Muerto cayó Federico, no su duende

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Me pregunto qué pensarían de la situación de España y del mundo algunos que hace tiempo marcharon de él. O más bien, esos a los que otros expulsaron, por dignos, de él. Me pregunto a menudo qué pensarían y sentirían aquellas gentes que vivieron las primeras tres o casi cuatro décadas del siglo pasado haciendo advenir una España nueva, intelectual y progresista; de gentes sencillas y honradas que se asomaban a la cultura y a la unión con los otros, haciendo por un rato este simple trozo de Tierra algo menos devota de Frascuelo y de María y un poco más apasionada por los cafés, los ateneos y los teatros.

Algunos se fueron en la víspera de la tragedia provocada por el fascismo. Si se me permite: casi tanto mejor para ellos que, estando ya irremediablemente en el borde de ese precipicio, se evitaron pasar por el desagüe tan nauseabundo, el del fascismo, por el que fueron obligados a desfilar libros, sindicalistas, artistas, demócratas, comunistas, feministas o, simplemente, gente buena. Otros se fueron en plena guerra de este mundo que se oscurecía. No por morir matando; más bien por querer procurarse un mundo en el que morir viviendo. Un mundo en el que haber vivido al menos sin tener que pasarse ese tiempo corto que es la vida con las rodillas entumecidas y desgastadas de tanto vivir sobre ellas. Otros se fueron mucho después. Se fueron habiendo conocido la dictadura entera, recordando la efervescencia cultural y política de las décadas anteriores al fascismo como algo lejano, que no sé si preferirían recordarlo vivamente como lo que fue y podrá volver a ser, u olvidarlo por no soportar que aquello tan digno, tan lentamente construido y prometedor, les fuese arrebatado con tanta crueldad.

Sé que intentaron acabar con todos. Que la miseria de los que gritaron: ¡muera la inteligencia! Se los llevó por delante sin dejar de ellos ni el rastro. Que si volvieran aquí aquellas gentes buenas podrían no escatimar en reproches, y preguntarnos porqué aún un nos hemos zafado del alma quieta y de la sacristía, ni de la monarquía, ni de una extraña y especial querencia por conservar algunos lastres del Antiguo Régimen con todo lo que sacrificaron para que desaparecieran.

Pero también sé que, quizás, si volvieran y pese a todo, algo les cambiaría el semblante serio, quizá derrotado, y avivaría en ellos cierta esperanza. Descubrir que mantenemos por aquí algunos pecios de aquel naufragio. Que hay aún quien hace algo, mucho, por conservar, a contracorriente, la memoria y el ejemplo de dignidad de las gentes cuya vida fue ejemplo de honestidad, sencillez y abundancia intelectual.

El 25 de enero en Valladolid vi de muy cerca uno de esos pecios. Más bien, no era un pecio. Era un tesoro auténtico, rescatado y fielmente conservado. Un tesoro devuelto a la vida. Haciendo a Lorca más inmortal de lo que siempre ha sido. Tanto que crucé la puerta del teatro y me encontré con un Lorca tan grande que sólo con el esfuerzo aunado del duende del teatro, cuatro actores que eran sólo uno, sólo Lorca, y un guitarrista, fue posible traerlo de nuevo al mundo. También Machado tuvo voz y fue testigo de que aunque cayó muerto Federico, no cayó del todo y estaba ahí, en el escenario: sonriendo, llorando, viajando, amando, sin rencor ni miedo, vindicando honradez, justicia y dignidad. Haciéndolo con el ejemplo de un buen hombre que sin saberlo era más que eso. En fin: viviendo con una intensidad envidiable y contagiando al público de puro amor por este mundo que tan difícil se deja querer a veces. Pero él permanece sobre las tablas digno, sereno y atravesado por la vida sin noticias, hasta sus últimos instantes de nada ni nadie que ose acabar con él.

Por quizá algo más de una hora que fue como sólo un minuto, -es difícil calcular el tiempo ante lo intemporal-, Lorca estuvo tan vivo que se puede decir sin mentir que sigue dándose una vuelta por el mundo haciéndonos un poco más felices a quienes nos topamos con él de nuevo.

La obra “Poemas del tiempo: Un rumor de sangre” de la compañía madrileña “Teatro del duende” le rinde un homenaje perfecto. Un homenaje sencillo y sereno. Un homenaje en el que sólo si de público asistiese una piedra, ésta podría salir de allí sin haber liberado una lágrima, unas cuantas, o sin haber, al menos, sentido un nudo en la garganta al mismo tiempo que una satisfacción completa por tener de nuevo a nuestro Federico vivo, fuerte y sonriente allí mismo, delante de una, sin espacio, tiempo ni horror que medie. Vino Lorca y su amor por la vida encarnado en Manuel Galiana, Marta Belaustegui, Germán Estebas y Juan Miguel Caballero, acompañados por el guitarrista Guillermo Fernández y dirigidos por Jesús García Salgado.

Y es verdad. No debe negarse. Es verdad que el crimen fue en Granada, que se le vio caminar entre fusiles, que el pelotón no tuvo el coraje de cruzar su mirada con la suya. Seguramente, todos cerraron los ojos antes de presionar el gatillo. Es verdad que él caminó sus últimos pasos sin miedo a su guadaña. Y también que no tenemos más remedio que cantarle a la carne que no tiene; a los ojos que le faltan, a los rojos labios, que palidecieron, donde le besaban. Es verdad que cayó muerto Federico, y que, por supuesto, ni Dios lo salvó.

Pero, ¿qué pelotón podría matar al duende del teatro? ¿Qué bala hay que sirva para atravesar la poesía dejándola desplomada? ¿Cuál es el fusil que haría palidecer la cultura? Nada de eso existe. Porque siempre habrá alguna mujer y algún hombre bueno que sobreviva para contarlo, para vivir con el duende, y entre versos. Por eso, se puede afirmar, sin ningún temor a la contradicción, que ni cayendo muerto, Federico ha dejado de vivir, libre y feliz, en boca, manos, acordes, lágrimas y voz de las gentes más sensibles, amables y llanas, entre sus lectores/as y sus intérpretes. A quienes tampoco salvaría Dios, ni falta que les hace: tienen el teatro.

Machado afirmó que “para los estrategas, para los políticos, para los historiadores, todo está claro: hemos perdido la guerra. Pero, humanamente, no estoy tan seguro. Quizá la hemos ganado.” Y con Lorca, recuperado por el aliento y la emoción del duende del teatro, del Teatro del Duende, esa duda se acrecienta. Humanamente, si nos queda el teatro, si sobreviven los libros, si hay acordes que acompañan a los miles de hombres y mujeres, anónimos e intemporales que trajeron un mundo nuevo, quizá la hemos ganado.

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