El texto Teoría de la «desideologización»: ilusiones y realidad (Ensayos críticos sobre una concepción burguesa en boga), de L. Moskvichov, publicado en los años 70 por Editorial Progreso, plantea un debate que se antoja necesario y vigente. Pasado medio siglo de su publicación, la «concepción burguesa» ha pasado de estar «en boga» a establecerse plenamente, al menos desde nuestra perspectiva occidental.
Realizado en el marco del Congreso Internacional de Sociología de Bulgaria, Moskvichov (o según parece un conjunto de sociólogos soviéticos entre los que destacaba este autor) analiza la noción de neutralidad política -que considera improbable- y señala que la desideologización es una manifestación ideológica de la organización burocrática del capitalismo monopolista de los estados, especialmente del imperialismo.
Un breve repaso de las aportaciones de este texto nos llevan a observar cómo resuenan hoy con evidente actualidad. Además, apreciamos que nuestro caso, el de España, es un ejemplo arquetípico sobre cómo la crítica a la desideologización, tal como fue desarrollada por estos autores soviéticos, encaja a la perfección en la realidad política, económica y social que vivimos actualmente.

El documento analiza la teoría de la «desideologización» planteado como una estrategia ideológica de la burguesía para desacreditar lo que considera el extremismo radical de los argumentos comunistas (dentro de la treta propagandística que intenta situar en planos equiparables a fascismo y estalinismo) y defiende la importancia del socialismo en la lucha ideológica contemporánea. Surgida en Occidente durante los años 50 y 60, esta teoría proclamó el «fin de las ideologías» como un sistema cerrado, un fin de trayecto, en las sociedades industriales avanzadas. Recordemos también la influencia de autores como Francis Fukuyama, politólogo estadounidense y su libro El fin de la Historia y el último hombre.
Desaparecida la confrontación mundial en dos claros bloques tras la desaparición de la URSS, esta pugna ideológica no ha terminado, pues lógicamente pese a la desgracia de que la humanidad perdiese el referente soviético, las contradicciones del capitalismo continúan planteando evidencias a la clase obrera mundial para razonar que, siguiendo la famosa tesis marxista, la filosofía debe ser entendida no sólo como forma de análisis sino como herramienta para transformar el mundo, y que ese supuesto final de trayecto de la humanidad puede ser superado, o más bien debe ser superado.
Estas teorías desideologizantes comparten un enfoque similar y pretenden instaurar un axioma como verdad incuestionable: presentar el capitalismo monopolista de Estado como la cúspide del desarrollo humano. Esta lucha ideológica no es solo académica, sino que tiene implicaciones sociales significativas que podemos observar en el día a día de nuestra actividad política. La finalidad última de esta teoría, ya fuese en los años 70 o su prolongación medio siglo más tarde, es la de deslegitimar el marxismo y rechazarlo como método de análisis.
«Es la concepción de uno de los representantes típicos del pensamiento sociológico burgués, se
detiene en el aspecto exterior, superficial, en este caso sicológico- social, de las ideologías. No intenta siquiera revelar las raíces sociales de clase de las ideologías. Es más, hace el análisis de las ideologías en un divorcio completo del análisis del ser social, de la realidad social. Por eso, como se ha dicho ya, son típicos de él los planteamientos idealista y formal de los problemas. Los conceptos, de que se vale para describir las ideologías, son abstractos, desplazados y permiten interpretaciones diferentes, mientras que la imagen general del objeto está deformada».
Como sabemos de la lectura de los clásicos, el marxismo ofrece una comprensión objetiva de la ideología, no idealista, planteándola como una consecuencia de las relaciones sociales y de clase. Marx y Engels definieron la ideología como un reflejo deformado de la realidad, especialmente en el contexto de la lucha de clases. La ideología se ve de este modo como un enorme aparato social, un sistema de ideas apoyado por la maquinaria de medios y propagandas, que expresa los intereses de una clase social específica y su función en la lucha de clases. Hablamos así ideología dominante como arma filosófica de la defensa de los intereses de la clase dominante.
Tal como ocurre hoy, tanto en los políticos conservadores como en los supuestos izquierdistas (que se revisten de una pátina de transgresión muy estudiada), se quiere hacer creer que la política debe desprenderse de ciertos valores, por considerarse trasnochados, y ser libre de ciertos conceptos estimados como inoperantes en la sociedad actual. Obviamente, ese proceso es en sí mismo ideológico, pues trata de desestimar las filosofías que se construyan desde la más acertada visión histórico materialista. Negar la ideología significa ignorar, de manera premeditada, que toda sociedad está impregnada de lucha de clases, se quiera o no.

