“Americanismo, no el globalismo, será nuestro credo” [1]
Donald Trump 2016
La portada del New York Times Magazine de marzo de 1999 exhibía un gran puño apretado pintado con las estrellas y barras de la bandera estadounidense con la frase: «Lo que el mundo necesita hoy:para que la globalización funcione, Estados Unidos no debe temer actuar como la potencia todopoderosa que es».
El imperio norteamericano no se oculta, de la mano de Trump y sus decretos presidenciales ha vuelto con energía, promueve políticas económicas coercitivas con sanciones, aranceles y chantajes, de un lado acometiendo una clara política proteccionista como si tratase de una potencia joven en desarrollo que promociona mayores subvenciones para la industria y rebajas impositivas para las empresas que retornen al país remodelando sus cadenas de valor, reindustrialización y relocalización del trabajo “deslocalizado”, el empleo brotará confiando en las bondades de la “mano invisible” (inversión privada) que compensaría los próximos recortes de la obra pública y el empleo estatal; y una segunda cara, la política de expansión anexionista de territorios (Groenlandia, canal de Panamá, Canadá como el 51° estado federal y aumentar la presión en el Océano Ártico).
Nos remontaremos a 1898 (tiempos de la guerra hispano-americana), Charles A. Conant argüía que el imperialismo era necesario para absorber capital excedente frente a la escasez de oportunidades de inversiones rentables; en otras palabras, para aliviar lo que denominaba el problema del “capital congestionado”. Conant se preguntaba en el escrito “The Economic Basis for Imperialism publicado en la North American Review: «Si Estados Unidos deberá en realidad adquirir posesiones territoriales, si deberá establecer capitanías generales y regimientos, si deberá adoptar un punto medio para proteger soberanías nominalmente independientes, o si deberá contentarse con estaciones navales y representantes diplomáticos como base para asegurar sus derechos de libre comercio con el Este, es una cuestión de detalle.»
Desde la proclamación de la Doctrina Monroe, sintetizada en 1823 en la indignante y patética frase “América para los americanos” se puede identificar una política global de Estado por parte de EEUU. Fue elaborada por John Quincy Adams (1767-1848), aunque popularmente es atribuida al presidente James Monroe (1758-1835) presentada por este último al Congreso de la Nación en su sexto Discurso sobre el Estado de la Unión. Dicha doctrina violaba cualquier orden jurídico internacional «occidental» que no esté supeditado a la guerra permanente y al estado de excepción, pretendía ser legitimada por una retórica arcaica y fundamentalista, los antecedentes se remontan a 1630, en tiempos de las migraciones de colonos británicos al territorio americano.
La posición geográfica de EEUU le permitió combinar una posición de insular de facto con el dominio sobre todo un continente y le aseguró más de un siglo de crecimiento demográfico y económico, la denominada “Gilded Age” o Edad Dorada. Como resultado, EEUU inicialmente muy inferior en población y potencial militar a cualquier gran potencia europea, en un siglo se convirtió en un país muy superior a cualquiera de los países europeos, tanto en fuerza económica como en potencial militar. La Doctrina Monroe fue más que un simple gesto de autoafirmación, hacia fines del siglo XIX había dado como resultado una verdadera hegemonía estadounidense, primero en América Central y, en el momento de la IIª GM en todo el hemisferio occidental.
Corolario Rutherford Hayes.
En 1880 se añadió un primer corolario a la doctrina Monroe, que estimaba el Caribe y Centroamérica como parte de la “esfera de influencia exclusiva” de los EEUU para evitar la injerencia de imperialismos europeos en América, su nación debía ejercer el control exclusivo de cualquier canal interoceánico que se construyese. Es así como, posteriormente, los EEUU se sentirían legitimados para adueñarse legalmente del canal de Panamá, cuya construcción había sido abandonada en 1888. Además, con este corolario, los EEUU impedían el acceso comercial de Europa al Caribe y Centroamérica, manteniendo su monopolio comercial con dichas regiones
El Colorario Roosevelt apuntaló la expansión norteamericana, una sustancial alteración a la Doctrina Monroe por parte del presidente de EEUU Theodore Roosevelt en 1904. El corolario establecía que EEUU podían intervenir en los asuntos internos de países latinoamericanos si cometían faltas flagrantes y crónicas.
