Cuento congresual (II)

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(Viene de la primera parte).

Tras cerrar a sus espaldas la puerta, lo que vino a continuación fue una especie de pasillo oscuro. Unos metros más adelante, éste se abría y al otro lado se escuchaban murmullos y el trasiego de gente. Siguió a Umberto hasta allí. Cuando llegaron, el espacio se abrió y comprobó que se encontraban en el vestíbulo del Auditorio Severino Lendacho, el espacio donde se celebraba el Congreso del PRE. El lugar estaba abarrotado de delegados que lucían sus respectivas credenciales colgando del cuello y estaban reunidos en pequeños corrillos, una imagen clásica de los recesos de los Congresos y en los que se suele comentar la jugada, llegar a acuerdos in extremis o simplemente desconectar un poco de la tensión que se vive allí dentro.

—Bueno, menos mal que hemos llegado —dijo Santiago a su acompañante—. Al menos hemos llegado a tiempo.

—Sí, pero…

Santiago no dejó terminar la frase a Umberto. Había visto a lo lejos, apartado en un rincón del vestíbulo, al secretario de organización del PRE y hombre de confianza suyo Armando Sanchís. Santiago dejó con la palabra en la boca a Umberto y se dirigió hasta allí inmediatamente. Cuando llegó, se encontró con que Armando estaba manipulando su teléfono móvil con cara de visible preocupación.

—Eh, esto, Armando, he tenido un lío un poco raro y he llegado tarde. ¿En qué punto está el Congreso? Ya te lo contaré todo después, porque menuda mañana.

Armando le ignoró completamente y continuó atento a su teléfono. Al momento, se llevó el aparato al oído derecho y se quedó en silencio. Era evidente que estaba llamando a alguien. Santiago no entendió nada y se quedó observando a su camarada sin saber por qué le ignoraba de tal manera. Entonces, la persona a la que llamaba Armando le cogió la llamada y escuchó a éste decirle:

—Buenas. Oye, que está ya todo el pescado vendido. Ya se han hecho las votaciones de las candidaturas y están terminando de contar. Nunca se sabe, pero tal y como han ido los debates y las votaciones está la cosa muy jodida.

Santiago no daba crédito a lo que oía. No podía ser que hubiese llegado tan tarde al Congreso y tampoco que eso pudiese estar sucediendo. Pensó que sólo podía explicarse debido a su incomparecencia hasta ese momento. Estaba terminando de procesarlo tal idea cuando una joven con una credencial de organización apareció de repente saliendo del auditorio y comenzó a llamar a los delegados que se encontraban presentes en el vestíbulo, para proseguir con la sesión.

—Mira, que te tengo que dejar —dijo Armando a su interlocutor—. Ya nos llaman para ir allá.

—Armando —llamó Santiago—, oye, espera, ¿Me puedes contar qué ha pasado aquí?

Armando hizo como si no existiera y entró apresuradamente en la sala. Santiago observó cómo en seguida se vació el vestíbulo. Quedaron allí solos él y Umberto, el cual le observaba atentamente a unos metros de distancia.

—¿Y tú, no pasas adentro? —le preguntó Santiago.

—Ahora pasaremos, quiero que veas lo que sucede —contestó el maño—. Pero antes, tienes que saber que no es que te estén ignorando. Es que no te ven. Ni te escuchan. No saben de tu presencia ni de que les observas.

—¿Me estás tomando el pelo? —le recriminó Santiago, muy ofendido.

—Para nada —Umberto no alteró un ápice su tono de voz—. Es como si estuvieses viendo una película. La puerta que hemos atravesado te mostrará una realidad que puede suceder en éste Congreso.

Lo primero que pensó Santiago al escuchar eso era que Umberto había perdido la cabeza. Consideró que el hecho de pretender disputarle la secretaría general era ya demostrativo de que estaba desconectado de la realidad, pero esto era demasiado. De todos modos, se hallaba demasiado desubicado como para llevarle la contraria en esa discusión. Probablemente, como consecuencia del golpe que se llevó.

—Y, ¿Qué tengo que hacer? —Atinó a contestar.

—Sígueme adentro, por favor —indicó con gran cortesía Umberto, y le guió con la mano a la entrada del auditorio.

