Se continúa en esta tercera entrada el análisis de aspectos concretos de la realidad económica y política española, realizados con la intención de contrarrestar el deterioro del concepto imperialismo y los argumentos que lo identifican con criterios difusos o categorías imprecisas que poco benefician a la organización obrera antiimperialista. Es por ello que nos propusimos analizar cómo se identifica el imperialismo en el caso concreto español, a traves del método que aplica los datos materiales a la dialéctica del conjunto, en aspectos como la dominación financiera y la influencia geopolítica y militar. En las anteriores entregas vimos:
1 El falso embargo de armas al genocidio
2 La represión sindical y la Ley Mordaza
Veremos en esta entrada la forma en que los intereses imperialistas se revelan en los procesos electorales que se celebran en Europa y que también extienden su influencia al caso español.
La OTAN, la UE y la Influencia en las Elecciones Europeas
Desde febrero de 2022, cuando finalmente se desencadenó la guerra de Ucrania, la cohesión de la OTAN y la UE se ha convertido en una prioridad absoluta para Washington y Bruselas. Es evidente que existe una estrategia coordinada para asegurar que los gobiernos de los países miembros sean leales a la agenda transatlántica, particularmente en contención de la supuesta amenaza rusa.
En este contexto, prefabricado intencionadamente, los candidatos o partidos que abogan por el rechazo a los créditos de guerra (ofrecidos como ayuda a Ucrania en su papel de ejército proxy de la OTAN), o que llevan en su programa acciones por la neutralidad o por un acercamiento a Moscú, son vistos como una amenaza a la seguridad colectiva y a la estabilidad geopolítica del bloque.
Confirmando el método que nos hemos trazado, observamos que no es correcto analizar este contexto a través de decisiones arbitrarias de grandes mandatarios, o algún tipo de tesis conspiranoica. El análisis más acertado, que se basa en la simple observación objetiva de la actualidad dentro del conjunto de factores (datos materiales en la totalidad dialéctica), evidencia el seguimiento de una planificación meticulosa, con claras intenciones económicas y geopolíticas, que se aprecia en el uso de mecanismos establecidos, en especial dos aspectos:
- El alineamiento geopolítico dentro de la Unión Europea supone que la economía de cada estado miembro se encuentre mediada por indicaciones. Estas no son una especie de líneas maestras o un asesoramiento general. Se trata de una verdadera fiscalización y control absoluto tanto del gasto inmediato como de la planificación de la inversión, que es lógicamente más pronunciada en los miembros menos desarrollados o no frugales. Esa fiscalización se produce a través de mecanismos como la condicionalidad de fondos. La UE puede retener fondos de cohesión o de recuperación (como los del plan Next Generation EU) a países que no alineen sus políticas con lo que desde la perspectiva occidental se entiende como «orden basado en reglas» y los «valores democráticos» de la UE.
- Además de ese control económico, existe una influencia diplomática y mediática. Unas simples declaraciones de altos cargos de la UE o la OTAN, o reportajes en medios alineados con el sistema, pueden estigmatizar a un candidato como «prorruso» (o como «putinista» si se emplea la forma más radical de ese estrecho análisis de la economía política, antidialéctica y ridícula). Se trata de un término que, dentro de la influencia de la ideología dominante, adquiere una connotación profundamente negativa y peyorativa, a menudo equiparada a ser «anti-europeo» o «desestabilizador».

Si observamos, esta suma de ingredientes nos da la fórmula que habíamos establecido en las anteriores entradas como imperialismo, esto es, reune los requisitos que definen al imperialismo en su fase actual: dominación financiera (a través del control de la deuda que permite la inversión pública de un Estado) + influencia geopolítica (control de los «gestores» -los representantes políticos- por parte de la ideología dominante, de la diplomacia y los medios).
Casos recientes en Europa
En Moldavia hemos asistido hace una semana a la descalificación de partidos, en un país que aunque no es miembro de la UE ni de la OTAN, es un país asociado a la UE y tiene una enorme importancia geoestratégica. Como territorio independiente tras el desmantelamiento de la URSS, hace de esta región una zona de gran interés estratégico en el plan de cerco a Rusia. Instaurar en esta zona un gobierno proeuropeo supone abrir una zona de conflicto en las cercanías de la Federación.
