Alexandre García Turcan
Resumen: Este artículo no pretende limitarse a afirmar que no existen pruebas de que Dios existe, sino que en el mismo se va a explicar y demostrar de la manera más lógica del mundo que es posible afirmar la inexistencia de Dios con la mayor de las certezas. El tronco principal de la argumentación no es mío, sino que es autoría del youtuber Penseur Sauvage (Pensador Salvaje). Lo que voy a hacer en este artículo es exponer básicamente lo mismo pero completando con más datos, explicaciones y reflexiones propias, y además pretendo ni más ni menos que rehabilitar al filósofo comunista de origen húngaro Georges Politzer [1], clarificando lo que él explicaba en su obra Principios elementales de filosofía acerca del “autobús invisible”, afirmación que ha sido objeto de burla entre diversos sectores de la clase media-alta universitaria, en especial por parte de pseudointelectuales que pertenecen al colectivo que la política alemana Sahra Wagenknecht llama izquierda como estilo de vida. Y no es porque yo sea comunista (porque no lo soy) ni crea en el materialismo dialéctico como sistema, sino simplemente porque se comete una injusticia con Politzer por parte de gente, sin duda engreída, pero no lo suficientemente inteligente como para entender lo que realmente quiso decir. Por lo tanto, en este artículo voy a asumir la carga de la prueba que los creyentes hacen siempre recaer en los no-creyentes, y demostraré la inexistencia de Dios de la manera más irrefutable que sea posible. Posteriormente, iré publicando en El Común una serie de artículos donde iré refutando uno por uno todos los argumentos teológicos a favor de la existencia de Dios, que alcanzan la cifra de 13 argumentos (allí es nada).
Palabras clave: verdades absolutas, verdades con un grado máximo de certeza, solipsismo, calambre mental, refutabilidad, ciencia.
¿Se puede demostrar que Dios no existe? Verdades absolutas vs. grado máximo de certeza
La respuesta a esta pregunta es: en términos absolutos no, no se puede. De hecho, es imposible demostrar que cualquier cosa no exista, y en este aspecto los creyentes tienen razón al afirmar que no se puede demostrar la inexistencia Dios.
La raíz de ello está en el llamado “problema de Hume”, relativo a la fundamentación lógica del conocimiento que se extrae de las inferencias inductivas. Esto que acabo de escribir, que parece jerga confusa, en realidad es algo muy simple, que es la crítica que hace David Hume a la pretensión de fundamentar el conocimiento en la inducción. Según el diccionario de la RAE, se entiende por “inducción” el hecho de “extraer, a partir de determinadas observaciones o experiencias particulares, el principio general implícito en ellas”. En otras palabras, la inducción se puede definir como el método mediante el cual, a partir del conocimiento de hechos directamente conocidos (es decir, los casos particulares), se extraen hipótesis científicas universales.
Supongamos que yo veo un cisne blanco, y luego otro cisne blanco, y luego otro cisne blanco, etc., hasta ver muchos cisnes blancos. Si todos los cisnes que he visto en mi vida son blancos, por inducción me veré tentado a afirmar que todos los cisnes existentes son blancos.
El problema es que si se investiga un poco en la naturaleza, veremos que existen cisnes negros. Y como la observación de un único cisne negro ya serviría para invalidar la aserción “todos los cisnes son blancos”, esto a su vez permitiría afirmar que mi razonamiento, basado en la inducción, era erróneo.
La cosa se complica un poco más si os pregunto si existen cisnes azules. Lo más normal es que contestéis que no, porque eso no se ha visto nunca en ningún lugar del mundo. Pero ello implicaría hacer el mismo error que cometimos cuando descubrimos a un cisne negro: el hecho de que no se haya visto nunca un cisne azul, no bastaría para afirmar que no existen los cisnes azules. De hecho, si lo llevamos hasta el extremo, es hasta posible que en algún lugar recóndito del mundo se encuentre un día un cisne azul que hubiese escapado previamente a nuestra observación, y cuya existencia se explique perfectamente por las leyes de la selección natural.
Es por ello que, en apariencia, la mera inducción no es un razonamiento lógicamente válido. Pero insisto: lo que digo es que no es lógicamente válido. Porque, en los hechos reales, es imposible prescindir de la inducción, tanto en la ciencia como en nuestra vida cotidiana, porque si prescindiéramos de ello, no podríamos limitar las hipótesis sobre lo que existe y lo que no existe, y la vida sería imposible.
La arrogancia de los que se burlan de Politzer
Imaginad que tenéis que atravesar la calle por el paso de cebra para ir a por una oferta de empleo. Normalmente miráis hacia un lado y hacia otro de la calle para aseguraros de que no viene ningún coche, para poder cruzar la calle. Pero… ¿después de todo, cómo puedo esta seguro que no podría venir un coche invisible y silencioso que no pueda ver y me atropelle?
En sus Principios elementales de filosofía, Georges Politzer decía, en referencia a los idealistas (por resumirlo de forma sencilla, aquellos que ponen en duda la realidad del mundo externo a nuestras representaciones, que en este artículo vamos a llamar “solipsistas”):
“Tomemos por ejemplo un autobús que pasa en el momento en que atravesamos la calle, en compañía de un idealista con quien controvertimos si las cosas son una realidad objetiva o subjetiva y si es verdad que son nuestras propias ideas las que crean las cosas. No cabe duda que si no queremos ser atropellados, tenemos que poner mucha atención. Porque en la práctica el idealista se ve obligado a reconocer la existencia del autobús. Claro que para él, prácticamente no hay diferencia entre un autobús objetivo y un autobús subjetivo, y esto es tan verdad que la práctica demuestra que los idealistas en la vida son materialistas.”
Bien, si sois miembros de la izquierda como estilo de vida residentes en los barrios bonitos de la ciudad y que desprecia a los más desfavorecidos (como los alumnos iletrados de París a los que Politzer enseñaba filosofía en la Universidad Obrera de París) porque habéis descubierto la verdad revelada en una clase de Carlos Fernández Liria o habéis usado la facultad de Somosaguas de plataforma para directamente pasar a vivir del erario público, podéis reíros a carcajadas ante lo cutre del argumento de Politzer y dejar de leer el artículo.
Los que queráis seguir, en cambio, os habréis dado cuenta (y si no es el caso ahora, lo será más adelante) que existe gente que opera exactamente de la misma manera que aquel que especula con la posibilidad de que puede existir un coche o autobús invisible, y que sostienen que no es posible demostrar la inexistencia de un coche invisible. Eso lo que se llama método hipercritico (que no tiene nada que ver con el escepticismo metodológico, o zetética, que es lo que yo defiendo). Son los mismos que afirman la imposibilidad de demostrar la inexistencia de Dios, o que incluso defienden cosas igual o más disparatadas como los teóricos de la conspiración que defienden la tesis de la “plandemia”, por dar un ejemplo.
