Suspensos de septiembre

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Se veía venir. Será que no lo advertimos. Y desde hace años, muchos años, sin pandemias siquiera de por medio. Ahora todo son prisas. Ahora es tarde. Pero ya, total, no hay marcha atrás. Es lo que hay. Venció una vez la política cobarde de los hechos consumados. Será que no ha habido tiempo de planificar, de visitar, de hablar, de acordar, de financiar.

Celaá, la ministra impasible, prefiere improvisar ocurrencias inútiles y repetir palabras vacías antes que liderar el espoletazo que tanta falta nos hace en Educación. Hasta cuarenta entrevistas desde que empezó el confinamiento. Pero no tuvo tiempo de visitar colegios, dice.

Que las competencias están transferidas, alegan quienes, ridículamente, se afanan en defender a Celaá. Olvidan, a veces adrede, que siempre tuvo potestad para bajar la ratio poniéndole un tope por debajo de los actuales respecto a cada nivel educativo. Y no solo serían números más seguros desde un punto de vista sanitario, también serían número más apropiados para mejorar la calidad de la enseñanza. O lo que es lo mismo, la equidad, que también hace falta de eso en tiempos de pandemia.

Ojo, que las consejerías también podían, y de hecho, algunas sí han bajado la ratio. Pocas, a última hora, sin recursos garantizados, pero evidenciando diferencias incomprensibles entre comunidades y ciudades autónomas (a cargo estas últimas del ministerio en lo tocante a educación). Debe de ser que el virus se comporta diferente entre niños asturianos (a 20 en secundaria) y andaluces (a 30 y con denuncias por superarla). Perdón por la envidia —escribo desde Cádiz—, aunque no olvido que las migajas sin recursos suficientes siguen siendo migajas sin recursos suficientes.

No se trata de criticar el modelo de estado, como muchos sostienen, oportunos que son. Se trataba de voluntad política, de coordinación, de inversión; de anteponer promocionar, por una vez en este país, la seguridad y la igualdad de oportunidades a lo de siempre. Es decir, al oportunismo, la especulación y el elitismo por un lado; por otro, al desprecio y aniquilamiento despiadado de la educación pública.

Desde luego, las únicas medidas medioqué han sido a pesar de Celaá, eso es innegable, pero la línea general de las consejerías no ha podido ser más vergonzosa. Hay que tener fe, le dice un segundo de Imbroda a una maestra que no tiene pelos en la lengua, hablando de Andalucía. Once mil docentes, decía la de las poses, once mil docentes que deben de estar junto a los famosos rastreadores. Allá por donde Cambises y su ejército perdido.

Y aun así, la vergüenza han tenido de lavarse las manos, pero no por el COVID-19, sino cual Poncios Pilatos del montón. Y en en este desfile constante de hipócritas no podía faltar Susana Díaz rizando el rizo: capaz a un tiempo de reclamar que baje la ratio que ella nunca bajó, pero olvidando, además, de nuevo, insisto, que la ministra, de su partido, también pudo y tampoco quiso bajarla. 

Y así estamos, que seguimos sin caber en las clases. Llegó septiembre y ni los brotes cesaron, ni brotaron de repente aulas más grandes por arte de magia. Para muestra, este contundente hilo en Twitter de fotografías compartidas por docentes que deberían proyectarse cada vez que hablan los embaucadores.

Llegó septiembre y, sin embargo, volvieron las golondrinas y los desertores de la tiza a decir memeces, volvieron los oportunistas a hacer caja con tecnologías que no son tan urgentes. Volvió el “divide y vencerás” entre familias y docentes, entre docentes y docentes, entre familias y familias. Volvieron las acusaciones falaces contra las huelgas de docentes.

Y por supuesto, frotándose las manos, volvieron —nunca se fueron— las élites rancias pero adineradas que no quieren una escuela que forme y piense, solo una que contenga niños y niñas mientras los padres y madres de esos niños llenan los vagones que los padres y madres de otros niños y niñas no tienen por qué coger.

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