Santiago y Umberto accedieron al auditorio. La sala estaba llena hasta los topes, como un cine en el momento de un gran estreno. Al fondo, había una pantalla gigante, al pie de la cual se situaba la Mesa del Congreso y a unos dos metros a su derecha, el atril para dirigirse al público junto a la bandera roja con la hoz y el martillo, la estrella y las siglas del PRE. Todo el mundo hablaba nerviosamente y las voces se mezclaban en el ambiente.

A Santiago se le heló la sangre al comprobar que en la Mesa del Congreso se encontraba nada más y nada menos que él mismo. Se giró a Umberto.

—¿Pero….?

 Umberto sonrió complacido.

—Te lo dije. Y mira —Señaló con el dedo a las primeras filas de butacas. Santiago siguió su dedo con la mirada y comprobó que, donde su rival estaba señalando, estaba el mismo Umberto—. Allí estoy yo. Al menos mi yo real y terrenal.

Santiago iba a requerirle más explicaciones, cuando de repente por megafonía atronó una voz femenina. Era la secretaria de la Mesa.

 —Gracias, gracias… —inició, para silenciar los murmullos de la sala. Una vez captada la atención de los asistentes, prosiguió—. Camaradas, una vez hecho el recuento de la votación de las candidaturas, pasamos a dar los siguientes datos. De los 488 delegados y delegadas finalmente acreditados, han participado en la votación 485. Los resultados son: Votos a favor de la candidatura encabezada por el camarada Santiago Manrique Perucci, 216. Votos a favor de la candidatura encabezada por el camarada Umberto Escudero Lozano, 258. Votos en blanco, 14. Votos nulos, 0.

La mayoría del auditorio se puso en pie y atronó con un aplauso ensordecedor, ante la expectación de la otra parte, afín a Santiago Manrique. O mejor dicho, al Santiago Manrique que estaba viendo allí.

—Menudo grano en el culo nos hemos sacado de encima —dijo al hombre de su lado una delegada que aplaudía de forma entusiasta en la última fila, justo enfrente de donde se encontraba Santiago digiriendo la escena.

—¡Que te den! —increpó Santiago ofendido. La delegada ni se inmutó y siguió aplaudiendo con fuerza.

—Recuerda que no te oye —insistió Umberto.

Santiago comenzaba a asumir que aquello no era una situación real. De hecho, era más fácil de digerir eso que no el simple hecho de que había perdido la votación de la secretaría general. Con rabia, pensó que no para ello estuvo filtrando noticias a los medios en las semanas previas que aseguraban que tenía el Congreso ganado.

—Esto es un absurdo —dijo Santiago—. Si esto fuese realmente así, sería la insensatez más grande que podría cometer el Partido. Estaríamos poniendo en riesgo el gobierno de coalición, y con ello los avances que hemos conseguido en materia de derechos sociales y laborales. Todo habría sido en vano.

Umberto estiró el brazo en dirección a donde se iniciaba el pasillo central del auditorio y extendió la palma de su mano. Como si de brujería se tratase, frente a sus ojos apareció de nuevo una puerta suspendida en medio de la nada.

—Si tan convencido estás de lo que dices —le dijo—, ve a esa puerta. Te están esperando.

Santiago aceptó el reto, herido en su orgullo, y se dispuso a cruzar la puerta dejando tras de sí a sus espaldas el herético Congreso.

 La puerta daba directamente a la sala donde se despertó tras el incidente. Aquella claridad e inmensidad, en contraste con la luz tenue del auditorio, le deslumbró. No obstante, se sintió aliviado de desprenderse de aquel aire viciado.

—Hola —Escuchó una voz ronca a su izquierda.

A Santiago le resultó extremadamente familiar aquella voz. Giró la mirada hacia su izquierda y no daba crédito a sus ojos.

Quien estaba allí observándole, junto a la segunda puerta, era él mismo.

—¿Quien eres? —dijo Santiago— Bueno, más bien quiero decir, ¿Por qué eres yo? Pero, ¿cuántos somos en total?

La versión de sí mismo que estaba ante él sonrió. Con total naturalidad y mostrando un aplomo que no suele estar en el repertorio de cualidades de Santiago, le contestó:

—Soy, digamos, una representación de ti. Igual que acabas de conocer una representación de Umberto Escudero. Él te ha mostrado una situación que podía suceder.