Y sin embargo, tanto si eres un no-creyente, como un creyente, como un conspiracionista que cree en la tierra plana o hueca, si estás en búsqueda de un puesto de trabajo, se da sistemáticamente el hecho de que tienes que partir de la premisa de que los coches invisibles no existen para poder cruzar la calle (o para poder vivir, simplemente), por mucho que formalmente no puedas demostrar que no existen. Esto, y no otra cosa, es lo que quería explicar Politzer en un breve párrafo a alumnos analfabetos de extracción obrera cuando les enseñaba conceptos básicos de filosofía durante los años 30.
El criterio de refutabilidad
El problema que levantó Hume con la inducción suscitó no pocos problemas en el campo de la epistemología, la rama de la filosofía que estudia el conocimiento. Es por ello que en el siglo XX el filósofo austriaco Karl Popper [2] redefinió los criterios de validación de las hipótesis en el campo científico, formulando el escepticismo metodológico.
El escepticismo metodológico (zetética) no se debe confundir con los que se conocieron como escépticos filosóficos (que en realidad es otra palabra para definir a los solipsistas) que se remontan a la Grecia clásica (e incluso a la escuela de filosofía de Ajñana en la India), y que afirman la inexistencia de la verdad. Por dar un ejemplo, es bastante común oír de parte de teóricos de la conspiración frases como “cada uno tiene su verdad”, lo cual abre la puerta a que uno crea en Dios, en los OVNI, en la tierra hueca o – por qué no – en los autobuses invisibles (¿verdad que, visto de esta manera, la frase de Politzer es mucho menos risible?). El problema de esta forma de concebir el mundo, es que algo que es real sólo para una persona y no para los demás, es por definición algo imaginario, y por lo tanto, si se piensa de esta forma, lo que se está haciendo es borrar la frontera que limita lo real de lo imaginario. Sobre esto volveremos después.
El escepticismo filosófico consiste básicamente en sostener que es posible que nada de lo que percibimos a través de nuestros sentidos sea real. Lo que perciben nuestros sentidos podrían ser meras ilusiones, y por lo tanto cualquier razonamiento basado en la observación de lo real no tendría ninguna legitimidad racional. Lo cierto es que por mucho que este tipo de visión del mundo haya existido desde siempre (hasta más o menos nuestros días hasta llegar en forma de terraplanistas o negacionistas del cambio climático), eso no ha impedido que otros filósofos hayan seguido observando la realidad, pero hasta que llegara Karl Popper, no había una forma eficaz de responder a los argumentos de los escépticos filosóficos.
De hecho, el filósofo francés René Descartes recogió el guante de los escépticos filosóficos en su Discurso del método, refutando el escepticismo filosófico llevándolo al absurdo. Descartes aceptó de buena fe que se podía dudar de (casi) todo, pero llegó a la conclusión cogito, ergo sum (“pienso, luego existo”), de tal forma que aún en el caso de que supongamos que la realidad es una ilusión, no deja de ser una certeza que la consciencia de la que disponemos, y que se hace preguntas sobre lo real, es algo que existe (eso es precisamente lo que se llama solipsismo, en realidad). Esto no significa que la duda sistemática sea un método fiable, pero al menos debe conducirnos a pensar que la existencia de la consciencia es una certeza.
Lo que sorprenderá a muchos, es que de allí Descartes concluyó que la esencia espiritual era una mayor certeza que la esencia material, y por lo tanto llegó a la conclusión de que “lo espiritual prima sobre lo real”, y, a riesgo de que me acusen de hacer una caricatura, esto es lo que le llevó a concluir que Dios existe, y que Dios no nos puede haber dado sentidos que nos induzcan en error, “porque Dios es bueno”, entonces la realidad existe, etc., etc. Fue, por parte de Descartes, una forma de explicar que lo real existe y refutar las tesis de los escépticos filosóficos, pero que echa por tierra la creencia, bastante popular, de que la palabra “cartesiano” significa “racionalista” o “escéptico” (en el sentido de metodológico), cuando en realidad Descartes era un escolástico [3]. Por eso es bastante patético cuando en Francia se utiliza la palabra “cartesiano” como sinónimo de “racional” (acepción que, debo añadir, no figura en el diccionario de la RAE)
Como dije anteriormente, a partir de ahora utilizaremos la palabra solipsistas para referirnos a los escépticos metodológicos, pues el diccionario de la RAE define solipsismo como “forma radical de subjetivismo según la cual solo existe aquello de lo que es consciente el propio yo”, que es exactamente la conclusión a la que había llegado Descartes con su cogito ergo sum, y para el propósito del artículo nos sirve esta definición.
Volviendo a Karl Popper, el escepticismo metodológico (que no filosófico) consiste en decir que ninguna afirmación sobre lo real puede ser considerada verdadera mientras no se haya hecho la demostración de su realidad. De ahí surgió el criterio falsacionista de Popper: una tesis científica se demuestra como verdadera si hay maneras de demostrar que es falsa. O mejor dicho: se demuestra verdadera si se sigue sosteniendo pese a los intentos de refutarla.
La razón de ello es sencilla: como dije anteriormente, no se puede demostrar la inexistencia de un cisne azul. Por lo tanto, la tesis de la existencia de los cisnes azules no es científica, al igual que no lo es la tesis de la existencia de Dios, como veremos más adelante. En cambio, sí se puede demostrar la existencia de un cisne blanco o negro. Y como es necesario limitar el campo de las hipótesis para estudiar lo real, so pena de que las hipótesis sean ilimitadas y entonces seamos incapaces de pensar sobre nada, entonces el mejor método para estudiar la realidad es no admitir que algo exista mientras no se haya demostrado su existencia. Por ejemplo, se han dado pruebas de la existencia de cisnes negros, por lo tanto los cisnes negros existen. En cambio, no se han dado pruebas de la existencia de cisnes azules, por lo que no es algo admitido que los cisnes azules existan, hasta prueba de lo contrario.
¿Esto bastaría para afirmar con rotundidad que los cisnes azules no existen? Pues no. El motivo de ello es que el escepticismo metodológico parte del principio de que es imposible demostrar la inexistencia de algo. Es decir, la ausencia de pruebas no es lo mismo que la prueba de la ausencia. No se puede tener la certeza de la inexistencia de los cisnes azules, por lo que debemos permanecer abiertos ante la posibilidad de su existencia. Pero mientras esto no sea algo demostrado, nos negaremos a creer en ellos. Porque no creer en la existencia de algo no es lo mismo que creer en su inexistencia. En otras palabras, en ausencia de prueba de lo contrario, podemos estar abiertos a la idea de que pueda existir un cisne azul, pero eso no significa que debamos creer en la existencia de los cisnes azules.
El escepticismo metodológico de Popper irritó a mucha gente dentro de la comunidad de los creyentes, puesto que quedó así establecido que es tan imposible demostrar la inexistencia de Dios como lo es demostrar su existencia. Se estableció, pues, que debido a la ausencia de pruebas a favor de la existencia de Dios, lo más racional es no creer en Dios. Lo cual, repito, irritó a los creyentes, porque ya con eso quedó admitido que no es racional creer en Dios por mucho que se utilicen sofismas varios (que iremos viendo después uno por uno en una larga serie de 13 artículos después de la publicación de este artículo).
