«Durante el periodo cartista habían tenido ocasión de aprender de lo que era capaz el pueblo, ese puer robustus sed malitiosus. Desde entonces habían tenido que aceptar y ver convertida en ley nacional la mayor parte de la Carta del Pueblo. Ahora más que nunca, era importante tener al pueblo a raya mediante recursos morales; y el recurso moral primero con que se podía influenciar a las masas seguía siendo la religión. De aquí la mayoría de impuestos otorgados a curas en los organismos escolares y de aquí que la burguesía se imponga a sí misma cada vez más tributos para sostener toda clase de rituales religiosos». Engels, prólogo a la edición inglesa en Del socialismo utópico al socialismo científico.
En esta entrada se expone una simple crítica a este tipo de festividades religiosas, desde la perspectiva del materialismo dialéctico. Para ello primero se hace un repaso breve sobre la teoría de los clásicos acerca de la religión y se termina exponiendo una consideración sobre el caso concreto sevillano.
Como sevillano que ha nacido y pasado casi toda su vida en barrios como la Alameda o la Macarena, mis experiencias en torno a la Semana Santa son muy numerosas. Recuerdo especialmente una ocasión en que siendo muy niño mis padres decidieron ir a ver pasar la Macarena por una de las calles del entorno de la Alameda. Aunque vivíamos cerca, eso suponía esperar durante horas comprimidos como sardinas en una multitud. Después de la larga espera y una vez terminado por fin el paso de la retahíla de nazarenos, armaos, músicos y toda la imponente parafernalia, sucedió algo que me impresionó vivamente. Un hombre situado cerca de nosotros en la bulla, que abrazaba por el talle a una mujer, de pronto aulló con todas sus fuerzas: «¡ya os podéis morir!». Recuerdo el gesto morigerado de la mujer que abrazaba delante de sí, en contraste con rostro desencajado del hombre, la mirada desafiante que dedicó a los que volvieron la cabeza, como una versión moderna del brabucón del soneto con estrambote de Cervantes.
Como niño pregunté extrañado a mi padre y, agachándose a la altura de mi oído, murmuró: es un idiota. Posiblemente sin querer me había dado la explicación más acertada con el término más exacto, en su origen etimológico, pues considero que esa es la principal función que cumplen las instituciones religiosas en nuestra sociedad, la función de mantener a los ciudadanos en la idiocia enajenada a la realidad política. En capitalismo podemos ser personas educadas, e incluso cultas, pero nunca se favorecerá (más bien se procurará ocultar) el conocimiento de la verdadera situación pública y se fomentará en cambio la ignorancia cívica y el desdén político.
No se trata solo de esto. Es evidente que hay un interés económico en lo más inmediato. En Sevilla las habitaciones hoteleras y los apartamentos turísticos disparan sus precios durante estos días, los negocios aprovechan para hacer sus mayores ventas y de ello se aprovechan los empresarios, en una ciudad que posee alguno de los barrios más pobres de Europa y por tanto abundante y barata mano de obra para surtir estos negocios de temporada.
Se trata, como la Feria, de una fiesta muy clasista, por mucho que se diga que las procesiones salen gratis por las calles. Pasar por algunas zonas de la ciudad es una odisea, pues están valladas y reservadas para el alquiler de sillas. Disponer de un balcón en una zona por donde vaya a transitar una cofradía puede convertirse en algo muy rentable; hasta 5.000 euros se pide por una terraza, o 150 euros por persona y día, en viviendas particulares que ya ofrecen hasta servicio de catering.

Los capillitas (entusiastas de las procesiones, acepción incluida por la RAE) se visten de chaqueta si son hombres, o con sus mejores vestidos si son mujeres, como para mostrar que la actitud respetuosa de la moralidad va ligada a la buena situación económica. Además, el jueves santo las mujeres visten de mantilla y cubren su cabeza con un velo y sus cuerpos de luto riguroso. Esta demostración moral no es solo hacia las tradiciones sino al poder social que la Iglesia posee en una ciudad como Sevilla, con miles de inmuebles, que además de monumentos religiosos son también centros de enseñanza, sanitarios y otros.