Santiago creyó entender lo que estaba pasando y quiso mostrarse seguro ante aquella versión de sí mismo. Sentía la necesidad de demostrar sus capacidades.

—¡Ah! Ya entiendo —dijo—. Y ahora tú me vas a ayudar a solucionarlo para que eso no pase, ¿verdad? Porque sería inasumible, vaya.

El Santiago que tenía enfrente puso los ojos en blanco y se armó de paciencia para contestar.

—No va de eso la situación, Santiago. ¿No has leído Cuento de Navidad, de Charles Dickens?

—No, no he tenido tiempo. Soy un hombre ocupado, un Secretario de Estado.

—Está bien —Se resignó el otro Santiago—. ¿Has visto Los fantasmas atacan al jefe, la película en la que sale Bill Murray?

—Pues no, la verdad es que no. Igual la sacaron cuando estaba en campaña o cuando estaba en Cuba disolviendo las ZARC.

—Em, no. Pero es igual. No es fundamental —contestó, al tiempo que posaba la mano sobre su hombro con un cierto aire de paternalismo—. Acompáñame.

Su otro yo le dirigió hacia la segunda puerta, y se adentraron en ella.

De nuevo, al otro lado se encontraba en un túnel oscuro. Al final de él, se veía una luz muy potente así como gente y coches circulando. Caminaron hasta llegar allí, y fueron a parar a una calle. Santiago se giró para ver por dónde habían accedido, y lo que se encontró fue la entrada de un edificio residencial. Había servido de portal. De nuevo, se volvió hacia la calle y abrió los ojos como platos.

—¡No puede ser!—exclamó—.  ¡Otra vez este sitio!

Se encontraban en el mismo lugar donde habían tenido la trifulca que había iniciado su odisea. Frente a él, se encontraban los enormes bloques de pisos, los bajos comerciales y los parques descuidados. Debía ser a media mañana, ya que el barrio mostraba plena ebullición. No obstante, no había señal alguna ni de Eugenia ni de la comitiva de manifestantes que trataban de impedir su desahucio. Únicamente había, a unos pocos metros de distancia, un tipo con pantalones manchados de pintura fumando un cigarro cerca de la terraza de un bar.

Se giró hacia su alter ego, el cual estaba a su lado, y le preguntó:

—Oye, ¿Me puedes explicar qué hacemos aquí?

—Estamos ahora mismo en el lugar donde te agredieron. Pero en éste plano temporal han pasado dos años desde aquello.

 Justo entonces, el fumador se dirigió a él desde la distancia:

 —Amigo, ¿Estás hablando conmigo?

Hasta ese momento, Santiago estaba convencido que, al igual que le pasó con Umberto Escudero, nadie le podía ver.

—Ah, perdona —Durante un instante ideó cómo proseguir sin que se diese cuenta de la situación—. Estaba hablando con mi acompañante.

El chico le miraba fijamente con rostro intrigado, con el ceño fruncido y sujetando el cigarro sin llevárselo a la boca, tratando de entender lo que Santiago quería decir.

—Qué te iba a decir —le dijo su alter ego—. A tí sí que te ven. A mí no. Perdona que no te avisase antes, pero me olvidé. Era necesario para la experiencia.

—¡Ah, mira qué bien! —replicó Santiago—. A buenas horas.

Santiago consideró que debía solucionar la situación, de modo que volvió al otro chico, el cual estaba en guardia ante la actitud extraña de Santiago, al cual veía hablar solo:

—Perdona, ¿Me puedes decir en qué fecha estamos hoy?

—Sí, claro. Estamos a día nueve—Dio una calada a su cigarro.

 —Nueve. Pero, ¿Qué más? ¿Mes, año?.

—Nueve de julio de dos mil veinticuatro —respondió tras exhalar el humo del cigarrillo. Se hallaba desconcertado. Tras una pausa, esgrimió una leve sonrisa irónica y añadió—. ¿Eres un terminator o algo así?

