Por qué los pequeños burgueses tienen tanto miedo a la dialéctica

0

La verdad es para el proletariado un arma victoriosa, y tanto más victoriosa cuanto más desconsiderada. La cólera de la desesperación con la cual la ciencia de la burguesía combate el materialismo dialéctico se hace de este modo comprensible: estará perdida en cuanto que se vea obligada a ponerse en ese terreno (…) Los marxistas vulgares han ignorado siempre esta peculiar función de la conciencia en la lucha de clases del proletariado, y han entronizado una mezquina «política realista» en lugar de la gran lucha de principios que apela a las cuestiones últimas del proceso económico objetivo.
György Lukács, Historia y conciencia de clase

No soy ni mucho menos un experto, pero la simple práctica política de años intentando entender qué es la dialéctica me ha llevado a algunas certezas, como que quienes más embrollan su entendimiento suelen ser los izquierdistas que temen a la dialéctica. Los reconocerán porque se hacen tremendas pajas mentales con complejas tríadas hegelianas, para rechazar por ineficaces los razonamientos que estorben a sus «políticas útiles», y viven estancados en el idealismo decimonónico y formal, aunque aparenten ser muy modernos y transgresores.

Otra certeza averiguada con la experiencia política: los trabajadores que no pudieron acceder a estudios superiores o medios no suelen tener problemas para realizar razonamientos complejos y dialécticos, en especial los referidos a la política, los intuyen con facilidad; en cambio, un sencillo manual del Diamat (¡sí, los viejos manuales soviéticos!) puede producir urticaria al izquierdista universitario y preparado.

La mentalidad de pequeño burguesito no es exclusiva del aspirante a capitalista, se extiende también al político (o al sindicalista) del partido (o del sindicato mayoritario) que ha logrado meter cabeza en el cerrado monopolio electoral neoliberal, ocultando un temor a perder esa pequeña parcela de poder obtenida con tanto esfuerzo, y que le abre camino a listas electorales, cargos internos, viajes a reuniones, contactos influyentes, difusión de libros, etc.

Así como el pequeño empresario, o el autónomo que ha logrado un cierto nivel de vida, o el profesional liberal que se cree clase media, también nuestro izquierdista pragmático teme en el fondo mezclarse en esa turba ideológica, en la masa alborotada que le aturde y donde cualquiera tiene voz. Grite usted, indignado obrero, pero por favor mantenga cierta distancia.

¿Cómo es que sucede esto?

Yolandísima poniendo contra las cuerdas a la Patronal

Para empezar, uno debe entender (si quiere precisamente entender) que la dialéctica no es una especie de esquema lógico, una arquitectura de síntesis y antítesis que se aplica como un instrumento de medida a un plano, sea cual sea ese plano. Es un método, una forma compleja de razonamiento que se adapta con más eficacia que la lógica formal a ciertos estudios -como los sociales-. Tampoco es sólo un método, es una comprensión de la realidad.

No es una fórmula mágica ni un dogma, sino un marco para entender la realidad como un proceso en constante movimiento, contradicción y transformación. Emplea la contradicción como motor, identifica las contradicciones inherentes a un sistema (el mejor y principal ejemplo, la contradicción capital-trabajo) como la fuente principal de su desarrollo y, potencialmente, de su superación.

También aprecia la totalidad concreta. Analiza los fenómenos sociales no de forma aislada, sino como partes de una totalidad (una protesta laboral, por ejemplo, no es solo una reivindicación de salarios, es un fenómeno político que desafía la lógica entera del capital porque contiene de manera abstracta todo el recorrido de las sucesivas reivindicaciones).

Aprecia asimismo la transformación cualitativa. Postula que los cambios cuantitativos (el sumatorio de huelgas, organización, conciencia) pueden, en un punto crítico, dar un salto a un cambio cualitativo (una nueva relación de fuerzas, una conquista política fundamental). Por poner un ejemplo actual, la suma cuantitativa de protestas contra el genocidio del pueblo palestino, gracias al trabajo de las organizaciones proPalestina, resultó tras las movilizaciones de la Vuelta a España en un incremento cualitativo de la conciencia popular y en el rechazo de los «argumentos» de los hasta entonces ufanos prosionistas ultraderechistas.

Quien desdeña la dialéctica a menudo opta por un análisis mecanicista o moralista de la realidad. El mecanicista ve la historia como una secuencia lineal de causas y efectos simples, sin captar la complejidad y la imprevisibilidad de la lucha de clases (por ejemplo quien sobrevalora el éxito de una convocatoria puntual que no ha tenido el efecto real de aumentar la conciencia, sino la expresión de una indignación desclasada). El moralista juzga los movimientos en base a categorías puras, sin entender que la conciencia revolucionaria se forja en la propia lucha, con sus avances y retrocesos (por ejemplo quienes realizan sus análisis en base a fotografías de saludos diplomáticos entre mandatarios).

