¿Existe un cambio climático antropogénico? – 1ª parte: situando el marco del debate

2

“Hay un renacimiento de la energía nuclear a nivel mundial. ¿Por qué está pasando esto? Primero porque el mundo ha apostado desde los primeros años, desde que tenemos todos cada vez más claro, aunque hay mucho negacionismo, que hay que intentar mitigar el calentamiento global. No frenarlo, probablemente no lo frenemos. No revertirlo, probablemente tampoco lo revertiremos, pero sí mitigarlo. Mitigarlo y adaptarnos a él. Está claro que estamos calentando el planeta, y tenemos que intentar reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Cada vez lo tenemos en principio todos más claro, y a nivel científico hay un consenso enorme.”
(Operador Nuclear, entrevista con Wall Street Wolverine, 16 de marzo de 2025)

1. Introducción

El hecho de incluir al comienzo de este artículo estas declaraciones de Alfredo García Fernández – divulgador conocido en redes sociales como Operador Nuclear – no es una elección fortuita, teniendo en cuenta que este especialista en energía nuclear suele ser empleado como arma arrojadiza (y con razón, hay que decirlo) contra el gobierno del PSOE, claramente antinuclear, tanto por sectores de la derecha como por perfiles de la izquierda que, en no pocas ocasiones, niegan o relativizan la existencia del cambio climático antropogénico.

La existencia del cambio climático provocado por la actividad humana – el llamado cambio climático antropogénico – suscita numerosos debates. A veces por escepticismo por parte de personas poco informadas; otras veces, por dudas legítimas ante un fenómeno complejo y a menudo contraintuitivo; y en otras ocasiones, por un negacionismo alimentado sencillamente por argumentos de barra de bar. Negacionismo generalmente asociado a cierta extrema derecha, que se ve reforzado por simplificaciones provenientes de los sectores llamados progresistas.

Que el negacionismo provenga de sectores de la extrema derecha, esto no debería sorprender a nadie. Pero en los últimos años asistimos a un nuevo fenómeno, que ha sido la emergencia de un negacionismo de izquierda, proveniente de sectores habitualmente etiquetados de “rojipardos”. Personalmente rechazo este término, ya que funciona como cajón de sastre en el que puede caber absolutamente de todo. Prefiero hablar de neoreaccionarios, pues se trata de una corriente que reacciona ante el alarmismo y la recuperación oportunista de la cuestión climática por parte de lo que Sahra Wagenknecht llama “izquierda como estilo de vida”. Es decir, una instrumentalización política de la cuestión climática con fines electorales, mediante un discurso que podríamos calificar de “alarmista”, por su uso recurrente de simplificaciones y exageraciones. El problema es que estos neoreaccionarios, al reaccionar contra el alarmismo de la “izquierda como estilo de vida”, caen en el extremo opuesto, abrazando las tesis de la extrema derecha.

Aunque el negacionismo no es mayoritario en el seno de la izquierda, desde luego está presente. Por lo tanto, este artículo va a tratar de explicar por qué existe un cambio climático antropogénico, pero no sin antes abordar cuestiones de orden epistemológico que ayuden a entender cómo hemos llegado a esta situación. Después, iré refutando uno por uno los principales argumentos principales de la magufada negacionista con un propósito sencillamente divulgativo.

En gran medida, el hecho de que exista el negacionismo (al igual que pasa con toda una serie de teorías de la conspiración) se debe a que se da por hecho que las cosas son sabidas por la gente, cuando está lejos de ser el caso. Hay que explicar las cosas, por muy evidentes que parezcan. Y hablo con conocimiento de causa: yo mismo, en el pasado, me vi seducido por el discurso negacionista.

2. Negacionismo y alarmismo son las dos caras de la misma moneda

2.1. ¿Por qué es comprensible que exista el negacionismo de izquierdas?

El negacionismo y el alarmismo representan dos polos políticos de signo opuesto, aunque operan de forma similar: ambos simplifican la realidad para movilizar adhesiones. El negacionismo de extrema derecha, surgido en los Estados Unidos durante los años 80 y consolidado en los 90, no ha surgido de la nada como los hongos. Es el producto directo de think tanks conservadores generosamente financiados por empresas como ExxonMobil o Koch Industries [1]. Curiosamente, en este aspecto los neoreaccionarios hacen una proyección negativa, acusando al consenso científico de ser “comprado”, como veremos después.

No es ningún secreto que extrema derecha e “izquierda como estilo de vida” se retroalimentan mutuamente, movilizando adhesiones y votos utilizando el miedo que inspira el espantapájaros del adversario. El viejo enfrentamiento “fascistas vs. comunistas”, aunque en muchos casos ni los unos son tan fascistas ni los otros son tan comunistas. En España, partidos como VOX (y otros similares), no niegan el cambio climático necesariamente porque reciban cuantiosas financiaciones de grandes corporaciones, sino porque en muchos casos es magufada pura y dura, enfocando la cuestión del cambio climático desde una lógica conspirativa y anticientífica. Pero más allá de eso, la cuestión climática se ha convertido en un frente de batalla más dentro de una “guerra cultural” que elude los problemas estructurales, y que permite a sectores de la extrema derecha distinguirse sociológicamente del enemigo progresista.

Pero es que, en este aspecto, la “izquierda como estilo de vida” no se queda atrás. Para ella, la defensa incondicional de la tesis del cambio climático antropogénico – en ocasiones llevada al extremo de alarmismo histérico – también funciona como un marcador identitario frente a la derecha y la extrema derecha, movilizando así adhesiones y votos. Es cierto que, en general, la izquierda, por muy “indefinida” que sea (como diría el filósofo Gustavo Bueno) es menos propensa a difundir bulos flagrantes sobre el cambio climático. Sin embargo, existen casos de caricaturizaciones, simplificaciones y exageraciones que, lejos de ayudar, alimentan la desconfianza de quienes buscan una información fiable.

Por ejemplo, en enero de 2023, el diario El País publicó un artículo según el cual el plan para salvar el planeta en 2050 fracasaría debido a los costos asociados a la lucha contra el cambio climático [2]. Aunque el artículo se basaba en estudios rigurosos, presentaba una visión marcadamente pesimista, poniendo el foco únicamente en los costos (120 billones de euros) asociados a la lucha contra el cambio climático, y utilizando expresiones sensacionalistas como que el plan “hará aguas”. Sin embargo, cualquiera con un conocimiento básico de Teoría Monetaria Moderna sabe que el problema no es la cantidad de dinero disponible para inversiones de gran escala, sino los recursos disponibles para afrontar el cambio climático (pero esto sería objeto de otro artículo).

El mismo diario El País, en un artículo de octubre de 2024, hizo una cobertura del desastre de la DANA que afectó a la provincia de Valencia, en el que destacaba de forma particularmente exagerada su relación con el cambio climático. El texto presentaba el evento como una manifestación inequívoca del calentamiento global, sin matizar que no todos los eventos meteorológicos extremos son atribuibles de forma directa e inmediata al cambio climático [3].

El 6 de diciembre de 2017, la revista National Geographic compartió en su web y redes sociales un vídeo mostrando un oso polar visiblemente desnutrido que hurgaba en cubos de basura en Somerset Island, Canadá [4]. La leyenda original afirmaba “Así pinta el cambio climático”. Sin embargo, el vídeo fue rápidamente criticado por científicos y expertos, que advirtieron que esa era una conclusión prematura [5]. No se sabía con certeza que la condición del oso – que posiblemente estaba enfermo o herido – fuese consecuencia del cambio climático. Un año después, la propia National Geographic tuvo que publicar un artículo donde reconoció que había ido “demasiado lejos” al vincular de forma tan directa ese caso individual con el calentamiento global [6]. 

De hecho, el fenómeno del alarmismo no debería limitarse a lo que en Occidente entendemos como izquierda, del mismo modo que el negacionismo no es exclusivo de la derecha o la extrema derecha. En 2019, medios como Al Jazeera publicaron titulares sensacionalistas [7] basados en un informe – no revisado por pares – del Breakthrough National Centre for Climate Restoration, un think tank australiano, que planteaba un escenario extremo y poco probable, con un calentamiento global de + 3 ºC para el año 2050 [8].