Santiago optó por obviarle. Además, odiaba esa típica actitud chulesca de los barrios, la cual consideraba arrogante. Su alter ego volvió a ponerle la mano sobre el hombro, y le dijo:

 —Venga, vamos al bar a que te tomes un café. Y procura disimular mejor, que te van a tomar por loco.

El bar era un hervidero de gente almorzando. El calor era sofocante, y la única ventilación que había, aparte de la puerta de entrada y dos ventanas, era un viejo ventilador en un rincón cuyo aire no alcanzaba a nadie. Entre los grupos de comensales, quienes tomaban algo rápido en la barra y el sonido que provenía de una máquina tragaperras que había al fondo del bar a la que estaba jugando un señor mayor, la algarabía que se generaba era considerable. Para Santiago, todo aquello era muy molesto, pero necesitaba ese café como agua de mayo. Ni siquiera había tenido tiempo a desayunar desde que salió de casa. Se asomó a la barra, y cuando tras unos instantes llegó el muchacho que estaba trabajando de camarero, le pidió:

—Por favor, me pones un café con leche corto de café.

—Marchando.

El muchacho se dirigió a la máquina de café y cambió los filtros, introdujo la dosis de café y de leche oportuna, y finalmente puso la taza. Mientras ésta se iba llenando, observaba con cierto interés a Santiago. Éste, obedeciendo las instrucciones de ignorar a su alter ego para no llamar la atención —y que estaba junto a él en la barra observando en todo momento la situación—, se dedicó a leer los titulares del periódico que hojeaba el cliente que había a su lado, un señor de alrededor de unos cincuenta años de pelo canoso y prominente barriga, el cual estaba tomando una cerveza.

Cuando éste finalmente se dio cuenta, le dijo:

—Ahora te lo paso. Sólo voy a ver los deportes. Total, en la política sólo hay mierda y nada interesante que leer.

Santiago se sintió ofendido, pero no quiso iniciar un debate con aquel tipo. Se limitó a dar las gracias. No obstante, le llamó la atención uno de los titulares que pudo leer a toda prisa entre página y página, y que rezaba: “El Gobierno ultima los mayores recortes de la última década”. Santiago no salía de su asombro. ¿Cómo había podido ocurrir? Una propuesta así sólo podía venir de sus socios de Gobierno socialdemócratas, pero no le entraba en la cabeza bajo ningún concepto que el PRE y sus aliados electorales lo fueran a consentir.

Al fin llegó el café, y decidió consultarle al camarero:

—Una pregunta, joven —durante un instante pensó bien qué excusa poner—. He estado un tiempo fuera de España por trabajo y estoy muy desconectado. ¿Qué tal lo está haciendo el Gobierno?

El chico se quedó un silencio un instante antes de contestarle. Era obvio que no estaba acostumbrado a que le interpelasen de ese modo, si bien sí a que en el bar se hablase de política. O más que hablar, se increpase a los políticos.

—Pues poco te puedo decir. No sé si sabes que estaban gobernando los de izquierdas y ahora están los de derechas. Pero llevan poco tiempo ahí. Veremos a ver. Peor, al menos, no lo pueden hacer.

Santiago sintió un escalofrío. Habían perdido las elecciones. Sí que era cierto que la derecha estaba subiendo en intención de voto, pero confiaba en que la recta final de la legislatura, tras tanto tiempo de escudo social desplegado, y tantas medidas tomadas en favor de la clase trabajadora, se iba a terminar notando por necesidad. Decidió sacarle jugo a la situación. Tras tomar un sorbo largo del café, dijo:

—Pues no, no sabía nada. De todos modos, es una mala noticia, entiendo. Tú, por ejemplo, eres un trabajador y ese Gobierno aprobó una reforma laboral que te benefició.

—Si no te digo yo que no —El chico respondía mientras secaba con un trapo un conjunto de tazas y las iba colocando de nuevo junto a la máquina de café—. Pero las cuatro milongas que han hecho casi ni se notan. Decían que iba a haber más indefinidos y eso está bien, pero yo aquí sigo trabajando doce horas y cobrando seis. Te lo digo ahora que no está el jefe y porque me pica un pollo a estas alturas lo que me pueda pasar, que bastante harto estoy. Y también decían que habían subido los sueldos, pero qué más da que te suban el sueldo si después te sube la gasolina una barbaridad, y la electricidad, y la comida, y todo. Pues normal que la gente vote a los otros. Te lo digo yo que ni he votado —Rió.

