Violencia machista en prime time

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Transcurridos casi diecisiete años desde la aprobación de la «Ley Integral de Violencia de Género», creíamos que la ciudadanía había empezado a entender la naturaleza de la violencia machista. Confiábamos en que había más concienciación social sobre esta lacra que sufren millones de mujeres en todo el mundo. Pensábamos que había aumentado el grado de sensibilización ante esta violencia basada en la pertenencia al sexo femenino. Y ha bastado la emisión de un solo episodio documental, donde la hija de “La más Grande” ha expuesto su testimonio, para comprobar que nuestra sociedad, lejos de ser igualitaria, sigue modelada por una marcada ideología sexista que impregna la valoración de los hechos relatados por una víctima de violencia de género.

La cadena elegida por Carrasco para hacer pública su confesión despierta todo tipo de reacciones y, en especial, el temor fundado de que esta puesta en escena en prime time pueda convertir en un espectáculo televisado, previo pago, la causa que está detrás del asesinato de 45 mujeres el año pasado solo en nuestro país.  Y es que, sin pretenderlo, Rocío Carrasco ha puesto rostro a las formas en las que la violencia machista se ejerce de manera sutil y no siempre visible.  Descalificar, desvalorizar, despreciar, humillar, denigrar, manipular, chantajear, amenazar, culpabilizar, cuestionar lo que se hace, se dice, se piensa o se siente… tienen siempre el mismo resultado en quien la padece de forma continuada: el terror, la depresión y hasta el intento de quitarse la vida.

Más de tres millones y medio de personas asisten desde sus casas al repertorio de manifestaciones de una violencia estructural que sufren las mujeres por el mero hecho de serlo. En todos los casos el sujeto agente es un sano hijo del patriarcado que se sabe legitimado a ejercerla porque cuenta con la connivencia de gran parte de la sociedad. Solo así se entiende que su presunto verdugo haya desfilado con total impunidad durante más de veinte años por todos los programas de crónica social y reality shows difundiendo dos de las tópicas misóginas más arraigadas en la conciencia colectiva: la demonización de la mujer y el estigma de la “mala madre”.

Este ejemplo mediático sirve así para ilustrar cómo la causa de esta violencia no reside en un trastorno mental o de personalidad, sino en un exceso de cultura patriarcal que sigue muy presente en todas las esferas de lo social. Se percibe de forma llamativa en quienes, de manera velada o explícita, ponen en entredicho el relato de una víctima condenándolo de antemano por el formato y el medio en el que ha sido emitido o por tratarse de una cara habitual en la prensa rosa. Son los “ofendiditos” — y también alguna “ofendidita”— entre quienes se incluyen reputados periodistas, afamados personajes y algún que otro pulcro intelectual que firma columnas de opinión en periódicos y medios digitales.

A tenor del debate público que ha generado este caso, los “ofendiditos” olvidan señalar que la violencia machista es la manifestación más perversa de un fenómeno universal presente en todas las culturas y épocas: la opresión de las mujeres. Algunos lo saben, pero lo omiten. Otros ni siquiera lo reconocen. Y una gran mayoría lo ignora. En su lugar, cuestionan la moralidad de la cadena televisiva y hasta de la propia víctima, desvían el verdadero foco de atención y, de paso, deslegitiman el testimonio de una mujer a todas luces víctima de malos tratos. Ellos y ellas son, en realidad, los productos más refinados y acabados del patriarcado de consentimiento. Por eso, se han arrogado el derecho a ser los únicos portadores de los principios éticos con los que juzgar el medio, el fin y las acciones, cargándolos sobre las espaldas de las mujeres como roca de Sísifo y obligándolas a dar dosis extra de ejemplaridad en calidad de madres.

Pero lo verdaderamente llamativo de los ofendiditos –y de su pléyade de palmeros–, que tan molestos e irritados se muestran en esta ocasión, es su silencio cómplice ante realidades contrarias a los derechos humanos de las mujeres como son los vientres de alquiler, la prostitución o la pornografía. ¿Acaso no son estas formas de violencia contra las mujeres? ¿Han emitido una firme condena a las mismas? ¿Van a criticar el peligro de que no solo se trivialice, sino que se blanqueen en los distintos medios estas prácticas aberrantes que atentan contra los derechos y libertades básicas de la mitad de la Humanidad? ¿No esta otra forma de negacionismo que pasa desapercibido porque no levanta ningún revuelo mediático y solo afecta al sexo femenino?

A la espera de que se pronuncien si es que lo hacen, hay que aclarar que la violencia machista, los vientres de alquiler o la prostitución no son problemas de naturaleza feminista. Afectan a las mujeres y conforman asuntos prioritarios de la agenda feminista, pero son esencial y fundamentalmente problemas sociales que atañen al conjunto de la ciudadanía; problemas políticos que exigen medidas contundentes y, sobre todo, problemas éticos que conciernen a toda la Humanidad porque suponen una vulneración constante de los Derechos Humanos. Las feministas siempre lo hemos tenido claro. No en vano, esta ha sido la principal tarea del feminismo durante más de tres siglos: arrojar luz sobre las causas y los perversos efectos de la desigualdad existente entre hombres y mujeres que se ha producido a lo largo de toda la historia, en todos los países y culturas con independencia del nivel social, cultural o económico de las personas que la ejercen y la padecen.

Así pues, ante el caso Carrasco y, por descontado, ante todos los demás más conciencia y perspectiva feminista y menos “ofendiditos” dando lecciones de moralidad cuando estamos delante de una violencia estructural que sufre la mitad de la población por el hecho de pertenecer al sexo femenino, esto es, por ser mujer.

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