Luego, si se le tuviese que dar la razón en algo a los neoreaccionarios, sería en que el fenómeno del alarmismo existe. Y existe porque resulta útil, ya que genera réditos políticos. No es algo nuevo; ya existía desde hace mucho en el tema de la energía nuclear, tema respecto del cual la izquierda dice cuñadeces similares, e incluso más extremas, que las que la extrema derecha dice respecto del calentamiento global. En una entrevista con en el canal de Jordi Wild, Operador Nuclear dijo lo siguiente:

“Lo que es observable es que estar en contra de la energía nuclear en España proporciona votos. De eso no hay ninguna duda. Es decir, los partidos de izquierda han estado en contra de la energía nuclear porque eso les proporciona votos. Yo me opongo a la energía nuclear, y por eso la gente me va a votar, porque eso es malo, porque ‘mira lo que ha pasado en Chernóbil, mira lo que ha pasado en Fukushima’. Sin embargo, estar a favor de la energía nuclear te los podría restar.” [9]

Es así de sencillo, con el tema del calentamiento global ocurre lo mismo. Cierto es que parte del alarmismo en ciertos sectores de la izquierda se debe simplemente a una ignorancia respecto de un tema complejo, en muchas ocasiones contraintuitivo y que tiene una parte de imprevisibilidad. Sin embargo, también es un hecho que existe una tendencia alarmista, impulsada por intereses políticos, en el marco de la “batalla cultural” que se libra contra la derecha, la cual, al menos en España, tiende a ser más bien pronuclear. Este esquema se puede resumir así:  

  1. Un medio de comunicación con una línea editorial de izquierdas defiende la tesis del cambio climático antropogénico.
  2. El “enemigo” de este medio, la derecha o la extrema derecha, niega el cambio climático antropogénico.
  3. Posteriormente, el medio de comunicación de izquierdas exagera las consecuencias del cambio climático, o las presenta mediante un discurso alarmista, con el fin de generar miedo y que la población no vote a la derecha o extrema derecha, adhiriendo a cambio a partidos de izquierdas.

Esto genera una curiosa paradoja: por un lado tenemos una izquierda alarmista que alerta contra el cambio climático, pero que al mismo tiempo rechaza la energía nuclear, única solución viable para mitigarlo. Por otro lado, tenemos sectores de la derecha y la extrema derecha que tienden a negar la existencia del cambio climático antropogénico, pero que defienden la energía nuclear por ser la fuente de energía más eficiente y barata.

Luego, es comprensible que surja una tendencia neoreaccionaria en respuesta al alarmismo de la izquierda (lo cual se suma a todo lo demás que genera rechazo en la “izquierda como estilo de vida”), habiendo individuos inicialmente bienintencionados que pueden verse seducidos por el discurso negacionista. En su libro Los engreídos, Sahra Wagenknecht detalla como la “izquierda como estilo de vida” (especialmente los verdes alemanes y su antiguo partido Die Linke) tiende a criminalizar a gente de clase trabajadora por usar coches diésel, y más aún si resultan ser varones blancos heterosexuales [10]. En Francia, la diputada verde Sandrine Rousseau afirmó en agosto de 2022 que era necesario “cambiar de mentalidad” para que “las barbacoas ya no sean un símbolo de virilidad” [11]. Es del todo lógico que esto genere rechazo.

Sin embargo, esto no justifica negar la evidencia científica, respaldada por decenas de miles de estudios. Si se le plantease la cuestión a un climatólogo, o algún científico con alta autoridad epistémica, su respuesta más probable sería: “Vale, lo que usted me dice es que hay una cierta izquierda que tilda de reaccionarios e irresponsables a gente de clase trabajadora por usar coches diésel o por organizar barbacoas. Muy bien, pero eso no es mi problema, ni es el problema de la ciencia.”

2.2. Sesgos cognitivos: ser negacionista es reconfortante para la mente

Otra aspecto crucial, y que creo que no se menciona lo suficiente, es el carácter reconfortante del negacionismo climático. Porque al fin y al cabo, si es normal que el clima cambie, como ha ocurrido en el pasado; si el calentamiento actual, aun teniendo un componente humano, se debe principalmente a causas naturales; si en épocas recientes de la historia humana ya hubo temperaturas elevadas (en realidad esto es una cuñadez que refutaremos después); entonces, los seres humanos no somos responsables de casi nada, y el planeta estaría totalmente adaptado a las circunstancias que vivimos.

Este tipo de pensamiento es muy tentador. Es una pendiente resbaladiza que permite desentenderse de un problema que, de ser real, resultaría inquietante. Pero si una tesis que niega la existencia del cambio climático antropogénico permite librarse de esta preocupación al afirmar que el problema no existe, es normal que la mente humana tienda a “querer creer” en dicha tesis, porque es la opción más agradable. Existe toda una serie de mecanismos cognitivos que explican esto, y entre ellos podríamos destacar:

a) Sesgo de disonancia cognitiva: cuando una persona cree que lleva una vida normal, sin dañar a nadie, y luego se le dice que sus hábitos cotidianos (uso del coche, consumo eléctrico, viajes, consumo de carne, etc.), y la actividad humana en general, contribuyen al calentamiento global, surge una disonancia interna que genera una sensación de incomodidad. Para resolverla, el cerebro puede optar por dos vías: a) aceptar la existencia del calentamiento global, y buscar soluciones (aunque esto implique modificar hábitos), o b) negar la existencia del problema con razonamientos del tipo: “seguro que exageran, ya ha habido cambios climáticos en el pasado”.

b) Sesgo de normalidad: es la tendencia a asumir que el futuro será parecido a un pasado no tan lejano. Se manifiesta en razonamientos del tipo “el clima siempre ha cambiado a lo largo del tiempo, no hay motivo de alarma”.

c) Evitación (avoidance coping):frente a una amenaza que se percibe como abstracta, invisible, compleja y no inmediata, mucha gente opta por no pensar en ella. Esto se traduce en mecanismos cognitivos del tipo: “si no puedo hacer nada, es mejor creer que no es tan grave”, lo cual reduce el estrés psicológico.

d) Razonamiento motivado (motivated reasoning): es la racionalización de creencias falsas, mediante las cuales los individuos buscan justificaciones para aquello que les resulta conveniente creer. Un ejemplo claro sería: “si el cambio climático no es culpa del ser humano, entonces no tenemos por qué sentirnos culpables ni responsabilizarnos de nada.”

e) Falso consuelo en la naturaleza: este sesgo se basa en la idea de que “si el clima ha cambiado antes de forma natural en repetidas ocasiones, entonces el cambio climático actual también puede ser natural, y el planeta lo resistirá, como siempre ha ocurrido.”

Estos mecanismos cognitivos, que constituyen formas de autoengaño, explican en gran medida la persistencia del negacionismo de derecha y de izquierda. Cuando, en realidad, la postura más racional es la que defiende Operador Nuclear, que es un razonamiento del tipo: “Existe un problema, el cambio climático, que podría acarrear graves consecuencias. A medio y largo plazo, probablemente no podamos revertirlo, pero sí mitigarlo. Afortunadamente, existe una solución: la energía nuclear. Por ahora, energía nuclear basada en la fisión de uranio y de torio – incluida la del uranio 238 si se utilizan reactores de neutrones rápidos – y puede que en un futuro a medio plazo, la fusión nuclear.” Pero no profundizaré en este punto porque también sería objeto de otro artículo.

3. La falacia de error anecdótico: el método favorito de los negacionistas

3.1. ¿Qué es la falacia de error anecdótico?

La principal estrategia de los negacionistas (pues carecen de otro argumento más sólido) para tratar de invalidar la tesis del cambio climático antropogénico, es una falacia de un tipo particular, que por mucho que haya buscado, no posee una denominación establecida. La he denominado falacia de error anecdótico, aunque podría recibir otros nombres, como falacia de autoridad inversa o incluso falacia de error irrelevante.