Por resumir en una breve frase: el rechazo a la dialéctica oculta un miedo a la praxis colectiva. Desgloso tres argumentos:

a) La dialéctica saca del centro de atención al individuo (perspectiva tan conveniente para el imperialismo decadente que vivimos) y enfoca a la colectividad, a lo común. La dialéctica histórica y materialista sitúa a las masas populares como el sujeto histórico fundamental. No son los «iluminados» o los teóricos en sus cátedras de universidad madrileña los que hacen la historia, sino las clases sociales en pugna. Quien rechaza este marco suele poner en el centro al individuo (ya sea el intelectual o el «activista») y su subjetividad. Un movimiento de masas es desordenado, heterogéneo, a veces «impuro» en sus consignas y con contradicciones internas. Para quien busca un control individual sobre el proceso, esto es el horror, le birla la posibilidad de aparecer en la TV colocada a su gusto ad hoc, le impide que se vuelvan virales sus videoselfies o sus escandalosas declaraciones en la tribuna del Congreso.

b) La dialéctica legitima el conflicto y la presión. La dialéctica demuestra que el cambio radical no surge de la persuasión o de la concesión graciosa de la clase dominante, ni de las sonrisas con la Patronal o el compadreo con los falsos progresistas. El cambio surge de la superación de una contradicción mediante la lucha. Esto valida la necesidad de la organización, la huelga, la movilización y la confrontación directa. Quienes desdeñan la dialéctica suelen abrazar formas de política institucionales o consensuales (el lobby, el diálogo social, el voto como única herramienta), que, si bien pueden ser tácticas útiles, se convierten en una estrategia que niega el conflicto de base. Negar la dialéctica es, en el fondo, negar la necesidad de una fuerza social capaz de ejercer una presión suficiente como para quebrar la resistencia capitalista.

c) La dialéctica obliga a confrontar la cuestión del poder. Demuestra que la burguesía no cede su dominio por buenas razones, sino porque se ve forzada por una fuerza superior. Quienes temen a esta conclusión (porque insisto tiene miedo de perder su pequeña parcelita) suelen refugiarse en un idealismo donde las ideas correctas, por sí solas, triunfan. Pero la historia dialéctica de los movimientos sociales muestra que sólo la organización y la fuerza obrera y popular pueden vencer la presión de un sistema que es, ante todo, una relación de poder material.

Podemos hace poco (la anterior legislatura, no el siglo pasado), haciendo gala de la fe en los impuestos dentro del sistema capitalista como manera práctica de reformar el sistema

Es por ello que la mentalidad pequeño burguesa mancha su ropa interior cuando se le aparece el espectro de la realidad dialéctica.

La conquista de la jornada de 8 horas, el derecho a la sindicalización o la seguridad social no fueron regalos. Fueron el resultado de décadas de lucha organizada, huelgas generales y una presión constante que, dialécticamente, creó una nueva «síntesis» en las relaciones laborales a partir de la contradicción entre el capital y el trabajo. También así los movimientos de liberación nacional, la descolonización. No se lograron porque las metrópolis se volvieran altruistas, ni hablar. Fue la lucha armada y la organización popular masiva la que, tras un largo proceso de acumulación de fuerzas, generó un cambio cualitativo: la independencia. Véase también el reformismo sin dialéctica, todos los partidos socialdemócratas que abandonaron la dialéctica revolucionaria por un evolucionismo parlamentario. Con el tiempo, han terminado administrando el sistema capitalista en lugar de transformarlo, porque su estrategia ya no partía de la contradicción fundamental y del poder de los movimientos de base, sino de la negociación dentro de los marcos del Estado burgués, y a su vez de la Unión Europea y por tanto de la OTAN.

En conclusión. El rechazo a la dialéctica suele ser un síntoma de una incomodidad con la praxis revolucionaria real, con su carácter masivo, conflictivo e impredecible. Es una preferencia por una política «limpia», individual o institucional, que evita el terreno pantanoso y potentísimo de la lucha de clases.

También es cierto que no todos los que cuestionan ciertas formulaciones dogmáticas de la dialéctica lo hacen por miedo. La crítica desde el anarquismo, el autonomismo o ciertas corrientes posmodernas puede enriquecer la comprensión de los movimientos, destacando la espontaneidad, la horizontalidad o la interseccionalidad. Sin embargo, cuando esa crítica se convierte en un rechazo total a entender la sociedad como una totalidad contradictoria movida por la lucha de clases, entonces cae en el error de la incapacidad para comprender la fuerza histórica de los movimientos obreros y populares organizados.

La dialéctica es el arma teórica que nos permite ver en un movimiento de masas no solo una protesta, sino el embrión de un nuevo orden, la fuerza material capaz de convertir una contradicción en una transformación histórica. Abandonarla es desarmarse frente al enemigo de clase.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.