¿Existe un cambio climático antropogénico? – 2ª parte: la utilidad del consenso científico

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“Liberamos grandes cantidades de CO2, aumentando el efecto invernadero. La Tierra no necesita mucho parecerse a Venus para tornarse yerma y sin vida. No se necesita mucho para desestabilizar el clima y convertir a nuestro único hogar en el Cosmos en un infierno. El estudio del clima global, la influencia solar, la comparación con otros mundos, son temas que ahora empiezan a desarrollarse. Se subvencionan escasamente y a regañadientes, mientras llenamos la atmósfera con materiales cuya influencia a largo plazo desconocemos casi por completo. Hubo mundos al principio tan prometedores como la Tierra, pero algo falló. Saber que los mundos pueden morir, nos alerta sobre el peligro. Si llegara un visitante de fuera, ¿qué cuenta le daríamos de nuestra administración sobre la Tierra? (Carl Sagan, Cosmos, un viaje personal, episodio 4, 1980 [1])

Alexandre García (continuación de la anterior)

1. Introducción

En esta segunda parte explicaremos por qué el consenso científico tiene tanta autoridad epistémica. Autoridad epistémica rechazada por los negacionistas, quienes cometen el error de creer que se trata simplemente de una “mayoría dogmática”, cayendo además en un razonamiento absurdo: “hay un 3% de los estudios climáticos que no respaldan la tesis del cambio climático antropogénico; por tanto, esta minoría valiente tiene razón precisamente por ser minoría.”

Esto es lo que se conoce como la falacia del disenso romántico o “Galileo Gambit”, que recibe este nombre porque quienes usan este tipo de razonamiento recuerdan que Galileo fue perseguido por una “mayoría” (el dogma de la iglesia católica) y luego, con el tiempo, se comprobó que tenía razón.

Este razonamiento también es común entre los adeptos de teorías conspirativas, que no se dan cuenta de que ellos son, en realidad, el equivalente moderno de la iglesia católica de aquel entonces. Para ellos, al igual que para los negacionistas del cambio climático, la creencia en teorías de la conspiración disparatadas – la “plandemia”, “el alunizaje falso de la misión Apolo IX” o “el 11-S fue una operación de bandera falsa” – es una cuestión de fe, no de evidencias científicas.

Galileo no se enfrentó a científicos rigurosos armados con el método del escepticismo metodológico, sino a la iglesia católica y a una horda de sofistas supersticiosos más interesados en mantener creencias que en descubrir la verdad. Luego, en términos epistemológicos, los negacionistas del cambio climático y conspiracionistas no son comparables a Galileo, sino que son su exacto opuesto.

Cuando se lee a los negacionistas, da la impresión de que para ellos el consenso científico es fruto de un comité de expertos que “decreta” la verdad por capricho o porque han sido engañados, y que incluso toma decisiones por votación, como si se tratara de una democracia. De hecho, esto es justamente lo que Bruno Cossío sugiere cuando afirma en su artículo que “la ciencia no es una religión en la que ciertos conocimientos son incuestionables, sino todo lo contrario: se basa justamente en que toda teoría es refutable. Tampoco es una democracia.” [2]

Pero no funciona así. El consenso surge del trabajo acumulado de miles de especialistas que investigan de forma independiente, empleando métodos revisables, datos públicos y, sobre todo, procedimientos replicables. No es que un comité se reúna para “decidir” la verdad, sino que, tras décadas de publicaciones y miles de estudios, la gran mayoría de expertos convergen en una misma explicación porque las pruebas apuntan en la misma dirección: en el caso que nos ocupa, la tesis del cambio climático antropogénico.

Además, es importante destacar la independencia y la diversidad de los investigadores que conforman el consenso científico, pues se da el hecho de que científicos de distintos países, culturas, líneas teóricas y laboratorios llegan, por caminos distintos, a conclusiones similares. Esta diversidad es una salvaguarda frente a posibles sesgos ideológicos, culturales o geopolíticos.

Esto lo menciono porque, con buen criterio, en su respuesta a Bruno Cossío [3], José A. Tapia había citado la Declaración conjunta de junio de 2005, firmada por las Academias de ciencia de Alemania, Brasil, Canadá, China, Estados Unidos, Francia, India, Italia, Japón, Reino Unido y Rusia [4]. En dicha declaración, las principales autoridades científicas de esos países afirmaron que “el calentamiento del sistema climático es inequívoco” y que “es probable que la mayor parte del calentamiento de las últimas décadas pueda atribuirse a las actividades humanas”.

Claro, el hecho de que en esa declaración participaran científicos de Rusia y China supone un problema serio para la magufada conspiracionista, que recurre a argumentos “ad hoc” para sostener que el consenso científica sobre el cambio climático sería parte de una conspiración de las élites neoliberales occidentales para “evitar que países en vías de desarrollo se electrifiquen” (como afirma Bruno Cossío) o un remanente de una estrategia diseñada por Margaret Thatcher para “aplastar a los mineros del carbón”, que sería “perfectamente funcional a la globalización neoliberal” (también según Cossío).

Por citar otro ejemplo, en Cuba, destacados miembros del IPCC como Ramón Pichs Madruga han contribuido con sus informes a confirmar que la mayor parte del calentamiento global reciente se debe a actividades humanas [5]. Pero, quién sabe, tal vez los negacionistas estén dispuestos a explicarnos que China, Rusia y Cuba están, junto con EE.UU. y el Reino Unido, todos cogidos de la mano, dentro de la gran conspiración.

2. ¿Cómo se llega al consenso científico?

Es preciso detenerse en cómo se alcanza el consenso científico para entender por qué representa la fuente  de conocimiento más sólida que tenemos, empleando un supuesto X, que es más o menos válido para cualquier hallazgo científico. El proceso, desde que se plantea una hipótesis hasta que se llega a un consenso, pasa por las siguientes etapas:

1) Hipótesis: imaginemos que yo, como investigador, planteo que la causa A tiene un efecto B. En este punto, aún no dispongo de pruebas que confirmen esta relación, pero eso no significa que mi hipótesis sea absurda; al contrario, es legítimo e imprescindible formularla. Si prohibiéramos explorar ideas sin pruebas iniciales, nunca obtendríamos evidencias de nada. Lo importante es que la intuición sea sólo el punto de partida, no el de llegada; de lo contrario, estaríamos hablando de fe, no de ciencia.

Es importante subrayar esto, porque aunque a veces podemos fiarnos de la opinión de un experto para sostener algo, en ciencia lo que respalda nuestras creencias son las pruebas, no la autoridad de quien enuncia estas creencias. De lo contrario, estaríamos incurriendo en una falacia de autoridad (y no lo que Bruno Cossío denomina “falacia de autoridad”, como explicaremos más adelante).

2) Experimento: ahora toca poner a prueba mi hipótesis. Para ello, ¿debo buscar pruebas que la confirmen? No, al contrario. En ese momento se debe aplicar el principio de falsación de Karl Popper: en ciencia, no se demuestra que algo es cierto por su confirmación, sino al revés por su refutación, o mejor dicho, por su resistencia a la refutación.

Esto se debe a una razón muy sencilla: si uno sólo busca pruebas que confirmen una hipótesis, las encontrará siempre, aunque sean falsas. Para validar una hipótesis, es necesario buscar formas de refutarla. Este principio es un método de verificación fundamental para saber si una hipótesis es verdadera o falsa. De lo contrario, si resulta que la hipótesis es incorrecta, jamás podríamos descubrirlo.

En nuestro caso, si la causa A produce el efecto C en lugar de B, habremos comprobado que la hipótesis era falsa. Por esto se establecen protocolos muy estrictos para llevar a cabo experimentos, procurando evitar errores en todo momento. Por ejemplo, podría existir en el aire una variable Y que produce el efecto B, y se confunda con la causa A. Desde el empirismo del siglo XVIII, estos protocolos han ido mejorando constantemente y son cada vez más sólidos y fiables.

