¿Tienen las niñas vagina y los niños pene?

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Una de las ventajas de estudiar Lógica es saber identificar y reconocer las falacias o falsos razonamientos que pueden aparecer, de forma intencionada o no, en cualquier tipo de discurso. La inconsistencia de los argumentos nos pone sobre la pista de que aquello que estamos leyendo o escuchando no es del todo verdadero o, al menos, de que tenemos razones para dudar de que realmente lo sea. Lo curioso, además, es que el sano entendimiento responde de forma casi espontánea a estos sofismas, rebelándose por naturaleza ante el intento de ser engañado con trampas argumentativas que no resisten el más mínimo análisis racional.

A pesar de ello y atentando contra el bon sens, hoy en día encontramos evidencias que son negadas y pseudorrazonamientos suscitados y azuzados por el transactivismo que han calado en gran parte de la conciencia colectiva. Así, siendo el binarismo la estrategia reproductora de la naturaleza y estando presente la especie humana sobre la faz de la Tierra hace millones de años, hay quienes afirman con total rotundidad y convencimiento que el sexo no es binario. Y no contentos con semejante ardid epistémico, los defensores del generismo queer llegan incluso a afirmar que no es ninguna realidad natural, amparándose en el presupuesto de que el sexo biológico no es algo fijo o estático, sino “fluido”. Hasta qué grado o en qué sentido lo sea no está del todo claro. Pero sí sabemos con total certeza que un reciente análisis dental, realizado al famoso fósil hallado en Atapuerca perteneciente a la especie Homo antecessor, ha revelado que estos restos pertenecían en realidad a una joven de sexo femenino, de entre nueve y once años, y no a un varón como hasta entonces se había dicho. La ciencia lleva siglos desmontando falacias.

Sin embargo, obviando las evidencias científicas, biológicas y médicas desde el imperativo queer de cuestionar los binarismos y desnaturalizar las categorías de sexo y género, confundiéndolas torticeramente, se afirma que el sexo no se observa, sino que se asigna y en último término se elige según manifieste la voluntad sintiente del sujeto. En otras palabras, que el sexo es un dato absolutamente irrelevante desde el momento en que se considera que tanto el cuerpo como la identidad personal son constructos sociales que pueden y son susceptibles de (de)construirse constantemente. «Esencialismo constructivista» lo ha denominado la filósofa Alicia Miyares.

Por sorprendente que resulte, la comunidad científica – que parece haber sucumbido a la intimidación transactivista – apenas se pronuncia ante estos postulados abonando así el campo para que arraigue y florezca una de las falacias más destacadas en este relato: el argumento ad nauseam, una explicación en la que se argumenta a favor de un enunciado mediante su prolongada reiteración. ​La apelación a este argumento implica que alguna de las partes incita a una discusión superflua («¿qué es ser mujer» y/o «¿qué nacionalidad tienen los delincuentes?») para escapar de razonamientos que no se pueden contrarrestar («ser mujer o hombre no es ningún sentimiento ni ninguna vivencia interna» ni «ser inmigrante significa ser un potencial delincuente»), reiterando aspectos discutidos, explicados y refutados con anterioridad («es un hecho objetivo que, salvo escasas excepciones, el sexo de las personas se constata al nacer, no se elige ni se asigna de forma arbitraria o incorrecta»; «las estadísticas demuestran que tres de cada cuatro delitos en España son cometidos por españoles»). No es casualidad que los argumentos del generismo queer y los de la ultraderecha coincidan en la forma. Y también en el fondo.

El delirio argumentativo llega a su cénit cuando se invierte el principio de causalidad y se presenta lo que es causa como un efecto performativo, esto es, el sexo se presenta como un constructo determinado por el género que preexiste al propio dato biológico y objetivo, cual alma platónico-cristiana que pertenece a otro mundo y que se encarna en un cuerpo mortal y corruptible. Ahora bien, ¿cómo saber cuál es mi género si no depende de mi sexo? Si en la órbita del generismo queer se introduce cada vez más una discontinuidad entre la morfología corporal, la identidad de género y la orientación sexual, ¿qué es el pretendido derecho de la “autodeterminación de género” sino la expresión suprema de la subjetividad? ¿Desde cuándo en los sistemas democráticos las autopercepciones devienen en derechos reconocidos? ¿Es posible articular estos proyectos subjetivos y corporales del transactivismo en una agenda política emancipadora o, por el contrario, vienen a fragmentar los grupos sociales cohesionados en torno a la vindicación de esta?

Se puede estar o no de acuerdo con el proyecto político del transgenerismo. Se puede compartir o no su reivindicación de espacios genéricos alternativos junto a su defensa de las múltiples identidades sexuales. Pero no se puede aceptar a la ligera el precipitado de conclusiones con pretensión de universalidad a partir de sus premisas basadas en la labilidad identitaria y corporal. Y quizá también, dada la negativa a aceptar evidencias, sea necesario recordar una obviedad y es que no se pueden establecer generalidades perversas con el fin de desacreditar a quien cuestiona tanto este proyecto como su correlato legislativo: la llamada ley “trans”.

Así, por ejemplo, porque cierta organización asociada a la extrema derecha pasee por las calles de las principales ciudades un autobús con el lema “las niñas tienen vagina y los niños tienen pene”: ¿implica per se que tal afirmación es falsa? ¿Significa que quienes estén de acuerdo con esta afirmación es porque son afines al ultracatolicismo? ¿O significa más bien que se acepta porque es verdadera con independencia de quienes se hayan apropiado de ella? Si el rabino más extremista o el imán más fanático dijera que la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos ¿también dudaríamos de esta certeza porque no compartimos la ideología o credo de quien lo afirma? Rechazar un enunciado o dar por sentado que una afirmación es falsa basándonos únicamente en quien la ha emitido es incurrir en la falacia ad hominem. Si no es cierto que las niñas tienen vagina y los niños tienen pene, entonces ¿qué tienen?

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