En noviembre de 2019, la revista La Razón Comunista publicó un artículo del negacionista Bruno Cossío titulado El emperador del clima va desnudo: desmontando la emergencia climática [12], que está repleto de falacias de este tipo. Hace ya casi seis años desde su publicación, pero lo menciono porque en su día el artículo me pareció convincente, e incluso creó cierta tendencia dentro de la corriente negacionista de izquierdas. Por ello, volveremos sobre el mismo en más de una ocasión, ya que constituye una muestra representativa de los principales argumentos de la magufada negacionista y de sus habituales estrategias de manipulación.

Cuando uno examina el artículo con detenimiento, observa que está repleto de bulos, medias verdades, dislates, enormidades, contradicciones flagrantes, afirmaciones infundadas, y en general magufadas varias que son un refrito de argumentos habituales del negacionismo a los cuales los científicos ya habían contestado.

Por este motivo, pocos meses después dicho artículo fue refutado por José A. Tapia en la misma revista, con un artículo conciso pero eficaz, titulado ¿Quién va enseñando el trasero? Respuesta al negacionismo climático de Bruno Cossío [13]. Cossío, a su vez, replicó a Tapia [14], pero sin abordar de manera específica los argumentos de peso planteados por José A. Tapia (aunque los seguidores de Cossío pretenden hacer creer lo contrario), por lo que no dedicaremos tiempo a hablar de este tercer artículo. No obstante, no dejaremos de listar cuáles son los argumentos planteados por José A. Tapia a los cuales Bruno Cossío no contestó.

De momento no vamos a detenernos en invalidar los argumentos de barra de bar esgrimidos por Bruno Cossío (eso lo haremos más adelante), sino que nos vamos a centrar en la recurrencia de la mencionada falacia de error anecdótico en su primer artículo, algo habitual en el discurso negacionista. Pero ante todo, hay que explicar en qué consiste esta falacia.

La falacia de error anecdótico, que combina elementos del hombre de paja y de la falacia por asociación, ocurre cuando se toma un error puntual cometido por alguien que pertenece o se identifica con el “bando” opuesto, para así concluir que la tesis principal de ese “bando” es falsa. Puede resumirse con el siguiente esquema:

  1. A defiende X, B refuta X.
  2. Alguien relacionado con A ha dicho respecto de X algo que resultó ser falso.
  3. Por lo tanto, B deduce que X es falso.

Esta falacia no es infrecuente. Sin ir más lejos, en el último vídeo que hice para mi canal Artículo 50, di un ejemplo de cómo la propaganda europeísta utiliza exactamente este mismo método para invalidar la tesis, ampliamente documentada, de que la construcción europea fue financiada en sus inicios por los servicios americanos [15]. El truco es el siguiente: se alude a que algunos discursos antieuropeístas han afirmado que Jean Monnet era un agente de la CIA, con el fin de invalidar por completo la tesis de que la construcción europea fue financiada por los Estados Unidos. Esto se debe a que, estrictamente hablando, Jean Monnet nunca estuvo en la nómina ni recibió dinero directamente de la CIA (aunque sí colaboró en proyectos financiados por la CIA). La propaganda europeísta, simulando desconocer la diferencia entre un agente de la CIA y un agente americano, se aferra a este pequeño error de matiz para tachar de “conspiracionista” la  tesis de que la construcción europea fue un proyecto diseñado por los servicios estadounidenses.

El discurso negacionista opera de manera muy similar, y esta es la estrategia que atraviesa todo el artículo de Bruno Cossío. Fundamentalmente, su único argumento para negar el cambio climático antropogénico se reduce a: “Tal persona que defiende la tesis del cambio climático antropogénico ha dicho algo falso; por lo tanto, el cambio climático antropogénico no existe”.

Es más, lo más revelador es que, probablemente sin darse cuenta, él mismo lo confiesa con la siguiente frase:

“Siempre he tenido una curiosidad voraz por los temas medioambientales, al principio con honesta y terrible preocupación, y con el paso de los años, después de décadas escuchando predicciones fallidas y esperando catástrofes que nunca llegaron, orientando esa curiosidad al cuestionamiento constante de todo aquello que se nos presenta como científicamente probado, especialmente en aquellos temas que se nos exige no dudar.”

Con esta frase, lo que Bruno Cossío está diciendo es que no está basando sus conocimientos sobre el cambio climático en el consenso científico o en estudios sólidos que pudiesen cuestionar la validez de la tesis antropogénica. No. Lo que está diciendo es que, tras décadas de “escuchar a gente” haciendo predicciones erróneas, se arroga una autoridad epistémica para sentenciar que tal cambio climático no existe. Lo cual, por cierto, invalida por completo su pretensión de que actuaba con “honesta preocupación”.

¿Estoy exagerando? No, en su artículo Bruno Cossío alude a la participación del político estadounidense Al Gore participó en la elaboración del documental Una verdad incómoda, estrenado en el año 2006. Dicho documental, que alertaba sobre las consecuencias a medio plazo del cambio climático, le valió a Al Gore el Premio Nobel de la paz.

3.2. Lo que dice Al Gore sobre el cambio climático no es problema de la ciencia

No hace falta que explique qué es el Premio Nobel de la paz, por qué razones se otorga, ni quién lo otorga (ni siquiera lo otorga una institución sueca, sino un comité Nobel en Noruega de clara orientación atlantista). Pero Bruno Cossío instrumentaliza el galardón concedido Al Gore para postular lo siguiente:

“A Al Gore el hecho de no ser científico no le impidió recibir un premio Nobel por engendrar una película sobre el clima que se equivocaba en todo, así que el hecho de que yo tampoco lo sea no debería ser un problema a la hora de escribir este artículo.”

El primer punto a destacar, y esto ya lo había señalado José A. Tapia en su respuesta al artículo de Cossío, es que en realidad… sí, la falta de formación científica por parte de Bruno Cossío sí representa un problema para la credibilidad de su artículo negacionista. El hecho de que Al Gore no sea climatólogo era, y es, efectivamente, un problema, sobre todo si el documental en cuestión adolecía de errores patentes, como veremos después. Pero surge una problemática idéntica en el caso de Bruno Cossío.

Este tipo de argumentación recuerda el razonamiento de los teólogos cuando afirman que “la ciencia es una religión más”, para invalidar las pruebas científicas contrarias a la existencia de Dios, aunque aquí con un giro inverso. Al hacer su aseveración, los teólogos implican lo siguiente: “estoy declarando que tu creencia, la ciencia, es una estupidez, incluso si para ello debo admitir que mi propia creencia (la existencia de Dios) también lo es.”

Bien, pues con Bruno Cossío ocurre algo análogo, sólo que en sentido inverso: “A Al Gore le han otorgado un premio, el Premio Nobel de la paz, que carece de relevancia en cuanto a autoridad científica; por lo tanto, yo también puedo opinar sin tener conocimientos científicos.”

¿Hubo errores en las predicciones del documental de Al Gore? Efectivamente, los hubo. Y si además Al Gore no es climatólogo, eso le resta autoridad epistémica para abordar un tema tan complejo como el cambio climático. Sin embargo, es precisamente esa misma característica la que también invalida por completo la credibilidad del artículo de Bruno Cossío.

En segundo lugar, y contrariamente a lo que dice Bruno Cossío, la mayor parte del contenido del documental Una verdad incómoda es científicamente válido, aunque él se centra únicamente en sus predicciones fallidas, lo cual es un caso de “cherry-picking” de manual.

¿Bruno Cossío fundamentó sus afirmaciones en predicciones erróneas del IPCC, del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, de la NASA (bueno, en realidad sí habla de predicciones fallidas de la NASA, pero con medias verdades, como veremos más adelante), o de la Organización Meteorológica Mundial? No. El principal argumento con el que inicia su artículo es que el documental de Al Gore, que no es un científico, contiene predicciones fallidas. Esto es, precisamente, la falacia de error anecdótico que mencionábamos antes.