El partido de la neoliberal Maia Sandu logró la victoria con mayoría absoluta tras ordenar el arresto de decenas de opositores, justo antes de las elecciones, y censurar la actividad opositoras del Bloque Electoral Patriótico, formado por socialistas y comunistas, partidario de mantener la soberanía de Moldavia y sostener una relación diplomática y no belicista con Rusia.
Aparte de esas detenciones, las fundaciones financiadas por la UE realizaron en Moldavia una extensa labor de propaganda en la que se llegó a amenazar abiertamente con que las elecciones serían anuladas si no ganaba la candidata neoliberal. Por si esto no fuera suficiente, los moldavos residentes en el extranjero, más de un millón y muchos de ellos residentes en Rusia, no pudieron votar al no disponer de suficientes colegios electotales preparados.

En Rumanía, a finales del año pasado, su Tribunal Constitucional anuló la primera vuelta de las elecciones presidenciales por la supuesta «injerencia rusa». El ganador, Calin Georgescu, prometió cesar la ayuda militar a Ucrania y responsabilizaba a la OTAN por el conflicto. Georgescu, candidato progresista, crítico con la deriva belicista de la OTAN, fue calificado por los medios en España como candidato populista ultranacionalista, de ultraderecha e incluso antisemita. El ganador de esa primera vuelta fue detenido por la policía Bucarest, justo cuando el excandidato tenía previsto presentar su nueva candidatura.
El caso del primer ministro de Eslovaquia, Robert Fico y su partido SMER es uno de los más significativos, pues va más allá de la estigmatización mediática y llega a la violencia física. Su propuesta es una socialdemocracia y un nacionalismo muy crítico con las políticas de la UE. Fico ha sido el político más crítico dentro de la UE con el apoyo a Ucrania. Detuvo las entregas de armas eslovacas a Kiev y afirmó que las sanciones contra Rusia no funcionan y dañan la economía eslovaca.
El 15 de mayo de 2024, Robert Fico fue tiroteado varias veces a quemarropa tras un acto en la ciudad de Handlová. El atacante fue detenido en el acto e identificado como un «lobo solitario». El ataque evidenció la manifestación más extrema del odio político y la polarización que se había instalado en Eslovaquia, como resultado de la acción de la oposición y los medios, que habían creado un clima de odio que hizo posible el atentado.
En Alemania, el partido de Sahra Wagenknecht es otro de los referentes europeos que aboga por el fin inmediato de las entregas de armas a Ucrania y por la negociación diplomática con Rusia. Pese a que Wagenknecht insistió en que no es «prorrusa», sino «pro-paz», el debate público le colocó el sambenito de «prorrusa», como en los casos anteriores. Un arma política eficaz para deslegitimar cualquier postura que se desvíe del apoyo incondicional a la política de sanciones y armamento a Ucrania. Como ese argumento parecía poco consistente, debido al evidente deteriorio de la economía alemana y situaciones esperpénticas como la voladura del gasoducto Nord Stream, la prensa centró sus descalificaciones en las críticas del BSW a las políticas de inmigración de la UE, lo que le añadió una segunda etiqueta, tanto o más peyorativa, de xenófoba. Finalmente su partido quedó a las puertas de entrar en el Bundestag. El caso del BSW es ejemplo de la tensión actual en Europa y del «partido único» que va desde la derecha conservadora hasta la socialdemocracia y los verdes, y que estigmatiza cualquier disidencia.
La influencia en el caso de España. Un ejemplo de la democracia burguesa
Continuando con el concepto de «imperialismo» que se desarrolló en la primera parte de esta serie, podemos decir que el imperialismo se refleja en general en España a través de la hegemonía política y económica de la UE, que ejerce una influencia profunda en la política doméstica española, y que a su vez funciona como entidad europea subordinada de la Alianza Atlántica.
La democracia en que vivimos, que se caracteriza en unas elecciones representativas entre distintos partidos políticos polarizados en dos bandos (bipartidismo), propone la separación de poderes, el Estado de derecho y la protección derechos humanos. Es un gran teatro. Funciona realmente como un mercado. Presenta todas las características de la definición de un mercado: hay un espacio -un censo local, regional o nacional-, es entendido como una relación entre quienes ofrecen bienes o servicios -políticos, partidos- y quienes los demandan -votantes-, los productos ofrecidos -medidas políticas- adquieren una mayor o menor valoración -valor, precio- según sean requeridos por los demandantes, etc.
Pero en ese mercado la competencia es imperfecta. Es decir, en ese juego de oferta y demanda hay actores que parten con una ventaja sobre otros, lo que convierte a la competencia, supuestamente deportiva, en un cerrado monopolio.