El refuerzo de ese poder es una de las principales funciones de la Semana Santa, a través del condicionamiento de sus fieles mediante la exacerbación de los sentimientos. La enajenación política que conviene al capitalismo recibe de este modo un gran impulso, desde niños los ciudadanos observan como natural ese exceso barroco y se favorece el desapego de la razón y la aceptación de la costumbre como situación inevitable.

Pero ¿con qué mecanismos se produce esa tarea de enajenación? ¿Qué actitud debemos tomar por tanto desde la izquierda hacia estas exhibiciones religiosas?
Seguramente este es uno de los campos de batalla más frecuentados por la izquierda tradicionalmente, aunque el modo de acometer el problema varía en una amplia tesitura, en un extremo tenemos la provocación transgresora, en otro la asunción del sentimiento religioso como elemento inevitable de la masa. Para los más exaltados se trata de una tarea de crítica extrema, un rechazo despreciativo similar al ateismo bakuninista. Para los más moderados se aprecia incluso una similitud entre los ideales socialistas y las premisas originales cristianas, y hasta una posibilidad de hallar la transformación desde dentro del seno religioso, como en la teología de la liberación.
Los clásicos del materialismo dialéctico enseñan que, como en los demás conflictos sociales, la práctica política debe surgir de un profundo análisis previo. Siguen la lógica de textos principales como el Manifiesto: los comunistas se distinguen por saber diferenciar cuáles son las tareas prioritarias en cada momento y en cada lugar. Y así entienden que puede ser contraproducente atacar directamente a la fe de los pueblos y que esta fe es una consecuencia del sistema. Ofuscarse en la critíca de los símbolos religiosos, para intentar combatir la ignorancia propia del capitalismo, vendría a ser algo similar a intentar curar una enfermedad centrándonos en el tratamiento de uno de sus síntomas, en lugar de realizar la conveniente analítica para averiguar el origen del mal.
El famoso opio del pueblo
Suele suceder que los detractores del marxismo conozcan poco su obra, apenas la referencia de los comentaristas, que a su vez oyeron alguna vez a otros hablar de Marx, sin acudir a la lectura de las palabras escritas por su puño y letra. Imagino que estos detractores, en caso de que alguna vez se animen a leer a su odiado revolucionario, deben sentirse muy defraudados cuando no encuentren las esperadas diatribas hacia sus sentimientos religiosos.
Será por eso quizás que hicieron muy famosa aquella cita del opio del pueblo. Esta expresión proverbial se encuentra en la introducción de su Crítica del Derecho de Hegel, en la que, precisamente, preguntándose por la función de la filosofía, Marx señala que la «crítica de la religión se halla superada». La filosofía, en la ebullición de ideas de aquellos momento en Alemania, tiene ahora (entonces) una tarea de «ponerse al servicio de la historia a quien corresponde en primera línea desenmascarar la enajenación de sí mismo en sus formas profanas, después que ha sido desenmascarada la figura santificada de la enajenación del hombre por sí mismo».
Esto es, aquellos jóvenes Marx y Engels se ven envueltos en la polémica juvenil de los universitarios hegelianos, más sobre todo tras la influencia de Feuerbach, sobre el problema de la religión. Pero incluso a esa temprana edad (menos de treinta y aún sin haberles sido encargada la redacción del Manifiesto) ya intuyen que la dificultad de no poder deshacer ese nudo está en la necesidad de volver boca abajo la dialéctica hegeliana y bajarla al terrenal materialismo.
Aún así la crítica es dura y ya se aprecia que la religión forma parte de ese entramado sutil que es la ideología dominante. En el párrafo de esta cita se expresa: «la miseria religiosa es a un tiempo expresión de la miseria real y protesta contra la miseria real. La religión es la queja de la criatura en pena, el sentimiento de un mundo sin corazón y el espíritu de un estado de cosas embrutecido. Es el opio del pueblo».
En escritos como las Tesis sobre Feuerbach, explica claramente que la religión está en función de las circunstancias sociales, y no al revés: «Feuerbach diluye la esencia religiosa en la esencia humana. Pero la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales».