Efectivamente, el documental de Al Gore contiene una serie de errores notorios, lo cual confirma la existencia de una tendencia “alarmista”. A continuación, listaremos algunos de ellos:

a) El documental predijo una inundación inminente de algunas ciudades costeras. Aunque no especificó un plazo, daba a entender que se produciría un aumento del nivel del mar de seis metros en cuestión de décadas, escenario que, en realidad, correspondería a siglos de calentamiento global, no unas pocas décadas.

b) El documental predijo que el hielo del Ártico desaparecería para el año 2013. Aunque el hielo del Ártico ha disminuido drásticamente, no se produjo su desaparición. Cabe destacar que esta proyección tampoco contaba con el respaldo del consenso científico cuando se estrenó el documental.  

c) El documental estableció una relación directa entre el huracán Katrina de 2005 y el cambio climático. Aunque hoy se sabe que el calentamiento global puede intensificar fenómenos meteorológicos extremos como los huracanes, en el momento del estreno del documental aquella era una afirmación prematura. La comunidad científica aún estaba investigando la conexión entre cambio climático y huracanes, con estudios que apuntaban a un aumento de la intensidad de los huracanes, pero la relación exacta aún carecía de claridad y consenso generalizado.

d) El documental afirmó que el retroceso del glaciar del monte Kilimanjaro era consecuencia directa del calentamiento global. Sin embargo, estudios posteriores han demostrado que este fenómeno se debe más a la reducción de precipitaciones y al aumento de la evaporación local, fenómenos más bien atribuibles a la deforestación.

Todo esto es cierto, y el documental incluso incluye imágenes sensacionalistas de osos polares ahogándose, supuestamente por los efectos del deshielo. Ahora bien, quienes entendemos lo que es una falacia de error anecdótico, sobre todo cuando se habla de cuestiones científicas, afirmamos alto y claro que nos la suda olímpicamente lo que diga Al Gore sobre el cambio climático. Al Gore no es la máxima autoridad en climatología porque no es científico, al igual que Bruno Cossío tampoco lo es.

A la hora de hablar de cuestiones científicas, lo único relevante es la opinión de especialistas en la materia y, fundamentalmente, el consenso científico. Elevar a Al Gore a los altares de la sabiduría científica, para luego construir un hombre de paja y deducir que no se sabe con certeza si hay un cambio climático antropogénico, es un burdo método de manipulación.

En lo que respecta al calentamiento global, lo que diga Al Gore no me interesa más que la opinión de un periodista de La Sexta. Con su hombre de paja, lo que Bruno Cossío plantea es algo tan absurdo como si por ejemplo yo me hubiese empezado a interesar por la energía nuclear porque hubiese hecho un documental al respecto Mercedes Milá, Bertín Osborne o Samantha Hudson.

¿Que Mercedes Milá o Samantha Hudson no han recibido el Premio Nobel de la paz, y Al Gore sí? Cierto, pero es irrelevante. Si lo que afirma Al Gore en un documental está respaldado por el estado de la ciencia en el momento de su estreno, puede ser interesante escucharlo. Si, por el contrario, no lo está, nos la suda olímpicamente lo que pueda decir, del mismo modo que me la suda la opinión que pueda tener Mercedes Milá sobre las virtudes o desventajas de la energía nuclear.

Si, de nuevo, imaginamos un diálogo con un climatólogo u otro experto con autoridad epistémica, lo más probable es que su respuesta fuese: “¿A Al Gore le han otorgado el Premio Nobel de la paz? Muy bien, pero ese no es mi problema, ni es el problema de la ciencia.”

3.3. Ni siquiera el hecho de que un científico diga algo es prueba de nada

Como acabamos de ver, no hay que dar credibilidad automáticamente a una persona que defiende la tesis del cambio climático antropogénico, por mucho que haya recibido el Premio Nobel de la paz. Ni al Al Gore, ni a nadie de hecho. Ni siquiera si se trata de un científico. Porque si creemos a un científico solamente porque posee una aureola de autoridad científica, académica o epistémica, en este caso cometemos una falacia de autoridad (y no lo que Bruno Cossío llama “falacia de autoridad” sin saber lo que significa, como explicaremos en la siguiente entrega de este artículo).

Esto lo voy a ilustrar con un ejemplo que data de la época de la pandemia de Covid-19, un periodo que para mí representó una auténtica epifanía. Aquellos meses me permitieron descubrir muchas cosas sobre ciencia, epistemología, falacias de todo tipo y en general teorías conspirativas absurdas que proliferan en las redes sociales.

En febrero de 2020, un microbiólogo e infectólogo de renombre llamado Didier Raoult, director del IHU Méditerranée Infection de Marsella, y presuntamente considerado la máxima autoridad mundial en su especialidad, causó revuelo por haber, según él, descubierto un remedio eficaz contra el Covid-19. Tras haber minimizado el Covid-19 afirmando que “sólo era un coronavirus más” [16] y de haber declarado literalmente que “probablemente habrá menos muertos por coronavirus que por accidentes de patinete”, al poco tiempo publicó un vídeo en el canal de Youtube del IHU Méditerranée, en el que asegurada haber encontrado una cura para el Covid-19, la cloroquina, sustancia que según él permitía tratar la enfermedad con resultados “espectaculares” [17].

Para sostener estas afirmaciones, Raoult afirmó en su momento haberse basado en un estudio chino, que en realidad no era más que un informe preliminar, es decir, un documento cuyos datos aún no habían sido analizados en detalle. Este informe, redactado por tres farmacólogos chinos y enviado a la revista Bioscience Trends [18], sólo invitaba a investigar la cloroquina por haber demostrado “una aparente eficacia y una seguridad aparente contra el Covid-19”. La clave residía en el hecho de que dicha “aparente eficacia” contra el SARS-CoV-2 había sido demostrada en experimentos in vitro (es decir, en laboratorio), pero jamás in vivo (es decir, en organismos vivos). Sin ir más lejos, la misma cloroquina había mostrado resultados esperanzadores in vivo contra el VIH [19] y también contra el SARS-CoV-1 [20].

Pese a que nada permitía cantar victoria contra el Covid-19, el profesor Raoult ya pretendía tener la respuesta antes incluso de plantear la pregunta. Basándose en esta premisa, procedió a realizar un estudio fraudulento ad hoc [21] con apenas 42 pacientes (incluido el grupo placebo) para “darse la razón a sí mismo”, con un protocolo que combinaba hidroxicloroquina (un derivado  más seguro de la cloroquina) y azitromicina, un antibiótico comúnmente utilizado para tratar diversas infecciones bacterianas.

Sin embargo, en aquel momento (marzo de 2020), el único estudio serio sobre la eficacia de la hidroxicloroquina de nuevo procedía de China, en concreto de la Universidad de Zhejiang [22], y se había realizado antes incluso que el “experimento” de Raoult. La conclusión de ese estudio era precisamente la opuesta a la que Raoult defendía: no se encontró diferencia significativa entre el grupo tratado con hidroxicloroquina y el grupo placebo.

El estudio fraudulento, con el que Raoult engañó a muchos (incluido yo), permitió que fuera presentado como un visionario, un genio adelantado a su tiempo, que había descubierto un remedio contra el Covid-19 que podía salvar miles de vidas. Consiguió el apoyo de numerosos políticos que, o bien lo respaldaron por motivos oportunistas para sacar rédito político de ello – notablemente del partido Los Republicanos, y otros como Jean-Luc Mélenchon, François Asselineau o Florian Philippot – o bien porque fueron, sencillamente, engañados.

Desde ese momento empezó a gestarse una burbuja conspirativa, presentando al profesor Raoult como un rebelde antisistema que se enfrentaba a una clase política envuelta en conflictos de intereses, pues, según esta narrativa, su “descubrimiento” habría supuesto una pérdida de ganancias para las grandes farmacéuticas que ya estaban trabajando para obtener una vacuna contra el Covid-19. Sin embargo, esta imagen de “rebelde” era un tanto difícil de creer, cuando se recuerda que recibió el apoyo de no pocos miembros destacados de Los Republicanos, como Christian Estrosi, Julien Aubert, Bruno Retailleau, Valérie Boyer o Philippe Douste-Blazy (que por cierto era miembro del consejo de administración del IHU Méditerranée Infection – será casualidad). Además, es sabido que el mismísimo presidente Macron se entrevistó con él en su instituto hospitalario universitario [23].