La gran ventaja que tuvo eso, es que tuvo el mérito de restablecer la carga de la prueba. Todos hemos conocido alguna vez a un creyente o teólogo que no tiene más argumento a favor de la existencia de Dios que “demuéstrame que no existe” (argumento también muy utilizado dentro de la esfera conspiracionista). Es evidente que quien afirma algo (como la existencia de Dios o la existencia de la “plandemia”) y luego invierte la carga de la prueba, ya ha perdido el debate. Pero es que además, gracias el escepticismo metodológico de Popper, es responsabilidad de los creyentes el demostrar la existencia de Dios.
Grados dentro de la escala de creencias
Pero el hecho de no creer en la existencia de Dios mientras no haya pruebas de ello, que se puede resumir como postura ateísta, no es lo mismo que el antiteísmo, que es la creencia firme en que en Dios no existe, y que es la postura que defiendo en este artículo. Es decir, acepto recoger el guante de la inversión de la carga de la prueba por parte de los creyentes.
Es preciso establecer diferentes grados dentro del espectro de los distintos tipos de creencias (en Dios) para que se entienda bien la postura antiteísta. Según el youtuber Penseur Sauvage, existen cinco posiciones en lo que respecta a la creencia en Dios, que son las siguientes:
- El teísmo: adhesión a una creencia religiosa, institucionalizada por un dogma. Es decir, que para ser teísta no basta con creer en Dios, sino que es preciso la institucionalización de la creencia, con una autoridad garante de que se respete un dogma (autoridad que puede ser cristiana, judía, islámica, hinduista, etc.). Entiéndase aquí la palabra “dogma” no en su acepción de “proposición tenida por cierta y como principio innegable” (según el diccionario de la RAE), sino en su acepción de “conjunto de creencias de carácter indiscutible y obligado para los seguidores de cualquier religión.”
- El deísmo: aquí se trata de gente que cree en un concepto más o menos concreto de Dios, pero sin adherir a un dogma institucionalizado. En esta categoría también pueden entrar gente que se define como “espiritual” pero no religiosa, los obsesos de la teoría de la conspiración que creen en “el mal conspirador” (Soros, Nuevo Orden Mundial, conspiración judeo-masónica de la Agenda 2030, etc.), o incluso aquellos que tienen una definición de Dios muy abstracta y profesan creencias tipo New Age que te hablan de energía, universo, cuántica, etc. [4]
- El agnosticismo (que proviene del griego a-gnosis: “no saber”) es la postura de los que sostienen que es imposible posicionarse sobre la existencia de Dios. En la medida en que no puede demostrarse que Dios existe, ni demostrarse que no existe, el agnosticismo considera por lo tanto que el único comportamiento racional es no tomar posición, o considerar que tan racional es creer que Dios existe como creer que existe.
- El ateísmo moderno: hay que insistir en lo de “moderno”, porque antaño ser ateo significaba “no creer en el dios”. Por ejemplo, un arriano podía ser considerado ateo por no creer en las santa trinidad. Pero hoy en día ser ateo, a mi modo de ver, no significa tampoco estar convencido de la inexistencia de Dios, sino que implica ser ateo en el marco del escepticismo metodológico, es decir, ni más ni menos que no adherir a la creencia en Dios, puesto que no hay pruebas de su inexistencia. El ateísmo moderno es estratégicamente eficaz, en la medida en que restituye la carga de la prueba (de la existencia de Dios) a los creyentes. Sin embargo, puede ser percibido como algo hipócrita, porque puede ser percibido como un agnosticismo que no asume lo que es. ¿Por qué? Porque la diferencia entre el agnosticismo y el ateísmo, es que el agnosticismo pone en el mismo plano la creencia y la no-creencia, mientras que el ateísmo moderno sostiene que debido a la ausencia de pruebas de la existencia de Dios, la tesis que se valida por defecto es la de su inexistencia, sin por ello correr el riesgo de que los creyentes inviertan la carga de la prueba y “obliguen” al ateo a demostrar la inexistencia de Dios. Y de hecho la mayor parte de los ateos escépticos se abstienen de adoptar abiertamente una posición de ateísmo militante (demostración de la inexistencia de Dios), por miedo a que sus interlocutores creyentes inviertan la carga de la prueba.
Y es por eso que es preciso establecer un quinto grado, que es:
- El antiteísmo, que consiste sencillamente en afirmar la inexistencia de Dios. Y ello implica desplazar la carga de la prueba, por lo que el antiteísta debe asumir el reto de demostrar que Dios no existe. Y voy a demostrar a continuación que se puede sostener esa tesis perfectamente.
¿Se puede demostrar la inexistencia de Dios?
La respuesta a esta pregunta es: sí, a condición de que se delimite claramente qué significa demostrar algo o cualquier cosa.
Como hemos visto anteriormente, es imposible demostrar que algo no existe en términos absolutos. Pero allí está el quid de la cuestión: ¿por qué la prueba de la existencia de la Dios debería ser una prueba absoluta? ¿Es más, existe alguna cosa en el mundo, de la cual la prueba de su existencia sea una prueba absoluta?
Veamos un ejemplo. Se podría decir que la prueba de la existencia del teclado con el que redacto estas líneas es absoluta, porque tengo 1000 maneras de demostrar de manera empírica que existe. Pero volvemos entonces al argumento de los solipsistas, que es que nada demuestra que la realidad que estoy experimentando no sea una ilusión, y por ello podríamos pensar que el teclado no existe realmente. Y es por ello que ante un solipsista que emplea este tipo de metodología hipercrítica, que consiste en negar todo aquello que no le conviene “porque podría no existir y ser falso o fruto de una ilusión”, uno está en una situación incómoda para debatir racionalmente de cualquier cosa.
Pero precisamente, la mejor forma de invalidar su posición es dándoles parcialmente la razón: es decir, que ninguna certeza es absoluta. Las únicas cosas de cuya existencia podemos hablar son las cosas cuya existencia es de una certeza máxima. Por lo tanto, la buena pregunta no es “¿Podemos demostrar de manera absoluta que Dios no existe?”, sino “¿Podemos demostrar con un grado de certeza máxima que Dios no existe?” Y allí es cuando los creyentes se podrán ofuscar, diciendo que estaríamos haciendo trampa planteando el problema de esta manera, pues si bien se podría demostrar con un grado de certeza máxima que Dios no existe, seguiría habiendo una posibilidad de que Dios exista.
Afirmación ante la cual podemos hacer una simple pregunta: ¿Es posible que yo alcance la estratosfera saltando, sin recurrir a ningún medio tecnológico? La persona a la que se haga esta pregunta se verá obligada a diferenciar entre una posibilidad absoluta y una posibilidad racional. En términos absolutos, alcanzar la estratosfera saltando no es imposible, al igual que no es imposible que exista un cisne de color azul. No obstante, hasta el momento presente esto no se ha podido ver empíricamente. Pero desde un plano racional, es del todo imposible, por lo que sabemos de la gravedad, de la distancia entre el suelo y la estratosfera, y de la capacidad muscular de los seres humanos. Sabemos que es completamente imposible que un ser humano alcance la estratosfera saltando desde el suelo, por mucho que en términos absolutos no sería imposible.
