La instrumentalización política del Mundial de EEUU ha superado todas las posibilidades de la propaganda. Llama la atención especialmente la perspectiva de la autopercibida izquierda de nuestro bipartidismo español, que festeja la presencia de jugadores de orígenes migrantes como forma de «enfrentar a la ultra derecha».
Si pudiésemos realizar una especie de reduccionismo metodológico, el segundo campeonato mundial de la selección española podría significar -para los que somos aficionados a este deporte- la victoria del juego de equipo y limpio sobre el juego resultadista y marrullero. Nada menos que eso, pero tampoco nada más.
Lógicamente, obviaríamos así que aún sigue el genocidio del pueblo palestino y el mundo se dirige a un conflicto bélico globalizado por culpa precisamente de los hipócritas anfitriones del Mundial, a quienes de este modo se blanquea. Además, la perversión del futbol moderno, tan alejado de cualquier otro pasado de este deporte como evento popular, lo convierten en un show millonario que asquea hasta a los más futboleros.
Todo ello nos llevaría a pensar que la actitud ante el Mundial debía haber sido la del boicot y no la de su seguimiento. Pero si pudiésemos hacer ese ejercicio de descontextualización, es interesante analizar la instrumentalización que realiza la autopercibida izquierda española:
Exactamente ¿qué victoria sobre el racismo y la ultra derecha?
Ese relato nos explica que la selección española logró un éxito con jugadores de origen inmigrante, cosa que es cierta: historias familiares de estos jugadores incluyen sacrificios reales, travesías por el desierto, vallas, incertidumbre. Pero el relato va más allá y convierte a esta victoria en una prueba de que España supera el racismo y por tanto enfrenta a la derecha, justo en el momento en que el Gobierno progresista realizó una masiva regularización de inmigrantes.

Sin embargo, estos izquierdistas romantizan este fenómeno usando sólo el ejemplo de estos casos excepcionales y exitosos, dado que la ruta de entrada del Sáhara y del Mediterráneo tiene una documentada mortalidad altísima. Millones de seres humanos mueren en ese camino y pierden los ahorros de toda su familia.
Estos jugadores no son valorados precisamente por el esfuerzo que sus familias hicieron para conseguir que entrenaran desde niños en clubes españoles. Ni por asomo. Sólo se valora su talento excepcional en un juego que genera cientos de millones en contratos, derechos de imagen, merchandising y un enorme atractivo publicitario. Si no generasen esas plusvalías, serían ignorados en la miseria como miles de temporeros del campo, repartidores de comida o empleadas de hogar internas.
Las grandes empresas que patrocinan el fútbol (Nike, Adidas, sponsors de La Liga) operan en un mundo de desigualdades que ellas mismas contribuyen a perpetuar. La migración masiva es consecuencia de ese modelo productivo desigual, extractivista y asesino.
España, como miembro de la UE y aliado de la OTAN, participa en un orden internacional que no es neutral. Intervenciones, bases militares, políticas energéticas y comerciales tienen impactos en África y Oriente Medio. Presentar a La Roja como “bandera contra el racismo y el fascismo” mientras el Estado español es funcional y servil a esos intereses es puro cinismo. El fútbol se usa como barniz emocional de unidad nacional y progresismo cosmopolita, pero no resuelve las contradicciones profundas de soberanía, fronteras reales o desarrollo.

El mérito individual de Yamal, Williams y otros es innegable y enriquecedor para el equipo. España tiene derecho a celebrarlo como triunfo deportivo y ejemplo de movilidad social. Pero convertirlo en alegato ideológico contra la derecha o el racismo español es un ejercicio de condicionamiento emocional.
Quienes ganan son las élites económicas (dueños de empresas en hostelería, construcción, agricultura, servicios de cuidados, grandes corporaciones y parte del sector financiero) que con este ejercicio de cinismo obtienen mano de obra más barata y flexible. Esto mantiene bajos los costes laborales en sectores intensivos en mano de obra y genera beneficios directos para el capital.
Mientras tanto, la clase trabajadora vive en una permanente crisis de vivienda, pierde servicios públicos y se enfrenta a un mercado laboral cada vez más asfixiante, que llega a marginalizar a millones de parados por su edad y los convierte en clientes de un sistema de subsidios insuficiente.
El barniz moral y mediático de esa «diversidad» permite a los gestores «progresistas» aparecer como un país abierto y ganador. Desvía la atención de políticas económicas que perpetúan la dependencia de mano de obra barata en lugar de invertir en una economía programada para el beneficio social.
Esta narrativa “antirracista” vía fútbol permite a las élites políticas, mediáticas y empresariales mantener un sistema que ignora la hiper explotación hasta la asfixia de la clase trabajadora. Es una forma sofisticada de hipocresía de clase. Las élites aplauden la foto del equipo diverso mientras viven lejos de sus consecuencias.
Nos encontramos ante un ejemplo más de la manera en que el capitalismo y el imperialismo absorben ideológicamente a los partidos sistémicos. Son los mismos que auguraron el fin de las reformas laborales, los mismos que nos prometieron el fin de los desahucios, o los que aseguran que no comercian armas con nazis y sionistas. Auténticos vendedores de humo que resultan, finalmente, perfectamente útiles a los criminales a quienes aseguran enfrentarse.