3) Publicación de un paper en una revista científica: después de la investigación, los resultados indican que efectivamente A causa B. ¿Puedo entonces anunciar que mi descubrimiento es una verdad científica? No, todavía no, y por la siguiente razón: no basta con realizar un experimento para demostrar que algo es verdad. Como dije antes, existen protocolos experimentales muy rigurosos diseñados para evitar errores en todo momento. Por ello, otros científicos van a tener que verificar minuciosamente que he respetado los protocolos. Este proceso, llamado revisión por pares, implica que un comité de expertos va a examinar detalladamente cómo hice el experimento.

Es por ello que, normalmente, los experimentos no se realizan en el garaje de tu casa, sino en colaboración con universidades, hospitales o laboratorios. Además, debo registrar absolutamente todo: materiales utilizados, técnicas empleadas, condiciones en las que se hizo el experimento, con qué participantes, etc., y enviar toda esta información a una revista científica (lo que se llama un paper). Así, quienes revisen mi estudio podrán comprobar si seguí el protocolo, detectar variables no controladas que pudieron haber influido en el resultado y, sobre todo, deben poder replicar mi experimento.

4) Replicación: una vez que el comité expertos de la revista ha revisado mi estudio y ha validado su publicación, ¿puedo ya afirmar que mi hipótesis es una verdad científica? No, todavía no. En primer lugar, porque puede darse el caso de que un estudio se publique en un revista, sin haber pasado por la revisión de un comité de expertos. Son los estudios conocidos como pre-prints, y que hemos visto proliferar durante la pandemia de la Covid-19.

En segundo lugar, incluso revistas prestigiosas pueden equivocarse, o haber sido engañado por un investigador deshonesto, validando un estudio fraudulento (como ocurrió con el estudio contra la hidroxicloroquina publicado en 2020 en la revista The Lancet, como vimos en la primera parte de este artículo). Por eso, el mero hecho de que un estudio se publique en una revista no es garantía absoluta de fiabilidad, y por ello a veces un estudio acaba siendo retractado o despublicado.

En tercer lugar, hay un problema aún más grave, que es el de las “revistas depredadoras”, revistas que aparentan ser legítimas pero en realidad publican cualquier cosa a cambio de cobrar al autor [6]. Afortunadamente, son casos aislados y la inmensa mayoría de las revistas científicas son fiables.

Sin embargo, un único estudio publicado en una revista no es suficiente para confirmar que una hipótesis es verdadera. En primer lugar, por una simple cuestión estadística: de entre cientos de estudios, siempre puede aparecer un “falso positivo”. En mi artículo “Demostración de la inexistencia de Dios”, publicado en El Común en julio de 2024, señalé la diferencia entre verdad absoluta y verdad con un grado máximo de certeza. En el caso que nos ocupa, el hecho de que mi artículo sea publicado en una revista no significa que tengamos una certeza absoluta de que A causa B, sino que hay una probabilidad muy alta – del orden del 99% – de que A cause B.

A esto se suma otro fenómeno que las revistas no pueden evitar del todo, que es el llamado “sesgo del superviviente”, un error de razonamiento que ocurre cuando solo se analizan los casos que han “sobrevivido” a un filtro, descartando otros que no lo han hecho, lo cual distorsiona las conclusiones. En el caso de las revistas científicas, esto significa que los estudios con resultados positivos o “interesantes” (sobre todo si parecen prometedores, como una posible cura para el cáncer) tienen muchas más probabilidades de ser publicadas. Mientras que los estudios con resultados nulos o negativos suelen: a) no enviarse nunca a revistas (el llamado “efecto file drawer”), o b) ser rechazados por parecer poco relevantes o poco novedosos.

Por esto es fundamental el principio de replicabilidad: un estudio debe poder ser reproducido de forma independiente para verificar sus resultados. Y como todo lo que se hizo en mi estudio ha sido cuidadosamente documentado, otros investigadores pueden replicarlo y comprobar si llegan a las mismas conclusiones.

5) Metaanálisis: si varios investigadores replican mi experimento y llegan a la misma conclusión – que A causa B – ¿podemos afirmar que mi hipótesis ya es una verdad científica? No, todavía no, aunque estamos muy cerca. Queda un paso importante: el metaanálisis. 

Un metaanálisis no consiste en reproducir el experimento, sino en combinar y analizar sistemáticamente todos los estudios publicados sobre la misma hipótesis. Se comparan variantes, se evalúa la calidad metodológica, el tamaño de las muestras y la coherencia de los resultados, para ver si, en conjunto, estos estudios confirman que A es la causa de B, o por el contrario, apuntan en otra dirección.

Si la gran mayoría de estudios replicados concluyen que A es la causa de B, el metaanálisis también confirmará esta relación. Esto constituye ya una prueba científica muy sólida, con una probabilidad de error extremadamente baja.

Ahora bien, esto no significa que un metaanálisis sea infalible. Pueden darse casos de fraude o errores graves. Por ejemplo, durante la pandemia de Covid-19, aparecieron falsos “metaanálisis” que defendían la supuesta eficacia de la hidroxicloroquina contra el Covid-19 [7], que estaban basados en estudios defectuosos, sesgados o incluso falsificados. Aun así, estos casos son excepcionales, y suelen ser rápidamente detectados y desmontados por la propia comunidad científica [8].

En definitiva, un metaanálisis es probablemente la forma de evidencia más sólida que ofrece la ciencia. Pero, como todo estudio, está sometido a los mismos criterios de exigencia científica (revisión, transparencia y replicabilidad) que se exige a cualquier otro estudio. Por eso, su conclusión no debe aceptarse ciegamente por el mero hecho de ser de un metaanálisis, sino por la solidez de los métodos, datos y razones que la justifican.

6) Consenso científico: esta última etapa es, en el fondo, una formalización que resume el proceso acumulativo descrito hasta ahora. Ante la abrumadora cantidad de pruebas que confirman que A causa B, los expertos que llevan años o décadas investigando el tema acaban coincidiendo, tras debatir y revisar los datos, que efectivamente A causa B.

Conviene insistir en que no se trata de una “votación” democrática ni de un acto de fe, sino de un acuerdo que surge por la fuerza de las pruebas acumuladas a lo largo del tiempo. Aquí, por fin, hemos llegado al consenso científico, que representa la forma más sólida y fiable de conocimiento de que dispone la humanidad. Pero sólo cuando se haya recorrido todo este camino – hipótesis, experimentos, revisión por pares, replicación y metaanálisis – será legítimo hablar de verdad científica. Y aun así, incluso en este nivel, ninguna verdad científica es eterna e indiscutible, aunque sobre esto volveremos más tarde.

Así es, en esencia, cómo se construye y consolida un consenso científico. En el caso que nos ocupa, la tesis del origen antropogénico del cambio climático no ha sido “asumida” sin pruebas, ni aceptada “por precaución” sin tener certeza de su existencia, ni “decretada” por un comité cerrado. Se trata de una tesis que ha sido propuesta, modelada, debatida, cuestionada, corregida y contrastada durante más de 50 años de investigación independiente, revisada por miles de estudios y avalada por el trabajo riguroso de especialistas de todo el mundo.

En su artículo, Bruno Cossío afirma lo siguiente: “No se puede partir de la veracidad de la hipótesis de su origen humano, aunque sea por precaución, y exigir a otros que demuestren que no es cierta. Sería como exigir a la ciencia demostrar que Dios no existe.”

Lo que Cossío ignora – porque es evidente que desconoce cómo funciona realmente la ciencia – es que no ha hecho falta esperar a que llegara él para que se intente demostrar que la tesis antropogénica del cambio climático es falsa, ya que eso mismo lo ha hecho, de forma sistemática y rigurosa, la propia comunidad científica. Durante décadas, miles de estudios han intentado refutar esa tesis aplicando el criterio de falsación popperiano, sometiéndola a todo tipo de pruebas, modelos y escenarios, y tratando además de formular explicaciones alternativas más consistentes.

