La farsante de Mahattan

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Les confieso que en algún momento llegué a tener fe en la reacción popular que se desató en USA tras el bárbaro asesinato de George Floyd. Sobre todo cuando vi al máximo representante de la extrema derecha mundial esconderse en un búnker ante un pueblo furioso compuesto de blancos y negros rodeando la Casa Blanca. Al día siguiente Donald Trump tenía que amenazar con usar el ejército, se decretaba el toque de queda en varias ciudades y los antidisturbios desplegaban una brutalidad que ha quedado retratada en múltiples imágenes. Pero ni así lograban desactivar la protesta. Además había algún signo de que el pueblo americano, profundamente atocinado durante décadas por la propaganda más absurda, empezaba a ver el componente social y económico de los abusos policiales. Que a George Floyd lo mataron policías blancos engorilados, sí, pero sobre todo lo habían matado a él, no a Will Smith, Morgan Freeman, Oprah Winfey o cualquier otro afroamericano «socialmente blanco». El punto era crucial para el orden establecido en USA y el mundo (porque no hay que ser un experto en geopolítica para ver que si el orden capitalista neoliberal cayera en el país del chicle, todos sus otros reductos lo seguirían como un castillo de naipes).

¿Quién podía acudir en ayuda de las fuerzas represivas de la democracia ejemplar en el mundo? Pues un eficaz aliado sistémico desde hace tiempo: el activismo desnortado y absurdo que describen autores como Daniel Bernabé. El activismo no aglutinador, sino diferenciador. El que pone en el centro no clase, sino identidad. El que no pregona la unidad, sino la diversidad. El que ha hecho que gente que durante años no ha movido un dedo por los inmigrantes esclavizados en el campo español, e incluso defendía a los «agricultores» de asociaciones como UAGN, se eche a la calle por un negro asesinado en el país del que todo occidente es colonia cultural. En cuanto los pregoneros de la «multiculturalidad» (hay que entrecomillar mucho esta palabra, porque en realidad lo que esconde es la hegemonía cultural yanqui) toman las riendas de una causa, esta puede darse por muerta. O si no, al menos por desvirtuada. Y así ha ocurrido. En cuanto han empezado a salir de su cueva los pijiprogres europeos, la dirección de la protesta ha cambiado. Han decidido que es más fácil atacar estatuas y monumentos que enfrentarse a las fuerzas represivas de su país. Y así, a ambos lados del Atlántico, el posmodernismo más ultramontano ha empezado a juzgar con mentalidad actual personajes de hace siglos, y han sufrido sus iras las efigies de Winston Churchill, Fray Junípero Serra, Leopoldo II de Bélgica, Cristóbal Colón… ¡E incluso Voltaire y Cervantes! Demostrando con los ataques a estos dos escritores y pensadores que meten toda estatua en el mismo paquete, incluso sin importar que los representados jamás pisaran América.

Y me parece llegados a este punto especialmente interesante el hecho de que nadie haya atacado la estatua que más merecería un desahogo. Quiero empezar aclarando, antes de nada, para no dejarse llevar por lo que digo a continuación, que no soy partidario de vandalizar ningún monumento. Creo que todos enseñan algo y pueden ser testimonios valiosos. Quizás alguno de los personajes antes nombrados, como Churchill o Leopoldo II sean gente detestable, pero en tal caso yo quitaría sus monumentos de lugares de honor pero los conservaría en un museo. Incluso en el caso de los monumentos franquistas nunca he defendido su demolición. Creo, por ejemplo, que el Valle de los Caídos es un testimonio que nos puede enseñar mucho, aunque solo sea como ejemplo negativo, y por eso me gustaría más que perdiera su significado (reconozco que no sé cómo se puede lograr esto) que que desapareciera. Y por otro lado lo ocurrido con Cervantes y Voltaire nos muestra la puerta que abre el empezar a justificar el vandalismo.

