Contra la meritocracia

Un sistema en el que sean seleccionados los mejores para cada puesto. En un contexto de justicia social, de igualdad de oportunidades, cada persona asume responsabilidades en función de sus méritos, de su capacidad, logrando así que la sociedad funcione cada vez mejor. ¿A quién no le gusta esto? Al margen de las izquierdas y las derechas, a grandes rasgos, todos podemos estar de acuerdo en que, para que un país funcione, deben estar los más capaces en cada puesto de dirección y debe promoverse una formación especializada en función de las necesidades existentes. En los países del llamado socialismo real, se seleccionaba a los más capaces para el estudio de determinadas carreras universitarias, para la dedicación a una u otra disciplina. De este modo, obtuvieron grandes logros en los distintos ámbitos del conocimiento, la tecnología, el arte, el deporte… ¿Nos hemos detenido a ver los medalleros olímpicos antes y después de la caída del Muro de Berlín?

Sin embargo, no es esta la meritocracia que conocemos. Hoy tenemos una élite procedente, por regla general, de familias con rentas altas, que obtiene grandes éxitos académicos y acaba ocupando los puestos de dirección en los distintos ámbitos de nuestra sociedad. Los méritos funcionan más bien como una justificación para mantener su estatus y pasar por encima de quien se ponga por delante, sin reparar en que sus logros tienen mucho que ver con el contexto social del que proceden. Esto también se refleja en los puestos de mayor responsabilidad dentro de la administración del Estado y el funcionariado. Resulta curioso hablar con algunos servidores públicos y comprobar si están más satisfechos por la entrega a los demás que supone su profesión o por el prestigio que encumbra a quienes la ejercen.

Al mismo tiempo, el resto de la sociedad está cada vez más habituada a unas exigencias y rendimientos académicos más bien bajos, lo que les somete a un mercado laboral cada vez más precario. Una parte muy importante de los estudiantes tiene asumido que el esfuerzo no es cosa suya, con la misma naturalidad con la que la propia lógica del sistema entiende que su integración en el precariado está completamente justificada. De hecho, se trata del grueso de trabajadores que necesita actualmente el capitalismo globalizado. Trabajadores que, durante su trayectoria académica, fueron formados en términos de inteligencia emocional y aprender a aprender, en detrimento de los contenidos que dan sentido a la enseñanza, para entender así una bajada salarial o un despido como un reto individual al que el trabajador precario debe adaptarse, asumiendo en cada momento los requerimientos de cada empresa.

Esta meritocracia fue verdaderamente revolucionaria hace doscientos años, para acabar con los privilegios del Antiguo Régimen y conseguir así una sociedad dinámica y permeable. Pero a día de hoy es una manera amable de defender el clasismo y la desigualdad social.

En Estados Unidos, la cuna de nuestra meritocracia, los salarios reales de la mitad más pobre de la población se han reducido o estancado durante las últimas décadas, generándose ese precariado que es también una realidad en Europa. La precarización de la clase media y el aumento de las desigualdades sociales impulsan una nueva extrema derecha, que se presenta como alternativa para impugnar la realidad actual. La pataleta de quienes quedan en los márgenes de un sistema que prestigia el mérito en beneficio de quien lo demuestra, olvidando que esto solo tiene sentido si revierte a favor de la sociedad en su conjunto.

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