Y, tras este proceso, la tesis del origen antropogénico del cambio climático ha demostrado ser extraordinariamente resistente a la refutación, verificándose además su poder explicativo y predictivo; por eso acabó consolidándose como tesis dominante. Porque en ciencia, si una hipótesis es verdadera, termina imponiéndose por la fuerza de las pruebas, aunque se la someta al protocolo de refutación más rigurosamente exigente.

Así sucede, por ejemplo, con la ley de la gravedad, que no es cierta porque alguien lo haya “decretado” ni porque un comité lo votara, sino porque todas las pruebas y observaciones la confirman de manera sistemática y coherente. Lo mismo ocurre con la tesis del origen antropogénico del cambio climático: no se trata de una acto de fe ni de una obediencia ciega a un gurú, sino del resultado natural de décadas de datos, modelos y procesos de contrastación empírica que han demostrado de forma abrumadora su validez.

Si Bruno Cossío realmente quiere sostener que el cambio climático antropogénico no existe, entonces le corresponde a él – como a cualquier disidente en el marco científico – presentar pruebas más sólidas o un modelo alternativo que explique mejor las observaciones y predicciones actuales, en lugar de limitarse a señalar anécdotas irrelevantes, como que Al Gore cometiera errores en su documental, o que en los años 30 un periódico local de Missouri publicara una nota sobre un posible calentamiento global.

3. No se puede comparar la creencia en el cambio climático antropogénico con la creencia en Dios

Como hemos visto anteriormente, Bruno Cossío compara creer en la evidencia del cambio climático antropogénico con la creencia en Dios. Pero esta comparación no es válida: no aplica correctamente el criterio de demarcación científica formulado por Karl Popper.

¿Qué es el criterio de demarcación? Es la cuestión central de la filosofía de la ciencia que busca responder a la pregunta: ¿qué es ciencia y qué no lo es? En otras palabras, establecer qué reglas nos permiten distinguir entre ciencia, pseudociencias, metafísica y religión. La respuesta que propuso Popper es el criterio de falsabilidad (o falsación): una teoría es científica si puede ser sometida a pruebas que, en caso de no superarlas, la refuten; es decir, si existe la posibilidad de demostrar que es falsa a través de la observación o el experimento.

Cossío compara dos cosas que no son comparables. La hipótesis del origen antropogénico del cambio climático sí es falsable: podríamos refutarla si, por ejemplo, se demostrara que el CO2 adicional producido por la actividad humana no provoca un calentamiento, o que el calentamiento actual se debe por completo a variaciones naturales ajenas a los gases de efecto invernadero. Además, se apoya en datos empíricos medibles: concentración de gases, balance radiativo, temperatura media global, etc.

En cambio, la existencia de Dios no es una hipótesis científica, porque no es falsable. No existe ningún experimento ni observación que pueda refutar de forma concluyente la existencia de un ente sobrenatural. Tampoco se basa en mediciones ni en datos empíricos reproducibles. Por lo tanto, es una creencia metafísica, fuera del ámbito del método científico.

De hecho, la afirmación de Cossío no sorprende del todo si consideramos que su artículo fue publicado en La Razón Comunista, revista de línea filocomunista y marcada por el hegelianismo, algo que ha sido reconocido por su redactor jefe Santiago Armesilla. El comunismo hegeliano o “comunismo mítico” plantea un ideal de una sociedad sin clases, Estado ni dinero, al que se llegaría como culminación de un proceso histórico dialéctico que “se realiza a sí mismo” (con el matiz de que, bajo su forma marxista, tiene una apariencia “materialista”). Sin embargo, esta visión tampoco es una teoría científica, ya que la inevitabilidad, o incluso la posibilidad, del “comunismo mundial”, predicha por Marx, no puede falsarse rigurosamente y siempre se puede posponer con la excusa de que “no ha llegado aún, pero llegará”. En contraste, Carlos García Hernández, también columnista en El Común, propone en su obra Socialismo fiduciario la idea de un “comunismo de base” que se distancia de esta visión mítica.

Por lo tanto, es legítimo sospechar que quien cree en la inevitabilidad del “comunismo mundial” como un proceso histórico necesario pueda publicar un artículo escrito por alguien que no sepa hacer la distinción entre creer en Dios y creer en la tesis antropogénica del cambio climático.

4. Si vas a hablar de falacia de autoridad, lo mínimo es saber qué es una falacia de autoridad

Aquí es donde llegamos a la frase que considero la más bochornosa del artículo de Bruno Cossío, que es la siguiente:

“Habremos escuchado infinidad de veces el mismo argumento para validar la actual hipótesis sobre el cambio climático provocado por el hombre de que “la ciencia está asentada”, o bien “el 97% de los científicos está de acuerdo con esta teoría”. Esto es lo que se conoce como falacia de autoridad. La ciencia no es una religión en la que ciertos conocimientos son incuestionables, sino todo lo contrario: se basa justamente en que toda teoría es refutable. Tampoco es una democracia. Aparte de que ese dato del 97% es absurdo (está basado en un estudio de Tim Cook que es totalmente insostenible), el conocimiento científico no es algo que sea válido porque lo defienda mucha gente.”

Vayamos por partes. Para empezar, Bruno Cossío confunde a Tim Cook – ex-CEO de Apple, fallecido en 2011 – con el climatólogo John Cook, quien en 2013 lideró una revisión sistemática de casi 12.000 resúmenes de artículos científicos publicados y revisados por pares publicados entre 1991 y 2011, publicada en la revista científica Environmental Research Letters [9].

Cook y sus colaboradores encontraron que, entre los artículos que expresaban una posición explícita sobre la causa del calentamiento, el 97,1% apoyaba la tesis de que el ser humano es responsable, al menos en parte, del calentamiento global reciente, una mayoría aplastante. Este resultado fue confirmado por estudios posteriores, como el de William R. L. Anderegg y otros coautores [10], quienes evaluaron a 1.372 científicos clasificados según su número de publicaciones y su postura pública sobre el cambio climático. El estudio concluyó que el 97–98% respaldaba la tesis del cambio climático antropogénico.

Bruno Cossío afirma que este estudio es “totalmente insostenible”, sin aportar prueba alguna que respalde esta afirmación, algo bastante habitual en él. Pero, teniendo en cuenta que ni siquiera es capaz de citar correctamente la autoría de las fuentes que menciona, tenemos razones para sospechar que no sabe de lo que habla.

Además, sostiene que recurrir al consenso científico para avalar el cambio climático antropogénico es “una falacia de autoridad”. Esto deja claro que no comprende qué es un consenso científico ni cómo se forma, cosa que ya sabíamos. Pero además, con esta frase, demuestra que tampoco entiende qué es una falacia de autoridad.

Según Wikipedia, una falacia de autoridad (o argumentum ad verecundiam) consiste en “defender algo como verdadero porque quien es citado en el argumento tiene autoridad en la materia” [11], algo contra lo que ya había advertido en este artículo. Ahora bien, para que exista realmente una falacia de autoridad, deben además darse dos condiciones:

  1. Que el argumento dependa exclusivamente de la autoridad de una o varias personas concretas.
  2. Que esa autoridad sea irrelevante o insuficiente para probar la tesis, aunque se presente como definitiva.

Pero el consenso científico no es esto. No consiste en citar a “una persona con bata blanca” o un divulgador famoso como si su palabra fuera dogma. El consenso científico es, en realidad, la expresión estadística y documentada de la convergencia de miles de investigaciones independientes, revisadas por pares a lo largo de décadas, que llegan a la misma conclusión.

En el caso que nos ocupa, la inmensa mayoría de estudios coinciden en que el cambio climático es de origen antropogénico. Según el citado estudio realizado por John Cook y su equipo, un 97,1% de los estudios respaldan esta tesis. Una mayoría aplastante que, por su consistencia y evidencia acumulada, nos acerca prácticamente al 100% de certeza científica. 