Y allí es cuando entramos en el terreno de la lingüística.
El concepto de calambre mental de Ludwig Wittgenstein
Para comprender lo que le da legitimidad al significado de términos como “posible” o “demostrado”, vamos a hablar del concepto de calambre mental de Ludwig Wittgenstein. Wittgenstein era un filósofo austriaco especializado en lógica, matemática y teoría del lenguaje. Aunque nunca publicó nada directamente, en la obra Los cuadernos azul y marrón, publicada en 1935, que es una síntesis de las clases que había impartido en la universidad, habla del concepto de calambre mental, que es el nombre que daba a ciertos problemas insolubles de la metafísica.
Wittgenstein era un crítico de la teoría esencialista del lenguaje, que consideraba que hay en el lenguaje una sintáxis “natural”, de tal manera que el trabajo de los teóricos del lenguaje consistiría en “descubrir” las reglas fijas e universales de un lenguaje “puro y auténtico” que vehicularían un sentido que nos permite comunicar. De hecho, esta concepción del lenguaje gusta entre los creyentes, sobre todo por la idea de que dicha “sintaxis natural” estaría codificada neuronalmente en nuestro cerebro que habría que “descubrir”, y entonces esto les permite afirmar que “si el lenguaje está programado en nuestro cerebro, eso implica que necesariamente debe haber un programador” (es decir, un creador).
Se sabe hoy que esta concepción esencialista del lenguaje, que se remonta a la Antigüedad, es obsoleta. Wittgenstein propuso en cambio una teoría del lenguaje según la cual es lenguaje es socialmente construido, es decir que es el resultado de las costumbres sociolingüísticas de un grupo, y que está en constante evolución. Según él, las reglas de la gramática relevan de una operación, como lo podría ser una operación en matemáticas como la suma o la resta, y que por lo tanto no habría motivo alguno para “descubrir” reglas fijas e universales de la gramática, pues sencillamente emergen por el contexto y la época en el cual se produce un enunciado. Lo cual le va a dar mucha importancia a la intención de aquel que produce un enunciado.
Vamos a explicarlo de una forma sencilla para que todo el mundo lo entienda. Si yo estoy en una misa, soy católico bautizado y he hecho la Comunión y todo, y en un momento dado paso delante del cura y éste me dice: “¿Te doy una hostia?”, ¿qué es lo que determina el sentido de la frase? Según los lingüistas esencialistas, habría que encontrar la respuesta en unas reglas de gramática fijas e universales que responderían a unas leyes de la lógica, que harían que esta frase tenga un sentido concreto per se. Pero para Wittgenstein, eso es totalmente falso. Para él, lo que da sentido a esta pregunta es el contexto de su enunciado y la intención de su autor.
Por ejemplo, en el caso del cura que hemos visto antes, sin duda la frase sería muy inhabitual en el marco de una misa, pero no sería imposible, y el sentido de la frase sería que el cura en cuestión me ofrece una lámina redonda y delgada de pan para que yo pueda participar una vez más en el Sacramento de la Eucaristía.
Pero si salgo de una discoteca completamente alcoholizado y le digo a uno de los porteros, si allí digo “¿Te doy una hostia?”, aquí quedará claro que mi consumo excesivo de alcohol hace que esté sobrestimando mis habilidades en artes marciales, y que estoy a punto de recibir una lección de educación administrada por vía bucal. En ambos casos (el de la misa y el de la discoteca) la sintaxis de la frase es rigurosamente idéntica, y sin embargo su sentido es muy diferente en cada caso.
Por lo tanto, el sentido de las palabras y de las frases no es inherente a una estructura (trascendental o neurológica) que habría que “descubrir”. El sentido de los enunciados es inherente a convenciones sociales flexibles y en constante evolución. Esto es lo que permite la invención constante de nuevas expresiones en el lenguaje como “está basado” o “menudo cringe”, sin que todo el mundo se quede estupefacto por el uso novedoso de un término y que nadie pueda comprender a nadie.
Pero para que podamos entendernos entre nosotros, hace falta que los nuevos usos del lenguaje respecten algunos principios como lo es la coherencia interna. Por ejemplo, es preciso que, en el seno de una misma estructura narrativa, el significado de un mismo término no se contradiga y se mantenga pertinente. Es lo que veremos después, con respecto a Dios, con los conceptos de posible/imposible o existente/inexistente.
Bien, entonces, ¿qué es un calambre mental? Ocurre que a veces las contradicciones entre palabras son muy sutiles, de tal manera que creamos que hemos descubierto una nueva comprensión de las cosas (en el asunto que nos ocupa, la existencia de Dios), cuando en realidad hemos creado una confusión alrededor de un término, el cual hemos vaciado completamente de significado. En otras palabras, se podría (y de hecho los creyentes lo hacen) alterar el sentido de una palabra (como la palabra “existente”) empleada dos proposiciones que son colocadas en oposición, o que se cree que se colocan en oposición, cuando en realidad lo que se ha hecho es alterar el significado de una palabra, de tal manera que no significa lo contrario que su antónimo.
Para explicar esto, Wittgenstein precisamente tomaba como ejemplo los filósofos que llamaba solipsistas, pues los solipsistas se caracterizan por decir que la realidad es (o puede ser) en realidad una ilusión. Y lo que Wittgenstein señala es que, cuando un solipsista dice eso, pareciera como si hubiese alcanzado una nueva comprensión de la realidad que le permite dudar de absolutamente todo. Porque si la realidad es una ilusión, entonces todo lo que se suponía como fiable como fundamento de nuestro conocimiento, es en realidad cuestionable, y todo puede ser puesto en tela de juicio (incluso el teclado desde el cual escribo estas líneas).
Pero, en realidad, lo que ha hecho el solipsista con ello, no es más ni menos que caer en un calambre mental. Ha utilizado de manera simultánea un concepto, el de “realidad”, y su antagónico “ilusión”, como si fueran sinónimos, anulando así el significado de las palabras “realidad” e “ilusión”. Y esto es una violación de un principio básico del lenguaje. Si decimos que la realidad es una ilusión, entonces hemos vaciado de significado tanto la palabra “realidad” como la palabra “ilusión”, y automáticamente ya no podríamos emplear esas palabras en una frase como “la realidad es una ilusión”, porque en los hechos, lo que esta frase significaría, es que las palabras “realidad” e “ilusión” ya no tendrían ningún significado. Y ello porque el significado de un término depende del contexto de su uso, y notablemente de sus antónimos, que forman parte del contexto cultural de un idioma. Si hacemos que un término se vuelva un sinónimo de su antónimo, entonces invalidamos la función de ambos términos, que es la de formular un distinción entre lo que llamamos “realidad” y lo que llamamos “ilusión”. A partir del momento en que la distinción entre ambos términos deja de existir, ambos términos quedan automáticamente vaciados de contenido.
