Defender una vida digna es defender una muerte digna

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En febrero de este 2020 la ley que garantizase una muerte digna parecía más próxima. La interrupción de la actividad parlamentaria a causa de la pandemia ha provocado que su aprobación se haya retrasado y en las últimas semanas se ha reanudado su tramitación. La autodenominada “Plataforma de los 7.000” ha exigido en un manifiesto publicado recientemente que el congreso detenga su tramitación. El manifiesto –titulado Eliminar el sufrimiento sí, pero eliminar al que sufre no. Detengamos la ley de la eutanasiaacusa a la ley de permitir el crimen que supone acabar con la vida de un inocente.

Aunque son perfectamente conscientes de que la regulación de la eutanasia está contemplada en los programas electorales de los partidos que forman la actual coalición del gobierno y que en los meses previos a las últimas elecciones ya era evidente que gozaba de una aceptación social significativa, sus firmantes no dudan en afirmar que la decisión del Gobierno de legalizarla responde al deseo de eliminar a los enfermos que ha ocasionado la pandemia del Covid-19. Aseguran que su legalización es contraria al espíritu de reconstrucción y protección de la ciudadanía más débil que ha sufrido los efectos de la pandemia. Tampoco se ruborizan al relacionar la eutanasia con los “procesos de criba por razón de edad” que aseguran que se han producido por el colapso  hospitalario, aunque en este sentido sólo conste un borrador de la Comunidad de Madrid. Frente a la eutanasia, defienden la universalización de los cuidados paliativos, para “eliminar el sufrimiento, pero no al que sufre.”

Además, Mayor Oreja ha realizado unas declaraciones recientes afirmando que “es un escándalo que se tramite la ley de la eutanasia cuando miles de ancianos han muerto por Covid”, asegurando que se reimpulsa ahora para eliminar fácilmente a los afectados  por la pandemia y para “instaurar un proyecto totalitario”. Semejante frivolidad y utilización oportunista de las circunstancias que tristemente padecemos sobrecoge e indigna.

Un año antes de estas bochornosas declaraciones también aseguraba que si se quiere legalizar la eutanasia es porque “es cómodo matar a la persona que te molesta en casa” y relacionaba la eutanasia y el aborto lanzando a quienes defendemos ambos la misma pregunta: “¿Por qué tienes el derecho a matar a un embrión con síndrome de Down y luego no tienes derecho a matarlo cuando tiene 40 años?”

No creo que el debate sobre la eutanasia sea sencillo. Y no creo que se pueda frivolizar con él. Lo creo, entre otros motivos, porque tomar una posición firme y clara respecto a la eutanasia me ha costado muchos años, demasiado teniendo en cuenta que me importa mucho mantener coherencia y firmeza en mis posiciones políticas, aunque nunca deje de revisarlas. Pero hace ya algo de tiempo que me di cuenta de por qué he tardado tanto en tomar, racionalmente, una postura nítidamente favorable a que cada individuo tenga reconocido el derecho a poner fin a su vida si por circunstancias de una enfermedad o una dependencia padece un sufrimiento físico y emocional que le resulte insoportable.

Si me costó tanto tiempo es porque no supe ver, por evidente que ahora me resulte, el profundo cinismo que se esconde en esa supuesta defensa de la vida, especialmente cuando se apela con fingido sentimentalismo a la situación de personas ancianas y discapacitadas.

Plantear la eutanasia como el derecho del sano y del fuerte a quitarse de en medio al anciano o al discapacitado cuya atención y cuidado entorpece su propia libertad es una manipulación macabra y muy burda. Ese deseo está absolutamente ausente entre quienes defendemos el derecho a poner fin a la propia vida cuando un individuo considera, respecto a su propia vida, que ya no es digna de ser vivida.

Por eso, es absolutamente coherente afirmar que mientras que yo desearía poner fin a mi propia vida en caso de sufrir una enfermedad terminal, una gran dependencia o una etapa final de la vida en la que el deterioro me impidiera una libertad y bienestar elemental, estaría perfectamente dispuesta a cuidar de un familiar, amigo o pareja que, viviendo alguna de esas circunstancias, estuviera convencido/a de que pese a todo desea seguir viviendo. No pensaría en esa persona como una carga, por lamentable en términos físicos que fuese su estado.

Considero que hay que valorar muy poco la vida para oponerse a la buena muerte. Hay que ser muy frío respecto al sufrimiento de una persona para decidir por ella cuánto tiene que estar dispuesta a soportar. Y esto último no lo solucionan los cuidados paliativos, pues el sufrimiento emocional no se remedia adormeciéndolo ni despojando a una persona de su consciencia y de su autonomía. De hecho, veo más egoísmo en perpetuar, contra su voluntad, la vida de otra persona con tal de no afrontar su muerte y evitar el propio sufrimiento que provocaría su ausencia que en aceptar su decisión y colaborar –por supuesto, cumpliendo todas las garantías y exigencias que marcase la ley– con que cumpla su voluntad, siempre que pueda expresarla o previamente haya dejado una constancia nítida y clara al respecto. Creo que hay que amar profundamente a alguien para anteponer que pueda poner fin a su sufrimiento frente obligarlo a vivir sólo para evitar la tristeza propia por su ausencia. Y además, creo que es lo justo.

Por eso, la concepción de las personas y del amor que puede producirse entre ellas (amor familiar, de amistad, de pareja) que presentan quienes se oponen a la eutanasia apelando a la dignidad y a la defensa de la vida, me resulta profundamente vacía, cínica, simplemente retórica, fingida.

