El engaño del bipartidismo capitalista sigue siendo eficaz. Finalmente se estableció como normalidad que «progresistas» apoyasen la guerra de Ucrania, y se normalizó también que «izquierdistas» se mesasen los cabellos con los crímenes en Gaza, mientras sostienen Gobiernos que mercadean armas con los exterminadores del pueblo palestino.
Pues aún hay más. ¿Recuerdan ustedes los Pactos de Estabilidad europeos? Aquellos acuerdos de la Unión Europea que establecían el control fiscal para el déficit público (la inversión realizada principalmente en servicios públicos, que en capitalismo se considera contablemente como un gasto o despilfarro).
Esos pactos tuvieron varias reformas, una la de 2011, una carga más a espaldas de los trabajadores. En España esta reforma fue perpetrada por el Gobierno de Rodríguez Zapatero mediante la reforma de la Constitución.
Pues bien, ahora esos pactos se van a reformar de nuevo para acomodarse a los planes de gasto militar. 800 mil millones de euros (800.000.000.000 €) se quieren gastar en armas. Incluso la estricta y frugal Alemania reformará su Constitución para dar opción legal a ese disparatado gasto.
Los indignados que allá por 2011 medraron como actores de la nueva política están hoy ocupando escaños y altos cargos. Ocupan hasta carteras ministeriales, donde van a ser testigos privilegiados y colaboradores de este nuevo apretón de tuercas. O tal vez sea mejor decir un aflojamiento de tuercas, porque lo que ahora se pretende es un levantamiento de esas limitaciones de gasto.
Pero ¿se levantará el techo de gasto para la inversión social, para construir vivienda o aumentar las pensiones o mejorar la sanidad? Ni hablar. Se permitirá el levantamiento del límite para la guerra. Para fabricar o comprar armas.
¿Por qué Rusia es ahora un enemigo peligrosísimo, si hace poco nos contaba doña Úrsula que estaban usando microchips de lavadoras?
Las empresas del entorno de la Alianza Atlántica ven una amenaza en el cambio del orden mundial. Países que hasta hace poco les parecían meros productores de baratijas para tiendas de todo a euro, como China, les ponen hoy contra las cuerdas. Tienen la osadía de fabricar coches eléctricos mejores y más baratos que los coches occidentales. Les bastó una aplicación de móvil, como DeepSeek, para derribar como un castillo de naipes las acciones de su bolsa tecnológica.
La pata izquierda del teatrillo bipartidista original, el maravilloso Biden, había probado a tensar la cuerda contra Rusia para reconducir el mercado europeo hacia el incremento del beneficio de EEUU, llegando a situaciones esperpénticas como voladuras de gasoductos. Pero una vez logrado el empobrecimiento de los socios europeos para beneficio de EEUU, la guerra de Ucrania no lograba derrotar a los rusos y continuaba provocando un tremendo gasto.
Pero aquí aparece la pata derecha. Trump da un golpe sobre la mesa, en presencia del «mediocre comediante», y decreta que ahora el gasto lo hagan otros, no los americanos.
¿Y cómo respondieron los europeos? ¿Valoraron la opción de paz por la vía diplomática? ¡Eso es de cobardes! Las Leyen, Kallas o Lagarde se liaron la manta a la cabeza: pagaremos las armas nosotras; el pérfido Trump, amigo de Putin, no se saldrá con la suya, seguiremos la guerra por nuestra cuenta. Y si hace falta -podrían haber añadido- les compraremos las armas al mismísimo Trump.
Mientras tanto, en España, se ponía en marcha la maquinaria de propaganda. Sánchez advertía de que a veces hay que «forzar la democracia» (sic) para mantener el orden. La prensa y las televisiones se lanzaban a propagar las bondades del gasto militar.
En una entrevista, el hermano del exministro Garzón, Eduardo, nos avisaba de que era peligroso afirmar que no hay dinero para armas porque eso suponía entender un límite monetario, que no existe (en los Estados soberanos, claro), y que ese argumento podía ser usado contra el gasto público. Como si ese gasto público no se lo hubiesen pasado por el forro igualmente en mandato de su hermano, Alberto, especialista en buscar amenazas imperialistas en lontananza mientras no ve las que se sientan a su lado.
En la Primera Guerra Mundial se empezó a usar la expresión «cañones o mantequilla», reutilizada más tarde por nazis y fascistas en Alemania e Italia, como forma de referirse al coste de la oportunidad, la falacia de la necesidad de elegir la prioridad de las inversiones. Hoy nuestros referentes progresistas nos dicen que se puede tener ambos, cañones y mantequilla, sin que ello produzca merma social, pero rizando el rizo y haciéndolo dentro de la lógica capitalista y bajo las riendas del imperialismo.
Estas falacias rocambolescas tienen un fin. Aprovechan el espantajo de Trump para aplicar medidas más severas aún: elevar el ambiente bélico, crear un enemigo, convertir economías en factorías de armamento, censurar las elecciones donde surjan alternativas contestatarias, reducir el gasto de lo que sea social (educación, sanidad, servicios) en favor del incremento de lo insocial, de la guerra, del enfrentamiento entre pueblos.
Los que nos advertían del trumpismo tienen un plan: nos salvarán de la derecha aplicando el fascismo.








