Pendientes de septiembre

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Por un lado, una ministra ducha en echar balones fuera y que no se moja ni legisla acorde con lo que propone y recomienda. Con lo que propone y recomienda según el día, que al ritmo que va, sus metros aceptables de separación entre alumnos seguirán bajando hasta ser eliminados por completo, y al final, las famosas burbujas explotarán con facilidad. Como diría el meme de Julio Iglesias, querido docente, madre, padre, alumno, alumna… y lo sabes.

Por otro, la mayoría de consejerías, que, aprovechando que el Ministerio mirará para otro lado, se están apresurando en dejar claro que no bajarán la ratio por aula. Pero qué nos creíamos, ¿que una pandemia mundial iba a hacernos recapacitar, si ni siquiera va a ser así con la sanidad?

Celaá tiene capacidad legislativa para establecer una ratio máxima, pero renunció desde hace mucho a liderar esto y a pasar a la historia como aquella ministra valiente que le dio la vuelta a todo. No, le preguntes lo que le preguntes, te acabará hablando de su LOMLOE, siempre gestándose, de evaluar al profesorado con el mismo discurso de la OCDE, y de una ambigua, pasada de rosca e inútil noción de lo digital como panacea.

Pero aún es peor cuando se lanza con alguna idea sui generis de las suyas: “aprovechemos el buen tiempo y demos clase bajo el techo del patio”, acaba de espetarnos, demostrando su decidida falta de respeto hacia la comunidad educativa. En este caso no es por desconocimiento de nuestra realidad: es cinismo del mal entendido, es a posta. Solo nos quiere marear mientras gana tiempo, a ver si las cosas se arreglan solas.

Algunas comunidades, liberado el camino, se están afanando hasta en recortar el número de docentes y el de unidades, por si no había quedado claro ya que a donde de verdad volvemos de cabeza es a la vieja y muy normal normalidad. Como trágica muestra simbólica, de hoy mismo, lo que está ocurriendo en Cádiz sin pudor alguno.

Es cierto que otras, pocas, aún prometen medidas bienintencionadas y en apariencia más sensatas, pero siguen sin aportar planes claros infraestructurales o de contratación, y resulta que ya llegamos tarde: sospechoso es poco. Y, para más inri, las hay que no han dudado en exigir que los fondos europeos que nos llegan ahora sirvan para engordar aún más a la privada subvencionada, que es, como sabemos, la gran prioridad clientelar de algunos gobernantes —¡y todavía se querrá cobrar una tasa COVID entre sus cuotas ilegales!—.

El caso es que todos, tan contentos. Ella puede dar a entender que no le hicieron casito, las autonomías le siguen ya el juego aduciendo que no hay dinero —aunque bien que lo buscan y desean para otras cosas, decía—. Empero, y más allá de las poses, estarán de lo más agradecidas a una ministra que no les obliga a nada para así seguir obviando cómodamente la más necesaria que nunca bajada de las ratios y el más necesario que nunca aumento de las plantillas.

Junto a la adopción y adecuación realista de espacios —con techos—, estas son las medidas más reclamadas por la comunidad educativa y por los docentes en particular; aunque nunca —oportunamente, claro, porque sería inversión y no negocio—, por esos expertos de tapa de yogur que tanto aparecen en los medios al uso escupiendo ocurrencias como la de Celaá. Aquellos medios participados también por quienes siempre quieren pillar cacho, a propósito.

Como ocurre con ciertas empresas tecnológicas, a propósito también, esperando ser las agraciadas y llevarse calentito el negocio de las tablets gratuitas, ya confirmado, hipócrita estrategia de tiritas y poses, con antecedentes desastrosos, que solo está pensada para repartir prebendas, y no precisamente para acabar de verdad con la brecha digital. Dicho lo cual, algo ayudará, postureos aparte, pero el quid seguirá estando en la brecha educativa en general, reflejo de la socioeconómica, reflejo a su vez de un sistema desnutrido e incapaz de dar respuesta en su día a día presencial y palpable, un sistema que prefiere destinar antes el dinero a tecnología obsolescente… o a la industria del automóvil.

Durante el confinamiento se ha hablado mucho las condiciones deplorables de muchos hogares españoles. El posconfinamiento pondrá de manifiesto, con más crueldad que nunca, que las infraestructuras de los centros escolares distan bastante de ser dignas y seguras, y distan mucho de las que ofrecen otros países europeos: es lo que tiene no invertir nada durante años y años, recordaba Jesús Moreno en Twitter

En muchos de estos centros ni siquiera cabemos, es así de sencillo. Pero no cabemos desde antes de la pandemia, y sabemos perfectamente que lo del metro y medio no tiene ninguna posibilidad sin bajar antes el número de alumnos por aula. Ni, por lo tanto, sin aumentar las plantillas. O eso, o construimos colegios e institutos aprisa y corriendo, cosa que tampoco parece que vaya a ocurrir.