Raoult logró así engañar a no pocos jefes de gobierno en todo el mundo, como Jair Bolsonaro, Donald Trump, Narendra Modi, Nicolás Maduro, así como los gobiernos de Hungría, Argelia, Senegal o México. Algunos de estos gobiernos – como el de Brasil – encargaron producir millones de dosis de  hidroxicloroquina; otros la autorizaron preventivamente para el personal sanitario; y otros, como el de Venezuela, encargaron cargamentos de hidroxicloroquina para incluirla en su protocolo contra el Covid-19. En los Estados Unidos, la FDA autorizó inicialmente el uso del fármaco en caso de emergencia, aunque más tarde revirtió la medida. Eso no impidió que Donald Trump declarara públicamente haberla tomado como medida preventiva [24].

Con el tiempo, la hidroxicloroquina demostró ser ineficaz frente al Covid-19 y fue progresivamente abandonada en favor de las vacunas, único remedio verdaderamente eficaz para controlar la epidemia. Pero ojo, porque aquí no acaba la controversia. A raíz del debate, los defensores de Raoult tuvieron una ocasión de oro para recurrir a la falacia de error anecdótico con el fin de justificar la supuesta eficacia de la hidroxicloroquina.

El 22 de mayo de 2020, la prestigiosa revista The Lancet publicó un estudio [25] que no sólo concluía que la cloroquina y la hidroxicloroquina eran ineficaces a la hora de tratar el Covid-19, sino que además aumentaban el riesgo de mortalidad y arritmias cardíacas. No sé si les entraron las prisas por desacreditar al profesor Raoult, pero lo cierto es que dicha publicación tuvo un impacto mundial inmediato, porque el estudio contenía errores metodológicos graves que invalidaban sus conclusiones, cosa que fue denunciada en una carta abierta [26] firmada por 119 científicos, profesores de medicina e investigadores de 26 países diferentes. Así es: The Lancet – una de las revistas médicas prestigiosas del mundo – publicó un estudio fraudulento para refutar otro estudio igualmente fraudulento.

El artículo de la revista fue retractado el 4 de junio de 2020 (lo cual confirma que es normal que la ciencia cometa errores y sea capaz de corregirse), pero el daño ya estaba hecho: la polémica alimentó aún más las teorías conspirativas y el escepticismo generalizado hacia la ciencia institucional. Raoult aprovechó la ocasión para denunciar una “guerra mediática y científica” contra su protocolo, y sus seguidores reforzaron la burbuja conspirativa con argumentos del tipo: “si lo censuran, es porque tiene razón”. Una vez más, la falacia de error anecdótico. Esto no impidió que, posteriormente, distintos estudios – entre ellos los realizados por la Universidad de Oxford [27], de la Organización Mundial de la Salud [28] o del National Institutes of Health de Estados Unidos [29] – concluyeran que no había diferencia significativa entre el estado clínico de los pacientes tratados con hidroxicloroquina y el grupo placebo.

El caso del profesor Raoult no fue el único ejemplo de charlatanería durante la pandemia por parte de figuras con aparente autoridad científica. El profesor Luc Montagnier, fallecido en 2022, quien fuera uno de los descubridores del virus del VIH, y que por ello había ganado el Premio Nobel en 2008, afirmó públicamente en abril de 2020 que el SARS-CoV-2 había sido creado en un laboratorio y que no podía haberse originado de forma natural. Basó esta afirmación en la supuesta presencia de fragmentos del VIH en el genoma del coronavirus, sin aportar datos verificables [30].

Si bien es cierto que, estrictamente hablando, no es imposible fabricar un virus como el SARS-CoV-2, diversos estudios genómicos descartaron esa hipótesis: el coronavirus no muestra signos de manipulación genética [31] y su evolución es coherente con la del coronavirus presente en murciélagos [32]. Otra cuestión distinta – y aún sujeta a investigación – es la posibilidad de que un virus de origen natural haya escapado de un laboratorio como el de Wuhan, hipótesis que, si bien no está confirmada, tampoco ha sido completamente descartada.

¿Qué nos enseña todo esto? Que el hecho de que un científico tenga reconocimiento científico en su campo no le convierte en alguien infalible. La autoridad otorga cierta credibilidad inicial, pero no sustituye la necesidad de evidencia ni exime del escrutinio crítico. Ni siquiera el mayor especialista en una materia está inmunizado contra el error, por muy brillante que sea, especialmente cuando opina fuera de su área de competencia.

El profesor Raoult, virólogo de formación, y que sin embargo era un sofista de manual (y que fue removido de su cargo de director del IHU Méditerranée en 2022 – y con razón), se permitió opinar con desparpajo sobre materias ajenas a su campo de especialidad. Cuestionó la teoría de la de la evolución darwiniana [33], calificó de “absurdas” las predicciones climáticas del IPCC [34] (una pena que Bruno Cossío no lo haya conocido en su momento, le habría venido como anillo al dedo); e incluso llegó a pronunciarse sobre… el uso del velo islámico en la universidad [35], lo cual es, sin duda, su campo de especialidad (modo irónico ON).

Puede parecer desconcertante que científicos considerados autoridades mundiales en su campo – incluso galardonados con el Premio Nobel – acaben cayendo en prácticas pseudocientíficas, como en el caso del profesor Raoult, o digan disparates sobre el Covid-19, como ocurrió con el profesor Montagnier. ¿Es una cuestión de ego? ¿Un intento de recuperar una notoriedad perdida mediante afirmaciones provocadoras? ¿Una decadencia intelectual tardía? No lo sé, las motivaciones de los sofistas son, en muchos casos, inaprensibles.

Aunque existe un fenómeno conocido que podría arrojar algo de luz: el llamado “síndrome del Premio Nobel” [36], que se da cuando figuras científicas con gran reconocimiento se sienten autorizadas a opinar sobre cualquier tema, aunque esté fuera de su especialidad, convencidas de que su prestigio las exime del método, el rigor y la prudencia que se exige a cualquier otro científico. El caso del profesor Luc Montagnier es ilustrativo al respecto. Mucho antes de la pandemia de Covid-19, ya había incurrido en controversias por su apoyo a la homeopatía y a teorías sin base científica como la “memoria del agua” o la “teletransportación del ADN” [37], lo que le había valido el repudio de gran parte de la comunidad científica.

Lo que nos enseña todo esto es que no debemos creer en lo que dice un científico sólo por el mero hecho de serlo – ni siquiera cuando habla dentro de su especialidad – porque de nuevo, eso sería incurrir en un argumento de autoridad (de allí la utilidad del consenso científico, cosa que veremos en la segunda parte de este artículo). Lo relevante no es quién sostiene una tesis, sino por qué la sostiene, y qué grado de respaldo empírico y metodológico tiene. En el siglo XVI, Galileo no tenía razón al defender la teoría heliocéntrica por ser un “disidente anti-establishment” enfrentado a la Iglesia Católica. Galileo tenía razón porque sus observaciones eran más precisas y explicaban mejor la realidad. Y, en el caso que nos ocupa, tenemos razones sólidas para sostener que existe un cambio climático antropogénico.

Y si esto es válido para un científico, más aún lo es para Al Gore o – como veremos más adelante – para los medios de comunicación. Y en ningún caso esto le da legitimidad a Bruno Cossío para hablar con tanta seguridad sobre la inexistencia del cambio climático antropogénico, como si tuviera conocimientos de climatología, conocimientos de los que – como veremos después – carece por completo.

3.4. Años 70: la inminente edad de hielo, el gran argumento

Si antes explicamos por qué nos importa poco lo que opine o declare Al Gore sobre el cambio climático, menos aún debería importarnos lo que digan al respecto los medios de comunicación. O, mejor dicho, lo que Bruno Cossío llama “los medios”.