Por tanto, no se trata de decir: “hay que creer en la tesis antropogénica porque lo dice un científico famoso”, sino de que la comunidad científica, mediante métodos reproducibles, ha comprobado reiteradamente la misma hipótesis. Así entendido, apelar a la autoridad epistémica del consenso científico no solo no es una falacia de autoridad, sino que es justamente lo contrario: es, por definición, la negación misma de una falacia de autoridad.

Además, lo paradójico es que, si Bruno Cossío decide no creer en lo que sostiene el 97% de los estudios climatológicos, significa que está eligiendo creer en el 3% restante que sostiene que no hay un cambio climático antropogénico; lo cual implica una cantidad mucho menor de personas. Luego, por una simple cuestión de matemáticas, si hay alguien que está infinitamente más cerca de incurrir en una falacia de autoridad, es el propio Bruno Cossío.

5. La ciencia no es un conjunto de verdades inamovibles, pero tampoco es una anarquía sin reglas

En su artículo, Bruno Cossío afirma acertadamente que “la ciencia no es una religión en la que ciertos conocimientos son incuestionables, sino todo lo contrario: se basa justamente en que toda teoría es refutable”. Esta frase, que suena sensata y parece provenir de alguien con sólidos conocimientos en epistemología, encierra en realidad una esencia netamente posmoderna. Porque efectivamente, la ciencia no es un conjunto de verdades inamovibles, pero tampoco es una anarquía donde cualquier ocurrencia tiene el mismo valor que una teoría consolidada.

La ciencia es ante todo una forma rigurosa de aproximarse a la realidad. Sus conclusiones siempre están abiertas a revisión, porque dependen de la evidencia disponible y de la capacidad de interpretarla críticamente. Pero esto no significa que “todo valga” ni que todas las opiniones tengan el mismo peso: el método científico impone criterios que distinguen entre hipótesis plausibles y simples ocurrencias. Confundir la apertura de la ciencia con el relativismo absoluto es un error típico del posmodernismo: pensar que, porque el conocimiento es perfectible, carece de fundamento. Al contrario, la ciencia avanza porque admite el error y se somete a la crítica. Como hemos explicado antes, una teoría se refuerza cuanto más ha resistido a intentos serios de refutación.

En su respuesta al artículo de Bruno Cossío, José A. Tapia, que comprende mejor cómo funciona la ciencia, había afirmado con buen criterio:

“Por supuesto que la ciencia no se basa como la religión en verdades que hay que creer porque sí, porque están escritas en “libros sagrados”, pero, ¿qué opinaríamos de algún científico que cuestionara que la Tierra es esférica y dijera que es plana? ¿Y si alguien dijera que el agua tiene una molécula formada por un átomo de carbono y otro de aluminio?”

Efectivamente, en ciencia, la crítica no consiste en negar por negar, sino en aportar argumentos sólidos, datos verificables y teorías que expliquen mejor los hechos. Todo es refutable, pero no todo se refuta igualmente ni todo se refuta de cualquier manera. El método científico impone reglas: someter las hipótesis a contrastación empírica, exigir coherencia interna y capacidad predictiva. Sin esas reglas, no hay ciencia, sino simple opinión o ideología (aunque Cossío afirme que la tesis del cambio climático antropogénico es ideología, en una clara manifestación de proyección negativa).

Cuando una idea nueva aún no cuenta con el respaldo del consenso científico, es legítimo y necesario debatirla y ponerla a prueba. Así es como avanza la ciencia: sometiendo toda propuesta al escrutinio crítico y a la contrastación empírica. Por ejemplo, las investigaciones de la bioquímica Katalin Karikó sobre el uso terapéutico del ARN mensajero – que luego permitirían crear las vacunas contra el Covid-19 – al principio no contaban con apoyo mayoritario. Durante muchos años – especialmente en las décadas de los 90 y principios de 2000 – gran parte de la comunidad científica era muy escéptica con respecto al ARN mensajero, que veía como demasiado inestable, propenso a degradarse rápidamente, y temía que provocara reacciones inflamatorias peligrosas. Por eso, Karikó tuvo enormes dificultades para conseguir financiación y apoyo institucional.

Pero hoy, tras décadas de trabajo, resultados replicables y millones de personas vacunadas con éxito, la utilidad del uso terapéutico del ARN mensajero cuenta con el respaldo del consenso científico [12]. Negar ahora que esta tecnología funcione no sería un acto de sano escepticismo, sino de puro delirio. Sólo un loco – o alguien profundamente ignorante – sostendría que es ineficaz o peligrosa en nombre del “disenso frente a la mayoría”. Y lo mismo ocurre con el caso de los negacionistas del cambio climático: su rechazo a creer en el mismo no se basa en ofrecer otra explicación sustentada en datos, sino que obedece a una cuestión de fe, ignorancia, o a un síndrome de Dunning-Kruger (o una mezcla de la tres cosas).

Otra cosa muy distinta, y totalmente legítima, es matizar o reformular teorías consolidadas cuando surgen datos nuevos o se desarrollan marcos teóricos más amplios. Es lo que ocurrió, por ejemplo, cuando la física de Einstein corrigió y amplió la de Newton: no negó los datos que Newton había explicado, sino que los integró en un modelo más general. Pero a nadie sensato se le ocurriría afirmar, en nombre de una supuesta “apertura de mente”, que la gravedad no existe, que las leyes de la evolución son un mito, o, como dice José A. Tapia, que una molécula de agua está formada por un átomo de carbono y otro de aluminio.

Ahora bien, ¿es posible que en un futuro se descubra que parte del calentamiento global se deba a un factor que hoy no se ha considerado o detectado? Es poco probable, pero no imposible. Lo que sí resulta prácticamente imposible es que se invalide la tesis central de que la actividad humana es la causa principal del calentamiento global.

En resumen: la ciencia siempre está abierta a la crítica, pero esta debe hacerse respetando sus reglas: con datos, rigor y explicaciones mejores, y no simplemente con dudas sin fundamento. Lo que hace que la ciencia sea ciencia, no es que “todo se pueda decir”, sino que sólo prevalece aquello que resiste la prueba de los hechos.

6. ¿Por qué hemos de creer en los climatólogos, si no se puede reproducir el clima en un laboratorio?

En su artículo, Bruno Cossío parece poner en cuestión que el principio falsacionista de Popper pueda aplicarse al terreno de la climatología:

“No se puede demostrar el efecto invernadero del CO2 porque la atmósfera no es replicable en un laboratorio. Primero, porque la atmósfera es un sistema abierto, no un espacio cerrado por un cristal, por lo que los gases pueden comportarse de manera muy diferente. Segundo, porque la atmósfera está interactuando constantemente con la hidrosfera, la biosfera y la geosfera y el resultado de aumentar el CO2 es imprevisible.”

A esto conviene responder en dos tiempos.

En primer lugar, la climatología no partía de cero cuando, hacia los  años 70, empezó a consolidarse un consenso sobre la tesis del cambio climático de origen antropogénico. Como disciplina, ya existía al menos desde los años 1950, y desde mucho antes se conocía – y se había demostrado – el efecto físico de los gases de efecto invernadero.

Podríamos resumir así la evolución del conocimiento sobre los efectos de estos gases:

1) En 1824, Joseph Fourier propuso por primera vez que la atmósfera funciona como un “invernadero natural”, reteniendo calor y manteniendo así la temperatura de la Tierra más alta de lo que sería si dependiera únicamente de la radiación solar directa, algo indispensable para la vida sobre la Tierra [13].

2) En 1859, John Tyndall demostró experimentalmente que gases como el dióxido de carbono absorben radiación infrarroja (calor) [14], confirmando por primera vez que algunos componentes de la atmósfera tienen un efecto directo sobre el balance térmico del planeta.