Una vez aclarado esto, el monumento más nauseabundo y más representativo de toda la opresión no solo racial sino social actual, curiosamente, nunca ha sido cuestionado, aunque les sugiero que recuerden esta afirmación para más adelante. No es de ninguna persona, es una alegoría, precisamente de la hegemonía y la concepción del mundo yanqui. Es una estatua de una enorme impostora situada en la bahía de Nueva York. Está ubicada, como corresponde a las mujeres que se venden, en la esquina de un barrio, concretamente es un exclave del distrito de Manhattan. Esta farsante hay quien dice, principalmente los titiriteros que la manejan, que representa la libertad. El monumento de esta estafadora lleva el molesto, prepotente e irritante nombre oficial de La Libertad guiando al mundo. Y para eso la muy bellaca lleva en su mano derecha la antorcha de la luz con la que alumbra al mundo (que en realidad es la luz de los hongos atómicos de Hirosima y Nagasaki, del napalm de Vietnam, y del fósforo blanco que día tras día abrasa gente en Oriente Medio) y en la izquierda una tabla legal con la fecha en que se fundó el país racista imperialista, capitalista y neoliberal que la ha convertido en su símbolo. Va vestida con una toga romana y lleva una corona de siete rayos de sol. Y la enarbolan actualmente todos los gurús del liberalismo económico, el ejército que martiriza a varios países en oriente medio, y los lobbys armamentísticos que dan apoyo a varios títeres en todo el mundo, principalmente Arabia Saudí en Yemen.

Algún ingenuo dirá que esta concepción de la libertad ha pasado a prostituirse en manos del orden financiero mundial en tiempos recientes. No es verdad. Desde el principio fue una enorme engañifa. Les voy a dar algunos datos de la historia de Líber la Togas:

—Fue desposeída de toda apariencia revolucionaria, ya que una libertad a la francesa, como la que aparece en el famoso cuadro de Delacroix, no era del gusto de sus clientes. Para que se vendiera bien hubo que vestirla al gusto del capo mayor de su clientela , el Secretario de Estado en el momento en que se inició el proyecto, Jefferson Davis, y que los más avezados en la historia de USA habrán notado que es mismo Jefferson Davis que se convirtió en presidente de la facción sudista en la Guerra de Secesión. De modo que es una libertad al gusto de los esclavistas. Por esto lleva esa corona solar en lugar del gorro frigio que siempre habían llevado las representaciones de la libertas romana, porque ese gorro atemorizaba a Davis por remitir a la libertad de los esclavos.

—A la inauguración de La Líber no acudieron más mujeres que la esposa de Frédéric Bartholdi, el artista francés que la diseñó, y la nieta de Ferdinand Lesseps, ingeniero del canal de Suez y presidente de una asociación diplomática de amistad francoamericana, ya que se temía que las féminas resultaran dañadas en una multitud enfervorecida. Esto irritó a las sufragistas americanas. Desde el principio, la farsante de Manhattan ha estado haciendo de menos a su sexo (o su género, según este activismo descerebrado que hasta la ha engrandecido).

—¿Recuerdan que les dije que tuvieran presenta la afirmación de que nadie la ha cuestionado? De la propia página web de la estafadora del Hudson les traigo esta cita del autor estadounidense Du Bois: «No puedo sentir la misma esperanza que sintieron algunos inmigrantes en el pasado al ver la estatua a su llegada al puerto. Esta esperanza no pertenece a su raza. La lucha por la igualdad, la libertad y la justicia para todos no han sido lograda hasta el momento actual, más bien han retrocedido desde que se inauguró la estatua».

Parece pues, que la representación más lógica para esta libertad, la que solo existe cuando uno puede pagársela, es la de la groupie asiliconada con la que el Jueves ilustró la llegada de Trump al poder. Pero esta es sólo mi reflexión, e insisto, no llamo a nadie a atacar a la farsante de Manhattan que sigue arrastrándose a la entrada del puerto. Más bien dirijámonos contra Trump y todos los secuaces de esta indeseable que han sembrado el terror y la injusticia entre los pobres de Estados Unidos y del mundo. Que ningún otro canalla de los que la han enarbolado en su propaganda, como Nixon o Reagan, pueda crear un Pinochet o una Contra en Nicaragua sin ser juzgado en un tribunal penal internacional.

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