Obviamente los jóvenes autores de Crítica de la crítica crítica o La ideología alemana no desdeñan el poder de la religión y señalan su papel apaciguador de ese puer robustus sed malitiosus, ese niño sanote pero travieso, con el que Hobbes aleccionaba a los monarcas para mantener a raya al populacho. Aún así ambos entienden que esas discusiones deben dejarse en un cajón «a la crítica de los roedores» y enfocarse en lo que verdaderamente importa, que es el estudio de las condiciones materiales. El Marx maduro se enfrascará en las siguientes décadas en el estudio de la economía para la realización de El Capital, sin por ello abandonar su tarea revolucionaria, crear la primera organización obrera internacional y redactar otros textos y artículos fundamentales.
De la idiocia al socialismo científico
Entretanto Engels toma la responsabilidad de rebatir a los oportunistas y a los que tergiversan las teorías que su compañero va plasmando en El Capital, como es el caso del señor Dühring, a quien dedica un conocido conjunto de artículos del que surge otro famoso texto del marxismo como Del socialismo utópico al socialismo científico. En el prólogo de este texto encontramos una interesante crítica a la religión.
En este prólogo, dedicado a la versión inglesa, Engels advierte que su contenido indignará a parte del público británico. «Pero si nosotros -prosigue- hubiésemos guardado la menor consideración a los prejuicios de la respetabilidad británica, del filisteísmo británico, habríamos salido todavía peor parados de lo que hemos salido. Esta obra defiende lo que nosotros llamamos el materialismo histórico, y en los oídos de los lectores británicos la palabra materialismo es una palabra muy malsonante. Agnosticismo podría pasar, pero materialismo es inadmisible».
Engels desgrana cómo los avances científicos tras el medievo van unidos a los progresos filosóficos, hasta derivar en el suficiente nivel de razonamiento dialéctico que permite entender que la «historia universal tiene su fuerza propulsora en el desarrollo económico de las sociedades, en las transformaciones de modo de producción y en la consiguiente división de la sociedad en clases y las luchas de estas entre sí».
«La ciencia se rebelaba contra la Iglesia -continúa Engels- y la burguesía necesitaba a la ciencia y se lanzó con ella a la rebelión». En la «campaña de la burguesía europea contra el feudalismo» se producen batallas decisivas, como la Reforma protestante o la Gran Revolución francesa, mientras los inventos tecnológicos como la máquina de vapor inician otro proceso revolucionario, este industrial. La proliferación de la nueva clase social proletaria amenaza a los poderes con sus Cartas del Pueblo, como con la exigencia del sufragio.
Ante estas amenazas, que los británicos observaron en sus vecinos franceses, primero en el derrocamiento de la monarquía y luego en la insurrección obrera de París, los burgueses aprenden la lección: la necesidad de mantener en el pueblo el espíritu religioso. «Por eso continuaban año tras año gastando miles y decenas de miles en la evangelización de los estamentos inferiores».
Aquí encontramos un ejemplo sobre cómo para Engels define ese papel de la religión: cumplir una necesaria función en lo antropológico como fijador de un «reflejo fantástico en las cabezas de los poderes externos que dominan su existencia cotidiana». Esto es, que esos poderes queden velados, imperceptibles.
La actitud de los partidos obreros hacia la religión
Es conveniente repasar también la opinión de Lenin, que en el artículo Actitud del partido obrero hacia la religión expone claramente que «la base filosófica del marxismo, como declararon repetidas veces Marx y Engels, es el materialismo dialéctico, que hizo suyas plenamente las tradiciones históricas del materialismo del siglo XVIII en Francia y de Feuerbach en Alemania, del materialismo incondicionalmente ateo y decididamente hostil a toda religión. Recordemos que todo el Anti-Dühring de Engels, que Marx leyó en manuscrito, acusa al materialista y ateo Dühring de inconsecuencia en su materialismo y de haber dejado escapatorias para la religión y la filosofía religiosa».
«Sin embargo -prosigue Lenin-, Engels condenó al mismo tiempo más de una vez los intentos de quienes, con el deseo de ser «más izquierdistas» o «más revolucionarios» que la socialdemocracia, pretendían introducir en el programa del partido obrero el reconocimiento categórico del ateísmo como una declaración de guerra a la religión».