Como ocurre en los mercados monopolizados, es casi imposible entrar en él. Cuando un partido logra romper esa barrera y ocupar un espacio, logra conquistar una verdadera parcela de poder. Dadas esas reglas de juego, esta parcela de poder adquiere una relevancia fundamental, para una organización política supone el ser o no ser. Da acceso a los grandes medios, a ser conocido, a la posibilidad de que el video de una declaración se vuelva «viral» en las redes, en definitiva a entrar en la rueda de su peculiar marketing.

Pero ¿cuál es el peaje a pagar para entrar a ese monopolio de los partidos?
Como hemos visto más arriba, la dominación imperialista viene articulada por el control financiero y por el control ideológico y geopolítico. Esa dominación es tan intensa (aunque debido precisamente al poder de la ideología dominante hay que desvelarlo, hay que sacarlo a la luz, a través de la lógica dialéctica) que se puede afirmar que, en la democracia de los Estados miembros de la UE, lo que elegimos cada cuatro años es quién va a ser el gestor de los intereses atlantistas en nuestro país.
Con esto no se quiere decir que no haya que presentarse a los procesos electorales desde las organizaciones de clase, sí hay que hacerlo, pero sin perder la perspectiva de su funcionalidad. Y en el caso concreto español, los partidos con orientación de clase deberían explicar estas dos características de la democracia en el marco UE:
- Las Exigencias de la UE y el Bipartidismo: La Comisión Europea valora la estabilidad por encima de todo. Por estabilidad, recordamos, entiende la del sistema capitalista. En España, el PSOE y el PP han sido, históricamente, garantes de esa estabilidad y de la aplicación de las directrices de Bruselas, especialmente durante la crisis del euro (2010-2015) cuando ambos aplicaron recortes y reformas laborales exigidas desde la UE. Este «bipartidismo funcional» asegura que, gane quien gane, las políticas macroeconómicas y de seguridad no se desvíen radicalmente del consenso europeo. Un consenso que determina para España el papel de modelo productivo turístico y hostelero, desindustrializado y de mano de obra barata. Ese consenso, instaurado por los alternativos mandatos de Aznar, Zapatero, Rajoy y ahora Sánchez, favorece la acumulación de capital a través del incremento constante de los factores de producción (incremento de explotación a la clase trabajadora) y no por aumento de la productividad (de ahí que España sea un paraíso para rentistas).
- La Cooptación de la autopercibida izquierda (Podemos/Sumar): los movimientos sociales en la primera década de este siglo fueron abiertamente contestatarios con la UE, denunciando la «austeridad» y el «régimen del 78». Sin embargo, los partidos que aprovecharon esas protestas sociales rebajaron drásticamente sus pretensiones para llegar al gobierno en coalición con el PSOE:
· Amansaron su crítica a la OTAN, pasando de pedir la salida de España a aceptar el statu quo.
· Acataron la política económica de la UE, especialmente con la llegada de los fondos NextGenerationEU, que el gobierno ha utilizado como herramienta clave de recuperación. Criticar las estructuras de la UE se volvió mucho más difícil cuando de ellas depende la financiación de proyectos nacionales.
· Diluyeron su agenda más radical (como la nacionalización de empresas estratégicas) para no crear fricciones con su socio de coalición y, por extensión, con los socios europeos del PSOE (como los socialdemócratas alemanes).

En conclusión, en España, la influencia no es tanto de «veto» como en Moldavia -aún-, sino de alineamiento por cooptación. No existe una fuerza con representación parlamentaria que cuestione la permanencia en el entorno UE-OTAN y por tanto no hay necesidad de recurrir al veto. El marco institucional y financiero de la UE es tan poderoso que cualquier fuerza política que aspire a gobernar se ve obligada a adaptar sus políticas a los límites de lo aceptable en Bruselas y Berlín.
Partidos como Podemos, y ahora Sumar, han visto cómo su potencial transformador, si alguna vez lo tuvieron, se ve constreñido por esta realidad, priorizando la gobernabilidad dentro del sistema frente a la confrontación directa con él. Engañosamente hacen creer a la clase trabajadora que no se trata de una imposición, sino como una «maduración» política necesaria para tener relevancia práctica. La realidad es que acaba derivando en un malmenorismo que resulta perfectamente funcional a los intereses imperialistas.