3) En 1896, Svante Arrhenius calculó cómo variaciones en la concentración de CO2 podrían afectar a la temperatura global, prediciendo que el aumento de CO2 derivado de la quema de combustibles fósiles podría provocar un calentamiento significativo [15].

4) En 1938, Guy Callendar (y otros científicos entre los años 30 y 50) midieron aumentos reales de CO2 en la atmósfera y los vincularon con el incremento de las temperaturas observadas, sentando así las primeras bases para establecer una relación directa entre la concentración de gases de efecto invernadero y el calentamiento del clima terrestre [16].

5) En 1958, Charles David Keeling empezó a registrar de forma sistemática las concentraciones de CO2 en la atmósfera desde el observatorio de Mauna Loa, en Hawái [17]. Sus mediciones demostraron de manera irrefutable que el CO2 estaba en aumento constante como consecuencia de la actividad humana, dando lugar a la famosa curva de Keeling. Estos datos resultaron fundamentales para que climatólogos y modeladores pudieran calcular el impacto del aumento de CO2 sobre el clima global.

Entonces, contrariamente a lo que pretende hacernos creer Bruno Cossío – como ya señalamos en la primera parte de este artículo –, los climatólogos no empezaron a hablar de calentamiento global en los años 70 por “capricho”. Desde hacía décadas se conocían los efectos físicos de los gases de efecto invernadero y se había documentado con rigor el incremento sostenido del CO2 en la atmósfera.

Pero supongamos, por un momento, que admitimos como válido el argumento de Bruno Cossío: “No se puede demostrar el efecto invernadero del CO2 porque la atmósfera no es replicable en un laboratorio” – afirmación, que, por supuesto, lanza sin aportar ninguna fuente que la respalde. Según esta lógica, sería como decir que, aunque en medicina se demuestre el efecto de un fármaco en experimentos in vitro (en un laboratorio), no se podrían sacar conclusiones sobre su eficacia in vivo (en un organismo vivo). Aplicado al clima, significaría que no podemos extraer conclusiones sobre el efecto del CO2 en la atmósfera porque no podemos replicar el sistema climático completo en un laboratorio.

Es decir, ¿puede considerarse científica, en el sentido popperiano – es decir, bajo el criterio del falsacionismo – una hipótesis sobre un fenómeno tan complejo y de escala planetaria como el clima?  La respuesta es sí. El método científico no exige que todos los fenómenos puedan replicarse literalmente en un laboratorio a escala 1:1. Por ejemplo, en el campo de la astrofísica, no podemos crear un agujero negro en un laboratorio, pero los modelos basados en la relatividad general hicieron predicciones que luego se han confirmado mediante observaciones y mediciones reales [18].

En el caso de la climatología moderna, la tesis del cambio climático antropogénico es científica porque es falsable y, sobre todo, modelizable. Esto significa que es posible construir modelos – representaciones simplificadas y matemáticas de un fenómeno real – que describen y predicen el comportamiento del clima a partir de datos empíricos. Estos modelos han anticipado con bastante precisión cómo el aumento de gases de efecto invernadero afecta al clima.

Ejemplo de modelo climático realizado por la NASA

En el caso del CO2, por ejemplo, sabemos cuánta radiación infrarroja absorbe y emite porque esto puede comprobarse y medirse de forma replicable a en laboratorio. Las propiedades radiativas del CO2 – su capacidad de absorber radiación electromagnética – no dependen de que esté encerrado “en un recipiente”: son una propiedad intrínseca de la molécula. Lo que sí cambia es el efecto agregado, es decir, lo que ocurre cuando todo ese CO2 está presente en la  atmósfera terrestre, interactuando con la superficie de la Tierra; la radiación solar que llega al planeta; y la radiación que escapa al espacio. Ese efecto global depende, a su vez, de otros factores como la cantidad total de CO2, su distribución vertical (es decir, cómo varía la concentración de CO2 según la altitud), la interacción con el vapor de agua, nubes, otros gases, y los flujos de calor.

Por esta razón, se usan modelos climáticos para simular y predecir qué pasa cuando aumenta la concentración de CO2 en la atmósfera, integrando su comportamiento molecular en el contexto de todo el sistema climático y considerando todos los factores antes mencionados. Estas hipótesis también son falsables, porque: a) podría observarse que, pese al aumento del CO2, la temperatura global no sube; b) podríamos hallar otra variable que explique mejor el calentamiento global; o c) los modelos podrían fallar sistemáticamente al predecir las tendencias. Sin embargo, ocurre justo lo contrario: las hipótesis de los modelos resisten al criterio de falsación, pues predicen fenómenos que efectivamente se observan (por ejemplo, la estratosfera se enfría mientras la troposfera se calienta, algo que sólo sucede si el calentamiento proviene de gases de efecto invernadero y no de un aumento de la radiación solar [19]).

Aunque no podamos replicar la atmósfera completa en un laboratorio, las predicciones de los modelos climáticos se han contrastado con datos empíricos reales, obtenidos de miles de estaciones meteorológicas, satélites, boyas y sensores oceánicos. Además, existen pruebas  independientes como el derretimiento del hielo en Groenlandia, la Antártida y el Ártico; el aumento del nivel del mar; cambios los patrones estacionales; el retroceso de los glaciares; el desplazamiento hacia los polos de especies animales y vegetales; el calor almacenado en los océanos; la disminución de la radiación saliente de la Tierra; e incluso la propia composición isotópica del CO2.

7. Ciencia climática: complejidad, incertidumbre y confusión

Es cierto que la atmósfera es un sistema abierto y complejo, que interactúa continuamente con océanos, suelos, vegetación, y hielos, y que involucra miles de variables y retroalimentaciones. Por ello, no es raro que haya reconstrucciones históricas (método para estimar o inferir cómo era el clima en el pasado) que ajusten datos antiguos que luego se revelaron imprecisos. Pero que el clima sea un sistema no lineal y con fenómenos caóticos, no implica arbitrariedad, ni que sea algo completamente imprevisible.

Además, algunos fenómenos pueden parecer contraintuitivos. Por ejemplo, en ciertas regiones y durante ciertos periodos, el calentamiento global puede provocar un aumento de las nevadas. Esto ocurre porque al subir las temperaturas, aumenta la cantidad de vapor de agua en la atmósfera (aproximadamente un 7 % más por cada grado Celsius de aumento de temperatura). Más vapor implica más precipitaciones, y en regiones donde en invierno las temperaturas siguen por debajo de 0 °C, este exceso de humedad puede traducirse en nevadas más intensas. No es que sea algo sistemático, pero en determinadas condiciones puede suceder, y la ciencia climática tiene explicación para eso [20]. Pero no es extraño que este tipo de fenómenos, aparentemente contradictorios, generen desconfianza hacia la climatología institucional.

Todos estos factores reunidos pueden llevar a que personas de buena fe – incluso personas de izquierdas – caigan en un escepticismo mal enfocado respecto de las conclusiones científicas sobre el clima. En su artículo, Bruno Cossío afirma que “la atmósfera está interactuando constantemente con la hidrosfera, la biosfera y la geosfera, y el resultado de aumentar el CO2 es imprevisible”. Para reforzar esta afirmación, en otro pasaje de su texto sostiene lo siguiente (ruego que disculpen la extensión de la cita): 

“Hay un problema añadido y es la escasez de registros en gran parte del planeta hasta mediados del siglo XX: sólo EEUU, tiene un buen registro de las temperaturas desde hace más de un siglo que cubre todo su territorio, por lo que esos gráficos aterradores que nos muestran sobre el calentamiento del último siglo no dejan de ser reconstrucciones y estimaciones, reconstruidos una y otra vez sobre observaciones muy incompletas ¿Son fiables estos modelos? El Centro Nacional de Estudios Atmosféricos estableció, en tiempos del miedo a otra glaciación, que las temperaturas de la Tierra entre 1940 y 1970 habían caído 0,4 grados, por debajo de los valores de 1900. La Academia Nacional de Ciencias de EEUU hablaba de un enfriamiento aún mayor en 1975. Sin embargo, las últimas reconstrucciones de la NASA eliminan por completo este periodo de enfriamiento. Y es más: mientras las reconstrucciones que hizo la NASA en el año 2000 hablaban de un calentamiento de medio grado entre 1885 y 1998, las reconstrucciones de 2019  triplican el calentamiento para este periodo. Cada pocos años, la NASA y otras agencias entregadas a la causa del cambio climático elaboran nuevas gráficas y la tendencia general  es la de enfriar cada vez más el pasado y calentar cada vez más el presente. Si no se puede medir la temperatura de cada año con precisión, difícilmente van a ser fiables los modelos predictivos que se deben ajustar a ellas.”

