Esta doctrina (liberal del Estado) se reduce en economía política al laisser-faire, al laisser-passer de la escuela manchesteriana. Considera al Estado principalmente como instrumento de defensa colectiva de los intereses de los poseedores; máquina de guerra contra los grupos nacionales competidores, máquina de reprimir a los explotados.
Víctor Serge. Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión
Tuvimos notica hace unos días de que agentes del SBU -servicio de inteligencia ucraniano- encargados de posibles amenazas contra la seguridad de los reclutas que se forman en cuarteles españoles, habían extralimitado sus funciones y abandonaban sus bases sin documentación para circular por España en labores no autorizadas, como buscar información acerca de ciudadanos con nacionalidad española influidos o comprometidos con el Kremlin. Su objetivo era obtener datos acerca de activistas y entidades prorrusas que promueven o participan en eventos como la Marcha del Regimiento Inmortal que celebra la victoria soviética sobre los nazis en la II Guerra Mundial. La noticia pueden leerla en este enlace al Periódico de España.
Por si alguien anda despistado, recordamos que el Estado español participa, además de en el comercio de armas con Israel, en la guerra contra Rusia promovida por la OTAN, con la aportación de enormes cantidades de dinero y de armamento, como aliado atlántico y dentro de la lógica imperialista en las que las guerras son una salida a la incapacidad de restituir la producción de valor -por la incompetencia ante el auge de países fuera de la Alianza- y el consiguiente descenso de la tasa de ganancia.
Y por si esto fuera poco para implicarnos en una guerra mundial, el Gobierno también colabora generosamente en la misión EUMAM-UA de formación de soldados ucranianos, que en mayo superó los 4.000 efectivos ya instruidos en España. Esta misión tiene un presupuesto de 106 millones de euros y se ejerce desde noviembre de 2022.
Llama la atención que en la noticia citada se menciona que los responsables del Gobierno español se sintieron molestos porque esa labor de espionaje no se acometió exclusivamente sobre ciudadanos rusos, sino sobre ciudadanos españoles. Al parecer los mandos españoles emitieron en enero la orden de que el espía ucraniano fuese expulsado del país, pero finalmente el ministerio de Defensa de Margarita Robles pidió que no se ejecutara, para evitar un desencuentro con las autoridades ucranianas, y en previsión de no interferir la colaboración entre los servicios de inteligencia de España y Ucrania, que el pasado 28 de mayo y en la Moncloa firmaron los presidentes Sánchez y Zelenski.
Dejando aparte el detalle de que para el Gobierno de España no es problema colaborar en el espionaje de ciudadanos rusos residentes en España, resulta escalofriante pensar que para el Gobierno, el mismo que se ufana de ofrecer un Escudo Social, tampoco es tan importante que se espíe a ciudadanos españoles por ser antifascistas y participar de homenajes sobre victorias contra el nazifascismo, o simplemente por ser simpatizantes de la cultura rusa y oponerse a una guerra que ningún español medianamente sensato considera oportuna.
Esto es, si los activistas y militantes ya eran conocedores de los servicios de represión que el Estado posee a nivel local para oprimir la lucha de clases, se añade ahora un nivel superior o superestatal de represión en el que los organismos superiores al Estado -en este caso la UE y la OTAN- despliegan agentes y fuerzas para contribuir a cualquier tipo de organización que sea molesta a la difusión de Rusia como enemigo y a la escalada bélica contra esos supuestos enemigos.
En palabras sencillas, la guerra está más que decidida y oponerse a ella y al obsceno gasto militar, pese a la deplorable situación que vivimos los trabajadores españoles, es una cuestión a reprimir tanto a nivel de Estado como de agrupaciones de Estados, europeas y atlánticas.
En un texto muy conocido a nivel de militancia, Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión, Víctor Serge, a través del análisis de los métodos usados por la Ojrana zarista, realizó un completo estudio sobre las formas en que el imperialismo despliega sus fuerzas represivas.
Siendo un texto de 1925, nos parece perfectamente actual: la represión es una de las «funciones esenciales del poder político«, pero en el capitalismo esa represión se aplica en la realidad con «violencia sobre el proletariado, expropiación sobre campesinos y legislación sanguinaria contra vagabundos«, de modo que «la justicia no sea más que terror, utilitariamente organizado por las clases poseedoras«.
Siguiendo las tesis marxistas, Serge explica que «en la sociedad burguesa, el poder es ejercido por la minoría rica contra las mayorías pobres. Un gobierno no es más que el comité ejecutivo de una oligarquía de financieros apoyados por las clases privilegiadas. La legislación destinada a mantener en la obediencia al conjunto de asalariados -la mayoría de la población- debe ser forzosamente muy compleja y muy severa. Hace que todo atentado serio a la propiedad entrañe de una u otra manera la supresión del culpable«.
¿Y qué es hoy día pedir el cese de las guerras -tanto del genocidio palestino como de la guerra de Ucrania- sino un serio atentado a los intereses económicos imperialistas?
Es por ese motivo por el que la represión, la de los Estados alineados con los intereses atlantistas, perseguirá principalmente a los trabajadores y trabajadoras, pues serán ellos los pagadores de las armas (y quizás también potenciales reclutas) para las guerras con las que el imperialismo pretende frenar su decadencia.
Y también porque sólo una acción conjunta de trabajadores y trabajadoras europeos podría detener este despropósito. El problema es que no existe ningún referente político ni partido que tome las riendas de la necesaria organización, o bien se limitan a ridículos y muy manidos remedos de frentes populares formados por los decadentes y corrompidos partidos con representación parlamentaria europea, que ni siquiera cuestionan la guerra de Ucrania.
Lógicamente desde los tiempos de Serge las circunstancias han cambiado, pero en síntesis es una prolongación o adaptación de la misma represión actualizada a los tiempos modernos. En las últimas décadas es la llamada guerra de cuarta generación la que ha producido desastres como el de la antigua Yugoslavia, hasta la guerra híbrida en la que se emplean como armas la mentira y la manipulación mediática, impulsadas por los nuevos artefactos tecnológicos que extienden el uso de redes sociales e intercambio vertiginoso de información.
Ser hoy día un trabajador consciente y oponerse al genocidio y al gasto militar es una acción del nivel de un acto revolucionario.
Ajenos a esto viven, ensimismados y encantados de conocerse, los cargos y liberados del monopolio de los partidos parlamentarios y sindicatos mayoritarios españoles. Todos esos cargos y liberados que celebran los éxitos de las útiles medidas del Gobierno de Progreso. Contra ellos esta represión no tiene nada, pues son auténticos colaboradores del imperialismo.
La pregunta del millón es si esa represión será efectiva para detener la inevitable explosión de la clase trabajadora europea cuando sus condiciones se vean degradadas al límite y los servicios públicos expoliados y vendidos por piezas. El fascismo (ese al que el Gobierno dice detener y que no cesa de proliferar en Europa) será la carta empleada por los imperialistas, según nos señala la lógica dialéctica y materialista, así como la propia experiencia histórica.








