Política útil, arma antidialéctica de la ideología dominante

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Comenta Borges en uno de sus ensayos breves (Del culto de los libros, Otras inquisiciones, 1952) que «para los antiguos la palabra escrita no era otra cosa que un sucedáneo de la palabra oral», y así personajes cuyo mensaje ha perdurado milenios, como Platón, Pitágoras, Julio César o Jesucristo, albergaban cierto recelo sobre la bondad de la escritura, «cuyo hábito hace que la gente descuide el ejercicio de la memoria y dependa de símbolos» y, además, carece de la inmediatez y la exactitud de la enseñanza directa de maestro a discípulo.

Cuenta también Borges, en el mismo texto, que a su vez San Agustín contaba en sus Confesiones, unos setecientos años después de Platón, a finales del siglo IV, que le resultaba «un espectáculo singular» ver en la biblioteca a San Ambrosio -su maestro- leer en silencio, «sin proferir ni una palabra ni mover la lengua», que suponía lo hacía porque «no quería que le ocupasen en otra cosa». 

El «extraño arte que Ambrosio iniciaba», el acto de leer a solas en una habitación sin articular palabras -anuncia Borges- conduciría muchos años después al concepto de libro como fin, no como instrumento de un fin.

Los seguidores del genio argentino conocerán su tendencia a mitificar e idolatrar a los libros y a los autores. Un lector materialista advertirá enseguida que este hecho tiene una explicación sencilla. Las condiciones en las que vivían los hombres y mujeres de la Antigüedad no son las mismas que las de los que habitaban el mundo en la Edad Media y distan mucho de ser las mismas que las condiciones actuales.

En la época de Platón o César muy pocos tenían el privilegio de acceder a un documento escrito; en esos siglos además la palabra oral era decisiva en la política, restringida a la ciudadanía libre y culta. En la época de Agustín de Hipona tampoco era frecuente la posibilidad de acceder a textos escritos, limitado en general al uso por parte de monjes; es por eso que la lectura se acostumbraba grupal, para paliar esa escasez de obras. Fue el invento de la imprenta el suceso que revolucionaría siglos después la lectura, llevándola a nivel universal. 

Nosotros, seres humanos de nuestros días, tenemos acceso a cualquier lectura. Nos basta con manejar los dispositivos móviles cada vez más potentes y sofisticados. Podría afirmarse que, con ese acceso ilimitado y libre a la información, nuestra sociedad es de ciudadanos libres y democrática. Sabemos, sin embargo, que no es así. 

La pregunta surge sola. ¿Cómo es posible que el ser humano de nuestros días tenga una capacidad de crítica tan limitada?

Marx principalmente y tras él otros grandes autores como Lenin o Gramsci advirtieron la importancia de la batalla de las ideas, de la lucha ideológica, situándola al nivel de la pugna por los recursos económicos y productivos. Las ideas que marcan y caracterizan un grupo social, el conjunto de creencias y emociones que comparten, son como un cemento que mantiene unida la arquitectura política y económica de la sociedad.

Esta lucha por las ideologías, velada unas veces y otras franca y abierta según Marx, determina las condiciones de vida de los grupos sociales.

La fuerza de estas ideas dominantes puede llegar a hacer, en efecto, que un individuo tenga un concepto de sí mismo y de su mundo opuesto o inverso a la realidad. Las personas tendrán así una falsa conciencia de sí mismos y del grupo social al que pertenece, de modo que llegue a sostener posiciones perjudiciales para sí mismo (el famoso ejemplo, trabajadores defendiendo ideas reaccionarias).

Política útil, arma de la ideología dominante.

Hoy día, una de las herramientas para sostener esa hegemonía ideológica que mantiene estable el orden de la clase dominante sobre nosotros, los trabajadores, es lo que se considera política útil.

Continuadora de la socialdemocracia venida a menos, desmejorado sucesor del debate entre Luxemburgo y Bernstein, versión idealizada de la política cotidiana de ayuntamientos y diputaciones (que sí es práctica), la política útil comprende hoy el lavado de cara de los gobiernos más progresistas jamás vistos, de las plataformas políticas desclasadas, que pretenden «frenar al fascismo» a través del uso de los fondos de la profascista UE, mintiendo descaradamente sobre la guerra de Ucrania, en clara sumisión a los intereses de la OTAN.

En el Congreso hay diversas opciones, pero todas coinciden en la utilidad de su política. El deterioro del concepto «política» pasa por vulgarizar su uso hasta convertirlo en sinónimo de simple gestión de los fondos. En el caso de la titular de la Agenda 2030, Lilith Verstrynge, supuestamente el extremo más a la izquierda de la imagen, llega a afirmar que las medidas de la UE son de «sentido común». Tiene razón si entendemos el sentido común como la expresión de la ideología dominante en occidente, que se resume en sumisión absoluta a la OTAN.

El propio término, política útil, es una lamentable ironía, pues es un remedo grotesco de la verdadera política, y es útil, sí, pero para el capitalismo. ¿Cómo es útil al capitalismo? Borrando del pensamiento cualquier forma de entender la realidad que sea dialéctica.

Es posible al menos enumerar algunos de estos procedimientos, artimañas o tácticas mediante las cuales la ideología dominante trata de borrar del mapa el pensamiento dialéctico.