Lo que ocurre con los creyentes, es que, por ejemplo, a la hora de hablar de Dios, se van a apoyar en una definición “hiperescéptica” de la inexistencia que exija una certeza total y absoluta. Según ellos, habría que demostrar de manera formal, infalible y definitiva que Dios no existe. Y si admitimos que “tal vez” Dios existe, entonces la existencia de Dios es técnicamente posible, y por lo tanto debería ser racionalmente prohibido concluir la inexistencia de Dios. Pero claro, si uno se agarra a tal definición, tan sumamente personal, del concepto “existente”, entonces, ¿qué hay en todo el universo que pueda calificarse de “inexistente”?
Por dar otro ejemplo, una vez escuché de un conspiracionista que daba una conferencia sobre la existencia de las razas alienígenas, la siguiente frase: “la ciencia es una religión más”. Frase con la que se vacía de significado tanto la palabra “ciencia” como la palabra “religión”, porque, por definición, la ciencia releva del conocimiento y la religión de la fe (que podríamos definir como el “hecho de creer en algo sin una buena razón para ello”). Si uno dice “la ciencia es una religión”, lo que está haciendo es anular el significado de la palabra “ciencia”, puesto que la ciencia ya no se distinguiría de la religión y viceversa.
Lo mismo ocurre con la famosa frase de los conspiracionistas “cada uno tiene su verdad”. Al pronunciar esta frase, tanto la palabra “verdad” como su antónimo “falsedad” ya no significarían nada, puesto que, por definición, la verdad es aquello que es real, no para una persona o un grupo reducido de personas, sino para todo el mundo. A partir del momento en que algo es “verdad” sólo para un grupo reducido de personas, deja de ser algo verdadero. Es un poco lo que ocurre con el arte moderno con la famosa frase “si todo es arte, entonces nada es arte”. Si yo voy a una feria de arte moderno y veo una silla de madera colgada encima de la rama de un árbol, y el guía de la feria me dice que esto es arte, entonces cualquier cosa puede ser arte. Pero a partir de ese momento, el concepto de “arte” deja de distinguirse de “no-arte”, y entonces el concepto de “arte” queda vaciado de contenido y, sencillamente, deja de existir.
Volviendo a Wittgenstein, decir que “la realidad es una ilusión”, conlleva decir lo mismo que decir “la realidad en realidad no es real”, lo cual es contradictorio, puesto que ello significaría entonces que la realidad no es la realidad. Es más, si profundizamos, el concepto “no ser real” tampoco significaría nada, puesto que el término “realidad” tampoco significaría nada.
Y es más, si profundizamos un poco más, si decimos que realidad = ilusión, entonces los dos términos se vuelven sinónimos, y entonces también podemos decir perfectamente que equivale a decir realidad = realidad, o ilusión = ilusión, o que ilusión = realidad. De la misma manera que si digo que “la ciencia es una religión más”, entonces es tan válido decir que ciencia = religión, como decir que ciencia = ciencia, o decir que religión = religión o que religión = ciencia.
Esto es lo que Wittgenstein llama un calambre mental. Cuando un solipsista dice que “la realidad es una ilusión”, no ha descubierto una nueva comprensión de la realidad, lo único que ha hecho es redefinir el significado del término “real”. Y, debido al hecho de que ya no tiene antónimo, ya no quiere decir absolutamente nada, y la afirmación del término “real” está vaciada de contenido, por mucho que él crea que está diciendo algo que tenga sentido. Algunos incautos pueden creer comprender lo que el solipsista quiere decir, porque aplicamos la definición habitual del término “real” a la interpretación de su frase, pero al hacerlo, omitiremos el hecho de que al decir “la realidad es una ilusión”, lo que ha hecho el solipsista es invalidar por completo el significado de la palabra “real” en el contexto de su enunciado, y por lo tanto su enunciado ya no tiene validez alguna.
En idioma francés, hay una famosa expresión que es “il faut appeler un chat un chat” (“hay que llamar a un gato un gato”, que sería el equivalente en español de la expresión “hay que decir las cosas como son”). Lo que Wittgenstein nos dice, es que si yo afirmo “los gatos son perros”, no hay ni que molestarse en buscar un sentido misterioso a mi frase según el cual la distinción entre gato y perro sería una ilusión. Lo único que habré hecho es producir un enunciado que no serviría para describir nuestra experiencia de lo real de manera inteligible. La única manera de restablecer la coherencia interna en mi enunciado, sería en el caso de que la palabra gato = perro, y entonces para designar un gato valdría tanto la palabra “gato” como la palabra “perro”, y para designar lo que es un perro habría que inventar un término nuevo (por ejemplo, la palabra “qweeerghj”) que luego sería aceptado por todos por convención. Al decir “los perros son gatos”, lo único que he hecho es enredar el significado de términos que antes eran perfectamente funcionales, sin haber cambiado absolutamente nada a nuestra interpretación de lo real, pretendiendo haber revelado una “verdad oculta” sobre lo que son gatos y perros.
¿Cómo detectar los calambres mentales?
Después de esta digresión sobre lingüística, vamos a volver al tema que nos ocupaba en primer lugar, que es de orden teológico. Como hemos visto, el calambre mental consiste en enredar la distinción entre un término y su antónimo. Entonces, para detectar un calambre mental en el discurso de vuestro interlocutor, basta con preguntarle si los términos que emplea conservan su antónimo, o si una tesis permite su antítesis.
Si por ejemplo yo afirmo la frase “Dios existe fuera del espacio y del tiempo”, ¿es esto un calambre mental?
La respuesta es: evidentemente que sí. Porque si os preguntáis cómo definir, en este marco conceptual, lo que es inexistente, rápidamente os daréis cuenta que si algo puede existir en ningún lugar y en ningún tiempo, entonces será muy difícil definir el concepto de “inexistente”. Todo el concepto de “existente” descansa sobre la idea de existir en algún lugar y en un lapso de tiempo determinado. El que haya dicho “Dios existe fuera del espacio y del tiempo” no habrá hecho nada más que enredar el significado de un término, hasta hacerlo indistinguible de lo que supuestamente designa, pues en este caso, existente = inexistente. A partir de ese momento, habrá vaciado el término “existente” de cualquier significado pertinente en el lenguaje, y su empleo ya no tendrá ningún sentido, al menos en el contexto gramatical que pretende utilizar. En definitiva, decir “Dios existe fuera del espacio y del tiempo”, es exactamente lo mismo que decir “Dios no existe”, a menos que se vacíe completamente de significado los términos existente e inexistente, pero entonces la frase ya no tendría ningún sentido.
Afirmar que Dios puede existir, es una forma de calambre mental
Por lo tanto, volviendo a lo que veíamos al principio de este artículo sobre verdades absolutas, decir “no se puede demostrar la inexistencia de Dios”, es en realidad una forma elaborada de calambre mental.
Esto se ve de forma más clara con la frase “es posible que Dios exista”. Frase que quiere decir que, puesto que no podemos demostrar en términos absolutos que Dios no existe, entonces habría que estar abiertos a la posibilidad de que Dios exista.
