«Es un hombre»: herejía del siglo XXI

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A raíz del proceso de aprobación de la ley trans de Irene Montero y Pedro Sánchez dije que “las mujeres trans son hombres” en mi red social Twitter. Eso implicó que dos asociaciones de personas trans me denunciaran ante la Junta de Andalucía por la vía administrativa por promover la «terapia de conversión”, “transfobia” y todo lo que se inventaron. Su intención era que que me multaran con 120.000 euros y 5 años de inhabilitación en mi profesión. Finalmente, la Junta de Andalucía resolvió que yo ejercía mi derecho a la libertad de expresión y que a través de una red social no se podía hacer terapia. No voy a entrar en más detalles porque lo he contado muchas veces, pero si alguien quiere saber más, lo puede leer con más detalle en mi último libro, “La secta. El activismo trans y cómo nos manipulan”.

La coacción se define como la fuerza o violencia física o psíquica que se ejerce sobre una persona para obligarla a decir o hacer algo contra su voluntad.

El goteo de mujeres perseguidas antes y después ha sido incesante. El caso más reciente es el de Lucía Etxebarría denunciada porque en 2020, en la red social Twitter se refirió en masculino a un varón que dice que es una persona no binaria. Le pide 11.000 euros de indemnización por tamaña ofensa (ironía). Lucía Etxebarría es escritora y feminista. Autora del libro “Un milagro en equilibrio” con el que ganó el premio Planeta en 2004.

Desde el punto de vista judicial solo espero que los principios jurídicos básicos no sean quebrantados y la razón prevalezca sobre las creencias irracionales. Me gustaría compartir un breve análisis psicológico de esta situación. Estamos ante una demanda que se está utilizando para generar miedo, ansiedad y culpa en una mujer que ha expresado su percepción de la realidad orgánica de otra persona que ostentaba cargos públicos en aquel momento y tenía actividad en redes sociales. El contexto era que se estaba tramitando una ley que permite que una persona falsee la etiqueta sexo en el registro en función de sus sentimientos y que finalmente ha sido aprobada.

Lo que pretende el demandante con esta denuncia es que la sociedad tenga miedo de las consecuencias de nombrar la realidad. Esta estrategia no es nueva en la historia de la humanidad. ¿Quién podía osar en la Europa de hace varios siglos decir que dios no existe? Si lo decías, ponías en peligro tu vida. Miguel Servet se atrevió a cuestionar algunos dogmas del cristianismo y terminó condenado a la hoguera, su ejecución suscitó el debate de si era ético asesinar a alguien por sus ideas. En la actualidad, la condena más frecuente es económica y social: descrédito, pérdida de trabajo y reputación. Sin embargo, no podemos perder de vista que el fanatismo no tiene límites. Estamos viendo cómo se legitiman las agresiones físicas a mujeres por parte de hombres que se creen mujeres, agresiones que ya son bastante frecuentes. Solo hay que seguir las noticias.

A Lucía Etxebarría se la quiere juzgar por decir que un hombre es un hombre. Opino que esta denuncia es una acto de coacción no solo para ella, sino también para el resto de las mujeres críticas con el transgenerismo. Tiene la intención de que nos dobleguemos a afirmar la existencia de la “identidad de género”. Cuando utilizan la denuncia: amenaza de castigo por multas, pérdida de empleo y reputación, están ejerciendo violencia psicológica y económica, puesto que presionan para que nos callemos.

Quiero señalar que los sentimientos no son de mujeres ni de hombres, porque afirmar esto es sexista. No existe el sentimiento de mujer, no existe el sentimiento de hombre. La existencia identidad de género es una gran mentira a veces justificada con neurosexismo.

Siguiendo el hilo de este razonamiento, la expresión de los sentimientos, aunque puedan llegar a ser respetables, no implica que por fuerza tengamos que compartirlos ni por ello ocultar nuestras ideas o transformar la realidad a gusto de una determinada doctrina. En el mundo existen múltiples religiones con sus dogmas de fe, que despiertan exacerbadas emociones y sentimientos, pero no estamos obligadas a comulgar con ellas.

El transgenerismo se ha convertido en un nuevo culto con decenas de dogmas y creencias irracionales que despiertan intensas emociones en sus creyentes. Les dicen, por ejemplo, que si alguien no respeta sus pronombres o usa su nombre anterior está haciendo una gran ofensa. Este mensaje que reciben los creyentes es un tipo de técnica de persuasión coercitiva basada en el control cognitivo, aliena el pensamiento crítico añadiendo carga emocional a situaciones triviales, tanto para desquiciar al adepto como para generar miedo, ansiedad y culpa al no creyente.

No puedo olvidar a las familias que se han constituido en la agrupación Amanda y que están peleando contra esta doctrina que persuade a sus hijas e hijos menores de edad de que alcanzarán la felicidad cuando se «acepte» su «identidad de género» y mientras tanto, desde el activismo trans se les anima a intervenciones farmacoquirúrgicas irreversibles, como ha demostrado la asociación Feministes de Catalunya en el informe Trànsit.

Cuando un transgenerista escucha un pronombre erróneo reacciona en tono exagerado igual que un católico cuando escucha una blasfemia, solo que el católico ya no puede denunciarte al inquisidor y el transgenerista dispone de reconocimiento social y una ley con sanciones para herejes en el siglo XXI.

La sociedad, donde destaco especialmente a los medios de comunicación, los colegios de profesionales de la salud, sociedades de investigación y educación, tiene que ser valientes y dejar de respaldar esta doctrina que niega la existencia de las categorías sexuales en humanos y que usa la coacción contra personas críticas con sus creencias para imponer su dogma. ¿Hasta cuándo van a seguir siendo cómplices de esta persecución?


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