Para comenzar, el pensamiento que tienda al razonamiento profundo o a la especulación es sustituido por un pensamiento más superficial, más sencillo, que tiende a lo inmediato y lo práctico. Lo que no es -aparentemente- útil en el aquí y ahora pierde valor. Es divagar, desorientarse. Hegel, en el prólogo de su Ciencia de la lógica (1816), escribe: «La doctrina exotérica de la filosofía kantiana —es decir, que el intelecto no debe ir más allá de la experiencia, porque de otra manera la capacidad de conocer se convierte en razón teorética que por sí misma sólo crea telarañas cerebrales— justificó, desde el punto de vista científico, la renuncia al pensamiento especulativo. En apoyo de esta doctrina popular acudió el clamor de la pedagogía moderna, que toma en cuenta sólo las exigencias de nuestra época y las necesidades inmediatas, afirmando que, tal como para el conocimiento lo primordial es la experiencia, así para la idoneidad en la vida pública y privada las especulaciones teóricas son más bien perjudiciales; y que lo único que se requiere es la ejercitación y la educación prácticas, que son lo sustancial».

Como es lógico, lo sustancial para el pensamiento dominante es lo que le resulte favorecedor. Del mismo modo, también en la política lo práctico y directo prevalece sobre el proyecto a largo plazo y más enrevesado.

Además, todo lo que no sea dialogado o negociado con el adversario político se considera un extremismo innecesario que conduce al aislamiento y al dogmatismo, de manera que se establece como única vía las políticas reformistas y moderadas.

Otro modo de obstaculizar el razonamiento elaborado es mediante el aturdimiento y la distracción. En el tumulto informativo, al que colaboran las modernas redes sociales y las aplicaciones para móviles, es más difícil discernir la información verdadera. Los usuarios de estas redes tenemos cada día más complicado averiguar qué noticias provienen de fuentes fiables.

Las polémicas aparentemente transgresoras (pero que son inocuas en realidad para el capitalismo o incluso son absorbidas por el propio sistema) copan los primeros planos de los medios, mientras el debate fundamental queda ocultado.

Las redes se indignan

Umberto Eco en el libro que entregó a la imprenta poco antes de su muerte (De la estupidez a la locura, 2016) hablaba de las «legiones de idiotas» llevadas a la popularidad o a la voz pública gracias a las redes sociales. Esta afirmación le atrajo bastantes antipatías, pues parece antidemocrática o elitista. Pero para quien tenga experiencia en el uso de redes no es una afirmación exagerada.

La sustitución del pensamiento razonado por el pensamiento visceral, o directamente por los sentimientos, es otra manera de manipulación. Nos hacen ser propensos a rechazar la crítica racional, el análisis argumentado. La opinión o la toma de decisiones se lleva a cabo por motivos viscerales, por atracción empática o por meros motivos identitarios.

Esta reducción mental conduce al uso indiscriminado de silogismos simples, como el principio del tercero excluido o la lógica bivalente: en una determinada situación sólo hay dos opciones verdaderas o válidas; una tercera opción es descartada de antemano, no se admiten matices, grados ni escalas.

Ejemplos de esto hay a diario en los medios. La propia guerra de Ucrania se reduce a una cuestión de buenos y malos, de disputas entre personajes (la guerra de Putin) en la que no hay un trasfondo de intereses económicos.

¿Qué nos roba, qué nos oculta, escamotea, expolia y sabotea a los trabajadores esta política útil de la nueva izquierda? Fundamentalmente nos despoja de las ideas básicas del marxismo para la crítica de la sociedad capitalista:

  • Proponer una visión no subjetiva de la economía política. Los cambios sociales e históricos no son decisión de unos seres humanos elegidos o destacados por encima del resto; están marcados por los cambios en las condiciones materiales de cada sociedad. No por grandes personajes ni tampoco los grandes entes a los que el neoliberalismo otorga cualidades casi humanas (los mercados), como un fetiche.
  • El trabajador es el protagonista en el proceso, no el capitalista. Los creadores de la riqueza son los trabajadores. La teoría materialista y dialéctica de Marx expone la tensión antagónica entre las clases sociales, entre trabajo y capital. Ese antagonismo (rivalidad, competencia) es inevitable y supone que incluso capitalistas bienintencionados no puedan escapar a esa competencia.
  • No es posible por tanto una vía reformadora o gradual del capitalismo, en la que mediante acuerdos progresivos se llegue a un estado de igualdad o justicia. Las mejoras logradas con diálogo son apaños pasajeros que son consentidas por los empresarios porque permiten la ilusión falsaria de una paz social.
  • Por último, al situarse el capital como una relación social, determinada por una serie de circunstancias históricas, esto nos lleva a concluir que el capitalismo es una fase más de la historia de los seres humanos, y como tal es una fase que debe tener un principio y también un fin.

El orden capitalista no es un orden natural, es una fase más que debe ser superada. No es el punto final de la humanidad, ni el acabose. Posiblemente los tiempos que vivimos sean los de la decadencia del imperialismo americano. De ahí que se esté alimentando al fascismo con miles de millones en armas y con una inmensa campaña de propaganda, en un desesperado intento de las grandes empresas afines a la OTAN por permanecer.

Es triste y da mucho miedo, en efecto, y ya sabemos que a nuestros benefactores de la política útil no les gustan las malas caras sino las sonrisas. Pero es la realidad que debemos afrontar. Si no lo hacemos, la clase trabajadora europea está ya destinada a ser carne de cañón a disposición de la OTAN.

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