Y eso, precisamente, es totalmente falso. Porque si aceptamos la idea de que la existencia de Dios es posible, entonces… ¿Qué otra cosa puede ser calificada de imposible? Se trata de un calambre mental en el que se viene a decir que posible = imposible. Si se redefine el concepto de “posible”, remodelando su significado hasta permitir afirmar que Dios existe, entonces hacemos que el término “posible” se vuelva totalmente indistinguible de “imposible”. Y a partir de allí, ya no existe absolutamente nada en el mundo o universo cuya existencia se pueda calificar de imposible, y que nos sea útil para describir nuestra experiencia de lo real.
Porque si el contexto gramatical dado permite decir que “es posible que Dios exista”, entonces también permite decir “es posible que cualquier cosa exista”, ya sea Spiderman, Papá Noel, Pikachu, Ganon o el Monstruo del Espagueti Volador [6]. Si, en razón de que no es posible demostrar en términos absolutos que Dios no existe, y que por lo tanto hay que dejar abierta la posibilidad de que Dios exista, entonces no existe absolutamente ninguna razón para afirmar que no existen todas las demás entidades antes mencionadas.
Y, sin embargo, ¿habéis visto alguna vez a alguien, ateo, agnóstico o creyente, afirmar que es posible que Papá Noel exista, bajo el pretexto de que es imposible demostrar en términos absolutos que no existe? ¿Habéis visto alguna vez a una persona “agnóstica de Spiderman” bajo el pretexto de que no podemos demostrar su existencia o su inexistencia? No, lo que se observa es que todo el mundo conviene en que es perfectamente racional afirmar la inexistencia de Papá Noel, Sauron, Pikachu, Ganon o el Monstruo del Espagueti Volador. Sólo es en el caso particular de Dios, cuando ¡Ah!, de pronto se saca un comodín mágico según el cual, en este caso (y exclusivamente en este caso), se afirma que “ah, nunca se sabe, tal vez Dios podría existir, y aquí conviene mantener una prudencia reverenciosa”.
Algo que parece obvio, pero no lo es tanto: saber no es lo mismo que creer
Como dije al principio de este artículo, la única diferencia entre el saber y el creer no es tan fiable como podríamos pensar en un primer momento. En realidad, la gran diferencia entre saber y creer es la fuerza de nuestra convicción, o, mejor dicho, su legitimidad racional. Porque por mucho que uno se esfuerce mucho en creer en Dios, eso no dará legitimidad para concluir que se sabe que existe. Si algo hemos aprendido de los solipsistas, es que ningún conocimiento es de una certeza absoluta. No existen certezas absolutas, sino solamente certezas racionales. O si acaso, la única certeza absoluta que se tiene es la de cogito ergo sum cartesiano, “pienso, luego existo”. Pero esta certeza es individual. Me permite concluir que mi conciencia existe, pero no que vuestra conciencia existe. Sólo puedo tener una certeza racional de que existe vuestra conciencia.
Y en realidad, es más que suficiente, porque mis certezas racionales concuerdan el 100% de las ocasiones con mi experiencia de lo real. Aun suponiendo que lo que yo llamo “realidad” sea fruto de mi imaginación, pese a ello la experiencia personal que tengo que la realidad a través de mis sentidos, es consistente. Y por lo tanto, toda ley válida en una realidad externa a las representaciones que me haga de la misma, sería igualmente válida en un contexto en el que lo que yo llame “realidad” sea una ilusión de mis sentidos.
Presuponer que existe una realidad externa a las representaciones que me haga de la misma, y que otras personas también disponen de una conciencia, no es algo de una certeza absoluta, pero sí es fruto de una racionalidad máxima. Es completamente imposible estar más seguro de lo que ya estoy, de que mi experiencia del mundo es la prueba de una realidad externa a mis percepciones. La certeza racional es la única certeza a la que tengamos acceso para comprender e interpretar lo real, sea en el caso de los ateos, o de los agnósticos o de los creyentes. Por lo que exigir una certeza absoluta sobre cualquier cosa, véase por ejemplo la inexistencia de Dios, o de Pikachu, o de Spiderman, es un argumento falaz.
Demostración de la inexistencia de Dios
Ahora que sabemos que demostrar algo es demostrar la legitimidad racional máxima de una tesis (y no su validez absoluta), podemos formular la cuestión de la existencia de Dios en términos sencillos, y de hecho desde un punto de vista epistemológico sólo se puede plantear de la siguiente manera:
- O bien Dios no tiene ninguna incidencia sobre lo real, y entonces por definición es algo ficticio (porque algo que no tiene ninguna incidencia sobre lo real, es por definición algo imaginario);
- O bien Dios tiene una incidencia sobre lo real, y en tal caso su existencia puede y debe ser demostrada científicamente.
Por ejemplo, si suponemos que Dios cumple con nuestra voluntad al rezar, entonces es posible establecer un protocolo para estudiar la diferencia entre los meros deseos y las oraciones dirigidas a Dios. Si lo que observamos es que la gente que reza ve sus deseos ser notablemente más satisfechos que la gente que no reza, allí ya tendríamos una prueba de que rezar tiene una incidencia sobre lo real. Aún así, quedaría por ver si Dios es la causa de que se cumplan los deseos de los que rezan. Pero si es así, el método científico es suficientemente riguroso para que se pueda llegar a esa conclusión si se reúne una cantidad suficiente de pruebas.
Pues fijaros que el ejemplo que acabo de mostrar ha sido sometido a experiencia, en concreto por la Fundación John Templeton, que ha tratado de demostrar la existencia del Dios cristiano a través de un método científico válido. La Fundación John Templeton, fundada en 1987, es fundamentalista protestante, pero eso no nos importa. Es más, es muy loable que hayan tratado de demostrar de manera válida la existencia de Dios, independientemente de cuál haya sido su intención inicial.
Concretamente, los miembros de la Fundación ha tratado de estudiar los efectos de la oración de intercesión, que consiste en pedir a Dios que cumpla una voluntad en particular. Han partido de la tesis de que la recurrencia de este tipo de oraciones tenía un efecto sobre la salud de personas aquejadas de enfermedades. Para ello establecieron un protocolo de lo más científico, es decir con un grupo de personas enfermas a las cuales iban dirigidas las oraciones, y con un grupo de control para verificar que el restablecimiento (o no-restablecimiento) de las personas se debe a la oración y no a otro factor.
¿Qué resultado ha dado el estudio? Pues que no solamente no se ha observado efecto alguno en el grupo de personas a las cuales iban dirigidas las oraciones, sino que además su tasa de curación ha resultado ser ligeramente inferior a la de las personas del grupo de control. La explicación a ello muy posiblemente sea que el grupo por el cual se había orado tenía una cierta expectativa, puesto que su no-restablecimiento afectaría negativamente la creencia religiosa de los que rezan por ellos, generándose así estrés, estrés que por lo general no ayuda para curarse de una enfermedad. Es por ello que este tipo de experiencias científicas se debe hacer con un método de doble ciego, pero esto sería objeto de otro artículo.