Una persona que se opone al aborto de un feto con discapacidad o a la eutanasia decidida por una persona dependiente no muestra una mayor sensibilidad hacia las personas que sufrimos una discapacidad (aunque cierto es que, aunque hable en primera persona, mi discapacidad me permite una vida perfectamente autónoma y sin dolor). Bajo la retórica de la dignidad y la igualdad de esas vidas respecto a las de los que no padecen esas circunstancias más o menos graves, en realidad se esconde una defensa a media voz, cínica y resignada; una compasión y una lástima que sólo puede sentirla quien se cree superior respecto a la persona de la que se compadece. Es esa y no la defensa abierta de la eutanasia lo único que es humillante hacia lo que sus oponentes denominan “los débiles”.

Quienes denuncian que la eutanasia atenta contra las personas discapacitadas o enfermas, ¿han preguntado caso por caso las convicciones y preferencias de cada una de ellas? ¿O es que les niegan la condición de individuos críticos, con su pluralidad de convicciones y prefieren verlos como un trasto que arrojar convenientemente contra los argumentos del contrario? Defender la dignidad de alguien implica, precisamente, reconocerlo como individuo autónomo y libre, con sus propios principios y el derecho a actuar racional y consecuentemente respecto a ellos. Hablar de una masa abstracta de discapacitados y enfermos y, además, decidir por ellos lo que deben pensar, a qué deben tener derecho y a qué no; qué merecen y qué no es, precisamente, negarles la dignidad y la libertad. Más aún cuando esas injerencias les abocan a un sufrimiento que probablemente querrían evitar (o no, pero en cualquier caso serán ellos, uno a uno, los que deban decidir por sí mismos).

Quienes acusan a quienes defendemos la eutanasia de “jugar a ser Dios”, sin embargo, se permiten decidir desde su púlpito quiénes  son los débiles y los manipulables que merecen protección y actúan con ellos como si se tratase de pastorear a un rebaño, sin importarles su sufrimiento y sus verdaderas convicciones o preferencias al respecto. Aún más: se atreven a juzgar a sus familias y la profundidad de sus vínculos y relaciones afectivas más estrechas, de quienes inmediatamente suponen que, si no se oponen al derecho de que su ser querido finalice su vida cuando no la considera digna es porque, en realidad, desean eliminar un “estorbo”. Lo afirman aun cuando saben perfectamente que en la defensa de la eutanasia sólo aparece la preocupación por evitar el sufrimiento del que lo padece en primera persona y nunca el de sus cuidadores.

Me parece lícito que una persona rechace la eutanasia para sí misma e incluso los cuidados paliativos siempre que no imponga su decisión a los demás. Si alguien de mi entorno decidiese morir así, le acompañaría, sin ver en él ninguna carga. Lamentaría que soportara un sufrimiento evitable o al menos aplacable, pero respetaría su decisión.

Me parece lícito que una persona rechace su propia eutanasia y considere aceptable los cuidados paliativos para hacer más digno su final, pero sin decidir concreta y activamente cuándo poner fin a su vida. En este caso también querría acompañar a esa persona, sin concebirla como una carga.

Me parece lícito que una persona desee la eutanasia y decida hacer uso de su derecho a morir dignamente sin esperar a verse afectada por un deterioro extremo o un dolor insoportable que marque su final y lo haga especialmente duro. En este caso, desearía que la ley amparase completamente su  decisión y que garantizase su derecho a morir sin dolor físico ni emocional, con la garantía de que se hiciera efectiva su voluntad y que quienes formásemos parte de su entorno  pudiésemos respetarla y acompañarla, estando cerca. Dudo que haya un momento en el que los seres queridos sean más necesarios ni en el que sea más triste afrontar algo en soledad. Tener que hacerlo sin nadie al lado y, además, morir temiendo consecuencias legales para el entorno me parece de una crueldad inasumible, casi humillante, tanto para quien fallece como para su familia.

Quienes crean en otra vida tienen derecho a reservar para entonces su libertad, su felicidad y su dignidad. Quienes no creemos en esa otra vida (o quienes lo hagan pero no estimen oportuno sufrir en esta) valoramos el “aquí y ahora” lo suficiente para desear que sea digno, para nosotros y para los demás. De hecho, creo que el derecho a morir dignamente es de los pocos que apelando exclusivamente a la entera voluntad racional del individuo no conculca la libertad colectiva ni interfiere en el bienestar de nadie. Al contrario, es un derecho que protege a la persona en tanto que capaz de regir su propia vida y al colectivo, a la ciudadanía, en tanto que ve reconocida un sus leyes el derecho a una vida plena y digna de ser vivida con plenitud, consciencia y libertad.  Y sin el temor de no gobernar su propio final sufriendo una indignidad y un desamparo que nadie merece.

Por eso, creo que quienes se oponen a la eutanasia defenderían mejor la dignidad de la vida defendiendo la redistribución equitativa de la riqueza para que todo individuo tenga acceso a la educación, a la sanidad, a una vivienda digna, a la alimentación, vestido e higiene, a la cultura, a la ciencia, a la investigación, a jornadas laborales que permitan disfrutar de la familia, las amistades y el ocio. Le invito a defender que todos los individuos podamos desarrollarnos individual y colectivamente de la forma más plena y rica posible, en igualdad y solidaridad con el resto. Quizá sea esa mejor forma de defender el derecho a la vida.  Y el modo más maduro y racional de enfrentar una realidad: que todos nos morimos. Y que tan importante es vivir bien, con dignidad, afectos, derechos y recursos, que morir de la misma manera.

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