—Sinvergüenzas —añadió el señor que hojeaba el periódico a su lado—. Una panda de sinvergüenzas son todos. Los unos y los otros. A la cárcel debían ir todos.

—Pero si ahora gobierna la derecha —Santiago habló en esta ocasión para ambos—, ¿Quién se preocupa de la contaminación en este país, si siempre ignoraron ese tema? El Gobierno anterior estaba muy comprometido con una iniciativa muy buena, llamada Agenda 2031, que trataba de trabajar contra el cambio climático.

Tanto el camarero como el señor de la barra se quedaron mirándole en silencio, extrañados.

—¿Agenda qué? —preguntó el camarero.

Santiago se sintió derrotado en ese momento.  Aquella breve conversación le hizo ser consciente de que no había quedado ni rastro del legado de su trabajo. Decidió poner punto y final a su visita a aquel establecimiento. Sacó un monedero del bolsillo trasero de su pantalón y puso sobre la barra dos monedas de dos euros cada una.

—Nada, es igual. Un placer. Quédate el cambio.

Y, cuando estaba dispuesto a marchar, el señor del periódico, que no le había dejado de observar detenidamente, dijo:

—Oiga, yo a usted le conozco de algo. Es usted alguien conocido o ha salido en la tele, ¿verdad?

—Creo que me confunde con otro. Adiós. —Respondió Santiago algo nervioso. A continuación, marchó.

El hombre le acompañó con la mirada hasta la puerta con aire desconfiado. Santiago salió del bar y caminó unos metros por la acera. Cuando se quitó de encima la asfixiante sensación de estar dentro de una pecera, sacó de su bolsillo el teléfono con la intención de buscar la boca de metro más próxima y salir de allí.

—¿Qué haces?

Santiago levantó la vista de la pantalla y se encontró nuevamente con su alter ego. Con el fragor de la conversación de barra de bar, olvidó completamente su existencia.

 —Ah, tú otra vez. Pues mirar cómo irme de este sitio.

—Vamos a ver, alma de cántaro —Su otro yo juntó las puntas de los dedos de ambas manos para remarcar lo que iba a decir—. Ya te he dicho que estás en el futuro. ¿Qué pensabas hacer, presentarte en tu casa tal cual y generar una paradoja temporal? Allí estás ahora mismo tú con tu mujer en el sofá viendo la tele y no puedes presentarte así. Imagínate la que se liaría. Dejemos las cosas como están.

—Vale, entiendo. Pero a algún lado tendré que ir. Algo tendré que hacer, digo yo.

—Volverás a tu realidad original. Pero todavía tienes que completar tu experiencia en este plano temporal.

La conversación se vio interrumpida por una voz que llegaba desde el bar de donde salió:

—¡Eh, tú!

 Santiago miró hacia el lugar de donde provenía la voz y vio que, en la terraza, había un grupo de 4 hombres. Uno de ellos era el barrigudo de la barra, y los otros los reconoció porque estaban también dentro del bar en una mesa. Uno de ellos, en camiseta de tirantes y con los brazos quemados por el sol, sujetaba una bicicleta de montaña.

—¡Sí, tu! —Era el muchacho de la bicicleta el que le llamaba, en un tono hostil—. Ven aquí, graciosillo, que te tengo que decir un par de cosillas.

Santiago fue consciente de que el señor de la barra le había reconocido, y había avisado a gente del bar. Trató de averiguar qué hostias quería esa gente. Se giró hacia su alter ego en busca de respuestas, y para su desgracia ya no estaba allí. Tenía que afrontar esa situación él solo. Por lo pronto, consideró que si huía no iba a llegar muy lejos, de modo que como solución menos mala optó por ir hasta aquella gente.

Cuando llegó, cogió el toro por los cuernos. Aparentando seguridad, se dirigió al chico de la bicicleta:

—A ver, qué quieres.

—Que dice mi amigo que tú eres uno de esos políticos que andan tocando los cojones con que si contaminamos con los coches y las motos y toa su puta madre.