Celaá y la mayoría de los consejeros aconsejados se han reído y se están riendo en nuestra cara, y en la de nuestros alumnos y alumnas, y en la de sus padres y madres. Cada vez que decían que estaban planeando algo con la coletilla del “ya veríamos según cómo evolucionaba” el virus, lo único que estaban planeando era sentarse a ver cómo evolucionaba el virus, sin más. No se prevén obras, no se prevén contrataciones. Nada. Y para qué concretar algo si es más barato confiar en que la moneda al aire no caiga cruz. Y ojalá sigamos desescalando, por supuesto.

Sin embargo, en su momento le quitamos importancia a lo que venía desde China, incluso cuando ya venía desde Italia, incluso cuando ya estaba en España. Así que ahora podríamos permitirnos no cometer de nuevo el mismo error, digo yo, aunque siempre podremos echar las culpas, si cuadran las fechas, a la manifestación feminista contra la violencia machista del próximo 25 de noviembre.

Actualmente vemos terrazas llenas y personas sin mascarilla y aún no parece que pase nada, pero tal vez la sociedad no es del todo consciente de lo que un centro escolar supone en cuestión de difusión de enfermedades, especialmente, con niños y niñas de por medio. Cada año, en ciertas fechas, te das cuenta de que en un par de clases están viniendo menos chavales y chavalas, sutilmente, por turnos… y al final no tan sutilmente: al final todos se ponen malos en pocas semanas, y algún docente incluido tarde o temprano, claro. O familiares que ni pisan el colegio o instituto.

Y hete que el 22 de septiembre ya es otoño, la estación del posible rebrote, y que ya han cerrado de nuevo algunas escuelas en ciertos lugares del mundo por nuevos casos y sospechas: en Corea del Sur, Francia, Israel… aun contando seguramente con mejores edificios; pero también en Cataluña y País Vasco, aun estando en situación de excepcionalidad. El último repunte confirmado, en el mismísimo Pekín, en donde han ordenado automáticamente que cesen las clases.

Ojalá todo pase, insisto, aunque desde un punto de vista global esta situación no ha hecho más que empezar. Y lo que es indudable es que que tenemos motivos para tomarnos la situación muy en serio aún, que el tema sigue siendo delicado a corto plazo, también desde un punto de vista local. Y además, es que tendríamos dos pájaros a tiro por el mismo precio: bajar la ratio debería ser en estos momentos un imperativo sanitario, pero hace mucho que es también una necesidad insoslayable en Educación. A largo plazo podríamos mejorar la enseñanza pública y el futuro de chavales y chavalas no un poco, sino de manera crucial en sus vidas.

Pero mejor y más barato resulta practicar el ponciopilatismo al unísono —en esto, Ministerio y consejerías no se tiran los trastos, miren ustedes por dónde—, y delegar la responsabilidad última en los propios centros escolares, que qué bien queda tirar de la autonomía cuando toca lavarse las manos, que qué bien queda apelar a “tú eres el que lo conoce mejor” cuando se trata de hacer puzzles imposibles en aulas sin espacio.

Ahora, claro, cuando se dan cuenta de que no habrá medios más allá de los postizos, pues necesitan a sus improvisadores más eficientes: los y las docentes, como siempre. Ahora, cuando un rebrote pudiere evidenciar necesidades que sí pudieren haber sido previstas esa vez, pues la responsabilidad, que apunte a otro sitio.

Y mientras tanto, a tranquilizar urgentemente a los grandes empresarios y empresarias, que esperan como agua de septiembre que la escuela, concebida por el capitalismo como mero aparcahijos de sus obreros y obreras, pueda al fin recuperar la función principal que le ha había sido encomendada; que, al parecer, no tiene mucho que ver ni con educar ni con compensar desigualdades: tiene que ver con el uso más perverso de la palabra «conciliar» en un país con récords de horas extras no pagadas con total impunidad.

Por supuesto, ni siquiera para eso tendremos mucho más que los gastos de mantenimiento, ya raquíticos en tantos sitios. Y toda inversión será decepcionante si el único cambio consiste en colocar geles por todos lados o en diseñar una jornada con diez sesiones de recreo. En el mismo patio, por cierto, en el que Celaá nos decía que diéramos clase, aunque eso si no llueve o si no hace un calor extremo. Supongo, espero…

Pero bueno, vale, de acuerdo, tendremos que “arreglárnoslas como podamos” y diseñar planes de contingencia irreales desde nuestras carencias habituales, si ya somos los mejores asumiendo el trabajo sucio o aguantando el desprestigio antidocente, que esa es otra que también se nos viene encima… como si no quisiéramos volver a las clases presenciales, como si acaso prefiriésemos la teledocencia para siempre.

O también podemos ir pensando seriamente en esa palabra que empieza por “huel” y acaba en “ga”.

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