Vamos a delimitar lo que es falso y lo que es verdadero en las afirmaciones de Bruno Cossío, aunque hay algunas que no abordaremos por ahora, sino que las refutaremos más adelante (como la afirmaciones según las cuales hubo una escasez de registros hasta mediados del siglo XX y que “sólo EE.UU.” tuviera datos fiables).

En primer lugar, como dijimos anteriormente, las reconstrucciones estadísticas son métodos que se utilizan para estimar cómo era el clima en épocas pasadas, antes de que existieran instrumentos de medición directa (como termómetros o satélites). Dado que no disponemos de datos directos de temperatura o nieve de hace cientos o miles de años, los científicos usan “proxies”, es decir, indicios indirectos (por ejemplo, los anillos de crecimiento de los árboles, los núcleos de hielo o los sedimentos en lagos y océanos).

Bruno Cossío le resta credibilidad a las reconstrucciones estadísticas, argumentando que han sido corregidas “una y otra vez”. Sin embargo, esto no es una crítica válida desde el punto de vista científico. Cuando se trabaja con series históricas largas de datos climáticos que provienen de diferentes fuentes o instrumentos, esas series suelen tener inconsistencias o cambios artificiales (variaciones en los datos que no reflejan cambios reales en el clima), que se deben a:

  1. Cambios en los métodos de medición (por ejemplo, antes se usaban termómetros distintos, o se medía en lugares distintos);
  2. Cambios en la ubicación de las estaciones meteorológicas;
  3. Cambios en la cobertura espacial o en la frecuencia de mediciones;
  4. Problemas técnicos y humanos.

Para que las series sean útiles, los científicos deben realizar constantemente un proceso llamado de homogeneización y ajuste:

  • Homogeneización: detectar y corregir cambios artificiales en los datos para que la serie de datos sea coherente a lo largo del tiempo.
  • Ajuste: aplicar correcciones matemáticas que permitan combinar diferentes series de datos en una sola, confiable y uniforme.

Bruno Cossío parece cuestionar la capacidad de la climatología para hacer reconstrucciones históricas porque estas requieren procesos de corrección y ajuste. Pero en ciencia, estos ajustes son imprescindibles: sirven para eliminar errores y conseguir que los datos sean coherentes y comparables a lo largo del tiempo. Sin estos ajustes, las series de datos climáticos serían un batiburrillo incoherente, y cualquier análisis que se hiciera sobre ellas carecería de fiabilidad.

En segundo lugar, es cierto que entre 1940 y 1970 hubo un ligero enfriamiento, que se explica principalmente por el uso de aerosoles contaminantes y factores de variabilidad natural (fluctuaciones del clima que ocurren sin intervención humana directa [21]). No obstante, como hemos señalado en la primera parte de este artículo, el consenso científico seguía viendo el efecto invernadero como dominante a largo plazo.

Contrariamente a lo que afirma Bruno Cossío – sin aportar ninguna fuente – las series modernas de la NASA siguen mostrando ese estancamiento de temperaturas de mediados del siglo XX [22]. Lo que ha cambiado ligeramente en las series más recientes es la magnitud exacta de ese enfriamiento[23]. Una vez más, es normal que la ciencia ajuste y corrija sus datos a medida que dispone de mejores métodos o de información más completa. Esto no es señal de falta de credibilidad, sino justamente lo contrario.

Gráfica reciente de la NASA que demuestra que Bruno Cossío miente, pues no ha eliminado de sus registros el enfriamiento del periodo 1940-1970

Lo mismo ocurre con la afirmación de Cossío de que las reconstrucciones de la NASA de 2019 “triplican” el calentamiento observado entre 1885 y 1998 con respecto a la reconstrucción de 2000, que es completamente falsa y que Cossío lanza sin ninguna fuente que la respalde.

Es cierto que existen diferencias entre series antiguas y las más recientes, pero se deben a causas técnicas como a) la inclusión de más datos (por ejemplo, de regiones que antes estaban poco cubiertas) y b) mejoras en la corrección de sesgos (como cambios en los instrumentos de medición).

Sin embargo, entre 2000 y 2019, la NASA no ha “triplicado” el calentamiento observado entre 1885 y 1998. Según un análisis realizado por el Instituto Goddard de Estudios Espaciales (GISS) de la NASA [24], las diferencias entre las versiones antiguas (publicadas en 2000) y las más recientes (publicadas en 2019) son muy pequeñas y están dentro de los márgenes de error aceptados. Las estimaciones de temperatura para ese periodo varían menos de 0,1 ºC, manteniendo la conclusión de un calentamiento aproximado de medio grado Celsius.

Después, Cossío afirma que la NASA tiende a “enfriar cada vez más el pasado”, sugiriendo que lo hace obedeciendo a una agenda política. Sin embargo, agencias como la NASA, GISS, NOAA o HadCRUT actualizan regularmente sus datos, no por ideología, sino para corregir errores, incorporar nuevas mediciones y mejorar los métodos de ajuste y homogeneización. Esto puede hacer que periodos antiguos aparezcan algo más fríos o más cálidos, pero siempre basándose en datos más completos y en técnicas más rigurosas, no en intereses políticos [25].

Es cierto que ha habido casos en los que, tras una revisión de datos, las temperaturas pasadas resultaron algo más frías de lo que se estimaba antes. En 2011, el GISS corrigió datos de estaciones meteorológicas, haciendo que los años 1940–1960 aparecieran un poco más fríos [26]. Pero es que también se han dado casos de lo contrario: en 2015 la NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration) revisó sus datos oceánicos haciendo que los años 1990 y 2000 aparecieran ligeramente más cálidos, reduciendo la supuesta “pausa” del calentamiento [27].

Estas correcciones y ajustes no responden a intereses políticos, sino que se hacen basándose en la evidencia observada y en metodologías transparentes. Las series más recientes, que reflejan una imagen más precisa, suelen mostrar un calentamiento más claro, pero ello siempre sustentado en mejores datos y técnicas, no en trucos motivados por un “sesgo ideológico”.

La conclusión a la que llega Bruno Cossío con sus argumentos falaces, es que “si no se puede medir la temperatura de cada año con precisión, difícilmente van a ser fiables los modelos predictivos”. Sin embargo, los modelos climáticos no dependen de conocer la temperatura exacta de cada año del pasado; les basta con conocer las tendencias medias y conocer los factores externos que alteran el balance energético de la Tierra, como la concentración de CO2. Incluso con incertidumbres en los datos históricos, los modelos han predicho correctamente las tendencias observadas en décadas recientes.

Por ejemplo, en 2020 un estudio dirigido por Zeke Hausfather comparó 17 modelos climáticos publicados entre 1970 y 2007 con las temperaturas observadas hasta 2017. Encontraron que 10 modelos acertaron muy de cerca con las observaciones, y que esta cifra subía incluso a 14 modelos al ajustar las emisiones reales de CO2 y otros forzamientos climáticos [28].

