Hace unos días iba a resolver unos asuntos personales en un vagón del metro de Madrid que, sin llegar a los extremos de la hora punta, tenía todos sus asientos ocupados. En cierta estación entró una mujer con un bebé colgado del pecho en uno de esos arneses que últimamente se utilizan para transportar a los recién nacidos al modo en que lo hacen los miembros de algunas comunidades primitivas y una enorme bolsa en la mano. Me estaba dando angustia verla en esa situación, porque me parecía muy evidente que aquella madre necesitaba un asiento. Pero a ningún ocupante del vagón se le ocurrió cedérselo durante un buen rato. Yo estaba de pie, no podía dejarle el mío. Me dio qué pensar porque no era la primera vez que veía una escena parecida y algunos relativos míos me habían comentado haber vivido la misma situación con discapacitados, ancianos, o cualquier otro tipo de pasajeros de los que tienen asientos teóricamente reservados en los transportes públicos madrileños.
Quiso la fortuna que, mientras aquella pasajera aguantaba estoicamente de pie, un móvil a todo volumen de un adolescente cercano a mí me sugiriese una idea inquietante. Aquel chaval estaba oyendo la última sandez que unos días antes yo mismo había encontrado en internet en uno de esos vídeos de hijos de papá, analfabetos ciclados y demás timadores que supuestamente dan lecciones de éxito y economía a voz en grito y con mucha gestualidad: uno de estos especímenes de Tik tok diciendo a grito pelado que no quería que Xabi Alonso fuera entrenador del Real Madrid porque era un entrenador «socialista» —?!?!?!?!— , que «jugaba un fútbol socialista» —otra vez ?!?!?!?!— y encima, decía el orangután hijo de su papá en el vídeo, «vasco, así que nos va a meter a EH Bildu en el Real Madrid».
Alguna vez había pensado en la relación entre estos dos fenómenos, pero aquella vez me pareció más claro que nunca: la constante propaganda del neoliberalismo más cruel, a la par que pueril, y del individualismo más exacerbado que constantemente nos bombardea por todos los canales está empezando a afectar a nuestro comportamiento diario. No se trata ya sólo de expresar opiniones o majaderías que hace poco eran impensables, de pensar que quienes mejor representan a quienes tienen que ganarse la vida con su esfuerzo son millonarios, rentistas y comisionistas o de convertir en sentido común el racismo, clasismo y otras formas de odio, se trata de simples gestos diarios que todos teníamos interiorizados. Ahora es común despotricar contra los que están en la cola de un servicio público antes que nosotros, competirles y escamotearles los asientos a los más necesitados, creerse con derecho a pisotear al que ocupa el lugar más bajo —por cierto, en la historia que abría este artículo quien después de como tres minutos vio a esa mujer, y esta vez sí, acabó por cederle su asiento, fue una chica ostensiblemente musulmana con velo, lo cuál daría también para escribir otra columna— o pasarse por el forro las normas que no nos gustan.
Les aseguro que hasta hace como diez años, por lo menos según mi percepción, era muy extraño que un anciano o disminuido entrara en el metro de Madrid sin que nadie reparase en su situación de vulnerabilidad o que en la sala de espera de un especialista un cretino empezara a despotricar contra nadie que tuviera hora antes que él. Ahora son ocurrencias cotidianas y no debe ser percepción únicamente mía cuando, como les digo, otras personas me habían comentado los mismos fenómenos. Y cuando mientras todo esto sucede uno no deja de oír de fondo en los móviles de la gente auténticas sandeces antiimpuestos, discursos que criminalizan a los pensionistas o lecciones de economía basadas en que si uno pisotea los derechos de otros es un superhombre, parece claro que esta actitud que tanto se valoraba antes entre los capitalistas cocainómanos ha dado el salto hasta la población a pie de calle.
No se trata aquí de culpar al chaval que estaba escuchando en su móvil al tarado que convertía su afición al Real Madrid en una supuesta lección económica y política. A fin de cuentas todo el que continuamente oye esa propaganda es una víctima del actual momento histórico. Yo mismo, que creo ser bastante selectivo con los contenidos que veo y escucho o con los textos que leo, no paro de recibir ese bombardeo en forma de banners en internet, de comentarios de gente cercana que encima cree que está diciéndome lo mejor para mí, o de cualquier forma de entretenimiento en la que de forma subliminal se cuela el mensaje individualista y competitivo. Pero es obvio que alguien está fallando cuando lo que eran simples normas de educación y convivencia están siendo sustituidas en la mente de la gente a pie de calle por las memeces de cualquier tonto’l haba ciclado que haya leído dos libros de Elon Musk y Huertas de Soto y crea haberlos entendido.
Hablando de Elon Musk, por cierto, el mismo día en que vi esa escena y pensé estas teorías, me encuentro al llegar a casa en todos los canales televisivos y mediáticos que la nueva comidilla del momento es que este imbécil que, al contrario que los descerebrados que veo en el metro o el ambulatorio, sí puede permitirse el lujo de pagar por ser imbécil, se ha peleado con su compañero de imbecilidad millonaria Donald Trump y los dos ídolos de buena parte de alienados que creen que tienen su mismo nivel de poder están a punto de destrozarse el uno al otro. No es ya que nos metan su mensaje e ideología en las piezas de entretenimiento que vemos cada día, es que la propia actualidad de estos personajes se ha convertido en una especie de Reality Show. Preocupante cuando menos después de empezar viendo que en nuestra misma realidad diaria ya empezamos a sufrir muestras de neoliberalismo aspiracional.




