A pie de calle existe la creencia de que la esclavitud no existe en nuestro entorno. De hecho, es algo que quienes hemos nacido en los años de la democracia, lo vemos como algo anacrónico o de lugares incivilizados. Aunque cuando tomas consciencia de la realidad del mundo, esta idea se torna pueril y se rompe como una pompa de jabón.
La esclavitud está ahí, invisible a los ojos de mucha gente. La esclavitud de las mujeres tiene una historia particular porque no se ha abolido en el mismo sentido que la de los varones. La imposición del trabajo doméstico a las mujeres es un mandato antiguo, una tarea desvaluada, no remunerada e invisible. A veces pienso que Rowling retrató bien la opresión de las mujeres en la saga de Harry Potter a través de los elfos domésticos. Hacemos la magia necesaria para que todo funcione, de forma silenciosa y gratuitamente. Así es el mandato social inculcado de la feminidad: asumir roles de sumisión.
En España, según el informe “El valor y el coste de los cuidados familiares a personas dependientes” de Funcas, las horas dedicadas a los cuidados de personas dependientes son 4.193 millones de horas anuales. Haciendo un cálculo sencillo, son dos millones trescientos mil puestos de trabajo a jornada completa, puestos de trabajo que cubrimos las cuidadoras informales sin recibir un salario. Si multiplicamos por el salario mínimo, estamos hablando de 38.000 millones de euros. Este sería el valor de nuestros cuidados. La inversión en dependencia en los últimos presupuestos generales fueron de 12.000 millones de euros. Es decir, las cuidadoras de personas dependientes aportamos más de lo que recibimos.
Este es un ejemplo claro de opresión de las mujeres, cómo se obtiene una plusvalía de nosotras por el hecho de imponernos el rol de cuidadora permanente, sin relevo.
Desde que en 2016 fundé la asociación Instituto Magnolia para promover el apoyo psicológico a madres (y padres) de menores con discapacidad, he aportado estos y más datos a quien ha querido escuchar. En la actualidad, me satisface ver cómo ya hay otras asociaciones, madres, que reclaman su derecho al descanso y a prestaciones dignas que le releven de los cuidados. Cada vez somos más conscientes de nuestra opresión.
Mi duda respecto a la remuneración por cuidar de una persona dependiente, recibir un “sueldo de cuidadora”, es que se abren muchas incógnitas. ¿Habría un horario de trabajo? ¿Qué pasa con los descansos? ¿Quién cubriría el resto de horas o habría que trabajar 24×365? ¿Y los días de vacaciones o festivos? ¿El Estado enviaría una persona sustituta? Porque si no, estaríamos hablando de otro tipo de situación, la precariedad laboral o esclavas asalariadas, con el salario mínimo, evidentemente. Podríamos caer en una trampa difícil de la que salir.
Personalmente cada día lo tengo más claro: el Estado debe ofrecer un servicio de ayuda domiciliaria efectivo. Es decir, o directamente contrata el personal para el cuidado domiciliario u ofrece a las familias la prestación suficiente para que se puedan contratar personas. En la actualidad las prestaciones son migajas, están dispersas y no son accesibles para todas las familias con grandes dependientes a su cargo. No hay otra forma de liberar a las mujeres de esa carga de los cuidados, porque muchas mujeres son cuidadoras sin relevo, imprescindibles por su alta especialización en el cuidado de la persona dependiente a su cargo.

Cuando las madres de menores con discapacidad nos ponemos a pensar en cómo podrían satisfacer nuestra necesidad de descanso, todos los caminos conducen al mismo lugar: necesitamos recursos humanos. O bien un lugar donde delegar los cuidados o una persona que venga a casa. Estamos hablando de menores con discapacidad, que necesitan su entorno de confianza y algunos tienen patologías de manejo difícil. La corresponsabilidad, si bien es deseable, aquí no nos basta, estamos hablando de personas dependientes aunque sean menores. Sobre este aspecto quizá hable en otro momento, cuáles son las dificultades y por qué se acentúan los roles sexuales en las familias: uno provee y otra cuida.
LA SOLUCIÓN ES COMPLEJA, pero esa complejidad no puede ser una excusa para que la carga de los cuidados recaiga en las madres, las cuidadoras principales.
Muchas de nosotras vivimos en un hogar que se parece a un pequeño hospital. Otras viven en un hogar hipercontrolado, donde cada rincón se ha protegido para salvaguardar al niño o niña. Quien esté en una situación así sabe de lo que hablo. Es vivir en alerta continua.
Las cuidadoras necesitamos un tiempo de descanso, primero porque es un derecho humano. Segundo porque un tiempo de descanso reduce el estrés y el estado de alerta del trabajo continuo. El estrés continuado impacta directamente sobre la salud mental y física de las personas. Las cuidadoras sin relevo contribuimos sobradamente a la sociedad y por tanto merecemos derechos.
Quiero también señalar que cuando las madres de menores con discapacidad hablamos, hay algunas que todavía creen que deben asumir ese mandato social de cuidadora perpetua: el “es lo que me ha tocado” lo asumen sin pasarlo por el tamiz de la razón. La sociedad machista en la que vivimos ha hecho que nos creamos que cuidar no es trabajar. Desde luego, tocarse la barriga no es. Ni estar sentada en el sofá. Para empezar, las madres estamos 24 horas disponibles los 365 días del año. ¿A cuánto se paga la disponibilidad en un empleo?
Romper este mandato es difícil porque requiere pedagogía y paciencia. Las mujeres somos educadas para obedecer. Y cuando no obedecemos somos duramente machacadas. También incomprendidas.
Desde esta humilde tribuna, apelo a quien tenga capacidad para tomar decisiones políticas para que se deshaga esta injusticia. ¿Cómo se puede permitir este tipo de esclavitud en pleno siglo XXI?








