El generismo queer: un idealismo de outlet

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Cuenta don Juan Manuel en El Conde Lucanor la historia de tres pícaros sastres que engañaron a un rey haciéndole creer que tejían una lujosa y misteriosa tela que solo podían ver los que fueran hijos verdaderos de sus padres. Los estafadores procuraron que todos los servidores, ministros y súbditos conocieran las propiedades mágicas que tenía el tejido del nuevo traje real. Así, temerosos de no heredar por ser considerados vástagos ilegítimos, nadie se atrevió a afirmar lo evidente: que el rey iba desnudo.

Este cuento —y sus distintas versiones— ilustra cómo una amplia mayoría de observadores decide participar de un engaño colectivo que es retroalimentado por uno de los mecanismos psicológicos de autocontrol más eficaces: el miedo. Aun cuando individualmente se den cuenta de lo absurdo de la situación, el temor a una acusación les impide reconocerlo. Casi setecientos años después de su publicación, la nueva versión la encontramos en la llamada “teoría queer”. Ahora, los sastres son hábiles teóricos que tejen un alambicado y artificioso discurso en el que proclaman el misterio de la transmutación del sexo en género. El engaño consiste en hacer creer que aquello que emana de una expresión subjetiva en forma de un sentimiento individual es la base o fundamento de la identidad personal, reducida a identidad de género. Nadie puede cuestionar este género sentido, voluntariamente adquirido, que puede aflorar o manifestarse en cualquier momento de la vida del sujeto.

Una palabra mágica, transfobia, acude a reforzar el silenciamiento de quienes no se atreven a decir lo que no ven. En el debate público se habla de las personas trans, término que engloba a quienes se identifican como «transgénero, transexuales, travestis, género queer, agénero, variantes de género, no conformes con el género, o con cualquier otra identidad de género que no cumpla con las expectativas sociales y culturales con respecto al mismo». El simple intento de análisis de estas identidades es ya odio. Hasta la simple afirmación del enunciado tautológico una mujer trans es una mujer trans se interpreta como transfobia. De este modo, si en el cuento todos callaban por miedo a quedar deshonrados, ahora casi todo el mundo calla por temor a ser acusado de fobia hacia uno de los colectivos que más ha sufrido: el colectivo trans. Una y otra vez se repite el mensaje, aunque nadie se preocupe en delimitar conceptualmente el significado del prefijo “trans” en medio de esta barahúnda mediática. Por si fuera poco, a quienes se atreven a arrojar algo de luz sobre esta deliberada confusión, se les acusa gratuitamente de falta de empatía y de sentimientos. Se instaura así de forma progresiva un paradigma emotivista en el que, arrinconando el análisis racional y el juicio crítico, el sentimiento acaba por erigirse como único patrón válido de la identidad de género. Finalmente, esta entelequia queer es elevada a la categoría de derecho en la llamada “ley trans”, correlato político de este nuevo marco transteórico. De repente, el más esencial e inviolable de los derechos es el “derecho a ser”, sea lo que sea ese ser, objeto exclusivo de una vivencia interna.

En este idealismo de outlet en el que hemos pasado de una subjetividad transcendental a una pluralidad de subjetividades psíquicas autodeterminadas, el género sentido se presenta como un nuevo demiurgo que crea la identidad del sujeto, constructo subjetivista del que quedan fuera otros componentes identitarios como los vínculos de filiación, la nacionalidad, la etnia, la clase social… Ninguno de estos, por cierto, se reducen a la expresión de una autopercepción o voluntad sintiente, sino que tienen una base material y además hay que acreditarlos.

Desde la tribuna política y las redes sociales se refuerza el mensaje, acompañándolo de una neojerga que enturbia el ya de por sí enconado debate: interseccionalidad, transinclusividad, cisheteronormatividad… sin olvidar la apelación a los cuidados, a la empatía y al amor. La acientificidad del discurso se solapa con un activismo bien organizado que ensalza el individualismo extremo, tan propio del neoliberalismo, al tiempo que consagra la máxima de la normatividad queer: cualquiera es lo que quiere, ejerciendo su plena libertad.

