lo poco que hemos salvado. 

Cuando Plácido regresó de la cárcel, su hija lo recibió escondida tras las faldas de su madre, no conocía a ese hombre, nunca había visto a su padre. Con ella se rompió el primero de esos silencios internos pues, aunque en su partida de nacimiento constara el nombre de Asunción, todo el que la conoció de verdad la llamaba Violeta, el nombre que le pusieron sus padres en honor a la última franja de la bandera republicana.

A su hijo menor le prohibieron comer en el colegio con sus compañeros por ser hijo de un rojo, mandándolo un día de vuelta a casa con un uniforme de falangista como “regalo”. A los 14 años su hija Violeta dejo el instituto por razones que solo confesó poco antes de morir y que siempre le ocultó a su padre, quizá por miedo a que su reacción lo llevara de vuelta a la cárcel. Durante la Transición vieron como sus supuestos camaradas les traicionaban de nuevo, con la excusa de cerrar heridas que llevaban años infectadas. Y, sin embargo, su mayor victoria ante el franquismo fue salir adelante.

Salir adelante dejando miguitas que con el tiempo han disipado el silencio y reconstruido la historia familiar. En las fotos desgastadas en una caja de zapatos, en unas piezas de ajedrez, en la sonrisa de mi bisabuela Beni cuando le dije que iría a la universidad, en notas de prensa descubiertas tras horas mirando la pantalla, en la copia de “El Manifiesto Comunista” en la estantería de mi habitación.

Y si hay algo cierto es que, cuando la primera persona deshace ese nudo en la garganta y se sobrepone al estigma, la vergüenza y el tabú, no vuelve a haber silencio nunca más. Y entonces sientes que has ganado, al menos, esa pequeña batalla.

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