Una década de esa «nueva izquierda» posmoderna, instalada gracias a una masiva campaña mediática y a la omnipresencia televisiva, ha destrozado de tal modo la facultad del razonamiento que ya resulta peligroso señalar lo obvio.
Como los falsos sastres del emperador, la autopercibida izquierda española señala como terf a quien se atreva a cuestionar las leyes trans, o acusa de racismo a quien critique la entrada intempestiva de miles de inmigrantes.
Les invito a hacer una prueba, si no lo han hecho ya, la de leer los comunicados que han emitido los sindicatos, incluidos los más «transgresores», las plataformas y mareas teóricamente de clase, o los partidos que se dicen de izquierdas. ¿Han logrado entender lo que quieren decir? ¿Han averiguado, en sus extensas explicaciones, si suben o bajan la escalera? Y peor aún, ¿han encontrado en ellos alguna medida concreta aparte de apelar a cuatro dogmas y declaraciones vacuas?
Difícilmente lo encontrarán, porque todos estos activistas, cargos del aparato sistémico, todos estos profesionales de la disidencia controlada viven de sostener esos tabúes. Si los trabajadores razonan más allá de sus cuatro silogismos y emplean la dialéctica, se les acaba el cuento. La gente dejaría de ver sus tertulianadas, dejarían de comprar sus libros, perderían su estatus de influenciador, o simplemente perderían el cargo que tanto les costó acaparar.
Están los que se autodenominan marxistas y recitan a Marx y a Lenin como quien recita un catecismo. Acusan de «socialchovinismo» a cualquiera que señale que el Gobierno instrumentaliza la inmigración. Sólo una persona que no viva en el mundo real, sino en el mundo del debate académico, puede creer que citar frases descontextualizadas, de clásicos que vivieron en otros tiempos, pueden servir para entender el mundo de 2026. Precisamente estos desubicados no comprendieron lo más fundamental: el método marxista. El dogma no sustituye al análisis concreto de la situación concreta.
Pero hay otros peores. Estos que «nos defienden de la ultra derecha» y se llenan la boca de grandes valores. Plataformas ciudadanas y activistas que viven a la sombra de Podemos y Sumar. Pretenden dar lecciones de izquierdismo e internacionalismo, pero van de la mano de la autopercibida izquierda que valida el rearme contra Rusia, que tiene la desfachatez de manifestarse contra sus propias políticas de vivienda o de quienes gestionan al Estado servil al capital financiero y son funcionales a la OTAN.
Esta torre de Babel que permite confundir la solidaridad con la desregulación laboral no solo es un error teórico, es regalarle a la derecha el argumento de que la izquierda vive en una realidad paralela, desconectada de los problemas concretos de los trabajadores.
En España, donde millones de trabajadores viven al borde de la miseria —con salarios de hambre, alquileres inaccesibles y servicios públicos desmantelados—, reivindicar la protección de las condiciones laborales y la soberanía económica no es chovinismo. Es defender la dignidad de quienes ya están aquí y de quienes llegan, porque una inmigración descontrolada y sin derechos no beneficia a nadie salvo al empresariado. El socialchovinismo no consiste en exigir que un Estado proteja a sus trabajadores del deterioro intencionado del mercado laboral, consiste en culpar al migrante de los problemas del sistema. Pero confundir la defensa de la soberanía laboral con el racismo es una trampa ideológica que solo sirve para silenciar tanto al Gobierno, que utiliza la movilidad humana como válvula de presión salarial, como para dar alas a la derecha que se presenta como alternativa y son en realidad cipayos traidores.
Además, estos colaboradores necesarios del sistema cumplen una función muy útil para perpetuar nuestro rol de país sumiso al imperialismo. Reproducen la falsa democracia de EEUU exportada a España, done los demócratas y republicanos son aquí nuestros PSOE y PP con sus respectivos caballos de posta (Vox, Sumar, Podemos, los diversos Adelantes y Más).
Observen cómo, dentro de esta mentalidad estrecha del bipartidismo neoliberal, el PSOE ha quedado, en el campo internacional, como un paladín del progresismo gracias a políticas aparentemente permisivas, como el reciente decreto de regularización. A Sánchez «se la han jugado el pérfido Mohamed VI en colaboración con Netanyahu y Trump«, nos aseguran. La categoría «trumpismo» sirve aquí para instalar en la mente de los incautos que sí hay una diferencia entre el progresismo de la pata izquierda y la derecha del bipartidismo.
Pura hipocresía. Una nueva trampa de pesoización. A lo largo de sus diferentes gobiernos, el PSOE ha acatado religiosamente las exigencias de la Unión Europea en materia de control migratorio, siempre en favor del capital. Los contratos de inmigración circular con países africanos —que el propio gobierno socialista ha promovido— no son más que un mecanismo de abaratamiento de la mano de obra, diseñado para traer trabajadores temporales sin derechos, sin estabilidad y sin posibilidad de quedarse, para luego devolverlos como mercancía una vez agotada su utilidad productiva. Son un remedo de los paroles humanitarios de Obama y Biden.
Porque, en el fondo, todo esto es un teatro en el que Marruecos y España son coprotagonistas del mismo sistema. Marruecos se beneficia al liberarse de miles de jóvenes sin empleo que envía hacia el norte, con la expectativa de que en el futuro envíen remesas que constituyen una parte importante de su PIB. Cuando un Estado capitalista descubre que exportar población le garantiza divisas estables y rebaja la presión social sin necesidad de reformas, la urgencia política por retener el talento desaparece. El flujo migratorio se vuelve una pieza estructural del modelo económico. (Sin embargo, un Estado socialista promocionaría el desarrollo de la economía a través de la planificación social, la creación de empleo digno).
España, por su parte, consigue mano de obra barata y sin derechos para los sectores que el capital necesita mantener en negro. Todos esos sectores que la infame vicepresidenta Yolanda Díaz dijo «abordar» con sus reformas parciales. La agricultura intensiva, las empleadas del hogar que malviven internas sin contrato, las cuidadoras de dependientes, los camareros de temporada, la construcción. Son negocios en negro que funcionan gracias a la vulnerabilidad de quienes llegan sin alternativa. La izquierda que aplaude este sistema no está defendiendo al proletariado mundial, está defendiendo los intereses a quienes los explotan.
Las fronteras no deberían existir en un mundo justo. Pero vivimos en un mundo injusto, regido por el capitalismo y el imperialismo. Y nuestra situación como españoles está alineada justo con la parte más perniciosa para la humanidad, la que desea ver el mundo arder antes que dejarlo pasar a otro orden mundial.
¿Por qué ninguno de estos izquierdistas autopercibidos ha propuesto algo tan sencillo como que regresen nuestras tropas enviadas al «frente oriental» y todo el dineral del innecesario rearme contra Rusia se dediquen a crear empleo para los millones de parados españoles y para planificar la inmigración?
Defender fronteras abiertas sin condiciones en el contexto actual español no es internacionalismo, es funcionalismo. La izquierda que quiera emplear el método marxista debe empezar por mirar de frente quién se beneficia de cada política, y dejar de repetir consignas que, en la práctica, sirven a quienes dice combatir.