No se trata, comenta Lenin, de ser moderados hacia la religión por motivos «tácticos». Al contrario, la crítica es descarnada, pero se dirige al compromiso firme de los principios filosóficos: «el marxismo es materialismo. En calidad de tal, es tan implacable enemigo de la religión como el materialismo de los enciclopedistas del siglo XVIII o el materialismo de Feuerbach. Esto es indudable. Pero el materialismo dialéctico de Marx y Engels va más lejos que los enciclopedistas y que Feuerbach al aplicar la filosofía materialista a la historia y a las ciencias sociales».

El mecanismo de la enajenación en el ejemplo sevillano
Probablemente tendríamos que acudir a Roma para encontrar otra ciudad en el mundo en la que fuese tan intenso el sentimiento chovinista en torno al patrimonio religioso católico como Sevilla. El fervor por las imágenes (que además multiplica de manera muy curiosa a los personajes, de modo que hay multitud de Marías y Jesuses) está arraigado en las familias de generación en generación, así como en cada barrio o plazoleta arraiga la devoción por una determinada hermandad, que cada uno ve más solemne o más brillante que la del barrio vecino.
En ese contexto la tarea contra la credulidad de la masa es complicado, pues cualquier crítica a sus símbolos es observada de inmediato como un ataque a los sentimientos. En este caso se aprecia más la necesidad de no limitarse a la cuestión ideológica abstracta, en cambio parece más conveniente vincular la solución de ese problema a la actividad concreta del movimiento de clases. ¿Por qué en Sevilla, como en el resto de Andalucía, está tan arraigada la fe?
Como se dijo al principio, no es una cuestión de simple ignorancia del pueblo. Caeríamos precisamente en una trampa idealista si consideráramos que la difusión del ateísmo o la crítica a la religión por sí mismos bastarían para resolver el problema. El análisis materialista es una mejor opción.
En una sociedad española en la que está generalizado el desdén por la participación política de las clases populares, la situación de desamparo es desalentadora. Seremos probablemente uno de los países de la UE (y del mundo, añadiría) más sumisos a las exigencias que desde Bruselas nos indican, exigencias creadas para satisfacer los intereses de las empresas del entorno atlántico. Hoy día la cuestión del rearme, el alineamiento de nuestro país en una guerra contra un enemigo espurio, el abandono de pueblos hermanos como el saharaui o el palestino, y el obsceno gasto en armas, pese al deterioro absoluto de las condiciones de vida de la clase obrera, son indicativos del desplome ideológico en que nos encontramos.
Dentro del papel destinado al turismo y a los negocios de temporada al que la UE destinó a España, las regiones meridionales (Andalucía, Canarias, Extremadura) se llevan la peor parte, pues en ellas la industria fue más desmantelada que en otras zonas y por tanto es mayor su dependencia de esos sectores de negocios temporales y de escaso valor añadido. Por ello se reprodujeron en las ciudades sureñas con mayor abundancia los negocios de rentistas, así como en el campo los de los latifundistas.
La incapacidad del español trabajador para entender la relación directa de su situación con las imposiciones económicas del imperialismo deben ser, por tanto, más acentuadas en el sur, así como la insuficiencia para discernir el papel del Estado en esta grave situación (a lo que poco ayudan, como hemos visto en otras entradas de esta columna, los partidos y sindicatos sistémicos, los que participan o sostienen al Gobierno).
La comprensión del mundo en que vivimos no requiere un gran esfuerzo informativo (pese a la censura y el aturdimiento de los medios de masas) pero sí un considerable esfuerzo de razonamiento, de un grado dialéctico estimable, para poder apreciar en su conjunto la totalidad de los factores y la relación entre ellos. Es aquí donde entra la cizaña del pensamiento metafísico: las sociedades y sus circunstancias se presentan como inevitables, pues son a su vez inmutables, provienen de la tradición y es mejor que así sigan siendo, por los siglos de los siglos.