Mi idea inicial era refutar los principales argumentos de la magufada negacionista en una entrega posterior de este artículo. Sin embargo, dado que vamos a examinar un ejemplo de cómo Cossío recurre a los “medios de comunicación” para construir una falacia de error anecdótico, vamos a aprovechar la ocasión para desmontar ya algunos de los grandes argumentos del negacionismo.

Fiel a su método, Bruno Cossío evita citar lo que decían en su momento las autoridades científicas cuando comenzaron a alertar sobre el cambio climático. En lugar de eso, recurre a lo que dijeron algunos medios de comunicación al respecto. Así lo plantea en su artículo:

“Corrían los años 70 cuando los medios de comunicación de masas comenzaron a dar voz a una preocupación creciente en la comunidad científica: algo anómalo estaba sucediendo con las temperaturas del planeta. Periódicos como el New York Times, el Washington Post y la revista Time empezaron a hablar en términos preocupantes y hasta catastróficos.”

Ya hemos explicado antes por qué nos importa poco lo que diga Al Gore sobre el cambio climático, al menos si queremos tomarnos en serio la cuestión. Luego, con más razón deberíamos relativizar la importancia de lo que digan algunos medios de comunicación, tengan la línea editorial que tengan, y ello por varias razones.

En primer lugar, porque los medios de comunicación que menciona Cossío no son publicaciones científicas, por lo que su capacidad para representar fielmente el estado del conocimiento científico es, en el mejor de los casos, limitada. En segundo lugar, por una cuestión puramente mercantil, los medios de comunicación tienden al sensacionalismo, exagerando o dramatizando la realidad para vender ejemplares o captar audiencia. En tercer lugar, incluso cuando la persona que escribe o da cobertura en un medio de comunicación parte de buenas intenciones, es perfectamente posible que, por falta de formación en ciencia o epistemología, malinterprete o distorsione los informes científicos, reflejando opiniones individuales que no representan con precisión lo que dice el consenso científico.

Y lo cierto es que, creyendo así que dispone de un poderoso argumento (“mirad lo que decían medios de comunicación como el Washington Post, eso es la prueba de que yo tengo razón”), en realidad Bruno Cossío invalida su propia argumentación, como explicaremos a continuación. En efecto, como él mismo explica, durante los años 70 algunos medios de comunicación (al menos los medios citados por él) difundieron predicciones alarmantes, no sobre un calentamiento global, sino sobre la llegada de una inminente nueva edad de hielo.

Esta creencia, que tuvo cierto eco mediático, se originó en aquel momento a partir de una carta enviada en 1972 al presidente Nixon por la Universidad de Brown. La carta resumía las conclusiones de un simposio sobre clima organizado por paleoclimatólogo George Kukla y el climatólogo Reid Bryson, en el que se advertía sobre un posible enfriamiento global a corto plazo, debido al aumento de aerosoles en la atmósfera y a variaciones naturales en la órbita terrestre [38].

Asimismo, en el año 1971 el científico de la NASA S. Ichtiaque Rasool publicó junto con el físico Stephen Schneider un artículo en la revista Science [39] en el que se sobreestimaban los efectos combinados de la emisión de CO2 y de aerosoles, concluyendo que podría producirse un enfriamiento neto del planeta. Basándose en un modelo climático muy rudimentario, ambos autores plantearon un escenario extremo en el que la temperatura global podría caer hasta 3.5 ºC, (y no 6 ºC como falsamente afirma Bruno Cossío). Es preciso señalar que S. Ichtiaque Rasool no era climatólogo en sentido estricto, sino un físico especializado en ciencias atmosféricas y planetarias.

Evidentemente, lo que Bruno Cossío nos quiere decir con esto, es que si los científicos hicieron en su día predicciones catastrofistas sobre la llegada de una inminente edad de hielo, ¿por qué deberíamos creerles cuando hablan de calentamiento global? Es más, dado que fue sobre todo a partir de los años 80 cuando comenzó a consolidarse el consenso científico sobre el calentamiento global, Cossío llega a afirmar lo siguiente:

“Después de esta introducción, sin duda lo primero que cabe plantearse es cómo es posible que sólo en el espacio de 10 años se pasara de hablar de una nueva glaciación a un calentamiento peligroso del planeta.”

Lo que dice Bruno Cossío es doblemente falso, y vamos a explicar por qué.

a) En primer lugar, aunque algunos científicos expresaron preocupación en los años 70 por una posible nueva edad de hielo, la mayoría de estudios científicos revisados por pares en esa época ya apuntaban hacia un calentamiento global En 2008, un metaanálisis publicado en Bulletin of the American Meteorological Society [40] revisó 71 artículos científicos sobre el clima publicados entre los años 1965 y 1979. Los resultados fueron los siguientes:

  • Sólo 7 artículos apoyaban la hipótesis del enfriamiento global.
  • 44 estudios apuntaban hacia un calentamiento global.
  • Los 20 restantes eran neutrales.

Es por esta razón que Bruno Cossío, creyendo disponer de un argumento poderoso contra la ciencia institucional, en realidad se dispara en el pie, invalidando su propia argumentación, porque hace referencia a una tesis que no tenía el respaldo de la mayoría de científicos.

b) En segundo lugar – y esto se deduce del punto anterior – la narrativa de Bruno Cossío presupone que la comunidad científica, en su conjunto o en su mayoría, defendía durante los años 70 la tesis del enfriamiento global, y que sólo más tarde (según él “10 años después”), habría cambiado de postura. Pero es que no ocurrió así. Ya en los años 70, la mayoría de estudios hablaban de un calentamiento global provocado por el aumento de gases de efecto invernadero. El cambio de perspectiva no fue una “corrección oportunista”, sino el resultado de una línea de investigación que ya estaba bien asentada.

3.5. Lo que digan los medios de comunicación sobre climatología tampoco es problema de la ciencia

Una vez desmontado este último argumento de Bruno Cossío, podemos retomar el tema que nos ocupaba, que es la credibilidad de los medios de comunicación cuando abordan cuestiones científicas.

Y una vez más, el razonamiento es similar al que aplicamos en el caso de Al Gore. Si lo que publican el New York Times, el Washington Post o la revista Time está respaldado por datos sólidos y en consonancia con el consenso científico, entonces estarán cumpliendo una loable función divulgativa, y será útil prestarles atención. Pero si no es así, debemos desconfiar de lo que publican, tanto si es para defender la tesis del cambio climático antropogénico como si es para atacarla. Al fin y al cabo, no son revistas científicas, y su misión primaria no es validar el conocimiento, sino comunicarlo… a menudo con fines comerciales.

Esto es importante recalcarlo, porque en relación al cambio climático actual, del que hoy, efectivamente, se ocupan los medios de comunicación – con mayor o menor acierto, eso es otra historia – Bruno Cossío dice lo siguiente:

“No era nueva esta teoría. En los calurosos años 30, los medios estadounidenses hablaban del derretimiento catastrófico de los glaciares que inundaría en cuestión de un par de décadas las ciudades costeras. Esto no pasó, pero eso no ha impedido que se retome la predicción. Esto no pasó, pero eso no ha impedido que se retome la predicción. Ambos periodos, el miedo al frío y el miedo al calor, están de sobra documentados en los medios de la época.”

Una vez más, Cossío confunde opiniones periodísticas con ciencia, para construir su falacia de error anecdótico. El razonamiento es el siguiente: “como en el pasado alguien hizo una advertencia catastrófica que no se materializó, entonces las advertencias actuales también son falsas”.

Evidentemente, este argumento es inválido, y por varias razones. Para empezar, en los años 30 la climatología moderna ni siquiera existía como disciplina consolidada: el estudio sistemático del cambio climático se desarrolló a partir de los años 70, con herramientas, datos y modelos que no estaban disponibles antes. Por tanto, no tiene ningún sentido equiparar lo que decían algunos medios en los años 30 con lo que sostiene hoy el consenso científico internacional.