En 2007, el Cuarto Informe de Evaluación del IPCC recopiló y analizó predicciones hechas años antes (con modelos antiguos) para el período 1990–2005 [29]. Estas predicciones adelantaban un aumento de la temperatura media global de aproximadamente 0.2 °C por década, con un margen de incertidumbre de ±0.1 °C. La temperatura observada fue de aproximadamente 0.18 °C por década, es decir, dentro del rango previsto [30].

En definitiva, que un sistema sea complejo no significa que sea absolutamente imprevisible. Sabemos que el CO2 es un gas de efecto invernadero cuyos efectos han sido medidos empíricamente. Sabemos que la emisión de CO2 cambia el balance energético de la Tierra. Aunque la magnitud exacta del aumento de la temperatura media tiene inevitablemente un margen de incertidumbre, está científicamente comprobado que el aumento de gases de efecto invernadero provoca un incremento de la temperatura media. La atmósfera es un sistema abierto que interactúa con otros sistemas, y los modelos climáticos no ignoran esas interacciones. Por eso, han logrado predecir tendencias de calentamiento que luego se han cumplido. La complejidad del sistema climático añade incertidumbre sobre detalles concretos, pero no invalida la capacidad de la climatología para anticipar sus grandes tendencias.

Para terminar este punto, y como ejemplo de la “honestidad” con la que Bruno Cossío afirma actuar, cabe señalar que, después de afirmar en su artículo que “no se puede medir la temperatura de cada año con precisión”, intercala una gráfica (que verán a continuación) en la que se hace una comparación entre dos reconstrucciones de temperaturas globales estimadas por el Centro Nacional de Investigaciones Atmosféricas (NCAR) en 1974 y la NASA en 2017 para el periodo 1870-1970:

Cuando se comparan gráficas históricas de temperatura global provenientes de diferentes fuentes, metodologías y épocas, y se observan tendencias contradictorias, pueden surgir dudas sobre la fiabilidad de las reconstrucciones climáticas. Sin embargo, esto no es sorprendente. En 1974, los informes del NCAR se basaban en un número mucho menor de estaciones, con mediciones menos precisas y una cobertura global limitada, especialmente en océanos y regiones polares.

En cambio, las series de temperatura de la NASA de 2017 resultan de un análisis riguroso y continuo que integra datos de miles de estaciones meteorológicas terrestres, boyas oceánicas y barcos. Además, se aplican algoritmos complejos para interpolar datos en áreas con poca cobertura y corregir sesgos, logrando así una cobertura global mucho más completa y una mayor fiabilidad. Como ya mencionamos, los científicos corrigen estos errores mediante procesos de homogeneización. Por tanto, no tiene nada de extraño que existan diferencias entre las reconstrucciones de 1974 y las de 2017.

Pero esto no es lo más relevante. Lo realmente importante es que la fuente de la gráfica es Tony Heller, un conocido bloguero, geólogo e ingeniero de formación – es decir, no un climatólogo – y negacionista del cambio climático que con frecuencia manipula o malinterpreta datos científicos para negar la existencia del calentamiento global. Heller nunca ha publicado artículos científicos revisados por pares, y sus métodos carecen de validez académica. Organizaciones independientes como Science Feedback, plataforma especializada en verificación de datos y miembro de la International Fact-Checking Network (IFCN), han evaluado las afirmaciones de Heller sobre datos climáticos. En una revisión de sus alegatos, que afirmaban que la NASA habría creado el “mito” del calentamiento global manipulando datos, calificaron sus afirmaciones de “imprecisas” y “fácticamente incorrectas” [31].

No hace falta explicar lo groseramente deshonesto que resulta que Bruno Cossío cuestione los estudios rigurosos realizados por la NASA, pero en cambio otorgue credibilidad a un bloguero como Tony Heller, que ni siquiera es climatólogo. A estas alturas, esto ya no debería sorprendernos, y una vez más, dice mucho sobre la supuesta “honesta preocupación” con la que Cossío afirmaba abordar las cuestiones climáticas al inicio de su artículo.

8. No se puede acudir a la autoridad epistémica de Neil deGrasse Tyson sólo cuando te conviene

Dentro de la esfera neoreaccionaria a la que hacíamos referencia en la primera parte de este artículo – que, además de ser negacionista del cambio climático, suele ensalzar la conquista de América por la Corona española – suele ser frecuente citar al astrofísico y divulgador científico Neil deGrasse Tyson. Tyson tuvo el privilegio de suceder a Carl Sagan como narrador de la segunda temporada de la serie Cosmos: un viaje personal. En esta nueva etapa, titulada Cosmos: una odisea espaciotemporal, Tyson retoma la labor divulgativa de Carl Sagan con gran éxito. La recomiendo vivamente, al igual que la primera temporada (de la que, por cierto, proceden las declaraciones de Carl Sagan que incluí al inicio de esta segunda parte).

¿Por qué los neoreaccionarios citan a Tyson? Porque en 2018, durante un podcast con Joe Rogan, Tyson afirmó que el descubrimiento de América por Cristóbal Colón fue el mayor logro conseguido por la humanidad en toda su historia [32]. Concretamente, sus declaraciones fueron las siguientes:

“Déjame hablarte de la historia de Cristóbal Colón […] Creo que el hecho de que él llegara a América ha sido la cosa más significativa que jamás le haya ocurrido a nuestra especie […] Éramos cazadores-recolectores, aún no nos habíamos establecido; es decir, éramos seres humanos primitivos. Básicamente, éramos seres errantes, que estaban siguiendo a los rebaños, ¿vale? Y luego llegó la edad de hielo […] Durante la edad de hielo bajaron los niveles de los océanos, dejando al descubierto el puente del Estrecho de Bering entre Asia y lo que es hoy Alaska. Básicamente, Norteamérica.

De entre nuestros antepasados que vinieron de África hacia Europa, algunos se quedaron, y otros siguieron vagando por la tierra. Algunos se quedaron a baja altura, en el Mediterráneo. Otros llegaron a elevadas alturas, y poblaron Asia. Y siguieron caminando porque allí había un puente de tierra. Ni siquiera sabían que era un puente, para ellos sólo era más tierra. Así que siguieron caminando, y entraron en Norteamérica. Hasta que llega un punto en el que sólo podían ir en dirección sur. El clima empieza a mejorar. La edad de hielo termina, los glaciares se derriten y el agua vuelve a los océanos. El nivel de los océanos se eleva, cerrándose así el puente de tierra, de tal forma que una parte de la especie humana queda varada durante 10.000 años. […] Entonces se rompe el puente de tierra, y ahora tienes a gente en Europa, Asia, África, Norteamérica y Sudamérica, que no saben nada de los demás.

Puede que los vikingos encontraran algo, pero aunque lo hubiesen hecho, la influencia que tuvieron para los europeos fue cercana a cero […] Teníamos una rama separada… ¿Y si esto hubiese continuado? ¡Así es como se produce una especiación! […] 10.000 años no es suficiente para que te crezcan tres cabezas, o doce dedos, pero nuestra especie estaba separada. Colón cruzó el océano Atlántico, y tuvo contacto con humanos, y era la primera vez que ocurría en 10.000 años. Volvimos a unir dos ramas de la especie humana. Ahora somos todos un grupo genético común.”

Se trata de la opinión de un científico, Neil deGrasse Tyson, que se pronuncia sobre un tema ajeno a su ámbito de especialización – pues él es astrofísico, no antropólogo ni biólogo evolutivo – pero que, aun así, formula unas declaraciones sensatas y bien razonadas, con el respaldo de tener una cierta autoridad epistémica. Personalmente, estoy bastante de acuerdo con su argumento central. Sin embargo, dentro de la corriente neoreaccionaria encontramos a sectores izquierdistas (si se quiere, “rojipardos”, para entendernos) que no dudan en servirse de estas palabras para reivindicar las glorias pasadas del Imperio español.