Una fórmula que mejor definiría el principio básico de la política exterior estadounidense durante más de un siglo la propuso en 1918 el presidente norteamericano Woodrow Wilson, superó el aislacionismo estadounidense y condujo a EEUU a la Iª GM e impuso las nuevas reglas de relaciones internacionales – los famosos “Catorce Puntos” – a las Potencias Centrales, sino también a sus propios aliados de la Entente. El sistema de relaciones internacionales de Wilson preveía una combinación de igualdad formal de sujetos con el papel exclusivo de EEUU en la determinación de los «estándares democráticos» o, simplemente, las reglas del juego.
Tras el final de la IIª GM, EEUU adquiere el estatus de superpotencia mundial, comienza la Guerra Fría en contra de la URSS y su modelo socioeconómico, y el excepcionalismo norteamericano o Destino Manifiesto, —la narrativa de ser una nación excepcional, diferente al resto del mundo— se fortalece entre la clase política estadounidense para convertirse en un instrumento ideológico-discursivo preferente para justificar, legitimar y tratar de perpetuar la acción global y la hegemonía estadounidenses, encarnada en la idea del “Siglo americano”, reconociéndose a sí mismo como «el defensor del mundo libre” frente al modelo soviético.
Groenlandia y los otros territorios entran dentro de los objetivos marcados por Trump, al concluir su discurso inaugural en la Casa Blanca manifestó que: “La época dorada de Estados Unidos acaba de comenzar”. Zbigniew Brzezinski, el que fuera asesor de Seguridad Nacional del presidente Carter, escenificó la escena en 1997: «En aquellas partes del mundo en las que la primacía estadounidense, guiada por consideraciones geoestratégicas a largo plazo, se apoye en sistemas sociopolíticos compatibles y similares al suyo, vinculados entre sí por los marcos multilaterales dominados por los Estados Unidos» [2], y sostenía el propósito que la principal tarea de EEUU en la preservación de su Imperio que consiste en «prevenir colusiones [3] y mantener la dependencia entre los vasallos, mantener sumisos y protegidos a los tributarios, y evitar que los bárbaros se junten»
Groenlandia como ejemplo de pivote geopolítico, Brzezinski identificaba dos tipos generales de Estados en la geopolítica global: “jugadores geoestratégicos activos” y “pivotes geopolíticos”. Define los primeros como Estados que poseen la capacidad y la voluntad de ejercer su poder o influencia más allá de sus fronteras con el propósito de cambiar el equilibrio internacional existente. Los pivotes geopolíticos, por otro lado, son Estados o regiones cuya importancia no se deriva de su poder, sino de su ubicación geográfica y su condición potencialmente vulnerable al comportamiento de los actores geoestratégicos activos. Los pivotes geopolíticos también pueden definirse como Estados o regiones catalizadoras, en el sentido de que su localización espacial o geográfico les otorga un papel peculiar a la hora de definir el acceso a áreas importantes tal es el caso de Polonia, Países Bálticos en el caso del mar Báltico o la misma Alemania señalada como el “plato giratorio” central para las líneas de refuerzo y reabastecimiento de la OTAN en Europa, la expansión de un Schengen militar o corredor de transporte desde Países Bajos hasta Lituania a través de Alemania para el traslado a gran escala de equipos y soldados hacia el posible teatro de operaciones en Europa del Este.
EEUU navega entre las pujas internas de los grupos dominantes internos, la antinomia entre globalistas (intereses de las redes financieras globalizadas y las grandes transnacionales estadounidenses) y americanistas proteccionistas (potencian las capacidades industriales norteamericanas), Trump aboga por una agenda proteccionista del nacionalismo económico sin olvidar la hegemonía sobre la cadena de valor (intereses económicos) y la cadena de suministro (interés estratégico) de materias primas (minerales, tierras raras petróleo y gas) como piedras angulares del actual desarrollo tecnológico.