De hecho, también hay un hombre de paja, porque la climatología moderna, ya sea la actual o de décadas pasadas, jamás ha afirmado que las ciudades costeras vayan a ser inundadas. Esto lo pudo decir Al Gore, pero ya hemos explicado por qué su opinión es irrelevante para el rigor científico. El último informe del IPCC proyecta una subida media del mar de entre 0,29 metros y 1,1 metros hasta el año 2100, utilizando como línea base el periodo 1995-2014 [41]. Previamente, el nivel del mar se había estado midiendo sistemáticamente con mareógrafos desde aproximadamente 1870 [42], mostrando un aumento de 20 a 25 cm hasta el año 2000. El IPCC advierte que ello conlleva para las ciudades costeras un riesgo creciente de marejadas, erosión costera, intrusión salina y pérdida en infraestructuras. El consenso científico nunca ha hablado de “ciudades inundadas”.

Pero lo más revelador ocurre cuando se examina lo que Bruno Cossío entiende por “los medios”. Al revisar la fuente que utiliza para referirse a “los medios de la época”, se descubre que se trata de un recorte de prensa del año 1932 del Jefferson City Post-Tribune [43], antecesor del actual Jefferson City New Tribune, un periódico local de la ciudad de Jefferson City, Missouri. ¿Qué cojones queréis que nos importe lo que diga sobre climatología un periódico local del estado de Missouri de los años 30?

Además, Bruno Cossío, convencido de que esto es un argumento de peso, subraya el hecho de que “el miedo al frío y el miedo al calor, están de sobra documentados en los medios de la época.” Sí, y también está documentado que en 1938, Orson Welles narró en la cadena CBS una adaptación de la novela “La guerra de los mundos”, generando pánico y confusión en algunas áreas al haber hecho creer a mucha gente en la existencia de una invasión extraterrestre [44]. ¿Esto hace que debamos otorgarle pretensiones de tener rigor científico? Evidentemente, no.

3.6. Manipulación negacionista: que una fuente diga algo, es muy diferente de “hacerle decir” algo

No es la única ocasión en la que Bruno Cossío emplea la falacia del error anecdótico al referirse a lo que los medios de comunicación han podido decir sobre el cambio climático. Ya hemos visto cómo utilizó un recorte de prensa de un periódico de Missouri de los años 30 para respaldar su postura. Pero en ese caso, al menos, la fuente documental en la que se apoya Cossío, efectivamente hablaba de un calentamiento global inminente.

Lo que pasa es que en otras ocasiones, no duda en utilizar fuentes que aparentemente apelan a la autoridad del IPCC, pero que en realidad tergiversan lo que dice el IPCC para hacerle decir lo que no dice. Esto es un fenómeno muy característico de nuestros tiempos, en los que redes sociales como Facebook o Twitter actúan como amplificadores instantáneos de noticias. El ritmo frenético al que van estas redes fomenta la propagación de información errónea o manipulada, especialmente cuando mensajes “impactantes” o “alarmantes” se viralizan sin verificación. Esto es lo que se conoce como fake news.

Esto lo menciono porque, a raíz de la pandemia, comencé a practicar de forma cada vez más sistemática la zetética (lo que en los países anglófonos se llama scepticism), adquiriendo la costumbre de verificar la fuente original en la que se basan este tipo de noticias, sobre todo cuando la información parece extraña, contraria al sentido común, o “demasiado bonita para ser verdad”.

Esto lo digo porque, independientemente de si la noticia favorece a la extrema derecha, a los movimientos antieuropeístas, a medios económicos neoliberales (como El Economista), a la izquierda woke, a la izquierda de tradición comunista o al llamado “rojipardismo”, desde hace un tiempo, cuando me ha interesado, he adoptado la costumbre de verificar lo que dice la fuente original en la que se basa este tipo de noticia “explosiva”. He comprobado que, como mínimo en un 90% de los casos, el contenido de la fuente original no coincide con lo que el tweet supuestamente basado en ella afirma, o al menos lo tergiversa. E insisto, esto ocurre tanto con la extrema derecha, como con medios neoliberales, como con cuentas de Twitter más afines a nuestras propias filas.

Esto viene a cuento porque, en su artículo, Bruno Cossío asegura que “el número de huracanes están en tendencia decreciente desde que hay registros” y que “no hay evidencias de un aumento de las sequías por culpa del CO2”. Cossío afirma basarse en el informe del IPCC vigente en noviembre de 2019 (lo cual demuestra que, cuando le conviene, el IPCC se convierte por arte de magia en una fuente fiable).

El problema surge cuando se examina la fuente documental que coloca Cossío al final de su artículo: no es la página web del IPCC, sino un artículo de la página web Daily Caller [45], un medio de comunicación conservador fundado por Tucker Carlson, con una orientación política clara y un estilo sensacionalista. Este hecho, por cierto, había sido señalado por José A. Tapia en su respuesta a Cossío, sin que, obviamente, Cossío haya respondido a esa observación de Tapia.

Entonces, ¿qué dice el artículo de Daily Caller? Para empezar, su contenido es bastante más matizado de lo que afirma Bruno Cossío. El artículo, citando a terceros como Roger Pielke en lugar de al IPCC directamente, sostiene que el IPCC considera que “hay pocas bases para afirmar que las sequías, las inundaciones, los huracanes y los tornados han aumentado, y mucho menos que han aumentado debido a los gases de efecto invernadero”. Cosa que es bastante diferente de afirmar que “el número de huracanes están en tendencia decreciente desde que hay registros”, lo cual evidencia que Bruno Cossío ni siquiera es capaz de leer correctamente las fuentes que él mismo cita.

¿Qué decía en realidad el IPCC en su informe de 2019? Lo que indicaba es que no existía una tendencia clara al alza o a la baja en el número total de ciclones tropicales. Sin embargo, sí señalaba una creciente confianza en que había aumentado las proporción de ciclones más intensos (es decir, los de categoría 3-5), y que esta tendencia seguiría aumentando con el calentamiento global. En otras palabras, no es que el número de ciclones aumente, sino que lo que aumenta es su intensidad, debido a que las temperaturas más elevadas proporcionan más energía a los sistemas tropicales [46].

En cuanto al fenómeno de las sequías, el artículo de Daily Caller dice lo siguiente:

“En cuanto a las sequías, por ejemplo, el IPCC admite que hay poca confianza en las tendencias de sequía desde 1950 a escala global. El informe señala que es probable que existan tendencias en algunas regiones del mundo, como el aumento de las sequías en el Mediterráneo y la disminución de las sequías en partes de América del Norte.”

Aquí estamos ante un caso de manipulación sutil por parte de Daily Caller. El uso del verbo “admite” en la frase “el IPCC admite que hay poca confianza…”, sugiere que el IPCC estaría “confesando” una debilidad, cuando en realidad estaría haciendo una evaluación prudente y matizada, como corresponde al método científico.

No obstante, a continuación Daily Caller reconoce que el informe del IPCC señala la “probabilidad” de tendencias regionales al aumento de sequías. Sin embargo, su manera de presentar las cosas suaviza lo que realmente dice el informe. El texto original del informe del IPCC afirma con claridad: “Existe alta confianza en que la frecuencia e intensidad de las sequías han aumentado en algunas regiones, incluyendo el Mediterráneo, el oeste de Norteamérica y el sur de África desde mediados del siglo XX.”

Es más, esta tendencia ha sido confirmada por el informe del IPCC de 2022, que establece claramente: “Las sequías agrícolas y ecológicas han aumentado en intensidad y/o duración en varias regiones de todos los continentes desde mediados del siglo XX (nivel de confianza medio).” [47].

Pero lo más grave es que, si ya Daily Caller manipulaba ligeramente lo que decía el informe del IPCC, Bruno Cossío demuestra una vez más no ser capaz de leer correctamente las fuentes que él mismo cita. Porque mientras Daily Caller al menos reconoce que el informe “señala que es probable que existan tendencias en algunas regiones del mundo”, Cossío va mucho más allá, afirmando que “no hay evidencias de un aumento de las sequías por culpa del CO2”, algo que ni el IPCC ni Daily Caller afirman en absoluto.

Continuará en la segunda parte.