Contra estos males del mundo, vienen a decirnos los metafísicos, los trabajadores somos impotentes. Como mucho podremos mejorar algunas cosas. Si se puede, sin tilde, como decía cierto cuadro de mi expartido. Las fuerzas del capitalismo y del imperialismo se ciernen como nosotros como un fatum contra el que nada podemos hacer salvo vivir de la mejor manera posible, en una mezcla de individualismo y caridad cristiana, esta puntual y cuando toca. Las cuestiones serias, las guerras, el rearme, la inflación, la crisis, son acontecimientos extraordinarios como los terremotos o las riadas, nada podemos contra ellos.
Sin embargo, los rasgos de la lucha de clases en la sociedad sevillana están claramente definidos, de hecho son más visibles al pronunciarse las contradicciones capitalistas tal como estamos viviendo: sanidad, educación, paro o vivienda. Que la Iglesia está íntimamente unida al Estado debería ser una obviedad aquí. La asociación entre Iglesia y la rancia aristocracia terrateniente sevillana es palpable en la cuestión del campo, así como en las propiedades inmobiliarias. También es patente la obediencia de las instituciones administrativas locales, que parecen rendir pleitesía en estas fechas señaladas (será interesante observar el recorrido de una petición del sindicato CGT para que los autobuses urbanos sean gratuitos en el Primero de Mayo, tal como fueron en el pasado encuentro internacional de hermandades, Magna, celebrado en la capital hispalense).
No es necesario mencionar, para señalar la estrecha relación con el Estado, el riguroso celo con el que las fuerzas de seguridad protegen todo lo relacionado con la Semana Santa, la rigurosidad con la que vigilan que se mantenga impoluto todo el aparato de procesiones, zonas reservadas y decoro general, en una demostración de organización no vista en otras situaciones.
Son por ejemplo diversas las instituciones católicas que en Sevilla tienen relación con la gestión concertada de la salud, como los hospitales asociados a órdenes religiosas y la diversidad de centros de especialidades, cuyo registro es difícil de seguir debido a que las empresas están a nombre de entidades que no pertenecen directamente a la Archidiócesis, pero que poseen una vinculación evidente. La lucha por la Sanidad Pública y la municipalización de servicios es, entonces, una manera indirecta de luchar contra la influencia de las instituciones religiosas.
Asimismo sucede con la educación. Incluso en mayor medida que en el caso de la sanidad. En Sevilla la oferta de enseñanza vinculada a la Iglesia Católica es muy considerable. Más de un centenar de colegios desde infantil a bachillerato tienen carácter católico o pertenecen a alguna entidad religiosa, bien porque pertenecen directamente al Arzobispado o porque son gestionados por órdenes religiosas (jesuitas, salesianos, maristas). De un modo semejante, la lucha por la enseñanza pública y el mantenimiento de las líneas en colegios de barrios es una manera indirecta de combatir la influencia religiosa.
Y del mismo modo sucede con el problema inmobiliario. En Sevilla llegan al millar las propiedades inmobiliarias de la Iglesia Católica, de los cuales no todos son iglesias, conventos o parroquias. Aparte de los colegios y hospitales ya mencionados, son numerosos los inmuebles cedidos para fines sociales, culturales o comerciales. Como es complejo conocer el número exacto (por la cuestión indicada del registro) no es posible conocer el alcance de las propiedades que posee, así como tampoco los impuestos que pagan por ellos. En base a los acuerdos del Concordato y las normas de Haciendas Locales, la Iglesia tiene una exención sobre el Impuesto de Bienes Inmuebles. Si bien esa exención es parcial y no tiene efecto, en teoría, sobre por ejemplo los locales dedicados a enseñanza, sanidad o vivienda.
Así pues el modo de acometer la influencia perniciosa del pensamiento metafísico pasa por estas luchas concretas, cuyo denominador común es la separación de la Iglesia y el Estado, desde los conflictos de clase. Solo así se podrán combatir de manera efectiva los prejuicios religiosos de las masas, las supercherías y fetiches que alejan a la clase trabajadora de la comprensión de las circunstancias que rigen la sociedad en que vivimos, tanto a nivel local, nacional o internacional.