La Época Dorada y los aranceles
“Alcanzamos nuestra mayor riqueza entre 1870 y 1913. Eso es cuando éramos un país con aranceles”
Trump
Mark Twain y su colaborador Charles Dudley Warner escribieron una novela:“La Época Dorada” [4] en que describían el «camino dorado americano» hacia la fortuna. Durante el periodo a partir de la guerra civil (1861-65) hasta principios de siglo XX, el desarrollo de la producción en masa, las innovaciones en agricultura, el transporte, y la fabricación, produjeron una abundancia inimaginable, dando lugar al término «millonario».
Trump idealiza la imagen de un país que vivió su apogeo en la década de 1890, la Época Dorada de los EEUU, una época de rápido crecimiento poblacional y de transformación de una economía agrícola a un sistema industrial en expansión, en la que la pobreza era generalizada mientras que magnates de una riqueza fenomenal —como John D. Rockefeller y J.P. Morgan— ejercían una enorme influencia sobre los políticos quienes con frecuencia los ayudaban a impulsar sus imperios financieros. Recrear esa época alimenta la afición de Trump a los aranceles y su admiración por el 25° presidente de la nación, el republicano William McKinley.
Douglas Irwin autor de “Clashing over Commerce: A History of U.S. Trade Policy” [5] describe como la economía estadounidense creció rápidamente a finales del siglo XIX. El PIB real creció casi un 4 % anual entre 1870 y 1913, mientras que el PIB per cápita creció casi un 2 % anual y detalla un factor internacional subestimado detrás de la industrialización de EEUU: el trabajo realizado por los millones de inmigrantes que se incorporaron a la fuerza laboral estadounidense. De hecho, el número de residentes en EEUU aumentó de más de 38,5 millones en 1870 a más de 106 millones en 1920 que contribuyeron en el desarrollo de las fuerzas profuctivas e hicieron posible la acumulación de capital a partir de la plusvalía extraida.
Trump se mantiene firme en su apoyo a la idea de un proteccionismo del siglo XXI. Incluso ha sugerido que los aranceles de importación más altos para los socios comerciales extranjeros del país podrían reemplazar eventualmente al impuesto federal sobre la renta. Trump afirma que los aranceles altos y las tasas de interés bajas, como las que tenía EEUU después de su guerra civil, pueden liquidar rápidamente la deuda federal actual y engordar las arcas del gobierno, y a la vez dar impulso a los fabricantes nacionales y atraer a productores extranjeros a establecerse en EEUU.
Conlleva una agenda proteccionista para fortalecer la producción industrial de EEUU frente a China pero también frente a aliados como la UE y Japón, también para reequilibrar el déficit comercial; frenar el tráfico de drogas y fortalecer la seguridad nacional; presionar a los países aliados integrantes de la alianza por medio del “capataz” Mark Rutte, fiel servidor y secretario general de la OTAN, a que aumenten sus gastos militares hasta llegar al 5% del PBI, gran parte del cual fluirá hacia el complejo industrial-militar del Pentágono a través de compras (una suerte de aumento del tributo a cambio de garantizar la defensa).
[1]Consigna de Donald Trump durante la campaña presidencial. New York Times, 22 de julio de 2016
[2] Brzezinski, Zbigniew (1997) “El gran tablero mundial. La supremacía estadounidense y sus imperativos” https://goo.su/wfrmvnX
[3] colusión: práctica anticompetitiva mediante acuerdo entre dos o más empresas para limitar la competencia en el mercado.
[4] Twain, Mark; Warner, Charles Dudley (2007):“La Época Dorada” Ed. Baile del sol. Tenerife
[5] Irwin, Douglas (2017): “Clashing over Commerce: A History of U.S. Trade Policy”. University of Chicago Press.