Fuentes:

[1] https://www.theguardian.com/us-news/2024/nov/12/big-oil-fossil-fuel-warning

[2] https://elpais.com/economia/negocios/2023-01-13/el-plan-para-salvar-el-planeta-hace-aguas-costara-120-billones-de-euros-hasta-2050.html

[3] https://elpais.com/espana/2024-10-29/la-dana-en-espana-en-directo-ultimas-noticias-del-temporal-y-las-inundaciones.html

[4] https://www.youtube.com/watch?v=_JhaVNJb3ag

[5] https://climatefeedback.org/evaluation/national-geographic-video-starving-polar-bear-should-have-clarified-uncertain-link-climate-change-sarah-gibbens/?utm_source=chatgpt.com

[6] https://www.nationalgeographic.com/magazine/article/explore-through-the-lens-starving-polar-bear-photo?utm_source=chatgpt.com

[7] https://www.aljazeera.com/news/2019/6/8/reaching-end-game-new-paper-on-climate-change-raises-alarm

[8] https://www.preventionweb.net/publication/existential-climate-related-security-risk-scenario-approach

[9] https://www.youtube.com/watch?v=k1PvPo8Qa9g

[10] Sahra Wagenknecht, Los engreídos: mi contraprograma a favor del civismo y la cohesión social, 2024, Lola Books

[11] https://www.tf1info.fr/politique/le-barbecue-symbole-de-virilite-sandrine-rousseau-dechaine-la-polemique-2230657.html

[12] https://www.larazoncomunista.com/post/el-emperador-del-clima-va-desnudo-desmontando-la-emergencia-clim%C3%A1tica

[13] https://www.larazoncomunista.com/post/qui%C3%A9n-va-ense%C3%B1ando-el-trasero-respuesta-al-negacionismo-clim%C3%A1tico-de-bruno-coss%C3%ADo

[14] https://www.larazoncomunista.com/post/3-4-el-emperador-del-clima-ya-sabe-que-va-desnudo-r%C3%A9plica-a-jos%C3%A9-a-tapia

[15] https://www.youtube.com/watch?v=UlbYDc2Z0hg&t=2s

[16] https://www.ouest-france.fr/sante/virus/coronavirus/coronavirus-le-covid-19-est-il-tres-dangereux-6757065

[17] https://www.youtube.com/watch?v=z3RqEMtoZD0&t=561s (en este vídeo se puede observar que lo dice exactamente en el minuto 15.24)

[18]https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/32074550/#:~:text=in%20clinical%20studies-,Breakthrough%3A%20Chloroquine%20phosphate%20has%20shown%20apparent%20efficacy%20in%20treatment%20of,Biosci%20Trends.

[19] https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC3821003/

[20] https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC1232869/

[21] https://www.youtube.com/watch?v=EmGDz3t0S-c

[22] https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/32391667/

[23] https://www.lemonde.fr/politique/article/2020/04/09/la-visite-surprise-d-emmanuel-macron-au-microbiologiste-didier-raoult_6036150_823448.html

[24] https://www.washingtonpost.com/politics/trump-says-he-is-taking-hydroxychloroquine-to-protect-against-coronavirus-dismissing-safety-concerns/2020/05/18/7b8c928a-9946-11ea-ac72-3841fcc9b35f_story.html?utm_source=chatgpt.com

[25] https://www.thelancet.com/pdfs/journals/lancet/PIIS0140-6736(20)31180-6.pdf

[26] https://zenodo.org/records/3862789#.XtE1n8A69Pb

[27] https://www.recoverytrial.net/files/recovery-protocol-v8-0-2020-07-08.pdf

[28] https://www.who.int/emergencies/diseases/novel-coronavirus-2019/global-research-on-novel-coronavirus-2019-ncov/solidarity-clinical-trial-for-covid-19-treatments

[29] https://biolincc.nhlbi.nih.gov/media/studies/petal_orchid/ORCHID_Protocol.pdf?link_time=2025-05-10_16:56:45.138501

[30] https://www.lemonde.fr/les-decodeurs/article/2020/04/17/le-coronavirus-fabrique-a-partir-du-virus-du-sida-la-these-tres-contestee-du-pr-luc-montagnier_6036972_4355770.html#:~:text=Le%20professeur%20Luc%20Montagnier%2C%20prix,le%2017%20avril%2C%20sur%20CNews.

[31] https://www.nature.com/articles/s41591-020-0820-9

[32] https://www.nature.com/articles/s41586-022-04532-4

[33] https://www.lepoint.fr/debats/et-si-darwin-s-etait-trompe-12-12-2011-1406407_2.php#11

[34] https://www.lepoint.fr/debats/les-predictions-climatiques-sont-absurdes-08-10-2013-1740365_2.php#11

[35] https://www.lepoint.fr/debats/raoult-voile-a-l-universite-les-pompiers-pyromanes-15-04-2016-2032545_2.php#11

[36] https://es.wikipedia.org/wiki/Enfermedad_del_Nobel

[37] https://www.marianne.net/societe/sante/luc-montagnier-est-mort-de-la-decouverte-du-sida-a-la-marginalisation

[38] https://enthusiasmscepticismscience.wordpress.com/2017/12/03/the-1970s-global-cooling-scare-and-how-the-warming-scare-could-not-have-happened-without-it/?utm_source=chatgpt.com

[39] https://www.science.org/doi/10.1126/science.173.3992.138

[40] https://journals.ametsoc.org/view/journals/bams/89/9/2008bams2370_1.xml

[41] https://www.ipcc.ch/report/ar6/syr/downloads/report/IPCC_AR6_SYR_SPM.pdf

[42] https://en.wikipedia.org/wiki/Sea_level_rise?utm_source=chatgpt.com

[43] https://www.newspapers.com/article/jefferson-city-post-tribune/3444060/

[44] https://www.infobae.com/historias/2024/10/30/orson-welles-una-invasion-extraterrestre-y-panico-en-la-calle-los-59-minutos-que-cambiaron-la-historia-de-los-medios/

[45] https://dailycaller.com/2018/10/08/un-climate-report-global-warming/?

[46] https://www.ipcc.ch/site/assets/uploads/2019/11/SRCCL-Full-Report-Compiled-191128.pdf

[47] https://www.carbonbrief.org/explainer-what-the-new-ipcc-report-says-about-extreme-weather-and-climate-change/?utm_source=chatgpt.com

2 COMENTARIOS

  1. Un artículo muy interesante. Es el primero que leo sobre este fenómeno que llevo observando en los últimos meses, el de perfiles de izquierda negacionistas del cambio climático antropogénico que, en otros temas, muestran un pensamiento político crítico e independiente. Esperando leer la 2ª parte sobre los argumentos negacionistas de este tipo de perfiles. Uno de los argumentos más comunes que yo he leído en RRSS de manera más o menos explícita es éste: dado que el neoliberalismo está tratando de obtener beneficio de la alarmismo climático (un beneficio directo económico e indirecto empeorando las condiciones de los trabajadores), entonces el cambio climático antropogénico, o incluso el cambio climático sin más, son falsos. Es una simple falacia non sequitur pero, como digo, muy frecuente en estos negacionistas.

  2. Pero es un error de razonamiento, porque no se parte de una evidencia, se parte de algo que es una cuestión de fe, o una mera sospecha: «el neoliberalismo trata de obtener un beneficio económico», lo cual es cuestionable porque precisamente dedican mucho dinero para financiar el negacionismo, y luego es solo es una mera especulación, no hay ningún documento que permita tener esta certeza (no se parte de un documento, filtración, audio, archivo desclasificado, investigación periodística, nada). Y ya luego se construye el argumento «ad hoc» para justificar esa creencia. Claro, el problema es que todas las academias de todo el mundo defienden la tesis del cambio climático (da igual que sean de Rusia, China, Cuba, Venezuela, si me apuras Corea del Norte). Entonces la única manera de hacer que eso encaje es decir que «forman parte de la conspiración». Lo cual recuerda a la teoría de la conspiración del falso alunizaje de Apolo IX.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.