 —Oye, no sé qué es lo que habrás oido, pero entre los objetivos de la Agenda 2031…

—Cuidao con er Felipe que está mu loco —dijo otro de los presentes, y el resto del grupo estalló en risas, menos el tal Felipe, que permanecía muy serio y con mirada desafiante. Era evidente que no había intención alguna de escuchar sus argumentos.

 —¿Sabes lo que me ha pasao a mí? —prosiguió Felipe—. Tenía el coche de mis viejos, de toa la vida, pero resulta que como era contaminante tenía que darlo de baja porque ya no podía hacer na con él en Madrid. Tengo que ir parriba y pabajo con esta puta bicicleta.

Santiago se enfureció ante la actitud irracional de sus interlocutores. Pensó que eran una panda de incultos, ignorantes y que jamás iban a entender nada. Además, le estaban haciendo el juego a la derecha. El tal Felipe le parecía especialmente odioso, con aquella forma de hablar y esa dentadura desfigurada que dejaba entrever.

—Mira, ese no es problema mío, déjame en paz.

Intentó girarse y Felipe le agarró de la camisa fuertemente.

—¡Suéltame la camisa, sucio lumpen! —gritó, y le dio un empujón.

 —¿Qué coño quiere decir eso? ¿Y dónde te crees que vas a ir, concejalito?

—Mira, payaso, primero, yo no soy concejal, yo he sido Secretario de Estado para la Agenda 2031. Aprende a distinguir ambas cosas. Y segundo, si ahora tienes que ir a los sitios en bicicleta, ¡Te jodes! —dijo esto último remarcándolo con un gesto brusco con la cabeza.

—¡Mira tío, me vía cagá en toa tu raza y la bicicleta te la vas a comé!

Felipe alzó la pesada bicicleta con sus brazos y cogió impulso. Sus amigos, que hasta el momento reían, trataron de detenerle, pero estaba lo suficientemente cabreado como para que no pudiesen con él. En un abrir y cerrar de ojos, el cuadro de la bicicleta golpeó a Santiago en la frente y éste se desvaneció.

—¡Santiago, Santiago! ¡Despiértate, que llegas tarde! ¡Tienes que ir al Congreso!

Santiago abrió los ojos y, tras un instante de aturdimiento, distinguió el inconfundible techo de su dormitorio. Se incorporó de golpe. Una vez sentado en la cama, comprobó que estaba en su casa. Y, junto a él, su esposa.

—¡Cariño! —exclamó, y le puso las manos en los hombros— ¿Eres tú, la auténtica?

Su mujer le miró extrañada y contestó:

—Esto… Sí. ¿Estabas teniendo alguna pesadilla o algo? Claro que soy yo, ¿quién voy a ser, si no?

—A Dios gracias —Y le dio un abrazo con tal fuerza que dejó por un instante a su mujer sin aliento.

—Santiago, yo también te quiero mucho, pero vas a tener que espabilar porque te has dormido y vas a llegar tarde al Congreso. Y ya sabes lo que hay.

Santiago frunció el ceño y dijo:

—Que le den por culo al Congreso. No voy a ir.

—¿Qué? —Su mujer no daba crédito a lo que oía.

—Lo que oyes —Santiago se puso en pie, y se dirigió al armario—. No pienso ir al Congreso, no pienso volver a presentarme a Secretario General, y esta semana mismo pienso renunciar a mis cargos institucionales.

A su esposa, que sostenía entre las manos el teléfono desde que despertó a su marido con la idea de llamar a Osvaldo, se le cayó el aparato en su regazo.

—Y ahora…. ¿Qué hacemos? —preguntó.

—Ahora por lo pronto, nos vamos a vestir, vamos a desayunar tranquilamente, voy a llamar a Armando Sanchís y se lo voy a explicar. Luego, nos iremos tú y yo a pescar unas truchas y a olvidarnos de todo esto.

—Pero, ¿Y el Partido qué?

—Hay veces, cariño, que por lo que sea uno no es capaz por sí mismo de ver las situaciones, por más obvias que éstas sean. Pero, aunque sean otros quienes se lo hagan ver, hay que saber dar un paso al lado y dejar la nave en manos de quienes la van a dirigir hacia mejores horizontes. Ese es, en esos momentos, el mejor servicio que se le puede hacer a una causa justa.

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