Cien años de soledad neoliberal. El realismo mágico del bipartidismo

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…porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.
García Márquez, Cien años de soledad.

Como un inmenso Macondo, el pueblo español gira durante décadas en el mismo carrusel de desencantos, embaucado por profecías de un futuro propio que nunca llega. Ilusionados por promesas, deambulan como fantasmas sin saber que su destino ya está escrito en Bruselas y supervisado en Washington.

PP y PSOE son nuestros Aurelianos y José Arcadios. Tanto los rojos como los azules son grandes tiburones y les acompañan sus fieles rémoras, verdes, fucsias y moradas, verdaderos reservorios de voto que cumplen la función de sostener la treta, en los momentos en los que la credibilidad flaquea.

Ambos se turnan en el mando, heredan apellidos políticos y, aunque se presentan como enemigos irreconciliables, comparten una verdad esencial: los dos están al servicio de un designio mayor. La Unión Europea, con sus cadenas fiscales, y la OTAN, con sus guerras ajenas, son los Melquíades: fuerzas externas cuyos pergaminos —tratados, techos de gasto, créditos de guerra— fijan el destino final del pueblo.

En el imaginario popular, la parte roja se aprecia más tolerante, posee la habilidad de la comunicación y la sensibidad. En cambio, los azules y verdosos desempeñan el rol de la crudeza realista, la derecha desencarnada y de rancio consevadurismo.

Ayer, por ejemplo, los actores rojizos de esta comedia se esforzaron en buscar el aplauso del respetable, en dos citas de máxima importancia, en las manifestaciones andaluza por la crisis sanitaria y la valenciana por el primer aniversario de la DANA. En ambas salieron los colorados airosos, reforzados en el imaginario que les disfraza como los defensores del Estado de bienestar.

Hablamos de casos en los que los muertos se cuentan por centenares y miles se vieron abandonados a su suerte por el Estado, como los afectados por la DANA, o miles de usuarias descubren con horror que el seguimiento de una posible enfermedad mortal se utiliza como moneda de cambio política. Dos casos entre los innumerables casos, educación, pensiones, paro, vivienda, cuestiones de gravedad que deciden sobre la vida y la dignidad de todo un país.

Las dos patas de este tandem comparten un alineamiento fundamental, ambos han vendido la soberanía de su propio pueblo a las exigencias macroeconómicas de la UE y a la estrategia geopolítica de la OTAN. La corrupción, aunque más cuantiosa y condenada judicialmente en el PP, es un mal endémico que afecta a ambos, pues el sistema que ambos sostienen se eleva sobre una inmensa corruptela ocultada: la explotación de una mayoría social en beneficio del interés de unos pocos.

¿Cómo es posible sostener esa descomunal farsa? Como en Macondo, donde la peste del insomnio hacía que la gente olvidara el nombre y la función de las cosas, nuestra realidad es velada, ocultada, por el basto aparato de la ideología dominante. Esa peste corrompe la memoria y permite que quienes aplaudieron a Zelensky, firmaron los créditos de guerra, o participaron del comercio en armas con los ejecutores de un genocidio, se arroguen la autoridad moral de criticar a los pocos que se atreven a señalar este desatino, tildándolos de populistas, oportunistas e incluso derechistas.

El truco de este realismo mágico radica en que el PSOE, especialmente bajo el liderazgo de Pedro Sánchez, ha demostrado una habilidad muy superior en la comunicación y la gestión de crisis sociales y sanitarias. Una narrativa de «protector del Estado del Bienestar» que le permite capitalizar políticamente las crisis y proyectar una imagen de mayor competencia y sensibilidad social, incluso cuando las políticas de fondo no difieran de las de su rival. Proyectan una competencia técnica que, aunque no cambie las estructuras, calma la protesta.

Pero al final, la profecía está escrita: el Estado capitalista no se atreverá a desafiar los mandatos de sus amos externos e imperialistas. La soledad no es la de un pueblo aislado, sino la de una democracia que, ciclo tras ciclo electoral, descubre que su soberanía es un espejismo. Sólo la organización popular nos separa, como un último Aureliano que descifre el pergamino, de nuestra propia desaparición como proyecto soberano.

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