¿Cuál es la actualidad de estos argumentos de los entonces sociólogos soviéticos? La artimaña neoliberal trató de instaurar la opinión de que, frente al «fracaso socialista», sólo cabía la modernidad del avance tecnológico, cuyo imparable progreso supuestamente había desplegado la sociedad acual, globalizada, en la que nos situamos. De ese modo, el desarrollo del capitalismo y el imperialismo tal como lo vivimos -sufrimos- hoy, era la consecuencia natural e inevitable. Y en consecuencia, la actitud de los ideólogos políticos no podía ser otro que la adaptación pragmática a esa realidad inapelable.
Recordemos frases que foman parte ya del acervo popular como «There is no alternative» (Margaret Thatcher) o «Es la economía, estúpido» (Bill Clinton), que se pretenden paradigma de lo pragmático, siendo en realidad eslóganes de una visión ideológica específica, la capitalista e imperialista.
Sin embargo, la dialéctica es tozuda y se empeña en manifestarse en las contradicciones de la realidad, por mucho que nuestros abnegados paladines de las «políticas útiles» se esfuercen en esconderlas debajo de la alfombra.
Baste señalar como ejemplo la indecente suma de dinero que se emplea (por decreto de las instituciones que gobiernan nuestro país y nuestro entorno comercial) a la guerra, o las leyes que establecen como prioritario el beneficio de los sectores privados y limitan el «gasto» de las inversiones públicas.
«La agresión de los EE.UU. en Vietnam, exigiendo gigantescos gastos financieros y materiales, constituyó un gran obstáculo en el camino del despliegue de una lucha real contra la pobreza. Basta decir que en los cinco años de aplicación del programa de la «guerra contra. la pobreza», para el mejoramiento de la suerte de los pobres fueron gastados 7 .500 millones de dólares, mientras que para los objetivos militares, alrededor de 350 mil millones de dólares».
De esa forma, la ciencia y la técnica reemplazarían a la ideología. La consecuencia de ello es que la tecnocracia domina la política actual. Véase como ejemplo la manera en que la Unión Europea toma decisiones basadas en «expertos» y no en debates ideológicos, o cómo los partidos políticos actuales han normalizado que los cargos políticos deban ser «personas preparadas» y no haya lugar para trabajadores sin formación académica. Ideas posmodernas que se han quedado instaladas en la normalidad, como el hecho de que ser profesor universitario ya otorgue la infalibilidad. Lo que en apariencia es un modelo de neutralidad, esconde decisiones que afectan directamente a la lucha de clases (austeridad, mercados flexibles, etc.)

Como decimos, el caso español es arquetípico de este proceso. Desde la Transición española, vendida como un proceso de consenso y reconciliación, en realidad despolitizó la sociedad, se guardó en el cajón la lucha de clases y el conflicto social como motor de la historia, sustituyéndolo por una especie de pacto entre grupos de burgueses distanciados por diferencias regionales o generacionales. Naturalizado el modelo económico, el modelo neoliberal y de economía de mercado generosamente ofrecido por la OTAN se presentó como la única opción posible, sin alternativa, como «sentido común».
Posteriormente, la Crisis de 2008 y la Tecnocracia (gobierno de expertos e «izquierdas» de preparados) incrustó en las mentes de los trabajadores el mensaje desideologizador, a lo que colaboró profusamente el conjunto de televisiones y medios. La crisis, especialmente con el gobierno de Mariano Rajoy (PP) y las medidas de la Troika (UE, BCE, FMI), las durísimas políticas de austeridad (recortes en sanidad, educación, dependencia) se justificaron por «necesidad técnica», como medidas ineludibles, ante las que se ofrecieron como oposición propuestas inocuas, precisamente por desclasadas, como los movimientos ciudadanos que llegaron a obtener amplia representación electoral y hasta carteras ministeriales en la actualidad.

La actividad política de esos supuestos izquierdistas, planteada como una respuesta «ideologizante» en la crisis de 2008 en reacción a la actividad desideologizadora de la derecha española, fue en realidad perfectamente funcional a los intereses de la clase dominante. Véase así cómo categorías plenamente establecidas en el ideario de la lucha de clases española, tal como la devolución del rescate bancario o el rechazo al imperialismo de la OTAN, se han diluido como un azucarillo en el agua, y hoy vemos a los partidos estimados como izquierda aceptar plenamente los mandados de la Unión Europea e incluso perderse en debates sobre los supuestos diferentes imperialismos mientras nuestra realidad es que nos encaminamos a la miseria establecida como normalidad y a la pérdida absoluta de nuestra soberanía como pueblo.
Nos hemos visto reducidos a una masa informe y desorganizada en la que prima las escasas, aunque dignas, protestas anarcosindicalistas en los diversos conflictos laborales y vecinales, pero como si todo ello fuese sobrevenido de una especie de fatum intangible que se cierne sobre la humanidad, en lugar de apreciar el alineamiento en lo internacional del estado capitalista que gestiona la economía nacional. Es por ello plenamente vigente la propuesta que aquellos sociólogos soviéticos, denostados hoy, y se antoja necesaria una nueva acción ideologizante desde la filosofía de clase y que sitúe con veracidad nuestro rol como país en el desastre inhumano que nos envuelve en estos tristes días de guerra y genocidio.