Por lo tanto: no, el hecho de rezar no ayuda al restablecimiento de una enfermedad, e incluso los estudios indican que los creyentes ni siquiera pueden agarrarse a que el hecho de rezar “no hace daño”.
Por supuesto, la sola existencia de este estudio no basta, por sí mismo, para demostrar la inexistencia de Dios. Solamente demuestra que la oración de intercesión no ayuda a que una persona se cure de una enfermedad. Y un único fracaso no sirve para invalidar definitivamente una tesis tan amplia como la existencia de Dios.
El problema es que esta experiencia está muy, muy lejos de ser el único intento de demostrar empíricamente una incidencia de Dios sobre la realidad. Hay estudios como el de Kevin Masters y Glen Spielmans que llegan a la misma conclusión que la Fundación John Templeton, que se basan sobre un meta-estudio de 40 estudios sobre la misma temática. Y tenemos varios milenios detrás nuestro durante los cuales, en todas partes y de miles de maneras distintas, hemos visto cómo las afirmaciones deístas o teístas han sido sometidas a intentos de confirmación empírica, y sistemáticamente han ido en el sentido de lo que se llama la hipótesis nula, a saber la inexistencia de Dios, tesis que ha sido y es validada por defecto, puesto que nunca hemos tenido hasta ahora prueba de lo contrario.
Sabiendo esto, podemos plantearnos la siguiente pregunta: ¿A partir de cuándo los fracasos acumulados a la hora de demostrar la existencia de Dios serán suficientes para que sea legítimo concluir su inexistencia? ¿Qué experiencia más puede haber que pueda poner en cuestión la cantidad gigantesca de pruebas que apuntan hacia la inexistencia de Dios? La realidad es que no ha habido nunca ninguna afirmación (la existencia de Dios) que haya sido más sólidamente demostrada como algo falso en toda la historia.
Esto quiere decir que si uno coge cualquier otra afirmación, aunque sea de las más fantasiosas, como la de la existencia de los unicornios o del Monstruo del Lago Ness, siempre será menos racional afirmar su inexistencia que afirmar la inexistencia de Dios. Cierto es que, como dije al principio de este artículo, en términos absolutos, las pruebas de la inexistencia de Dios siguen siendo ausentes. Pero es que en los mismos términos, tampoco existen pruebas de la inexistencia de Papá Noel, Spiderman, Pikachu, Ganon o el Monstruo del Espagueti Volador, porque no puede haber pruebas absolutas de cualquier cosa.
Para cada una de las tesis que he mencionado (la existencia de Papá Noel, Spiderman, Pikachu o Ganon) no disponemos ni de una millonésima parte de las pruebas de que disponemos para afirmar la inexistencia de Dios. Y, sin embargo, nadie (repito: nadie, ni creyentes, ni agnósticos, ni ateos) se priva de afirmar que no existen ni Papá Noel ni los unicornios, y nadie discute que esta afirmación es perfectamente racional, lógica y justificada. Por lo tanto, si es racional creer en la inexistencia de Papá Noel, ¿por qué Dios debería ser una excepción perpetua de este principio? ¿Por qué motivo se considera que el concepto de “posible” es claramente inapropiado para evaluar la existencia del Monstruo del Espagueti Volador, y en cambio, súbitamente se vuelve apropiado cuando se trata de Dios, cuando tenemos una cantidad infinitamente mayor de pruebas de que Dios no existe? ¿Por qué motivo debería ser así, cuando ha habido miles de intentos de demostrar la existencia de Dios, que han fracasado todos sin excepción, lo cual no es el caso del Monstruo del Espagueti Volador?
Esta excepción que se hace con Dios, que se debe a motivos puramente culturales, no tiene nada de racional. Si queremos hacer de este mundo un lugar mejor y más feliz, la tesis de la existencia de Dios puede y debe ser combatida porque, aunque podamos convenir en que la ausencia de pruebas no es la prueba de la ausencia, aún así disponemos de una cantidad gigantesca de pruebas de la inexistencia de Dios, obtenidas durante una búsqueda milenaria para intentar demostrar lo contrario, que son en cambio una prueba ampliamente suficiente para afirmar la inexistencia de Dios.
Si todo esto no basta para demostrar la inexistencia de Dios, entonces nada nos permitirá nunca hacer legítima la inexistencia de cualquier otra cosa. Lo cual nos permitiría, no solamente considerar legítima la existencia de Dios, sino considerar también como legítima la existencia de una cantidad infinita de entidades fantasiosas y absurdas, desde la princesa Zelda hasta Son Goku, pasando por los centauros, los elfos, Zeus o Amón-Ra.
Lo cual nos coloca ante la siguiente disyuntiva:
- O bien seguimos sosteniendo que es posible que Dios exista, pero entonces la honestidad intelectual nos obliga a sostener al mismo tiempo que eso es menos probable que Spiderman exista;
- O bien dejamos de aplicar un régimen de excepción intelectual con Dios, y reconocemos que, de la misma manera que es legítimo y racional estar convencidos de la inexistencia del Monstruo del Espagueti Volador, también consideramos que disponemos, con la misma solidez, de las pruebas que indican la inexistencia de Dios, al menos en todo lo que sea posible para aportar esas pruebas de manera razonable.
Concluyendo, la probabilidad de la inexistencia de Dios puede ser considerada de manera legítima como máxima, de la misma manera que Georges Politzer afirmaba (eso sí, para eso hay que entender lo que quería decir Politzer) que podemos estar convencidos con una legitimidad máxima que los autobuses invisibles no existen. De tal manera que dicha probabilidad máxima se vuelve prácticamente indistinguible de la certeza de la inexistencia de Dios, que – recordemos – jamás será algo absoluto.
Y es más, volviendo al concepto de calambre mental de Wittgenstein, si pese a ello se sigue negando que la inexistencia de Dios sea una certeza, entonces, sencillamente, el concepto de “certeza” ya no se distingue del concepto de “incertidumbre”, y ya no significa absolutamente nada.
Notas:
[1] Georges Politzer (1903-1942) fue un psicólogo y filósofo marxista húngaro que participó en la fundación de la Universidad Obrera de París, donde ejerció como profesor de materialismo dialéctico hasta que la ocupación nazi disolvió la universidad en 1940, momento a partir del cual pasó a formar parte de la resistencia. En 1942 fue apresado por las tropas alemanas y fusilado.
[2] Sí, ya sé que Popper es el filósofo neoliberal por referencia, pero como explica Carlos García Hernández en su obra Socialismo fiduciario, fue “el único filósofo neoliberal honesto”, y el cómo Popper se equivocó al aplicar las leyes de la microeconomía a la macroeconomía (lo que los economistas no convencionales llaman la “falacia de composición” del neoliberalismo) ha sido explicado más que de sobra en Socialismo fiduciario. Pero todo esto no invalida en absoluto las aportaciones de Popper en el campo de la epistemología, en especial el criterio de refutabilidad.
[3] La escolástica es la escuela de pensamiento surgida en la Edad Media que pretendía coordinar fe y razón.