El problema para estos neoreaccionarios es que, en la misma serie Cosmos: una odisea espaciotemporal, concretamente en el episodio 12, el propio Neil deGrasse Tyson dice algo que desmonta por completo el negacionismo climático. Para entenderlo mejor, conviene señalar que lo explica mientras pasea a su perro por la playa, utilizando esa imagen como analogía para ilustrar cómo funciona el clima:

“Okay, nosotros los científicos somos muy buenos para hacer predicciones terribles a largo plazo sobre el clima. Entonces, ¿cómo es posible que seamos tan malos a la hora de predecir el tiempo que va a hacer? Además, este año hemos tenido un invierno más frío en mi ciudad. ¿Dónde están los científicos ahora? ¿Podría haber un enfriamiento global, no? Esta es la diferencia entre el tiempo y el clima. El tiempo es lo que la atmósfera hace en el corto plazo, hora tras hora, día tras día. El tiempo es caótico, lo que significa que incluso una perturbación microscópica puede provocar cambios a gran escala. Es por eso que las previsiones meteorológicas son inútiles: una mariposa mueve sus alas en Bali, y seis semanas después, la boda al aire libre que ibas a tener en Maine queda arruinada.

Pero el clima es la media a largo plazo del tiempo sobre un cierto número de años. Está determinado por fuerzas globales que alteran el balance energético de la atmósfera, como cambios en el Sol, la inclinación del eje de la Tierra, la cantidad luz solar que la Tierra refleja de nuevo hacia el espacio, y la concentración de gases de efecto invernadero en el aire. Un cambio en alguna de estas fuerzas afecta al clima en una manera que es ampliamente predecible.

El camino serpenteante de mi perro representa las fluctuaciones a corto plazo: eso es el clima. Es casi imposible predecir adonde se dirigirá ahora, pero no me resultará difícil saber cuál será el alcance de sus deambulaciones, porque lo tengo atado con una correa. No podemos observar el clima directamente. Lo único que vemos es el tiempo. Pero el tiempo medio a lo largo de los años está revelando un patrón, y yo represento esta tendencia a largo plazo, que es el clima. Mantenga la vista sobre el hombre, no sobre el perro.” [33]

De esta cita de Neil DeGrasse Tyson, podemos extraer varias conclusiones:

a) La primera es que Tyson explica de forma magistral la diferencia fundamental entre meteorología y climatología. Esta es, precisamente, la respuesta que debe dar al típico cuñado de VOX – o, en realidad, cualquier cuñado de barra de bar, sea de izquierdas o de derechas – cuando suelta el clásico: “¿Qué frío hace este invierno, no? ¿No decían que había un calentamiento global?”.

Lo más llamativo es que, quizás por un destello de honestidad, el propio Bruno Cossío parece reconocer esta diferencia en su artículo, llegando a afirmar cosas que coinciden bastante con la explicación de Tyson (lo esencial está en el subrayado):

“El clima no es algo sobre lo que podamos sacar conclusiones con sólo unas décadas de estudio, puesto que se trata de una media de temperaturas, precipitaciones y otras variables meteorológicas medidas a lo largo de varias décadas y cuyo cambio se produce a largo plazo. No es cuestión de si este año hizo mucho calor y el pasado hizo mucho frío, sino de las tendencias observadas en un lugar a lo largo de muchos años.”

El problema es que esta frase de Bruno Cossío es una muestra perfecta de hipocresía, porque a pesar de escribir estas palabras en 2019, esto no le ha impedido publicar desde su cuenta de X (antes Twitter) mensajes como los que siguen: 

b) Lo segundo que podemos extraer es que, contrariamente a lo que afirma Cossío en la última cita, sí es posible predecir cómo afectará la emisión de gases de efecto invernadero al clima, como ya hemos explicado anteriormente.

c) Y lo tercero (que me parece lo más relevante), que no personalizo particularmente en Bruno Cossío, sino que hago extensivo en general a la cuadrilla de neoreaccionarios que sostienen la magufada negacionista, es la enorme incoherencia de recurrir a la autoridad epistémica de Neil DeGrasse Tyson para defender las bondades de la conquista de América por los españoles, pero luego ignorarlo o despreciarlo cuando habla de cuestiones climáticas, un terreno sobre el que, además, ya había advertido su predecesor y mentor, Carl Sagan. Y esto tiene un nombre (o varios): cherry-picking, doble rasero, oportunismo y, en definitiva, una profunda deshonestidad intelectual.

Continuará en la tercera parte.

Fuentes:

[1] https://www.youtube.com/watch?v=uJIdZtnaMQs

[2] Vuelvo a poner aquí el enlace por si no habéis leído la primera parte del artículo: https://www.larazoncomunista.com/post/el-emperador-del-clima-va-desnudo-desmontando-la-emergencia-clim%C3%A1tica

[3]https://www.larazoncomunista.com/post/qui%C3%A9n-va-ense%C3%B1ando-el-trasero-respuesta-al-negacionismo-clim%C3%A1tico-de-bruno-coss%C3%ADo

[4https://english.cas.cn/newsroom/archive/news_archive/nu2005/201502/t20150215_137396.shtm

[5] https://aportesnuevaepoca.buap.mx/index.php/aportes/article/view/350

[6] Ejemplos de revistas de este tipo son OMICS International, World Academy of Science, Engineering and Technology o International Journal of Advanced Computer Technology.

[7]https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC11170382/#:~:text=Conclusions,effective%20for%20COVID%2D19%20prevention

[8] https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC8511714/

[9]https://cssn.org/wp-content/uploads/2020/12/Quantifying-the-consensus-on-anthropogenic-global-warming-in-the-scientific-literature-John-Cook.pdf

[10] https://www.pnas.org/doi/10.1073/pnas.1003187107?utm_source=chatgpt.com

[11] https://es.wikipedia.org/wiki/Argumento_ad_verecundiam

[12] https://www.thelancet.com/journals/laninf/article/PIIS1473-3099(25)00236-1/fulltext?utm_source=chatgpt.com

[13] https://aemetblog.es/2024/02/18/el-efecto-invernadero-descripcion-y-descubrimiento/

[14]https://www.rigb.org/explore-science/explore/blog/who-discovered-greenhouse-effect#:~:text=Tyndall%2C%20using%20long%2Dwave%20infrared,water%20vapour%20in%20the%20atmosphere.

[15] https://culturacientifica.com/2024/09/24/el-origen-cuantico-del-efecto-invernadero/

[16] https://www.weforum.org/stories/2022/02/climate-change-global-warming-carbon-dioxide-fossil-fuels/#:~:text=In%201938%2C%20a%20British%20engineer,who%20did%20not%20understand%20it.

[17]https://www.acs.org/education/whatischemistry/landmarks/historia-quimica/curva-keeling.html

[18] https://www.bbc.com/mundo/noticias-47880446

[19] https://www.science.org/doi/10.1126/science.1122587

[20] https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC8371008/?utm_source=chatgpt.com

[21] https://www.nature.com/articles/322430a0

[22] https://climate.nasa.gov/vital-signs/global-temperature/?intent=121

[23] https://www.nature.com/articles/srep16784

[24https://science.nasa.gov/earth/climate-change/global-temperature-records-in-close-agreemen/

[25] https://science.nasa.gov/earth/climate-change/the-raw-truth-on-global-temperature-records

[26] https://data.giss.nasa.gov/gistemp/

[27] https://www.science.org/doi/10.1126/science.aaa5632

[28] https://www.giss.nasa.gov//research/features/202001_accuracy/

[29] https://www.ipcc.ch/report/ar4/syr/

[30] https://www.ipcc.ch/site/assets/uploads/2018/02/ar4-wg1-spm.pdf

[31] https://science.feedback.org/reviewed-content-author/tony-heller/

[32] https://www.youtube.com/watch?v=H9CG07CzBTg

[33] https://www.youtube.com/watch?v=cBdxDFpDp_k&t=4s

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