Asistimos a un nuevo escenario por el que desfilan cada vez más sujetos, nacidos varones, socializados como hombres y que, habiendo gozado de todos los privilegios masculinos, en un momento de sus vidas declaran que siempre se han sentido mujeres, y así lo expresan. Pocas voces se atreven a decir que se trata de hombres transfemeninos que han decidido libremente amoldarse a los estereotipos sexistas impuestos por la socialización patriarcal. En otros casos, presentan todos los caracteres sexuales masculinos claramente acentuados y definidos, pero hay que reconocerlos como “mujeres” a todos los efectos porque se ha instaurado en la conciencia colectiva que elles forman parte del colectivo más discriminado de toda la historia de la humanidad. Elles son además la cara más visible y estridente del generismo queer y no por casualidad: también en este relato el nacido varón sigue siendo el centro y ocupa el protagonismo de la noticia. Las mujeres que han transicionado a hombres ocupan un discreto segundo plano y salen a la luz pública no por estar presentes en las distintas esferas del poder, sino por gestar, dar a luz y amamantar, capacidades exclusivas del sexo femenino.

En medio de este delirio colectivo en el que el sufrimiento de las personas transexuales se utiliza como arma arrojadiza para demonizar a quienes alertan del peligro de convertir las vivencias y sentimiento individuales en categoría jurídica, solo el feminismo radical se ha atrevido a afirmar el engaño y lo absurdo de esta situación. Solo las feministas están alertando de que no es lo mismo que un hombre se declare mujer a que una mujer se declare hombre en una sociedad donde persiste una manifiesta desigualdad estructural que no se subvierte con la exaltación de la identidad individual, la subjetividad y el deseo. Más bien al contrario. Si la identidad de género es el resultado de una autopercepción sin más base que un sentimiento solipsista, la desigualdad por sexos es una realidad que no se resuelve ni con engaños conceptuales que identifiquen sexo con género ni con trampas argumentativas que esconden la jerarquía sexual bajo un manto de múltiples identidades sexuales.

¿Creemos de verdad que acabaremos con el patriarcado con una ley que permite el cambio registral del sexo sin más requisito que la simple manifestación de la voluntad? ¿Dejará de estar así discriminado el colectivo trans? ¿Se logrará la igualdad de sexos autodeclarándose las mujeres hombres, del género fluido, no binarias, del género queer o de cualquier otro género sentido? No nos dejemos engañar: el verdadero espíritu de la llamada ley “trans” es maquillar el sexismo, no eliminarlo. Y si en el cuento de Don Juan Manuel solo el que no tiene temor a la deshonra se atreve a decir lo evidente, también ahora quienes advierten que “el rey va desnudo” son las que hace ya mucho tiempo quedaron liberadas de las cadenas del miedo: las feministas.

2 Comentarios

  1. Muy buen enfoque del problema que plantea el transgenerismo queer. Excelente artículo. Y es verdad, las feministas no tenemos miedo. Una persona trans es una persona trans, y punto! Y decir otra cosa es pura transfobia interiorizada. Gracias El Común, por dar voz a las únicas que parece que no han perdido la vista.

  2. Brillantisima exposición del dogma queer que el gobierno pretende legislar, instituyendo una religión oficial. Nunca pensé que mis ojos fueran testigos de semejante distopia. A nosotras, las feministas, no nos callarán. Deberían conocer la Historia y saber que el Feminismo soporta siglos de injurias y persecución y nosotras debemos rendir tributo a mujeres tan valientes a las que debemos todos los Derechos que ellas conquistaron, no para si, sino para las generaciones venideras. Pasaremos el testigo por mucho que esté Patriarcado PosmoQueer se esfuerce en convertirnos en proscritas. Gracias, Inma Morillo

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