[4] Nótese que en esa categoría entrarían también los comunistas (o al menos algunos comunistas, aquellos que tienen una visión teleológica de la historia), pues también creen en una voluntad superior que opera sobre el curso de la historia (lo que algunos llaman “el viejo topo” de la historia).
[5] El Monstruo del Espagueti Volador (MSV) es una deidad sobrenatural creada a modo de parodia por el pastafarismo, que fue un movimiento surgido en los Estados Unidos como protesta a la voluntad de introducir en las escuelas la teoría del diseño inteligente, que un argumento pseudocientífico a favor de la existencia de una Inteligencia Creadora universal.
Fuentes:
- Penseur Sauvage, La preuve de l’inexistence de Dieu, https://www.youtube.com/watch?v=yUm6Hrqnqqk&t=2008s
- Karl Popper, Conjeturas y refutaciones: el crecimiento del conocimiento científico, 1963.
- Ludwig Wittgenstein, Los cuadernos azul y marrón, 1935.
- National Library of Medicine, Study of the Therapeutic Effects of Intercessory Prayer (STEP) in cardiac bypass patients: a multicenter randomized trial of uncertainty and certainty of receiving intercessory prayer, https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/16569567/
- National Library of Medicine, Prayer and health: review, meta-analysis, and research agenda, https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/17487575/









Francisco Andrés Rodríguez García dice:
4 enero 2021 a las 18:17
No comprendo como se puede borrar un argumento de la existencia de Dios sin haberlo leído, además este argumento requiere que se lea apoyado con una calculadora, los resultados que surgen del Ser así como del Universo y los átomos son irrefutables, les agradecería que me digan en que se basan para borrarlo de un plumazo. Deseo y creo tener derecho a una respuesta razonable, es por ello que vuelvo a colgar mi argumento, ya que Dios existe; y una vez leído mi escrito, razonando, se sabe de la vida de nuestro Señor Jesucristo así como de nuestro Padre Yahveh.
El Ser Universal ( Jesús el Cristo ) y el Mundo : La Biblia nos afirma que Jesús el Cristo nació de Yahveh antes de todos los siglos; es decir, que precedió a la materia y es luz de Luz, afirmando de ésta manera que es una onda electromagnética ( De la misma naturaleza que el Padre ) concebida por éste al principio del tiempo. Es por ello que sitúo al Ser Universal ( El Verbo de Dios ) en el primer segundo del Universo, dándole como ejemplo una fuerza electromagnética de 12 newtons, y como fuerza gravitatoria para que el Mundo sea, otros 12 newtons, transformándose el Cristo en un nuevo rayo de luz, llamado: Onda electrogravitatoria ( respetando ésta onda el tercer postulado de la dinámica de Newton; el de la acción reacción ). El Cristo, por ser un ente espiritual sigue el camino de la acción; mientras que la materia sigue el de la reacción. A continuación vamos a ver; apoyándonos en los newtons, un Cristo de 4 segundos de vida: Entonces tenemos 2 esferas, la primera electromagnética de 4 segundos luz de radio y de ( 12 N x 4^2 = 192 N ); la segunda gravitatoria, del inverso de 4 segundos luz= 0,25 s. luz de radio, y de ( 12 N x 0,25^2= 0,75 N ). Edad del Cristo= Raíz 4ª de 192 N / 0,75 N= 4 segundos de vida. Pongamos otro ejemplo de 8 segundos: Tenemos una esfera electromagnética de 8 s. luz de radio; y de ( 12 N x 8^2= 768 N ), y otra esfera gravitatoria del inverso de 8 s. luz= 0,125 s. luz de radio; y de ( 12 N x 0,125^2= 0,1875 N ). Nueva edad del Cristo= Raíz 4ª de 768 N / 0,1875 N= 8 segundos de vida. Estos postulados se van a cumplir siempre, es por ello que en el tiempo presente podemos averiguar la edad actual del Verbo, haciendo la raíz 4ª del cociente entre las fuerzas Electromagnética y Gravitatoria Básicas actuales. Para ello trabajaremos con la Fuerza electromagnética básica actual entre 2 protones de carga q= 1,60217733 x 10^-19 culombios separados un metro= ( K x q x q / r^2 )= ( 9 x 10^9 ) x ( 1,60217733 x 10^-19 )^2 / ( 1^2 )= 2,3102749 x 10^-28 newtons. Y con la Fuerza gravitatoria básica actual entre 2 protones de masa m= 1,6726231 x 10^-27 kilogramos separados un metro= ( G x m^2 ) / ( 1^2 )= ( 6,67259 x 10^-11 ) x ( 1,6726231 x 10^-27 )^2 / ( 1^2 )= 1,866769175 x 10^-64 ( Edad del Ser Universal ( El Verbo )= Raíz 4ª de F. Elec. / F. grav.= Raíz 4ª de ( 2,3102749 x 10^-28 N ) / ( 1,866769175 x 10^-64 N )= 1,054734734762 x 10^9 segundos. Tiempo que coincide con el TIEMPO ABSOLUTO del Universo. Edad de Jesús el Cristo en años= ( 1,054734734762 x 10^9 ) / ( 365,25 d. / 24 h. x 60 m. x 60 s. )= 33,42252775 años = 33 años 5 meses y diez días. Que son los años que estuvo Jesucristo entre nosotros en representación de su Parusía. El Universo: ( acción en un Universo Newtoniano )= El Universo es una esfera vacía de toda clase de materia cuyo radio es de 1,054734762 x 10^9 segundos luz ( 33 años y medio ) la cual se expande a la velocidad de la luz, y de la cual nuestros astrónomos no tienen constancia, pues ellos con sus telescopios ven solamente la superficie de dicha esfera. Ahora bien, el tiempo que corre por dicha superficie no es igual al TIEMPO ABSOLUTO aunque depende de tal radio, aquel cumple la función= t. u. = u.^2 / 2 segundos. Ya que no hay en el proceso del Universo aceleración espacial, pues éste se expande a la velocidad de la luz, así pues tiene que haber indubitablemente aceleración temporal: ( 1 / 2 a x t^2 ) se transforma en ( 1 / 2 t^2 x c ), siendo c la velocidad de la luz. Para el TIEMPO ABSOLUTO actual ( u. a. )^2 / 2= ( 1,054734762 x 10^9 s.)^2 / 2= 5,562327 x ( 10^17 s.), en años= ( 5,562327 x 10^17 s.) / ( 365,25 d. x 24 h. x 60 m. x 60 s.)= 17.625.950.000 años, tiempo que coincide con la estimación de los astrofísicos sobre la edad del Universo. El átomo= ( reacción en un Universo Newtoniano ), el inverso de ( 1,054734762 x 10^9 s.) es 9,4810566 x 10^-10 s., lo cual elevado al cuadrado y dividido por 2 nos da 4,4945217 x 10^-19 segundos luz, esto multiplicado por ( 3 x 10^18 angstroms cada segundo ) es igual a = 1,34835652 angstroms, lo cual concuerda con los radios del VANADIO,RUTENIO,RODIO…etc.