Por María Loureiro (integrante de DoFemCo)
En los últimos tiempos se ha extendido en discursos políticos, declaraciones activistas y actos culturales el uso del femenino gramatical para referirse a colectivos mixtos con presencia de hombres. Fórmulas como «todas juntas» o «nosotras mismas» se aplican a grupos en los que la presencia masculina es evidente, y resulta especialmente chocante cuando es precisamente un hombre quien las pronuncia.
El problema es que, si el femenino pasa a nombrar también a grupos con presencia de hombres, el género gramatical deja de servir para identificar la presencia de las mujeres.
Quienes promueven esta práctica suelen justificarla como una forma de reparar la invisibilización histórica de las mujeres en la lengua. Se le atribuye al discurso el poder performativo de transformar el mundo por sí mismo. Además, su empleo funciona también como una marca de compromiso político para quienes lo utilizan. Con este uso, el femenino renuncia a su función descriptiva para sustituir los hechos por una puesta en escena.
Este enfoque es muy diferente al lenguaje no sexista tradicional, que nunca buscó invertir el género en contextos mixtos, sino hacer la lengua más precisa. Esto se consigue recurriendo a colectivos neutros que eviten el masculino (el profesorado, la ciudadanía), a desdoblamientos para dar visibilidad a las mujeres (niñas y niños, las y los estudiantes) o eliminando referencias cuando no se necesitan.
Al abandonar esta búsqueda de precisión, el uso del femenino colectivo en grupos mixtos termina reproduciendo uno de los problemas que históricamente se le han criticado al masculino genérico: oculta la composición real del grupo. Por ejemplo, si en un conflicto laboral todos pasan a ser llamados «las trabajadoras», la desigualdad específica que afecta a las mujeres por ser mujeres queda oculta y diluida. El resultado es que los hombres colonizan el espacio simbólico de las mujeres mientras mantienen el poder material. La desigualdad permanece, mientras el lenguaje proyecta una ficción de igualdad.
Ese es precisamente el simulacro: oculta la realidad y, además, otorga legitimidad política a una práctica que no altera las relaciones materiales de poder. ¿Qué ganan las investigadoras si la universidad habla siempre de «todas» mientras siguen teniendo menos acceso a los puestos de mayor estabilidad y reconocimiento en la carrera académica? Aquí la lengua se convierte en una herramienta de marketing.
Además de su efecto simbólico, este uso choca con la interpretación espontánea de la población, que sigue asociando el femenino a las mujeres, generando rechazo y un efecto bumerán que amenaza con frustrar las iniciativas más razonables del lenguaje no sexista al meterlas en el mismo saco.
No es casual que este uso sea especialmente frecuente en los sectores influidos por las teorías queer. Esta práctica encaja en un proceso político de desvinculación de la categoría «mujer» respecto del sexo: el femenino deja de identificar específicamente a las mujeres para convertirse en un instrumento al servicio de ese proceso. No es la primera vez que una propuesta presentada como feminista acaba minando precisamente aquello que dice defender.
Es preciso regresar al rigor técnico. Existen abundantes manuales y guías de lenguaje no sexista con alternativas para nombrar a las mujeres sin falsear los hechos. No debemos dejar que la lengua abdique de su función más revolucionaria: la capacidad de ponerle nombre y apellidos a las estructuras reales de la opresión.








